viernes, 19 de abril de 2013

EL ÚLTIMO CUENTO DEL ACEITE




Erase una vez un hombre que se quedó solo y aterido. Al verse solo se apartó a una montaña y vivió allí hablando con su perro. Un día escribió un mensaje y lo metió en una botella para lanzarla al mar con la esperanza de que alguien la encontrara, leyera el mensaje y escuchara su voz. Pero en la montaña no había mar, ni rio, ni lago, ni nada. Así pues la esperanza de la botella y su mensaje quedaron inmóviles en un rincón de la casa. Y pasó mucho tiempo.
Pensó nuestro hombre que el mensaje fuera con el viento, y sacó el papel de la botella y lo dobló primorosamente y fabricó un avioncito de papel. Subió a lo alto de la montaña y lanzó el avión con todas sus fuerzas hacia la tarde, hacia un sol enrojecido que se escondía en el horizonte. Pero el avión apenas planeó; subió con la brisa un par de metros, hizo un bucle en el aire y cayó casi en los pies de nuestro amigo el aterido.
Fracasado pues el invento del avión volvió a la casa y colgó el mensaje, es decir el avión, de una viga de su cuarto. Así planeará sobre mi espíritu, y allí estuvo mucho tiempo.
Lo llevará el Tobi, se dijo. Tobi era el perro. Y fabricó una cajita de madera,  la cosió al collar del chucho y metió en ella el mensaje.
-         Vete Tobi, le ordenó al chucho: vete hasta el valle, busca a alguien, dale mi mensaje. El tiempo se me acaba Tobi, date prisa, lleva mi mensaje.
Pero Tobi movió el rabo y se tumbó a la vera de su dueño y ni las amenazas ni los ruegos consiguieron moverlo de allí. Tobi me quiere, se dijo el aterido, no me dejará solo, no se moverá de mi lado. Y nuestro hombre acarició la cabeza del perro y se volvió a la casa con la cajita de madera. Y pasó mucho tiempo.
Un día atravesó una caravana por la montaña del hombre aterido, y saliendo a su encuentro nuestro hombre le dijo a alguien que le tendió la mano :
-         Lee este mensaje y llévalo por favor hasta el valle. Difúndelo si te place.
-         Malamente puedo ayudarte; estoy muy ocupada. No pasaría de la primera letra; me quedaría en el zaguán.
Y guardando silencio, la mujer siguió su camino.
Finalmente una noche de invierno, a la luz de su alcuza, el hombre aterido leyó el mensaje y pensó que los mensajes del alma caminan con ella y en ella misma se difunden. Son, pensó, como una capa de paño. El que a ellos llegue sabrá que tengo frío, que mi mensaje aspira a jugar con las estrellas y estas, a las estrellas,  solo se asciende con el alma. Algo así como el ultimo cuento del aceite, que implora calor en la capa colgada de las  paredes de de la vida. Y de esa forma el mensaje llegó hasta donde tenía que llegar.
Y colorín colorado este cuento, y este librejo, se ha acabado; pero no me he resistido a copiar  el mensaje del hombre aterido para que él que quiera entender entienda, y entendiéndolo lo cumpla. Dice así:

Mensaje del hombre aterido
No gravéis mi nombre en una piedra,
Dejadlo bajo la sombra de un olivo.

Nombre solo, libre, sin materia,
Que ascienda hacia el azul por ser el mismo,
Que se acaricie de los murmullos todos
Y alcance su meta en el olvido.


No me hagáis ataúd, ni esquela, ni mortaja;
No atosiguéis de flores mí mañana;
Que el recuerdo mío se aleje con el viento
Poco a poco, suavemente,
como se alejan los tamos de las parvas.

Dejad mi nombre libre cuando la muerte acuda;
Dejadlo libre para jugar con ella;
Como un atardecer, como un suspiro,
Como el parpadeo lejano de una estrella.

Dejad mi nombre libre cuando la muerte acuda,
Dejadlo bajo la sombra de un olivo… 

domingo, 14 de abril de 2013

El aceite aire.



Aquel año en el mes de febrero hizo mucho frio, un frio prolongado, polar, implacable. Venía desde el Ártico bordeando por poniente la Gran Bretaña y golpeando las costas del Cantábrico .  Cuando alcanzó Andalucía el intenso frio polar se detuvo y acampó en los olivares todos escurriéndose por cañadas y barrancos; inundó los llanos y las riberas, se esparció por la campiña, pintó de canas las montañas y los dejó los arboles ateridos y sin fuerza. En marzo dejó de llover hasta mediados de octubre y la tierra rajada fue engullendo en cada raja las hojas caídas de los olivos de la comarca.
En un pueblo de las Vegas Altas del Guadalquivir el desastre fue total. Los haldares de los olivos se tapizaron de hojas y la luz poderosa de marzo dejo el follaje como un encaje de tul de una mantilla azulada, luego amarillenta, luego muerta. En mayo no hubo flor, en junio no hubo cuaje, el verano fue tórrido y los meses de septiembre y octubre llenaron de angustia el corazón de la gente. A finales de octubre llovió intensamente, y las pocas aceitunas que consiguieron cuajar en los resisteros del campo engordaron como ciruelas y del peso cayeron prematuramente al suelo.
Cuando llegó la hora de coger la aceituna el pueblo tenía que trabajar y salió al campo: Y fueron a los pagos y a las hazas y a las fincas medianas o grandes y arroparon los troncos de las olivas de los mantones, y varearon las ramas y no cayó aceituna. Y arrastraron los mantos por las camadas, y sacaron las sacas sin aceituna, y colmaron los remolques de hojas y aire y encararon los caminos y carreteras hacia las Almazaras. Pero iban vacíos, sin aceituna. Claro que  en aquel pueblo nadie quiso saber que no había aceituna.
Las Cooperativas y Almazaras todas limpiaron sus instalaciones, prepararon las cribas, sustituyeron cintas, rellenaron tamberos, engrasaron centrifugas, acondicionaron lavadoras, bidones, trujales, cámaras, recipientes, envasadoras, etiquetajes, tapones, envases de cristal, ordenadores y aplicaciones de contabilidad…. Y llegaron camiones a la tarde, y remolques, y artilugios todos transportando aire; y descargaron y se limpió el aire, y se molió el aire, y se pasó por los decanters el aire y se almacenó aire en los grandes depósitos de acero inoxidable llenos de aire.
Luego se envasó el aceite inexistente en lindas botellas, se etiquetó correctamente y se envió a su destino de grandes superficies, tiendas medianas, tiendas pequeñas, establecimientos delicatesen, círculos gastronómicos, instituciones de control, laboratorios sanitarios, particulares, paneles de cata, muestras mil y botellas de aceite para gerifaltes y políticos que llegaron e inauguraron la campaña y comiendo en fiestas de aceite nuevo, el aceite verde, el aceite inexistente.
Ni que decir tiene que los Consejos Reguladores calificaron el aceite aire como virgen extra, o virgen o lampante..., los paneles de cata funcionaron como siempre y cataron el aire: unas veces más excepcional fresco y afrutado, otras simplemente limpio; en alguna ocasión detectaron aromas impropios al aire diafáno de cualquier mañana.  En aquel año, en aquel pueblo, tras el aceite nuevo, la gente pedía en los bares su café con tostada de aceite, y empinaba la alcuza vacía y no caía nada pero inmediatamente le ponían un poquito de tomate y… al gañote. Las ensaladas se hicieron sin aceite, y los fritos de boquerones se preparaban en la sartén echando aire y friendo los boquerones con aire. Nadie en aquel pueblo reconoció que solo había aceite inexistente y la vida siguió como si tal cosa.
Los únicos que percibieron el fenómeno del aceite inexistente fueron los banqueros que iniciaron desahucios, comunicaciones de números rojos, embargos, cartas de requerimiento de pago, denegación de crédito y cosas por el estilo. Eso sí: también detectaron el fenómeno los empresarios que festejaron el inicio de campaña y después despidieron poco después a los trabajadores; los sindicatos renegaron de los recortes; las huelgas se multiplicaron y fueron a ellas con bocadillos de tortilla frita con aceite inexistente. La vida siguió pues como si no ocurriera nada, salvo para aquellos desgraciados que sin nada y sin trabajo contemplaban pasmados el paso del tiempo.
 Un día un trabajador, un hombre normalito de los que andan por ahí se dio cuenta y salió por la calle con una pancarta: él, como padre a un lado, la madre, al otro. Tres chiquillos en medio. Tenemos hambre rezaba la pancarta, las botellas de aceite están llenas de aire. El alcalde del pueblo prohibió la manifestación y los municipales llevaron a la familia al Ayuntamiento.
-         -  ¿qué le pasa a usted? Preguntó el alcalde al padre detenido
-         - Tenemos hambre
-          -¿no ha cogido usted la aceituna? En las oficinas de empleo se buscaba gente.
-          - El aceite es aire, respondió el hombre aquel.
-          - ¿aire?, inquirió el alcalde.
-          - Si, aire, aire, solo aire. 
-          -  Pero el aceite ha subido de precio, insistió el munícipe.
-          -Sí, pero mis hijos no comen aire.
-          - Que le arreglen a este hombre los papeles para cobrar los 400 €. Que la agente social se ocupe del caso. ¿Está usted contento?
-          - Sí, contentísimo, excelencia
-          - Yo no soy excelencia, soy el alcalde del PP, y Rajoy le prolonga a Vd. Los cuatrocientos €, mas cincuenta euros más que el municipio le da hasta que le llegue la subvención.
-          - Sí, señor alcalde excelencia, respondió el hambriento subsidiado y beneficiado con los cincuenta € del generoso Ayuntamiento.
-         -  ¡Ea!: asunto terminado, dijo el alcalde, y siguió con sus recepciones y con las deudas del municipio exigiendo que el gobierno subastara cada viernes cuatro o cinco mil millones de € para aguantar un mes más pagando a los funcionarios, ordenanzas, choferes etc. del Ayuntamiento. Aquel día tenía mucha faena: tenía que asistir a la inauguración de la campaña del aceite: venia el Delegado y el Consejero de la Junta de Andalucía…

Ya en la calle el hambriento se cruzó con el caminante. Dame algo de comer le pidió el caminante al subsidiado. Y fueron a la panadería y compraron un pan. Sentados en un banco cortaron el pan y el caminante sacó de su zurrón una botellita de aceite. 

