domingo, 3 de febrero de 2013

Cuento del Alcalde Rufo Bonilla y las aceitunas de oro


CUENTO DEL ALCALDE RUFO BONILLA  Y LAS ACEITUNAS DE ORO

Queridos amigos : este 2010 ha sido un año duro. Un año en que ha pasado la crisis; y digo que ha pasado porque crisis significa cambio y en el 2010 no ha cambiado nada. ¡Ea!: Pues como  no hay cambio, pues no hay crisis. Y no digo ningún disparate ni zarandaja ni broma: Zapatero estuvo dos años diciendo que no había crisis y …, tan ancho; pues yo que no soy Presidente, pues lo mismo: digo que no hay crisis y tan a gusto el 2011. ¿ o no?.
Mi cuento de Reyes de esta Navidad tiene, como no puede ser de otro modo, parte de verdad y parte de fabula. Más verdad que fabula  diría yo porque los hechos se centran en la historia de un personaje verídico al que le pasan ciertas cosas que vais a leer. Nuestro protagonista, Rufo Bonilla, era, y es, un panillero de un pomposo y rico pueblo de la Loma.  Panillero le dicen por aquí a un labradorcete que tiene un mediano pasar. Un labrador de esos que no echan cuentas, que con cuatro chapuzas y el paro van tirando de la vida, y que se pavonea en el bar de ser progre comprometido  y sabio en la labor.  Finalmente el  protagonista de este cuento llegó, en el mundo real, a ser Alcalde de su pueblo por un partido  que no quiero mencionar.
Quisiera, queridos amigos, que vierais en esta historia la evolución  del mundo del olivar. En este cuento únicamente he acelerado y fabulado el devenir un mundo sociológicamente complejo que da forma a mucho municipios olivareros andaluces. El olivar, pienso, no es ya el cultivo marginal que fue en el S.XIX, ni el cultivo milagro que llegó con las primeras PAC.  El olivar es lo que es: un cultivo apacible; un alcanzar el horizonte en líneas rectas; un remanso de paz cuando las aceitunas se ponen pintonas….  No existe más oleicultura  que el hablar a los arboles en flor o acariciar su nombre en el otoño. Magia del olivar y magia del aceite remansada en siglos de sabiduría y equilibrio.  Ese olivar que yo amo es el que os ofrezco como patrimonio histórico en estas Navidades. Que Dios misericordioso os de  paz, prosperidad y  ventura en este inminente 2011. Que el 2011 sea un año de intensa crisis, es decir de cambio y a mejor.
Creo que en alguna ocasión ya os adelanté la historia de Rufo Bonilla y las aceitunas de oro, pero ahora la he escrito y forma ya parte de mi colección de cuentos del aceite. Ahí va pues a todos vosotros con mis mejores deseos de prosperidad.
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Rufo había heredado de su suegro  doscientas olivas en el arroyo del Pinatar. Buenas olivas. Olivas plantadas en terreno fresco y umbroso a 10x10 que se beneficiaban  del  caz  del arroyo Mencio.  Desde allí al pueblo, apenas una legua.  Así que Rufo, como labrador que era,  tenía sus olivas y sus aperos:   una mula roma, un arado de vertedera, azada, varas fuertes y derechas, dos mantones recios, hacha y tijeras de podar, escardillo de deschupone  y una zaranda mediana  de madera de roble y malla tupida.  Tenía, además, albardón  y cabezal para la mula, aguaderas de carga, tres capachos de esparto y dos espuertas del mismo material. Lo justo, lo imprescindible, lo necesario y no más. Lo que se tenía en los pueblos de la Loma  por los años setenta que es cuando ocurre esta historia. 
