jueves, 28 de febrero de 2013

CUENTO DE PEDRO EL LLORÓN Pedro era labrador. Labrador de esos que miran al cielo sin cesar. Mirar al Cielo para pedir agua, para pedir sol, para suplicar bonanza o frio, para quejarse amargamente de lo que fuera. Daba igual: el caso era suplicar y quejarse, mirar a lo Alto y llorar. Y es que Pedro era de los labradores que lloran por la helada y por la ventisca, por la lluvia y por la escarcha; por la sequia y por la tormenta. Pedro lloraba siempre ya fuera la cosecha abundante o escasa, ya estuvieran sus olivos doblados de fruto o apenas tuvieran aceitunas en las ramas. Así que la Providencia se cansó del llanto y decidió cubrir su parcela del más delicado pañuelo que imaginarse pueda; lo que se llama por aquí algodoncillo del olivo. Y el hilar cubrió tallos y hojas e inflorescencias y el cuaje inicial y delicado de una cosecha de abril que pintaba hermosa. Y Pedro lloró lo que tenía que llorar hasta que la Providencia le dijo: Toma tu pañuelo, Pedro, y límpiate los mocos que eres un llorón. Cuando llegó el perito y trataron el algodoncillo y limpiaron el haza, nuestro hombre se dijo: - Se acabó el llanto, no quiero más pañuelos de la providencia. Mejor: a reír y a gozar que si no me plantan el pañuelo. Y Colorín colorado este cuento se ha acabado. Este cuento es tan corto que no tiene ni Caminante…; no llegó a tiempo de escucharlo.


CUENTO DE PEDRO
EL LLORÓN

Pedro era labrador. Labrador de esos que miran al cielo sin cesar. Mirar al Cielo para pedir agua, para pedir sol, para suplicar bonanza o frio, para quejarse amargamente de lo que fuera. Daba igual: el caso era suplicar y quejarse, mirar a lo Alto y llorar. Y es que Pedro era de los labradores  que lloran por la helada y por la ventisca, por la lluvia y por la escarcha; por la sequia y por la tormenta. Pedro lloraba siempre ya fuera la cosecha abundante o escasa, ya estuvieran sus olivos doblados de fruto o apenas tuvieran  aceitunas en las ramas.
Así que la Providencia se cansó del llanto y decidió cubrir su parcela del más delicado pañuelo que imaginarse pueda; lo que se llama por aquí algodoncillo del olivo. Y el hilar cubrió tallos y hojas e inflorescencias y el cuaje inicial y delicado de una cosecha de abril que pintaba hermosa. Y Pedro lloró lo que tenía que llorar hasta que la Providencia le dijo: Toma tu pañuelo, Pedro, y límpiate los mocos que eres un llorón. Cuando llegó el perito y trataron el algodoncillo y limpiaron el haza, nuestro hombre se dijo:
-          Se acabó el llanto, no quiero más pañuelos de la providencia.  Mejor: a reír y a gozar que si no me plantan el pañuelo.
Y Colorín colorado este cuento se ha acabado. Este cuento es tan corto que no tiene ni Caminante…; no llegó a tiempo de escucharlo. 

domingo, 17 de febrero de 2013

CUENTO DE LA PANADERA, EL PROCURADOR, EL COADJUTOR Y EL ESTUDIANTE DE DERECHO


CUENTO DE LA PANADERA,
EL PROCURADOR,  EL COADJUTOR
Y EL ESTUDIANTE DE DERECHO





Hace muchos años, tantos que casi nadie se acuerda  , pasaba plácidamente sus días por este Sur de España un cincuentón de buen ver. Propietario de unas tierras ya menguadas por la sucesiva división de la hacienda de sus antepasados era nuestro hombre un honrado ciudadano amante del buen vivir. Unos cientos de olivos, y unas fanegas de frondosa dehesa constituían , junto a la casa  de su madre, el patrimonio de D. Julián Sanjuan y Vargas procurador de profesión y señorito de vocación. Las malas lenguas hablaban del apellido Sanjuán como relacionado con judíos. De ahí los dineros del abuelo , decían los cristianos viejos .  Prestamistas y usureros , afirmaban otros. Indultados por Fernando VII de las partidas  afirmaban los mas . Los Sanjuán, unidos por casamientos a la familia de los Vargas, llevaba mas de cien años asentados  en una rica comarca del  Sur de España . Gente de orden en un pueblo de encaladas casas  aseadas con ventanales y rejas adornadas con macetas. La casa de los Vargas y algunas otras principales del pueblo estaban blasonadas  y sus puertas principales asomaban sus patios de aspidistras a las callejas  que  conducían a  la iglesia.

Hizose el Vargas en sus años mozos procurador de los Tribunales tras fracasar su vocación de registros, pero no ejercía la procuraduría   sino que  pensó que era mejor procurar para si , de forma que cumplida su juventud con mas juerga que trabajo ordenado adentrose en mundo de braguetazo, el casamiento de ventaja y administraduría de fincas.