- Tomad hijos, le dijo a los niños, os echaré un chorreón de aceite: este no es picual, ni manzanillo, ni arbequino, ni royal, ni hojiblanco ni picudo… Este es aceite esperanza.
-          - ¿aceite esperanza? ¿qué aceite es ese?
-         -  Es el aceite del año que viene; el aceite que deja vivir al pueblo, el aceite que mueve las cosas, el aceite que será y ya es en miles de hombres y mujeres que saben de esto.
-          - Este año todo el aceite es invisible…, dijo el padre.
-          - No, no, buen hombre; no es así. Tú no tienes más que cincuenta € y has comprado pan y me lo has ofrecido a mí. Yo,  a cambio,  no quiero darte aceite, quiero darte algo más, quiero darte esperanza; mira hacia allí… Y el hombre miró a un haza de olivar de los ejidos y pudo ver unas hermosas olivas con la hojas anchas, brillantes, poderosas, adheridas a un retalle vigoroso y plateado…

-          - Bueno, dijo el padre… el año que viene habrá cosecha. Gracias por el aceite de la esperanza, amigo…

Pero al volverse para hablar con el caminante, este ya no estaba allí. Y es que la esperanza aparece con dificultad cuando la vida arrecia, pero tiene siempre para los agricultores de las Vegas Altas del Guadalquivir una botellita de aceite del año que viene metida en el zurrón.

miércoles, 10 de abril de 2013

CUENTO DE LA PANADERA, EL ESTUDIANTE DE DERECHO Y EL PROCURADOR QUE GUARDABA EL OLIVAR




Hace muchos años, tantos que casi nadie se acuerda, pasaba sus días un cincuentón, sin matarse por nada, y gozando de sosiego y de años . Nuestro hombre era dueño de unas tierrecillas  menguadas por la división de la hacienda y las prolongadas siestas de verano, y de primavera y de otoño; en invierno no, que los días eran cortos, y las sabanas estaban frías. Unos cientos de olivos, y unas fanegas de dehesa constituían, junto a la casa  de su madre, el patrimonio de D. Julián Sanjuán y Vargas procurador de profesión y señorito de vocación.
Las malas lenguas hablaban del apellido Sanjuán como relacionado con judíos. De ahí los dineros del abuelo, decían los cristianos viejos.  Prestamistas y usureros, afirmaban otros. Indultados por Fernando VII  afirmaban los más. Los Sanjuán, unidos por casamientos a la familia de los Vargas, llevaba más de cien años asentados  en una rica comarca del  Sur de España. Gente de orden en un pueblo de encaladas casas  con ventanales y rejas adornadas con macetas. La casa de los Vargas  estaba blasonada y a su puerta principal asomaba un patios con aspidistras.
El Vargas se hizo en sus años mozos procurador de los Tribunales tras fracasar su vocación de registros, pero no ejercía la procuraduría   sino que  pensó que era mejor procurar para sí, de forma que cumplida su juventud  se adentró en el mundo de braguetazo - casamiento de ventaja - y la administraduría de fincas.  Estando ya desfogado y treinteno, D. Julián casó en primeras nupcias  con una prima de rancio abolengo y pocos cuartos de dote, y pronto comprobó como los naipes, la juerga, y algún que otro negocio irregular menguaban su fortuna. Al quedar viudo  buscó un segundo casamiento ventajoso con una moza de armas tomar: joven, maciza, carnosa y adornada de una fuerza y una lozanía excepcionales.  Para colmo de bienes era rica heredera del panadero del pueblo, villano como pocos  pero acaudalado de pro. Baste decir que la moza - Dñª Emilia -  venia al matrimonio con tanta fama de rica como de baqueteada y  tigresa. Era veinte años más joven que el procurador  y aunque no niña estaba  entrada, y de qué forma, en el calor de la juventud.

Sabía Sanjuán de aquellos ardores, que en los pueblos se sabe todo, pero creyó poder calmarlos; a ellos y  a los de sus acreedores que pululaban sobre la lastimera situación de su hacienda. Ser yerno del panadero  taparía los descosidos de su capa; así que, sin más meditamentos,  pidió la mano de Dñª Emilia, arregló con Fabián (el panadero) los asuntos más perentorios de su hacienda, y desposó a la moza.
 Medio cumplió D. Julián en la noche de bodas; aseó como pudo la faena, y con sutiles quites se fue acercando al burladero en los siguientes días para no toparse a la fuerza sin freno de la esposa que garabateaba sobre nuestro hombre sin más límite que las cada vez mas menguados bríos del cincuentón.
Ni de esta, ni de su primera esposa  tuvo nuestro hijosdalgo sucesión, así que su casa, blasonada casa como correspondía a su  prosapia y hemos dicho, guardaba entre sus muros  la alcurnia y el abolengo de los Vargas y un intenso silencio, un silencio claustral, un silencio delicioso para D. Julián  que escuchaba, desde el  alba  a la puesta del sol, el cuchicheo de los pájaros de perdiz que colgaban en un muro soleado del corral. Además del silencio, la casa de los Vargas guardaba  otros tesoros. Una abundante biblioteca y buen archivo donde podía seguirse el secreto de cómo llegó un Sanjuán a emparentar con tan ilustres castellanos, o de como, y por qué, se acomodó entre aquellos muros el general Sebastiani, o, simplemente,  de cómo reventó una Sanjuán entre fajas y ballenas por no aparentar una preñez. Un hermoso bargueño, algunas pinturas de mediano valor, y unas magnificas guarniciones para el tiro de caballos. D. Julián conservaba los hilos del pericón y los mostraba a sus amigos como si enseñara un Velázquez.
 De tiempos más recientes existían intimidades, secretillos  - más bien ya secretos a voces -   propios de la situación económica de  D. Julián que había renunciado a trabajar, pero no a la vida y relaciones de la familia en generaciones pasadas. Los tejados de la casa necesitaban limpieza; las rastras de los voladizos sustitución;  las paredes una mano de cal, el corral gallinas, el pajar paja, y un par de mulas que aún quedaban en la cuadra necesitaban algunas carnes en sus huesos. Había sido pues el casorio de nuestro hombre cuestión urgente para su hacienda,    aunque no lo fuera tanto para las ansias y las fuerzas del hijosdalgo. Y es que los ardores de la moza no los calmó el cincuentón. A la semana del casorio D. Julián se refugió en una crisis de  lumbago,  más  salvación que dolencia, que si no llega, y media  el médico y el alcohol de romero, allí fenece la procuraduría. . Y es que Dñª Emilia se destapó a sus anchas como queda dicho.
A los quince días de la boda el panorama del Sanjuán era sombrío. La excusa del lumbago ya no era respetada, la ciática incipiente mandada al cuerno, y unas calenturas imaginarias, una acedia, o un ataque de asma no eran sino el acicate para que Dñª Emilia intentara recomponer a su marido a base de caricias, de manoseos y de cuidados que acababan en el lecho nupcial.     ¡ Qué poderío de hembra tenia la panadera! ! Que bravura de moza a todas horas!.  Quedó la cama de la abuela de los Vargas deshecha durante todo el día: las mantas tiradas por el suelo, los muebles dislocados, D. Julián aturdido y la panadera ondulando sus panes sobre un procurador en retirada. Aquello no eran tetas, aquello era más: aquello era un vendaval macizo como dos medios mundos que bailaran sobre una Vía Láctea al ritmo del jadeo. Y el dale y dale, y las vergüenzas del Vargas asomando ridículas a la explosión galáctica de la moza en flor. Así, D. Julián intentaba seguir el ajetreo de la esposa  sacudiendo su imaginación en un éxtasis vertiginoso que pasaba del placer a la desesperación, de la desesperación a la vergüenza y de la vergüenza a un lastimoso huir por los pasillos y patios de la casona perseguido por la panadera rebosante. Hasta los pájaros de perdiz detuvieron su canto, proclamo.
Pasada la tormenta, y aliviada la situación por unas diarreas providenciales sobrevenidas, D. Julián pensó que lo peor había pasado. Era hora de exigir al panadero su parte del trato.  Anunciado estaba el encalado de la casa  y el parcheo de la fachada y el tejado, solo que el remedio de las goteras colmo el exiguo vaso de generosidad de Fabián. A las primeras de cambio el panadero asentó posiciones.  La negativa que recibió el hijosdalgo a tapar el primer goterón  a consta de los bollos de la panadería, puso las cosas en su sitio. No eran agujeros los que aquel apaño iba a tapar, no. Al menos en la casa de los Vargas habría de cubrirlos o disimularlos el procurador. Así lo dijo Fabián, y así lo cumplió, como hombre de palabra que era. Ni un duro, ni un duro, se lamentaba nuestro hombre cuando exhausto de los amoríos de la lozana se refugiaba en retirada en el pajar. En cuanto a la edad del panadero, próxima a la de D. Julián, nada hacía presagiar  herencias salvíficas. Así fue como la vetusta casa de los Vargas se preparó para aguantar goteras y añadir secretos a su centenaria historia.
 Como las cosas llegan a su sitio, y las aguas a su cauce, casi sin querer queriendo Emilia acabó   matando sus ardores  con  un vecino mozo que saltaba la tapia del corral  y allí se refocilaba con la ardorosa procuradora que acudía a coger los huevos de las “aves”. Todo ello amparado  por el silencio de los patios  de la casa, y por las prolongadas ausencias de D. Julián que acudía a su hogar exclusivamente a comer y a dormir alarmado de los trabajos a los que era sometido en su domicilio si el médico  no salía en su auxilio.
 Una vez al mes marchaba D. Julián a Sevilla  a rendir cuentas de la administración de una finca  de los Marqueses de X, colindante a la suya, lo  que en teoría no le reportaba los dineros para vivir  pues llevaba las cuentas, según él,  por amistad y sin cobrar un céntimo. ( Eso sí: que se sepa jamás hubo olivos tan portentosamente fruteros, ni dehesa donde se mataran mas perdices que en la suya. )
 No eran pues excesivamente arriesgados los amores de la panadera y el estudiante,  - que estudiante era y  de Derecho  el galán de la señora -  en las corralas y el pajar de la casa de los Vargas durante los meses de verano. Saltaba el mozo, aguardaba ella en posición de faena, se arrullaban, se gozaban, se citaban para luego: a las tres, en la siesta del procurador; a las siete, en la hora de la visita; a las diez, en los días de ausencia; a todas horas siempre que terciara.
Adelgazó el  estudiante  bien cierto. Resintiose el Civil y el Romanillo sin duda, y todo ello en un progreso rebosante de la salud de Dñª Emilia que cada día estaba más tersa, más activa, más maciza y más seductora. 
Para justificar su conciencia  de empresario activo y diligente, D. Julián había adoptado la costumbre de vigilar su patrimonio, y para ello (y para acomodarse a los avances de la ciencia) había adquirido en Sevilla unos prismáticos  con los cuales, desde el mirador de la plaza,  observaba sus olivos y los de los Marqueses de X. Lástima, eso sí, decía D. Julián, que desde el mirador no se alcanzara más que el tejado de la casa de los Vargas, pues si no,  tomando su café, podía vigilar sus posesiones, sus olivos y su coto. Si hubiera alcanzado el pajar, hubiera podido ver  el monte embravecido de la esposa al que desde luego  el estudiante daba toda la labor que merecía la finca, pero ya digo: desde allí no alcanzaba la rasante del trípode.
            En invierno la satisfacción de la procuradora era más complicada.  El estudiante marchaba a Granada y Dñª  Emilia languidecía maldiciendo  las Leyes Mercantiles, el Romano, y las teorías del contrato.  Viendo Emilia que el lumbago no mejoraba,  y ante la inminencia del próximo curso, y la marcha de su mozo a Granada, tomó la decisión de arreglar el asunto y solucionar el angustioso invierno que se avecinaba sin estudiante y sin marido. Así que una mañana, partido que fue su esposo a su procuraduría habitual  se puso el velo, cogió la calle, llegó a la plaza de la Iglesia - mientras su marido desayunaba - y se sentó a su lado.
·      He pensado, le dijo a D. Julián, lo mucho que trabajas y cuantas son tus responsabilidades. Más aún con este lumbago terrible que te aqueja. Las fincas, la Romana, los Marqueses, los asuntos del Casino…, las ovejas,  debías descansar.
·      ¿ Descansar. , Cómo?.. ¡ Mujeres!