Pero Rufo era vago; un vago integral: trabajar le costaba la vida. El trabajo y Rufo Bonilla eran absolutamente incompatibles. Le tenía Rufo resquemor a la vara, alergia a la azada,  pavor al hacha, odio a la mochila y sobre todo asco generalizado al madrugón, a la escarcha, al frio del invierno, a  la calor del verano y a toda inclemencia de la estación que fuera. Para Rufo Bonilla Dios había hecho el mundo alrededor de su pueblo; su pueblo alrededor del casino y el casino alrededor de la mesita del fondo donde se jugaba al tute o a la brisca junto al carajillo del tabernero, el Curro. Así visto, y nuestro hombre alardeaba de ello, apartarse del cafelito caliente con el chorreoncito de coñac era ir contra la voluntad de Dios, alejarse de sus caminos concéntricos  trazados por Su Sabiduría en los suaves pagos olivareros de este cadencioso Sur en el que vivía Rufo Bonilla.
-          ¡Malaya sea el madrugón y las olivas y las aceitunas y el agua de los jueves, y las pozas y el frio   que me viene en enero   y no se va!, se decía el Rufo Bonilla.  Colgado tenía que estar, Aurora – le decía Rufo a su mula  camino del Pinatar - , quién inventó un olivo. Tanto cuido, tanto trabajo, tanta quemazón pa cuatro aceitunas locas. Que no voy, que no y que no y que no; Ya está bien Aurora, que  nos volvemos al pueblo. Tú a tu paja; yo al carajillo del Curro, y Dios con tos.
-          Bruuuu; bruuu.  contestó la mula.
            Y dio la vuelta y aceleró el paso y apenas en  una hora  ya estaban en el pueblo de vuelta. Y así un día y otro día, y un mes y otro pasó y del Pinatar volvía  aquel que apenas partió. Así rezongaba la Blasa, la mujer del Rufo, que se aficionó a Lope en las tardes del Pueblo mientras su hombre jugaba a la brisca al lado del carajillo.
-          ¡Que se pierden, Rufo, que se pierden las olivas! ¡Que la broza les llega a las cruces! ¡Que tienen más nidos de urraca que la era del Ñora! , le decía al marido.
-          Deja al Ñora quieto y no lo mientes: que fue mi compadre y basta. ¿tú te crees que to es gueno  pal aceite, y luego no vale un real? Manteca de guarro comería yo,  y el aceite a la alcuza y  al jabón si acaso. Te enteras o no te enteras. Que me estoy hartando. Que las vendo. Que ya está bien. Que pudo tu padre dejarte una renta, o un alquiler, o una cuenta jugosa y no el Pinatar de los cojones con la brega que tiene.
Así pasó el tiempo hasta que un día de finales de octubre, cuando empiezan las aceitunas a ponerse pintonas, iba nuestro hombre al Pinatar subido en su mula.
-          De oro tenían que ser y no sé si las cogería – bramaba el Rufo. ¡Mira que ponerse pintonas!; tenían que verse dorás desde el Viso; por lo menos una oliva; una cargadita, la del cornezuelo a no más pensar; con una dorá me conformaba. ¡Un olivo de aceitunas de oro!: ¡Eso sí sería un olivar!
Y el Cielo y la Fortuna oyó a Rufo Bonilla y al llegar al Viso pudo verla: la oliva del cornijal  brillaba como el sol. El Rufo se restregó los ojos una y otra vez, y al abrirlos pudo ver que estaba  aun allí la oliva resplandeciente y cargada de aceitunas de oro; aceitunas largas, aceitunas de cornezuelo agarradas al árbol por un pedúnculo también de oro. Rufo golpeó los ijares de la mula y el trotecillo borriquero – que era mula roma – acortó el camino. En efecto, confirmó al acercarse: eran aceitunas de oro.
Y Rufo Bonilla acuciado por no perder el tesoro  trabajó aquel día como no lo había hecho nunca: barrió el ruedo,  sacudió el árbol hasta la última aceituna y las recogió una a una  hasta la caída del sol. Agotado, deshidratado, casi diría extenuado subió tres sacos a la Aurora, se vació la cantimplora en el cogote  y subiendo  a la mula inició el camino de regreso. El animal, cargado en exceso,  volvía a su cuadra zigzagueando por la legua  de barro infinita que era el camino.  No habían recorrido más de trescientos metros del  Pinatar cuando Rufo pensó:
-          ¿Me habré dejado alguna? 

