CUENTO DEL PESCADOR.
Erase una vez un pescador que amaba
la mar. Cada noche tomaba su barca y salía a un caladero próximo a faenar. Al
alba regresaba a la playa, recogía su
red, aderezaba el copo y dormía a la sombra del casco de la embarcación hasta
la tarde. Su familia era la espuma. Su música, las olas en el acantilado que
arrullaban la costa hasta el atardecer y
su alma gozaba de la libertad omnímoda
del viento y la arena. Poco más era la vida del Andrés – que así se llamaba el
pescador - .
La mar – se decía el Andrés – es
mi casa, mi sustento, mi fin. De la tierra solo vale – y poco - la arena de la
playa. La mar es el todo y sin la mar nada existe. En el agua interminable soy yo hasta el horizonte y en tierra no soy
nadie, ni siquiera yo mismo.
Una noche se tornó la brisa en
viento, las estrellas en negros nubarrones y la espuma en un agitado mundo de
tempestad iluminado de mil rayos
sobre la cresta de las olas. Un golpe de mar lanzó la barca sobre el acantilado haciéndola
añicos y el Andrés quedó a merced de la
mar. Zarandeado, golpeado, apenas sin respiración, nadó nuestro hombre con
todas sus fuerzas hacia tierra. Braceó con ahínco, esquivó el abismo, se apoyó
en la ilusión última de llegar a la arena, de tocar con la punta del pie la
tierra deseada y batida por la tempestad...
Cuando finalmente el pescador
notó que hacia pie, que tocaba con la punta del dedo gordo del pie la tierra
que tanto detestaba, que la playa estaba allí, que había salvado la vida, braceó
con las últimas fuerzas, se pegó como una lapa al rompeolas, hundió sus dedos
en la arena batida y se arrastró como pudo hasta tierra firme. Luego, se tumbó
exhausto y besó, con lágrimas en los ojos, la húmeda y fría arena de la playa.
Y colorín colorado este cuento se
ha acabado. El cuento no tiene moraleja,
no me gustan los cuentos con moraleja, pero sí tengo presente que cada cual
tiene su playa vital, su gozne de la vida, su tierra ultima de salvación. Yo la
percibo cuando paso Despeñaperros y contemplo desde Santa Elena los olivares
infinitos alineados contra el cielo. El
problema, el autentico problema, es que muchas veces no sabemos que existe
tierra firme hasta que nos acaece la tempestad.
Y colorín colorado este cuento se
ha acabado. El caminante, en esta ocasión, se alejó tarareando las siguientes
estrofas:
Caminos del olivar donde reposo,
donde la sombra se asoma a la mirada
y el andar conduce de oliva a oliva.
Caminos de mi andar, veredas…,
arrugas de mi frente atardecida
llevadme hasta el final, caminos,
meciendo mi recuerdo en una oliva
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