 Casose con una prima de rancio abolengo ya desfogado y treinteno, y pronto comprobó como los naipes , la juerga ,y algún que otro negocio turbulento, menguaban su fortuna .

Al quedar viudo  buscó un segundo casamiento ventajoso con una moza de armas tomar: joven, maciza , carnosa y adornada de una fuerza y una lozanía excepcionales.  Para colmo de bienes era rica heredera del panadero del pueblo, villano como pocos  pero acaudalado de pro. Baste decir que la moza - Dñª Emilia -  venia al matrimonio con fama de baqueteada y  tigresa . Era mas joven que el procurador  y aunque no niña estaba  entrada , y de que forma, en el calor de la juventud .

Sabia Sanjuan de aquellos ardores, pero creyó poder calmarlos ; a ellos y  a los de sus acreedores que pululaban sobre la lastimera situación de su hacienda. Ser yerno del panadero  taparía mas de un descosido de su capa así que, sin mas meditamentos, pidió la mano de Dñª Emilia, arregló con Fabian ( el panadero ) los asuntos mas perentorios y desposó a la moza .

 Ni de esta, ni de su primera esposa  tuvo nuestro hijosdalgo sucesión, así que su casa , blasonada casa como correspondía a su  prosapia y hemos dicho , guardaba entre sus muros  la alcurnia y el abolengo de los Vargas y un intenso silencio, un silencio claustral , un silencio delicioso para D. Julián  que escuchaba desde el  alba  a la puesta del sol el cuchicheo de los pájaros de perdiz que colgaban en un muro soleado del corral  . Además del silencio, la casa de los Vargas guardaba  otros secretos. De lustros atrás guardaba el secreto de como llegó un Sanjuan a emparentar con tan ilustres castellanos , o de como , y por qué, se acomodó entre aquellos muros el general Sebastiani, o, simplemente,  de como reventó una moza entre fajas y ballenas por no aparentar una preñez.

 De tiempos mas recientes existían intimidades , secretillos  - mas bien ya secretos a voces -   propios de la situación económica de  D. Julian que había renunciado a trabajar, pero no a la vida y relaciones de los Sanjuán en generaciones pasadas. Los tejados de la casa necesitaban limpieza, las rastras de los voladizos sustitución ,  las paredes una mano de cal, el corral gallinas , el pajar paja , y un par de mulas que aún quedaban en la cuadra necesitaban algunas carnes en sus huesos.

Era pues el casorio urgente para la hacienda del Sanjuán  aunque no lo fuera tanto para las ansias y las fuerzas del hijosdalgo . Y es que los ardores de la moza no los calmó el cincuentón. A la semana del casorio D. Julián se refugió en una crisis de  lumbago que mas fue  salvación del procurador que otra cosa , que si no llega - y media  el medico y el alcohol de romero -, allí fenece la procuradoria. . Y es que Dñª Emilia se destapó sus furias . ¡Que poderío de hembra en su luna de miel.! Que bravura de moza sobre el colchón.  Quedó la cama deshecha al primer envite, las mantas rodaron por el suelo, los muebles dislocados, D. Julian aturdido y la panadera ondulando sus panes sobre un procurador en retirada. Aquello no eran tetas , aquello era mas : aquello era un vendaval macizo como dos medios mundos que bailaran sobre una Vía Láctea al ritmo del jadeo. Y el dale y dale, y las vergüenzas del Vargas asomando ridículas a la explosión galáctica de la moza en flor. Así , D. Julian intentaba seguir ajetreo de la esposa  sacudiendo su imaginación en un éxtasis vertiginoso que pasaba del placer a la desesperación, de la desesperación a la vergüenza y de la vergüenza a un lastimoso moco de pavo con el que huía por los pasillos y patios de la casona perseguido por la panadera rebosante . Hasta los pájaros de perdiz detuvieron su canto proclamo.

Pasada la tormenta , y aliviada la situación por el lumbago providencial sobrevenido regresaron al pueblo.  Anunciado estaba el encalado de la casa  y el parcheo de la fachada y el tejado, solo que el remedio de acudir al suegro como tapagoteras no fue  afortunada . A las primeras de cambio el panadero asentó posiciones.  La negativa que recibió el hijosdalgo a tapar el primer goterón  apremiante a consta de los bollos de la panadería , puso las cosas en su sitio. No eran agujeros los que aquel apaño iba a tapar , no. Al menos en la casa de los Vargas habría de cubrirlos o disimularlos el procurador. Así lo dijo Fabian, y así lo cumplió , como hombre de palabra que era. Ni un duro, ni un duro , se lamentaba nuestro hombre cuando exhausto de los amoríos de la lozana se refugiaba en retirada en el pajar. En cuanto a la edad del panadero, próxima a la de D. Julián , nada hacia presagiar  herencias salvificas. Así fue como la vetusta casa de los Vargas se preparó para aguantar goteras y añadir secretos a su centenaria historia.