            Emilia cogió los prismáticos y distraídamente, como si nada llevó a su marido al mirador y desde allí le dijo:

*                     D. Gerardo, el párroco , esta viejo . Le han mandado ayuda.  El coadjutor nuevo   tiene poco trabajo. Desde aquí el coadjutor vería cualquier movimiento del pueblo. Podría controlar que nadie te robara la aceituna.  Bajo secreto de confesión no podría hablar de la Romana …, ni de las ovejas …, ni de los carros de aceituna que equivocan el camino…;  Tendrías más tiempo para ir al Casino …, a Sevilla los viernes …, los lunes regresarais más relajado .

            Julián la miró con admiración contenida. ¿ por qué no ?. Una semana después el coadjutor tenía unos prismáticos y un encargo.
*                     - Desde el campanario , Sr. Coadjutor - dijo Emilia - tiene Vd. un mirador sin rasante . Puede Vd. ver las fincas de mi marido , y hasta la propia casa. Vaya : cantar los pájaros de perdiz si le apetece, u observar lo que se hace en el pajar.

 A las doce subió el coadjutor al repique del Angelus. Villanueva se divisaba casi perpendicular,  casi completa, casi transparente. En ese momento Germán - el estudiante de Derecho -  saltaba el corral de las gallinas y la procuradora lo esperaba en un gran montón de paja que alcanzaba la visión desde el campanario de la Iglesia. Se diría que lo habían puesto allí para que él -  el coadjutor - pudiera ver a la procuradora desnuda como la parió su madre. Aguardó el coadjutor ensimismado hasta que llegó el estudiante y se extasió en un asalto antes de bajar por la escalera. Estaba trastornado , excitado , absorto en las caderas ondulantes de la panadera que avanzaban y retrocedían como los álamos de la Romana en días de vendaval. Hasta octubre se repitió la historia del amor arropado en los toques del ángelus, y hasta octubre el coadjutor permaneció absorto en el jadeo y en la brisa , y en las bocas y en las almas. Y se enceló de tal manera que no había horas más que para Emilia, ni noches que no fueran recordar el amor cálido , arrullante, permanente. Como los pechos de la panadera. Como el sol que se ponía justo tras la Torre de la Iglesia e iluminaba de rojo el corral de D. Julián.
Cuando la Alsina partió  camino de Granada con el estudiante liberado y el macuto lleno del Serafini y el Castán, la procuradora  acudió  a tomar el sol a su rincón de siempre bajo el sol implacable del veranillo del membrillo. Aquel viernes D. Julián se había marchado a Sevilla. Sonaron las doce como el eco próximo  de cien badajos anchurosos de la Giralda en mayo. El coadjutor no tuvo que saltar por la tapia. La cancela del zaguán  estaba entreabierta como las piernas de la procuradora.
Y fue así como la panadera se consoló en verano con el estudiante y en invierno con el coadjutor mientras su marido procuraba en el Casino todos los días, y los fines de semana deambulaba por Sevilla. Eso sí, que se sepa, nadie le robó al procurador ni una sola aceituna.
  No son buenas las segundas nupcias , dijo el uno.  Desde luego aseguró el caminante, y en ese momento  acabó su narración . Se levantó, tomó su bastón , y se alejó hacia el poniente. Voy dijo, yo también, a controlar que nadie se lleve la aceituna…