Y volvió al cornijal y con el mechero iluminó hoja a hoja, tallo a tallo hasta concienciarse de que el oro -  hasta  la última aceituna -  estaba en los sacos de la Aurora. Se quemó los dedos con la mecha, se chamuscó el bigote y las cejas y serian las dos o las tres de la madrugada cuando Rufo llegó a su casa tirando de las bridas de la Aurora, que el animal no podía ya ni con su sombra. Abrió sigilosamente la puerta de la cuadra y arrimó la mula al pesebre.

-          Mujer, dijo en voz baja casi cuchicheando por el hueco de la escalera, ¡mujer!: despierta y ven acá.
Pero la Blasa, acostumbrada a los devaneos y juergas del Rufo, no movió pestaña. Mejor será así, se dijo el avaro del Rufo; que no se entere de na; que si se entera se convierte en señora. Y una vez de señora, pues a pedir; ¡Que no pida tanto que no ha hecho na! ¡Digo!: una señora necesita una moza; y la moza pregunta, y la moza fisgonea, y la moza puede enterarse de lo que no debe y en fin que es mejor que sea yo quien sepa  y nadie más. Además: el olivar sería del suegro, pero lo del oro es mío; mío y de nadie más: que se apunten ahora los de siempre tengan o no derecho no va a ser. Que las leyes no están hechas pal reparto de lo de uno. Que el Rufo no traga injusticias. Las cosas del pueblo serán del pueblo, pero lo de uno es de uno. De lo de los demás, lo de los ricos quiero decir, lo que te toque pues te ha tocado, pero lo de uno es de uno.
Y Rufo cogió una pala y estuvo cavando en la cuadra hasta las seis de la mañana. Ni los huesos los sentía cuando terminó. El pelo revuelto, la faja por las rodillas, los pies hinchados y los ojos como escarpias  eran los atributos de nuestro hombre al terminar la faena. Previsor, eso sí, había dejado dos aceitunas sin enterrar para venderlas y hacer cuartos, que buena falta me hacen, se dijo.
-          ¿Pero? ¡A quién le vendo las aceitunas de oro! A quien se las venda se entera del pastel. Este pueblo es muy chico y mu chismoso. Vamos Aurora, que salimos pa la Capital. Y aparejó la mula y le puso el albardón, y el cabezal y la baticola y la cincha y se lavo la cara y ¡Ala! Al camino.
En Jaén, junto a la Catedral, había un joyero  antiguo paisano que lo recibió en su taller: Están bien tallás dijo; son preciosas las aceitunas estas: una cadenita y ya está el colgante – dijo el joyero. Si tienes, más me las traes.
-          ¿Y por qué voy a tener más?, gruñó el Rufo. Tú eres un cabrón y un candiletero. ¡no hay más aceitunas! La próxima vez que venga  te comes las aceitunas y te rajo la panza para sacarlas.
-          Quieto, quieto, quieto, dijo el joyero: toma tus aceitunas, largo de aquí  y en paz; pero que sepas que  cualquiera que las vea te preguntará de donde vienen, que yo no he visto aceitunas de cornezuelo como estas.
-          Adiós y chitón o ya sabes lo de la panza;
Y el Rufo salió por la Avenida de la Estación, cruzó el puente de la Yuca y se alejó hacia la campiña camino de su pueblo. No había vendido las aceitunas, no había sacado un real por ellas, no tenía  en el zurrón más que cansancio, fatiga, sudor y más sudor: pero nadie, nadie en el mundo mundial, conocía su secreto. Rufo Bonilla estaba contento. Sin dormir, sin comer, sin carajillo, pero contento.
Sobre las cinco de la tarde llegó a su cuadra, quizás debería decir en la cuadra de Aurora, pero digo en “su”, porque en efecto Rufo estaba tan terco como su mula: nadie sabría su secreto; ni su mujer, ni la moza que contrataría esta, ni nadie. ¡Ea!, nadie, cojones, he dicho que nadie.
Pero una vez allí nuestro hombre sintió una comezón en el estomago: había que ir al Pinatar. Llevaba dos días trabajando, viajando, discutiendo, cavando. Dos días sin dormir, sin comer, sin descansar, sin carajillo. Dos días sin parar y ahora, al atardecer, cuando comenzaba en el Curro la partida de Brisca, otra ver ir al Pinatar, a ver, a comprobar, a escudriñar, a investigar el suceso de las aceitunas de oro. Un negocio así necesita un amo, un control, una responsabilidad, pensó:
-          ¿Y si vuelve el fenómeno y me encuentro otra oliva con aceitunas de oro?
Y al llegar de segundas al Viso la volvió a ver. Esta vez no fue la oliva cornezuela;  fue una cornicabra medianeja de la linde de arriba. Se distinguía a la perfección; los últimos rayos de la tarde iluminaban de rojo las aceitunas de oro.
