viernes, 1 de febrero de 2013


CUENTO DEL PESCADOR.

Erase una vez un pescador que amaba la mar. Cada noche tomaba su barca y salía a un caladero próximo a faenar. Al alba regresaba a la playa,  recogía su red, aderezaba el copo y dormía a la sombra del casco de la embarcación hasta la tarde. Su familia era la espuma. Su música, las olas en el acantilado que arrullaban la costa  hasta el atardecer y su alma gozaba  de la libertad omnímoda del viento y la arena. Poco más era la vida del Andrés – que así se llamaba el pescador - .
La mar – se decía el Andrés – es mi casa, mi sustento, mi fin. De la tierra solo vale – y poco - la arena de la playa. La mar es el todo y sin la mar nada existe. En el agua interminable  soy yo hasta el horizonte y en tierra no soy nadie, ni siquiera yo mismo.
Una noche se tornó la brisa en viento, las estrellas en negros nubarrones y la espuma en un agitado mundo de tempestad  iluminado de mil  rayos  sobre la cresta de las olas. Un golpe de mar  lanzó la barca sobre el acantilado haciéndola añicos y  el Andrés quedó a merced de la mar. Zarandeado, golpeado, apenas sin respiración, nadó nuestro hombre con todas sus fuerzas hacia tierra. Braceó con ahínco, esquivó el abismo, se apoyó en la ilusión última de llegar a la arena, de tocar con la punta del pie la tierra deseada y batida por la tempestad...
Cuando finalmente el pescador notó que hacia pie, que tocaba con la punta del dedo gordo del pie la tierra que tanto detestaba, que la playa estaba allí, que había salvado la vida, braceó con las últimas fuerzas, se pegó como una lapa al rompeolas, hundió sus dedos en la arena batida y se arrastró como pudo hasta tierra firme. Luego, se tumbó exhausto y besó, con lágrimas en los ojos, la húmeda y fría arena de la playa.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.  El cuento no tiene moraleja, no me gustan los cuentos con moraleja, pero sí tengo presente que cada cual tiene su playa vital, su gozne de la vida, su tierra ultima de salvación. Yo la percibo cuando paso Despeñaperros y contemplo desde Santa Elena los olivares infinitos alineados contra el cielo.  El problema, el autentico problema, es que muchas veces no sabemos que existe tierra firme hasta que nos acaece la tempestad.   
Y colorín colorado este cuento se ha acabado. El caminante, en esta ocasión, se alejó tarareando las siguientes estrofas:



Caminos del olivar donde reposo,
donde la sombra se asoma a la mirada
y el andar conduce de oliva a oliva.

Caminos de mi andar, veredas…,
arrugas de mi frente atardecida
llevadme hasta el final, caminos,
meciendo mi recuerdo en una oliva

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