miércoles, 3 de abril de 2013

CUENTO DEL GATO ROMANO, LA GATA NEGRA Y EL OLIVO DE YUSUF


CUENTO DEL GATO ROMANO, LA GATA NEGRA Y EL OLIVO DE YUSUF


Ibn Arabi representó  el momento culminante del misticismo hispano musulmán en una floración de  sufís que no tiene precedentes en otro lugar islámico. Conocemos a este grupo de místicos españoles  gracias a un tratado de Ibn Arabi llamado Epístola de la Santidad que tiene mucho que ver en uno de sus capítulos con un olivo murciano al que voy a referirme en este cuento.
En efecto,  en la Al Ándalus de la segunda mitad del S. XII y los albores del  S. XIII, una abigarrada multitud de santones, ascetas, videntes, taumaturgos aparece a nuestros ojos de la mano de  Ibn Arabi en la obra citada; gentes que van recorriendo los pueblos y ciudades Andaluzas y se nos muestran con sus rasgos físicos y morales y sobre todo incardinados en el mundo andalusí previo a las conquistas de Fernando III el Santo. Ibn Arabi nos va   presentando uno a uno al cenobítico, al eremítico, al peregrinante, al monástico, al curandero, al predicador, al escatológico, al labrador y en fin a toda una pléyade de hombres que pretenden por diversos caminos su unión con Allah.
Entre todos ellos vamos a citar a Chafar al-Uryani,  un sevillano campesino e iletrado pero que disertaba sobre la ciencia de la unificación con Allah en tales términos que arrebataba al auditorio. De parecido talante era Salid al-Adawi, asceta hosco y solitario que se arrebataba en la oración hasta metas equiparables a los místicos cristianos del S XVI, y sobre todo, y en relación a nuestra historia, Abu l-Hachad Yusuf, un sufí de Subárbol que de joven vivió en la meditación y en el cultivo de un huerto murciano, y cuando llegó a la vejez se mantuvo de las limosnas que le daba el pueblo.
Resulta que  Hachad Yusuf tenía poderes taumatúrgicos, pero sobre todo encaminó su unión a Allah mediante una oración de una abstracción plena y un recogimiento admirable. Y ahí viene la historia del olivo de Yusuf que habla de un olivo centenario de tronco tortuoso y sombra apacible.[1] Resulta también que el ya anciano Yusuf, cuando pasó lo que voy a contaros, vivía en una barraca de la huerta murciana rodeada de una tierruca en la que, mientras pudo, nuestro sufi había cultivado algunas hortalizas y verduras. La barraca de Yusuf estaba construida en la misma huerta junto a un pozo de brocal encalado a un par de metros de un olivo centenario. Cada día, al alba, Ibn Arabi – su discípulo y biógrafo -  acudía a remediar en lo posible las necesidades del anciano y maestro hasta que el gran místico Arabi partió para el Oriente a difundir su doctrina.
Tenía Yusuf una gata negra y una cabra parda como únicas pertenencias; la gata  dormitaba sin parar  junto a su amo que le acariciaba el lomo de la mañana a la noche con la mano izquierda. Yusuf y su gata pasaban el día junto al brocal del pozo; el amo apoyando la espalda en el tronco del olivo centenario, y la gata tumbada sobre el ronzal con el que Ibn Arabi sacaba un caldero de agua fresca que dejaba junto a Yusuf.
Cuenta la historia – a la que yo ciertamente he añadido algunos detalles – que la gata tenia el don de distinguir a las gentes: con los santos era mansa y con los pecadores arisca y huidiza. Así situado junto al olivo, metía Yusuf la mano derecha en el agua con suavidad infinita llevándose a los labios, de vez en cuando, su dedo índice para calmar la sed. Al alba tomaba nuestro hombre unos sorbos de leche de la cabra y algún suero o calostros cuando la cabra estaba parida. La cabra pastaba libremente por las veredas y acequias de las huertas, sin que jamás pisara un hortal o estropeara un fruto. 
El caso es que según parece  Ibn Arabi encomendó a un discípulo suyo llamado Abu Ali al-Chakkaz, un sevillano sufí y con gracejo, el cuidado del anciano Yusuf, rogándole que lo visitara con frecuencia, aprendiera del maestro la forma de concentrarse para la oración y le atendiera en sus necesidades más perentorias. Abu Ali alcanzó un estado de oración tan fervorosa que derramaba mientras oraba lágrimas ardientísimas, pero pasada la oración mantenía una apasionada afición al matrimonio, sin el cual no podía pasar.
En fin, que a los efectos de esta historia ya tenemos a los principales personajes más o menos dibujados en tiempo y el espacio: Yusuf el anciano maestro y su gata; Alí el sufí sevillano llorando en la oración sin menoscabo de  su afición a las señoras, y Ibn Arabi como maestro de ceremonias. Y todo en una huerta murciana del S. XIII.
Llego Alí una soleada mañana de abril a la huerta de Yusuf;  ayudó a Yusuf a levantarse del jergón de la barraca y colocó al maestro junto al tronco del olivo. Luego sacó el agua del pozo y la puso junto al anciano. Ambos,  a eso de las diez,  comenzaron a rezar intentando por todos los medios elevar su espíritu hasta Allah.
-          Así paso las horas rezando, se dijo Alí, el sevillano, hasta que al ponerse el sol llegue la bella Jinane…

Pero mire usted por donde  la gata negra de Yusuf estaba en celo y comenzó a maullar pidiendo macho, aullidos que excitaron al sevillano secándole las lagrimas de la oración y excitando la imaginación de nuestro buen sufí. ¿Qué hacer?, se decía el bueno de Alí:
-          mientras la gata maúlle yo no me concentro, y si no me concentro pierdo la mañana, y si pierdo la mañana tendré remordimientos por la tarde cuando venga Jinane… Lo mejor será que intente arreglarlo.
Y Alí marchó a una huerta vecina en la que  había visto un hermoso gato romano de lucido pelaje. Y se lo pidió a su dueño, otro santón de la comarca llamado  Abd Allah Ibn al-Ustad  - del cual habría mucho que hablar – contándole la situación de la gata negra de Yusuf, es decir que estaba en celo . Puestos de acuerdo ambos sufís metieron al gato romano en un saco de esparto y cargándolo a cuestas Alí lo llevo hasta la huerta de Yusuf.
-          Ya estoy aquí preciosa, le dijo a la gata, y te traigo un regalito que se si se mueve en tu rabo como en mis riñones va a ser un primor… y soltó al gato.
Pero el gato romano, con el trasiego del saco, estaba mareado y no dio la talla en un buen rato. Para cuando se enderezó e intentó montar a la gata pasarían un par de horas con el mosqueo de la hembra y la desesperación de Alí que veía como se complicaba su cita con Jinane. El caso es que la gata viendo ya que el asunto iba en serio, dio un salto y se encaramó a una rama del olivo en cuyo tronco descansaba Yusuf. No pudo el gato romano, llamado Surco, seguir a la gata pues esta se había encaramado a una rama tan fina que Surco intuyó que no lo aguantaría. La ramita estaba en flor y la trama del olivo la hacía balancearse en exceso. Algunas flores, ya abiertas, matizaban de amarillo la solera del olivo donde Yusuf meditaba. Tal era la concentración del anciano en su unión con Allah que en todo el follón de la gata no  había movido ni los parpados y el polen del olivo empezaba a tapizar su turbante y sus cejas como los tamos cubren las piedras de las eras. Y es que Surco intentaba avanzar por la ramilla donde aguardaba la gata negra y se escurría, y se agarraba a las hojas como un equilibrista y la gata maullaba y en fin que el espectáculo no comenzaba y Ali estaba perdiendo no solo las lágrimas, sino también la paciencia.
De esa guisa nuestro sufí sevillano agarró una pestuga del pie de un olivo y hurgó a la gata para que se bajara del árbol y permitiera a Surco hacer su ley con tal tino que el animal saltó a tierra, arrastró a Surco y ambos vinieron a caer a un par de metros del maestro Yusuf. Este seguía estático, impertérrito, con la mirada ida y la barba escarchada de polen. Alí, el sevillano, por el contrario, estaba excitadísimo y contemplaba como Surco, ya dueño de la situación, lucia su pelaje sobre la gata negra, moviéndose al ritmo de la brisa, acariciando el cuello de su amada y sometiéndola a su gustosa tarea.
Pero como el diablo las carga, y más en las circunstancias que cuento, el caso es que ante el empuje de Surco, buscando su camino, y ante la dificultad de los rabos entrelazados y el ansia de los amantes, empujaba a la  gatilla negra y esta fue escurriéndose y acercándose, no sé si para refugiarse o para qué, a su amo Yusuf que metía la mano derecha en  el caldero de agua y buscaba con la izquierda el lomo del animal ahora ocupado por Surco. Sus ojos y su mente, sin embargo, seguían con Allah. No estaría la pareja de amantes gatunos ya a más de dos cuartas del anciano Yusuf cuando pasó lo que tenía que pasar, es decir que el gato acertó en la metienda y el maullido  fue descomunal y los animales se separaron con violencia;  la gata buscó desesperadamente en un salto los pliegues de la túnica de Yusuf. Y Surco, sin pararse a mientes, pues eso: que siguió a la gata y se encaramó de nuevo en la jodienda arropado ahora por los pliegues de la túnica de Yusuf.
Y Yuyuf, el anciano que tenía la cabeza levantada y los ojos abiertos mirando al cielo, rompió sus éxtasis y miró a su alrededor y guardó silencio. Los que no guardaron silencio fueron Surco y la gata durante durante una, dos, o yo qué sé cuantas cópulas se hicieron entre los ropajes del santón.
A la tarde  llegó Ibn Arabi y preguntó a nuestro místico como le había ido el día.
-          Estoy consternado, hijo, he roto mi oración.  Allah, el misericordioso, no ha permitido que mi espíritu se uniera íntimamente al de Él. Ha permitido que  contemple una de las grandes maravillas de la Creación, que el mismo Alláh ha puesto ante mis ojos para que alabe su grandeza.
No entendió bien Ibn Arabi las amargas quejas de Yusuf, así que interrogó al sufí hispalense.Y entonces Alí, también consternado por la tristeza del maestro, le conto a Ibn Arabi, con más o menos detalles, lo sucedido con la gata negra.
-          No hijo, no, respondió Yusuf, nada de eso ha alterado mi oración. Yo no he visto la jodienda del gato.  Ha sido la contemplación de ese olivo en flor que hay junto al brocal del pozo. Creo que es el sumun de lo creado.
Dos cosas me surgen de la lectura de esta historia  que someto a la consideración del lector: la primera es que Yusuf alcanzó la paz con la contemplación del olivo, pues comprendió que los caminos de Alláh son insondables y variados. La segunda, de la cual estoy casi seguro, es que marchado Ibn Arabi, y llegada Jinane, ambos , Alí y la chica,  hicieron el amor a la sombra del umbroso olivo descubierto por Yusuf a resultas del celo de su gata. Y es que donde se ponga la sombra de un olivo…
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, haciendo saber que durante siglos hubo un olivo en la huerta murciana al que llamaron el olivo de Yusuf.

Cuando el caminante escuchó esta historia elevó los ojos al cielo y  siguió su camino.  


[1] In Cuevas, Cristóbal: El pensamiento del Islam. Pg. 234 Madrid 1972.