-          ¡Menos mal que no tenía más que un pintado! exclamó el Rufo al terminar de recoger la oliva allá por las dos de la madrugada. Si en vez de esta oliva se dora la picual,  las espicho.
Así que,  como la tarde anterior, barrió, vareó,  recogió etc. Y como la noche anterior cavó en la cuadra, escondió su oro y se guardó otro par de aceitunas. La Aurora  no había probado la paja desde hacía un par de días, y él, como la mula, ni bocado. Ojeroso, huraño, deshidratado, hambriento, dolorido en el cuerpo y en el alma por no perder su tesoro, aguardó en silencio hasta la tarde siguiente.
            Cuando por tercera vez llegó al Viso y miró al  Pinatar y vio las aceitunas de oro de una picual grande, hermosa, de cuatro pies… ¡se derrumbó! ¡Se echó a llorar! Y lloró y lloró durante una hora con la angustia de saber que recoger la picual grande era mucho arroz para tan poco pavo, mejor dicho: mucho oro para tan poco Rufo; ¡Un Rufo Bonilla que no podría recoger las aceitunas de oro!; Y nuestro hombre pensó en sus amigotes del casino, y en la brisca y en el carajillo de coñac y en la guasa de los compadres al comprobar que había tirado su tesoro. Además, ¿y si los compadres iban al Pinatar y cogían las aceitunas, aunque fuera solo unas cuantas, y ya estaban ricos como él? Eso sería el colmo. Así que con el poco jugo que le quedaba en el cuerpo se sentó en un cantón, puso las manos huesudas sobre la cara, los codos clavados en las rrodillas y el sudor, el sudor frio de la muerte que le inundaba el cuerpo se lo metió en el alma.
-          Dios mío, Virgen de la Consolación, Virgen de la Compañía, Virgen de los Dolores, Virgen del Perpetuo Socorro, Santa María de las Angustias, Señor mío del Rescate, San Lucas, Virgen de la Cabeza, San  Isidro Labrador, San _Gabriel Arcángel,  Santísimo Cristo del Perdón…¡Acudid al Rufo Bonilla!: dejad mis olivas como estaban, dejadlas entalladas,  pintonas, cerchadas algunas, menos otras. Hasta os dejo que alguna esté picada de euzophera, pero ¡por Dios dejadlas como estaban!
Y Dios misericordioso, ante la multitud de recomendaciones recibidas, se apiadó del Rufo e hizo que sus olivas quedaran cerchadas y pintonas. Rufo, en su cuadra, de regreso a casa, encontró en lugar del foso del oro una zafra llena de aceite. La Blasa a los pocos meses lució en las orejas unos pendientes de oro con forma de aceituna de cornezuelo. Unos pendientes semejantes tuvo también la Virgen de la Consolación, como regalo del Ilustrísimo Sr.  Rufo Bonilla que, llegada la democracia, fue elegido Alcalde del pueblo de marras.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, pero no quiero terminar sin añadir que el Rufo, que había adquirido con el tiempo y el cargo un tinte cultureta cursi, puso a la entrada de su pueblo un gran cartel que decía: ESTE ES EL MUNICIPIO DEL  ORO VERDE, letrero por otra parte del que todo el partido político se sintió muy orgulloso, hasta que alguien leyó malamente : “ ESTE ES EL MUNICIPIO DEL LORO VERDE”, distorsión semántica que con una sola “L” martirizó más tarde  al Sr. Alcalde cuando aparecieron en el parque algunas aves de esta especie y algún cabroncete puso lo del loro en el cartel de acceso al pueblo.
Como habréis comprobado, el secreto de las aceitunas de oro fue para el Rufo más que  secreto de confesión. Nadie en el mundo supo jamás lo ocurrido aquellos tres días. Nadie supo nunca lo que pasó salvo el Rufo que lo sufrió y yo  que he inventado  -parcialmente –.  Él y yo  sabemos que somos los únicos que lo sabemos. Así que cuando un día, pasados los años, visité el hermoso pueblo  de la historia y me topé con Rufo Bonilla nos reconocimos de inmediato. Sin detenerse un instante el bueno del Rufo me dijo:
-          Tú, escritor de pacotilla, que sepas que me  voy para la Alcaldía. Yo soy el Alcalde, y esto de la Alcaldía si es un olivar en condiciones, y no el del oro que te inventaste el año de marras. A ver si aprendes, capullo, a pergeñar tesoros. 

Y siguió por la acera del casino del  Curro, que de taberna había pasado a Casino con una subvención del Proder, y él mismo, el Curro, era ahora concejal de cultura y experto en gastronomía.
Y ahora sí: colorín colorado este cuento se ha acabado, fuimos felices dentro de un orden y añadiré que no comimos, ni Rufo ni yo, perdiz alguna. 
En esta ocasión el caminante apenas tarareó estrofa  cierta. Un tufillo a perdiz escabechada y ausente lo puso de mal humor.

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