CUENTO DE LAS PROPIEDADES MEDICINALES DEL OLIVO SALVAJE Y DOMESTICO




Es significativo como los conocimientos científico médicos de los griegos llegaron en la Edad Media a los países Europeos, y como con ellos se gestó en Italia, y más tarde en el resto de Europa, la decisiva etapa del Renacimiento. En efecto: el peregrinaje de la Ciencia, y especialmente de las ciencias médicas merece no ya un cuento, sino un estudio histórico pormenorizado de este fenómeno cultural tan decisivo en el devenir del pensamiento occidental. Este estudio, además, ha sido ya realizado por los mejores especialistas de la materia desde hace muchos años.
Pero este librejo es una recolección de cuentos y como tal, y en relación al olivo, os voy a dar algunos datos curiosos de lo que sucedió en la Córdoba de Abderramán III en la época de la proclamación del Califato Omeya.  Como es lógico, al darle la palabra a Abderramán III, o a su médico Hasdai me tengo que inventar lo que dijeron, porque por desgracia yo no estaba allí; pero lo que no me he inventado son las propiedades que los romanos atribuían al olivo; y no me las he inventado porque constan en el Pedacio Dioscorides traducido por Andrés Laguna y publicado en Salamanca en 1555.    Así pues este cuento, como todos los cuentos, tiene parte documentada y parte de ficción, y espero que os guste. Ahí va.
Sería el año 949 de nuestro calendario cuando llegó a Córdoba un embajador  del Emperador bizantino Constantino Porfirogéneta.
-          Señor, dijo el embajador a Abderramán III cuando estuvo en su presencia: el Emperador, mi amo, os obsequia con la más útil obra que ha dado el pensamiento griego. Una obra que recoge todas las plantas medicinales del califato Abasí. Lo escribió el médico romano Pedacio Dioscorides Anazarbeo hace más de siete siglos, y ha sido traducido al árabe en Bagdad. La gran medicina de Jundisapur se basa en el conocimiento de esta obra.
-          Que venga Hasdai a mi presencia, ordenó Abderramán.
Hasdai ibn Shaprut era un judío de Jaén oficialmente medico del Califa y que hablaba, además del hebreo, el árabe y el latín, pero no el griego. Hasdai ojeó el códice del Dioscorides y comprobó cómo, en efecto, el texto estaba precisamente en griego.
-          Señor, este códice está en griego…, aunque según el embajador bizantino lo han traducido al árabe en Bagdad…
-          ¿Cómo puedo sin humillación pedirle a un Califa Abasí una traducción al árabe de un texto griego? ¿No hay nadie en Córdoba que haga el trabajo…? dijo el Sultán de los creyentes.
-          Señor, hay traductores que saben griego, pero no saben medicina y hay médicos que saben medicina pero no saben griego. ¿Quizás en Toledo…?
-          Quiero la traducción aquí en Córdoba y ya. El Califato Omeya debe conocer las plantas medicinales…; vuelve a Bizancio – le dijo al embajador - y dile a tu Emperador que me envíe un traductor de confianza. Este códice estará en árabe y al servicio de mis súbditos antes de un año…; Hasdai, tu eres médico; te encomiendo esta orden, que el embajador tenga a su disposición una nao en Málaga lo antes posible…y que el embajador embarque presto
-          Escucho y obedezco contestó Hasdai...
Y así fue como tres meses después llegó a Córdoba el fraile Nicolás enviado por el Emperador Constantino, y como entre Nicolás y Hasdai pusieron el Dioscorides del griego al árabe, y en árabe se difundió por toda España.[1].

Quinientos años después el Dioscorides se imprimió por primera vez, en latín, en 1478, en Colle ( Toscana)) por Pedro Paduano. Y unos años después fue traducido al castellano por Andrés Laguna
A principios del S. XVII cierto boticario llamado Antón el malagueño le contó a si hijo Gonzalo las virtudes del olivo, y para precisar más le pidió le trajera el Dioscorides de Laguna y que leyera el capitulo CXVI de la obra.
-          Lee tú, hijo; lee tú que yo apenas veo. Y el Gonzalo comenzó de esta manera:
“ Del olivo salvaje y domestico”…, yo no conozco el olivo salvaje …
-          Son los acebuches, hijo. Si quieres encontrar uno sigue el vuelo de una paloma hasta las cercanías de un palomar…
-          ¿Qué tiene que ver, padre, la paloma con el acebuche?
-          Cuando una paloma se traga una aceituna en el mes de febrero o marzo – cuando la aceituna está en el suelo – fermenta en el buche una sustancia que le quita la virtud a la simiente; allí donde la paloma cague nacerá un acebuche, si el hueso conserva su esencia y …,pero venga, vamos, le animó el padre; déjate de acebuches,  lee despacio y con atención que este capítulo de la Palestra trata de la planta reina de la medicina y la botica,,,; además que sepas que las propiedades que vas a leer son de la época de los romanos…, hace casi mil quinientos años. Y desde la fundación de Atenas, Atenea presentó a Zeus esta planta como sanadora del cuerpo… 

Y el Gonzalo continuó de esta guisa:
“Las hojas del olivo salvaje, aprietan. Majadas y aplicadas en forma de emplasto, sanan el fuego de San Antón, las postillas llamadas epinyetidas de los Griegos, los Carbúnculos, las llagas que van cundiendo, las corrosivas, y finalmente los panadizos. Aplicadas con miel hacen caer las costras engendradas de los cauterios, mundifican las llagas sucias, resuelven las inflamaciones y sueldan  
Cuando Gonzalo terminó la lectura de las propiedades del olivo, oyeron unos pasos; era el Caminante que se alejaba doblando una hoja de papel.
-          Creo, dijo Gonzalo, que ese hombre ha copiado lo que yo leía.
Tenlo por seguro, Gonzalo, que del olivo el Caminante hará verso; y si no, léete el cuento de Yusuf que viene a continuación


[1] Pedacio Dioscorides Anazarbeo vivió en Roma en la época de Nerón.  Fue un médico y farmacólogo que siguió a las legiones romanas por toda la cuenca mediterránea y escribió una obra en cinco volúmenes, titulada De Materia Medica, precursora de la moderna farmacopea. El texto describe unas 600 plantas medicinales,  90 minerales y alrededor de 30 sustancias de origen animal

domingo, 31 de marzo de 2013

CUENTO DEL CURRO, LA ESPERANZA, LA SOLEDAD Y EL HOYO DE PAN Y ACEITE




Este cuento, cuando lo escribí, estaba inspirado en una moza conocida mía a la que en la ficción llamé Esperanza. Ella, quizás, si lee estas lineas se reconozca en ellas. De cualquier forma su espíritu sigue aquí expresado y recogido en las aguas tranquilas de un estanquillo umbroso situado a la vera de un camino. Hala!, va por tí.

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Había una vez un hombre llamado Curro que tenía un haza de olivar en una solana a un par de leguas de un caluroso pueblo de Andalucía. Un buen día nuestro hombre llegó a la Solana y serían las dos de la tarde cuando se quedó sin agua en la cantimplora…
-          Me vuelvo al pueblo, que el agua es precisa. Mejor: me voy al huerto de la Esperanza, allí almuerzo, descanso, y mañana será otro día.
Y así fue que el Curro guardó la hachuela y se dirigió al huerto que distaba, por la mesta, apenas doscientos metros de su finca. El agua del manantial del haza de Esperanza se remansaba en un estanque umbroso rodeado de higueras y cerezos. Unas cuantas olivas, dominadas por el estanque, se beneficiaban del manantial a través de un caz medianejo que recorría sin prisas cada uno de los arboles. Luego, más abajo, el agua se perdía en el zarzal del barranco. A la derecha, junto a la terrera, el huerto de la Esperanza se remataba con una praderilla de tréboles y juncia  mientras un par de álamos blancos, de plateada hoja, marcaban el lindero de la finca.  
Además del Curro otros caminantes solían sestear junto al  estanquillo de piedra descrito cuando, camino de sus casas, arreciaba el agosto.  Era pues un abrevadero de mesta deleitoso  aquel paraje. La Esperanza, además, lo tenía todo limpio y bien cuidado. 
Así pues nuestro hombre llegó al estanquillo, trabó la mula junto a una retama, abrió una latilla de sardinas y se la ventiló junto al Tango, su podenco de mirada viva .  Terminadas las sardinas, el chucho lamió la lata con el regusto del aceite del envase . Pero mire usted por donde el perro agonioso  empujó  la lata y esta cayó al agua con tan mala suerte que la brisa la empujo hasta el centro como si fuera un barquito. Tres o cuatro metros más allá del borde, la lata se detuvo en una cama de rana.
-          Mierda, se dijo el Curro: ¿Cómo cojo ahora la lata?; y…,  si viene la Esperanza y ve el estanque sucio seguro que la arma. ¡Pues no es nadie la Esperanza! Mejor que me vaya,  no sea que me pille. Además tampoco es tan grave la cosa; ha sido el Tango, le diré,  y asunto resuelto.

-          Pues metete en el agua, me dirá ella, que para eso el perro es tuyo…
-          Pues no me meto que está hondo y…
-          ¡Curro!, o me quitas la lata o te denuncio – seguía pensando para sus adentros el Curro  que le contestaría la moza-.
-          Pues denúnciame si quieres, que la lata se queda en la cama de rana por hoy, y no se hable más.
Y el Curro se marchó apesadumbrado pensando lo que diría la Esperanza si lo hubiera pillado in fraganti en el asunto de la lata de sardinas. La verdad es que le gustaba la Esperanza; estaba todavía lozana, prieta, con garbo y con unos ojos expresivos que a nuestro amigo le hacían tilín. Se mueve  bien la Esperanza, le decía el Curro al Tango camino del pueblo
-          ¿a que se mueve bien la Esperanza, chucho marrano?, precisaba el labradorcete imprecando al podenco en lo de la lata de sardinas mientras este marchaba a un tiro de piedra delante de la mula.
-          ¿a que cuida su huerto con esmero?, ¿a que es una buena mujer?,  pero… mira que lo que me habría dicho con el asunto de la lata. ¡hay que ver como se ha puesto!...¿tú qué harías Tango, si te pasara lo que me ha pasado a mi…
-          Pero jodio Curro – se seguía diciendo el Curro – si no te ha dicho nada…; si en el estanque estabas tú solo…; si te lo has dicho tu todo.
-          Bueno – insistía el desgraciado de nuestro amigo – pero si llega a estar me lo dice; como que está el sol en lo alto que me lo hubiera dicho…
-          Pero Curro, Curro de los cojones, - se decía el Curro para sí: si el sol ya no está en lo alto, que es media tarde…; eres un capullo de cojitranco. Y lo que no entiendo, maldita sea,  es que si la Esperanza te gusta, si quieres estar con ella, si se te vienen sus tetas a la azotea cada vez que cierras los ojos, si no te ha dicho na de la lata, pedazo de mierda de tío… coge el toro por los cuernos, vete a su casa y le confiesas la gilipollez de las sardinas…
En fin que en estos pensamientos  iba nuestro hombre camino del pueblo cuando en  lontananza apareció la moza con un par de amigas, seguro que a coger una banasta de higos de la higuera.  
-          Ahora verán lo de la lata…, y además me echarán la culpa…, que las hembras son ganao peligroso. Y entre las tres le darán a la lengua…; y lo peor es que yo no he hecho nada, que ha sido el perro. Pues se van a quedar con la ganas de verme  que no me cruzo  y ya está ¡ea!, que doy un rodeo y me meto en mi casa…
Y el Curro se apartó del camino y dando un rodeo evitó el encuentro. Luego,  ya en su casa, le quitó el aparejo a la mula, le echó al perro los restos del almuerzo y se tumbó en la cama. Como cada noche, al cerrar los ojos, se aparecieron las tetas poderosas de la dueña del huerto de la mesta.
-          Eso sí, se dijo el Curro mirando al techo:  mientras pienso en la Esperanza no pienso en otra cosa, que esto del aceite es una ruina. Aunque, ahora que caigo…, debe tener los pezones más dulces que lo higos que van a coger… Y pensando en los higos se quedó dormido.
Cuando a la mañana siguiente el Curro volvió a la Solana se asomó al estanque y vio que la lata seguía anclada en la cama de rana, pero esta vez cortó una caña del cañaveral que había cerca de la linde y recuperó el envase; luego cumplió su jornada de trabajo.
A la tarde, de regreso a casa, pasó por el huerto de la Esperanza y la encontró allí, cogiendo higos como el día anterior.
-          Buenas tardes Esperanza; ¿Te ayudo con los higos?
-          No Curro, no hace falta: están todavía verdes y raspan en la boca.
-          Bueno, lo dejamos para otro día, respondió el Curro.
-          Quizás, pero ya ves: esta higuera no cuaja como yo quisiera y los higos no dan el dulzor de los Isabeles.
-          Entonces… ¿para que los coges?
-           No los cojo; hago como que los cojo para que la gente vea que cuido mi higuera; luego los tiro por el balate…; por hoy ya he terminado, ¿nos vamos para el pueblo?
-          No puedo, tengo que volver a la Solana, mintió el Curro que estaba ciertamente desconcertado con la conducta de Esperanza y sin ganas de la compañía. Además solo venía a recoger la lata.
-          ¿Qué lata?

Y el Curro contó más o menos la historia de la lata y la canción del caminante. Y entonces la Esperanza, muy digna ella, se sintió ofendida y le dijo al Curro que se fuera del huerto y que su sed la apaciguara en otra parte.  Y es que, pensó el Curro, la Esperanza y él no estaban en la misma onda, ni en la misma sed.
Unos días más tarde estaba el Curro en su Solana cuando sintió voces en el chortal que había junto al arroyo y acudió presto. Dos gañanes intentaban, a latigazo limpio, que un par de mulas sacaran del fango un elegante faetón. En el faetón viajaba una hermosísima dama vestida de negro.
-          ¿Puedo ayudar?
-          Si nos sacas de esta tendrás tu recompensa, dijo la dama
-          Si le ordena a sus gañanes que dejen el látigo a lo mejor hacemos algo.
Y la dama ordenó a sus empleados que dejasen tranquilas a las mulas y le pidió al Curro que hiciera ese algo que decía. El Curro se fue a la camada más próxima, que estaba despestugando, abrazó dos montones de pestugas y las colocó bajo las ruedas delanteras.
-          Bájese Vd.  del coche, le dijo a la dama,

y para que no se le mancharan los zapatos extendió otro montón de pestugas bajo el estribo.  Luego se fue a los animales, les acarició el cuello y tiró suavemente de las riendas.

-          Me llamo Dñª Soledad de Haro y voy camino de Sevilla. ¿Cómo puedo recompensarlo?
-          No me debe nada, dijo el Curro; en los caminos hay que ayudar a quien lo necesita
-          ¿Quiere que lo llevemos hasta el pueblo?
-          Bueno, no me vendría mal que con esto de las pestugas me duele la cintura.
-          De acuerdo, subid – le dijo a los gañanes - ; y los cuatro reanudaron el camino hacia el pueblo.

Para congraciarse con el Curro, Dña Soledad sacó una preciosa cajita abrió la tapa y le ofreció a nuestro hombre una deliciosas pastas de chocolate. Al inclinarse con la caja y el ofrecimiento mostró por el escote el inicio de unas tetas bien colocadas, derechas, de suavísima piel. Y es que la Soledad era una moza en flor, vestida de negro pero en flor. Tenía el pelo recogido sobre la nuca y un garbo cien veces superior a la Esperanza que lo dejara un par de días antes.
-          No gracias, dijo el Curro. Acabo de comer.
-          Usted se lo pierde, dijo la dama. Si viniera conmigo despediría a estos – por los gañanes – y haríamos el camino a Sevilla juntos. Luego, en la Ciudad podría Vd. hacer lo que le viniese en gana.
Y es que se ve que aquella Srª, además de elegante y atractiva, atraía a los caminantes con sus formas y su garbo.
-          Venga aquí a mi lado, le dijo la Dama al Curro; cámbiese de asiento y  se coloca en la cintura este chal de lana, le hará bien y cederá el lumbago.

Y quitándose el chal de las rodillas  se lo enjaretó al Curro en la espalda. Usted y yo podemos podemos ser amigos; ha tratado a las mulas con guante de seda, y eso es lo que yo necesito. Un hombre con mano de hierro y guante de seda. Un hombre que sea capaz de seguirme…

-          Yo tengo aquí mis olivas, Señora; no son muchas, pero son mis olivas.
-          Si usted no viene conmigo, yo puedo quedarme con usted…
-          Señora, detenga el coche, por favor.
Y el Curro se bajó y continuó su camino andando
-          Venga a verme cuando quiera,  voceaba la Soledad desde el faetón que se alejaba por el camino polvoriento. La estaré esperando…; sé que vendrá; se lo he visto en los ojos…
Y el Curro siguió caminando por el camino aquel que conducía a su Solana. No sabía bien a donde iba, si a sus olivas o a su casa, a su ayer o a su mañana.  En esas estaba el Curro cuando se cruzó con la Salvadora, su vecina.
-          Qué te pasa, Curro, que te veo macilento
-          No me pasa nada; es que vengo de la Solana cansadillo. La vida tiene más pestugas de la cuenta..
-          Serán las olivas, no la vida. Me parece que te hace falta un reposo…; anda, para, siéntate aquí.
Y el Curro y la Salvadora se sentaron en un ribazo, y la mujer aquella, su vecina, a la que conocía de toda la vida, sacó de una capacha de esparto una hogaza de pan y le hizo al Curro un hoyo de aceite de oliva. Luego, sobre el aceite, espurreó una poquita azúcar.
Y colorín colorado este cuento del Curro y sus pesares se ha acabado. El caminante, en este caso, se alejó canturreando:

Tiene los pezones dulces,
Tiene los pezones duros,
Dulces son como las brevas,
Como los higos maduros.

No me acarrees silencios
No me turben tus murmullos
Que tú tienes los pezones
Como los higos maduros…

No me ofrezcas chocolate
No me turbe tu cintura
Que me basta lo que tengo
Con un poquito de azúcar

miércoles, 20 de marzo de 2013

HISTORIA DE JUAN EL CAGUETILLA Final.



3.- Se opera entre los olivos hasta entrar Porcuna.
Llegamos al día 30, penúltimo día del año 1.936, y tras ser relevado en Lopera por las tropas de Álvarez de Rementería la columna del Teniente Coronel Redondo inició su  aproximación a Porcuna.
El ataque de la columna Redondo se inició el día 31, el día en que yo tenía la cita con el Andrés en la Sacristía de la Iglesia. En vanguardia dicen que venía el capitán Zuleta – el que me habló en Cabra -  con cien requetés del Tercio de la Merced, y el resto siguieron con protección de la artillería; esta última columna, la del capitán Zuleta consiguió a las cuatro de la tarde, con la sección de caballería de Regulares, cortar, tras gran resistencia republicana, la carretera de Arjona, como a unos 2 kilómetros de Porcuna.
A las 4 de la tarde del día 31, el comandante Sánchez Ocaña que mandaba los escuadrones de caballería de Policía Montada y Regulares de Ceuta realizó una maniobra de envolvimiento, consiguiendo alcanzar la carretera de Arjona, facilitando la entrada de los requetés, por el único lugar por donde era más accesible el pueblo. Pero allí se paró el avance; como si los dos bandos decidieran irse a despedir el año y comenzar de nuevo a matarse en Enero. Las Guerras Civiles son así de puñeteras y de crueles. Hoy no me mates, mátame el año que viene, se dijeron los unos a los otros y en paz unas horas.
No sé cómo se las arregló la Rosa, o si se seguirían instrucciones del Algabeño antes de morir,  pero a eso de las diez de la noche me dieron el alta y me ordenaron ir a la Walter. El pueblo estaba absolutamente solo, casi diría desértico. De vez en cuando se cruzaban en mi camino alguna columna de brigadistas que intentaban más huir que otra cosa. No hubo tropiezos y me planté en la puerta de la sacristía. A las once llego la Rosa; venía sola. A partir de aquí vuelvo a darle la palabra a la Rosa pues ella sabe mejor que nadie lo que pasó allí y que luego le contó al Francisco. Así que sigue contando la Rosa.

4. De cómo nos mataron al Juan y a mí.

-          Juan, no digas na y sígueme a distancia, le dije a mi Juan.
Fuimos por calle arriba hasta que entré en una casa principal de aquellas que saquearon los rojos en julio y pasearon a sus dueños. Mi tía Ángela había servido en aquella casa y me dio los detalles. La casa estaba deshabitada y bajamos a los sótanos. Allí, en bidones de hierro de esos remachados y con grifo de macho, estaba el aceite del Puente. Aquel jodido aceite que tanto dolor nos había dado.
No hacia frio; las bodegas conservan bien la temperatura, y apenas llegaba a nosotros la luz de una alcuza que traje de la casa de mi tía. Entreabrí los labios mirando a mi Juan. Nos abrazamos. Me gustó tanto que ni siquiera me acordé de que el Andrés vendría. Me atravesó una sensación agradable, más dulce que la miel. Lo abrace con más fuerza. Me tiró al suelo. Le permití que me besara y yo misma lo besé. Mientras nos besábamos fue como si el mundo entero lo cubriera una dulce oscuridad. Me introdujo la lengua en la boca. Me gustaba tanto lo que estaba haciendo que era como si el universo se sumergiera con nosotros en una luminosa bondad, no podía pensar que ocurriera nada malo. No sé el tiempo que transcurrió hasta que Juan me cogió dulcemente los pechos en sus manos. Aquello me gustó hasta tal punto que, olvidada de todo, quise que se llevara los pezones a la boca. No pudo hacerlo porque ni el mismo sabía bien lo que estaba haciendo.

En ese momento crujió una tabla del entarimado de la entrada de la bodega y percibí de inmediato que el Caguetilla separaba los brazos de mi cuerpo, y el crujido y el miedo comenzaron a interponerse entre nosotros a la vez que aparecía, al menos en mí, una sensación de vergüenza. Pero se rehízo y tiró hacia sí de mis nalgas y sentí su miembro endurecido apoyándose en mi vientre, y me dije a mi misma que aquello era lo normal, lo esperado, lo que habría de pasar si nos abrazábamos de aquella manera. Y fue entonces cuando el crujido que habíamos oído hacia unos minutos se hizo cadencia de pasos, ahora decididos y rápidos por el pasillo de los bidones de hierro remachados y el Andrés y Ramón el mancebo boticario, pariente del Juande que mataron en la Cruz, llegaron hasta nosotros. No dio tiempo a más; El Andrés ya no nos necesitaba: sabía donde estaba el aceite, así que sacó una pistola del nueve largo y la descerrajó en el Caguetilla. Las balas atravesaron a mi hombre y fueron a agujerear el bidón del aceite. Me abalancé sobre Juan intentando tapar la sangre que brotaba desde su cabeza y su cuello y formaba un charco con el aceite salido del bidón. La bala lo había perforado Le besé sus ojos de recién muerto o medio muerto, ojos espantados aún y abiertos como platos para mirarme por última vez. En ese instante pude oír un nuevo disparo. Me entró por la espalda y me salió por la teta izquierda. Me había partido el corazón.
Fue entonces cuando  llegó el Francisco que nos había seguido de lejos y se detuvo al ver entrar al Andrés. Llevaba una escopeta de cañones recortados, pero al verme en el suelo en un charco de sangre se olvidó de la escopeta e intentó socorrerme. Aprovechando el revuelo el Andrés y su compadre huyeron.

-          Entiérranos juntos, Francisco,, le dije; y cerré los ojos y me fui con mi Juan.


Tras dos días de intensos combates y reiterados bombardeos de la aviación, a las seis de la tarde del día 2 de Enero de 1.937, la vanguardia de la Columna Redondo enfiló por las calles de Porcuna, y a las voces de "Cara el Sol" y el redoble de las campanas anunciaron la ocupación de la localidad. A la columna Redondo le dieron la Medalla al merito militar, pero a mi Juan no; No hubo un alma caritativa que explicara el por qué iba uniformado, cuando murió, de brigadista.


5. Epilogo a la historia de Juan el Caguetilla

Francisco abrió los grifos de macho y el aceite se derramó por la bodega y empapó el suelo de piedra en su totalidad. A Rosa y a Juan los llevó Francisco  a Bujalance y los enterraron junto al Floro.

El Andrés salió huyendo por las únicas carreteras que le quedaban expeditas, las carreteras de Torredonjimeno y Valenzuela que a unos kilómetros de Porcuna tuerce hacia Higuera. En  Santiago de Calatrava le aguardaba la muerte. Un pelotón avanzadilla del Tercio de San Rafael le salió al paso y lo fusilaron en un mojón de la carretera. Él pidió que lo fusilaran en el tronco de un olivo, pero no le hicieron caso.

Y colorín colorado esta historia terrible ha terminado. La verdad sea dicha es que las cosas no fueron así en su totalidad; fueron aún más trágicas pues el aceite estaba en la sacristía y no en la casa que os he dicho. Cuando llegó la Rosa a la Iglesia, al Juan lo había ahorcado el Andrés colgándolo de la cruz del Cristo de la Buena Muerte, y a la Rosa la fusilaron a sus pies. Los pies del Juan casi llegaban al pecho destrozado de la Rosa… Pero me niego a escribir al respecto ni una palabra más. Dejemos las cosas como os las ha contado Rosa que ya está bien … de Guerras Civiles. Quiera Dios que los muertos reposen tranquilos, y yo también. Soy el Francisco, el mulero mayor del Puente Viejo.

Cuando el Caminante escuchó esta historia aceleró el paso y de sus labios salieron mansamente remansadas palabras que decían así. Padre nuestro que estás en los cielos, recoge el alma de esta pareja y dales una morada eterna en una adelfa blanca junto a un rio de la Gloria.

lunes, 11 de marzo de 2013

HISTORIA DE JUAN EL CAGUETILLA Tercera parte


3. De cómo el Caguetilla paso de requeté a formar parte de las Brigadas Internacionales

Sigue contando el Caguetilla.

Pero yo – como ya tengo dicho, continuó el Caguetilla,  no fui en ninguna de ellas. Por orden directa del capitán me mandaron volver a Cañete y presentarme al Comandante que custodiaba aquel pueblo desde  hace dos días. Se trataba del comandante Ortiz Magariño.

-          A las órdenes de Vd., mi comandante, se presenta el requeté Juan Rodríguez…
-          ¿Usted es el Caguetilla?; feo apodo, Juan; y más en tiempos de guerra.
-          Yo soy Juan Rodríguez mi comandante.
-          Es igual: tengo orden de que venga conmigo y siga mis instrucciones con precisión. Mañana se presenta Vd. en intendencia con este billete y le darán un macuto con ropa del ejército republicano. No diga nada; se une con nosotros hasta Rio Salado y allí se queda aunque nuestra columna retroceda; se pone Vd. la ropa del macuto, quema la suya y espera bajo el puente que vengan a buscarle; Usted ya conoce a su enlace así que no habrá problemas. A partir de ahí será Vd. un soldado de la República y le darán nuevas órdenes.  Esta conversación es secreto de Guerra; si no lo guarda, o contradice mis órdenes, es hombre muerto. ¿me entiende?
-          No, mi comandante, pero haré exactamente lo que Vd. me ordene.
  

De esta guisa, con uniforme de requeté, y ropa de las brigadas internacionales en el macuto inicié, con la Columna Magariños, mi aproximación a Porcuna. Los planes – según pude ver - eran la ocupación de Porcuna por la acción combinada de tres columnas: La columna Redondo, es decir, la mía de requetés de San Rafael.  El Batallón de Cádiz (Comandante Ortiz de Magariño) en la que yo desde ayer estaba enrolado y por último, la columna de Gómez Cobián, que desde el día 19 estaba posicionada en las avanzadillas de Valenzuela.
Llegados a Rio Salado hice lo que me ordenó el comandante Magariños: quemé mi uniforme, me puse el de las  Brigadas Internacionales y me escondí debajo del puente. Serian las doce de la noche del 27 de diciembre cuando vinieron a recogerme…

-          ¿Es usted el Caguetilla?
-          A sus ordenes mi sargento, dije al adivinar en la oscuridad los galones del contacto
-          Sígame.

El sargento se deslizó barranco abajo y tras tres horas de marcha estábamos en el campamento de la Brigada Walter. En la madrugada del 27 al 28 de Diciembre, tras un noche de intensa lluvia, se efectuó el primer ataque importante de las tropas internacionales.- Por la carretera que desde Andújar conduce a Lopera atacó la columna compuesta por los batallones 10, 11 y 12 de la XIV Brigada Internacional (Walter), a la que me habían enrolado

No sé mucho más: yo estaba, ciertamente era el 28 de diciembre y mi situación parecía una inocentada: estaba digo combatiendo en las proximidades de Lopera contra mis compañeros del teniente coronel Redondo; vestido de internacional; con Porcuna y la Rosa a mis espaldas; con la amenaza del comandante Magariños y, al menos teóricamente, a las ordenes de la banda del Algabeño –  que había huido desde Bujalance junto al capataz del Puente Viejo, el Andrés de Baena. Me había convertido en espía de los nacionales, espía de los republicanos, espía de los señoritos caballistas del de Algaba, en fin espía de mí mismo que solo intentaba buscar a la Rosa y escapar hacia donde fuera…, es lo mismo: en todos sitios me mataban. Con tales pensamientos no es de extrañar lo que pasó: que me dieron un tiro – no sé de qué bando – que me llevaron a Porcuna y desperté en una especie de hospital donde….¡¡¡¡ trabajaba la Rosa de enfermera!!! No lo vi raro, lo vi natural, lo más natural del mundo: si yo era rojo e internacional y luchaba contra los requetés de San Rafael, pues eso: menos raro era que estuviera allí la Rosa, que fuera enfermera de la Republica, que  me diera la mano y me  secara el sudor de la frente.  Así que cerré los ojos e intenté seguir así… medio inconsciente y con la Rosa. Era lo más gustoso y quizás también  lo más sensato.

-          ¿Qué haces vestido de internacional?, me preguntó la Rosa al día siguiente y calmados los ánimos
-          Ni siquiera yo lo sé Rosa, amor mío. ¿sabes algo de mi padre?
-          Tu padre se quedó en la Cruz de Hierro…¿Lo mataron allí?
-          Si. Fue un valiente, Dijo la Rosa sin más, aunque con dulzura infinita
-          ¿Por qué lo mataron?
-          Alguien desde Bujalance anda detrás de una partida de aceite del Puente Viejo…; yo creo que es el Andrés, pero no estoy segura. Tu padre me protegió a mí y a Francisco. Creían que nosotros sabíamos dónde estaba el aceite pues parece ser que alguien lo robó en la Cruz. A Francisco le han cortado una pierna y está aquí en Porcuna en casa de mi tía Ángela
-          Yo también voy detrás de esa partida. Se ve que por los rojos la quiere el Andrés, y por los fascistas el Serrano y el Algabeño.
-          Y de tu padre… ¿del Floro qué sabes?
-          No sé na. Tenía que llegar a la Cruz pero no llego. Quien llegó fue el Andrés que me persigue tanto como al aceite y tuve que salir huyendo para Porcuna
-          Si te ha hecho algo lo mato …
-          Déjate de matar que eso, en dicho, es para tiempos de paz. Ahora no; ahora no lo dicen, ahora lo hacen y se callan. Oye Juan ¿qué tienes tú que ver con el Algabeño?
-          En teoría estamos en el mismo bando y con los mismos objetivos
-          Eso está claro pues lo primero que hizo el Algabeño al pisar Porcuna fue ir a mi casa …Si, a mi casa; parece que mandado por el Andrés. Llegó a mi casa, amenazó con matarte si no le contaba lo que sabía… y acabó intentando hacerme lo de la adelfa.
-          ¡Qué coño estás diciendo!, si el Algabeño es de Queipo… ¿Cómo puede estar en Porcuna si no han entrado todavía los requetés?
-          Pues está, y me habló de ti y me dijo que eras hombre muerto si no llevo al Andrés hasta el aceite antes de que entre Redondo.
-          ¿Y qué le dijiste?
-          Le dije que viniera el Andrés a las uvas de fin de año y que lo llevaría al aceite.
-          De forma que estás con ellos…
-          Yo no estoy con nadie, Juan; yo estoy contigo.
-          ¿Pero tú sabes dónde está la partida?
-          Si
-          ¿Y eso?
-          Mi tía Ángela estuvo ennoviá con uno de Cañete…El Algabeño me dijo que el Andrés te traería vivo hasta mí …; qué si lo traicionaba te mataría. La tía Ángela indagó y parece que el aceite está en la bodega de una casa de señores donde ella fue moza del servicio…
-          ¿Y?
-          Que apareciste herido y vestido de internacional. Esta Guerra no hay Dios que la entienda. Tú, Juan mío, ¿de qué bando eres?
-          Yo soy del bando de donde esté la Rosa. ¿Tú eres de la Republica?
-          Juan: ¿tú me ves a mí de algún bando?; yo soy tuya desde el día de Santiago…Ni entiendo ni quiero entender de otra cosa. ¿Qué vamos a hacer?
-          ¿sabes las heridas que tengo?
-          No son nada. Te han podido matar pero gracias a Dios no son na.
-          ¿podré escaparme  del hospital?
-          Si; yo pondré los medios… El capitán médico se bebe los vientos por mí.
-          Tú le gustas a todo el mundo…
-          Y a mí no me gusta más que el Caguetilla…, y me besó.

El día 31, a eso de las once vendrá el sargento con un parte de alta; lo firmas y te ordenará te presentes a la Walter; no vayas a tu compañía, coge la calle Real y te plantas en la puerta de la sacristía de la Iglesia. Allí te buscare yo.   Ahora tengo que irme.

En el amanecer del día 29 de Diciembre  se endurecieron los ataques de las tropas republicanas, con infantería, blindados y alguna artillería, manteniendo en difícil situación a los efectivos nacionalistas  Yo seguía en el hospital y la Rosa me tenía al tanto. Los más duros combates tuvieron lugar en el Cerro de San Cristóbal, situado al Norte de Lopera, cerca de la carretera de Andújar.- El Cerro de San Cristóbal había sido ocupado anteriormente por el escuadrón de Ceuta, y parte del Requeté que le reforzó cuando se recrudecieron los combates.

La caballería se desplegó por el Cerro de San Cristóbal en una maniobra envolvente, compuesta aquella por la Policía Montada de Sevilla, y los escuadrones de Melilla y Ceuta, que fueron a situarse en las proximidades de Marmolejo. Se entabló un combate desde estas posiciones, pretendiendo las Brigadas correrse por el flanco izquierdo para a su vez envolver a estas tropas, sin que lo lograsen. Llegado este momento se desplegó el Requeté a pecho descubierto hasta conseguir la toma de otra loma más avanzada. Esta maniobra consiguió que los internacionales desistiesen de los ataques, ante lo difícil que encontraban la reconquista de Lopera..

A la noche vino a verme en el hospital el Algabeño; estaba, como yo con el uniforme de brigadista y me abordó sin miramientos.

-          Tienes aquí a la Rosa de enfermera; tienes suerte.
-          Sí, tengo mucha suerte.
-          Pues que no se te acabe. Sigue mis instrucciones y puedes aún salvar su vida y la tuya…
-          Usted dirá
-          El día treinta y un te darán el alta. Te reunirás con el Andrés donde la Rosa te diga y los llevas hasta el aceite. Yo salgo para Córdoba a informar a Redondo y al Serrano de lo que ocurra. Si el aceite está en manos del Andrés es como si estuviera en mis manos, así que no habrá problemas; si no tengo noticias de la requisa, el Andrés tiene órdenes de matar a tu novia. Si la moza no es pa él le da lo mismo. Luego te matará a ti. Cuando entren los requetés te pones este uniforme y te unes al S. Rafael.
-          Yo no sé dónde está el aceite; además el Andrés es rojo y no sé como llegará el aceite a Córdoba con él.
-          El aceite se quedará en Porcuna confiscado con este papel que te doy. Está a nombre del Floro, pero como el Floro está muerto…, pues la responsable es la Rosa. Luego recibiréis ordenes directas mías de lo que hay que hacer.
-          A la Rosa no hay que meterla en este follón; ella no sabe nada.
-          La Rosa es la Rosa y estará contigo si haces lo que te ordeno; si no será del Andrés o mía ¿estamos?. El aceite se queda en donde esté y a cargo de la muchacha. Ella y tu os lo jugáis todo a una carta. Ya te digo que me voy esta noche a Córdoba, y por lo tanto no tendrás noticias  hasta que las cosas se calmen, pero  tengo dadas ordenes de que te quedes en la guarnición de Porcuna. Para ti la Guerra ha terminado.
-          ¿y si no salen las cosas como usted dice?
-          Si no salen las cosas como mando eres hombre muerto, y si hablas más de los que debes, pues también. Si antes de un mes no recibes ordenes mías harás lo que el Andrés te mande, esté el Andrés con los rojos o con los Nacionales. Pa este asunto es lo mismo.
Al día siguiente en el Cerro de San Cristóbal los combates fueron duros; por parte nacionalista se  ocasionaron numerosas e importantes bajas. Murió el teniente Joaquín Bilbao, mi teniente, y José García "El Algabeño". Es decir, el de Algaba no llegó a Córdoba y las instrucciones que me dio se fueron con él a la eternidad. Yo me enteré porque la noticia corrió como la pólvora por la Walter, y me quedé perplejo… Dios mío ¿qué hacer ahora?;  según me enteré más tarde el Algabeño fue nombrado a título póstumo Teniente Honorario de Caballería, e imponiéndosele la Medalla Militar Individual. Así que mi enlace en Porcuna había muerto en el cerro de San Cristóbal, y no sé si lo matarían los requetés o los internacionales;  y yo estaba allí, en un hospital militar de Porcuna esperando a no sé quien, en todo caso al Andrés, el capataz del Puente, que tenía jurado matarme.[1]


[1] Las tropas republicanas también sufrieron cuantiosas bajas, siendo de destacar la del escritor inglés Ralph Fox, que desempeñaba las funciones de comisario adjunto de la XIV Brigada Internacional, cuyo cadáver desapareció en los olivares entre Villa del Río y Lopera.- Así mismo el también súbdito inglés Jhon Cornford, profesor de Oxford, que perteneciente al 13 Batallón fue abatido en el Cerro de San Cristóbal.