 Como las cosas llegan a su sitio y las aguas a su cauce, casi sin querer queriendo Emilia acabó   matando sus ardores  con  un vecino mozo que saltaba la tapia del corral  y allí se refocilaba con la ardorosa procuradora que acudía no precisamente para coger los huevos de las aves. Todo ello amparado  por el silencio de los patios  de la casa, y por las prolongadas ausencias de D. Julian que acudía a su hogar exclusivamente a comer y a dormir alarmado de los trabajos a los que era sometido en su domicilio si el lumbago no salía en su auxilio.

 Una vez al mes marchaba D. Julián a Sevilla  a rendir cuentas de la administración de una finca  de los Marqueses de X , colindante a la suya, lo  que en teoría no le reportaba los dineros para vivir  pues llevaba las cuentas , según él,  por amistad y sin cobrar un céntimo. ( Eso sí : que se sepa jamás hubo olivos tan portentosamente fruteros , ni dehesa donde se mataran mas perdices que en la suya. )

 No eran pues excesivamente arriesgados los amores de la panadera y el estudiante ,  - que estudiante era y  de Derecho  el galán de la señora -  en las corralas y el pajar de la casa de los Vargas durante los meses de verano . Saltaba el mozo. Aguardaba ella en posición de faena. Se arrullaban, se gozaban, se citaban para luego : a las tres en la siesta del procurador , a las siete en la hora de la visita , a las diez en los días de ausencia, a todas horas siempre que terciara. Adelgazó el  estudiante  bien cierto. Resintiose el Civil y el Romanillo sin duda, y todo ello en un progreso rebosante de la salud de Dñª Emilia que cada día estaba mas tersa, mas activa, mas maciza y mas seductora. 

Para justificar su conciencia  de empresario activo y diligente, D. Julián había adoptado la costumbre de vigilar su patrimonio, y para ello ( y para acomodarse a los avances de la ciencia) había adquirido en Sevilla unos prismáticos  con los cuales, desde el mirador de la plaza  observaba sus olivos y los de los Marqueses de X . Lastima, eso sí, decía D. Julián , que desde el mirador no se alcanzara mas que el tejado de la casa de los Vargas, pues si no ,  tomando su café , podía vigilar sus posesiones : sus olivos y su coto . Si hubiera alcanzado el pajar, hubiera podido ver  el monte embravecido de la esposa al que desde luego  el estudiante daba toda la labor que merecía la finca, pero ya digo : desde allí no alcanzaba la rasante del trípode.

            En invierno la satisfacción de la procuradora era mas complicada.  El estudiante marchaba a Granada y Dñª  Emilia languidecía maldiciendo  las Leyes Mercantiles

 Viendo Emilia que el lumbago no mejoraba,  y ante la inminencia del próximo curso y la marcha de su mozo a Granada, tomó la decisión de arreglar el asunto y solucionar el angustioso invierno que se avecindaba sin estudiante y sin marido, así que una mañana, partido que fue su esposo a su correría habitual  se puso el velo, cogió la calle, llegó a la plaza de la Iglesia - mientras su marido desayunaba - y se sentó a su lado.

·      He pensado, le dijo a D. Julián , lo mucho que trabajas y cuantas son tus responsabilidades . Mas aún con este lumbago terrible que te aqueja. Las fincas, la Romana, los Marqueses, los asuntos del Casino…, las ovejas …,  debías descansar.
·      ¿ Descansar.., cómo ?.. ¡ Mujeres!

            Emilia cogió los prismáticos y distraídamente  se fue al mirador .

*                     D. Gerardo, el párroco , esta viejo . Le han mandado ayuda.  El coadjutor nuevo  - dijo - , tiene poco trabajo. Desde aquí vería cualquier movimiento del pueblo
*                    -  ¿ estas loca ?
*                    - . No puede decir nada : no te alarmes.  Bajo secreto de confesión no podría hablar de la Romana …, ni de las ovejas …, ni de los carros de aceituna que equivocan el camino…; ¿ no crees ?. Tendrías mas tiempo para ir al Casino …, a Sevilla los viernes …, los lunes regresarais mas relajado .

            Julián la miró con admiración contenida. ¿ por qué no ?. Una semana después el coadjutor tenia unos prismáticos y un encargo.

*                     - Desde el campanario , Sr. Coadjutor - dijo Emilia - tiene Vd. un mirador sin rasante . Puede Vd. ver las fincas de mi marido , y hasta la propia casa. Vaya : cantar los pájaros de perdiz si le apetece.

 A las doce subió el coadjutor al repique del Ángeles. Villanueva se divisaba casi perpendicular,  casi completa, casi transparente. En ese momento German - el estudiante de Derecho -  saltaba el corral de las gallinas y la procuradora lo esperaba en un gran montón de paja - que justo alcanzaba la visión desde el campanario de la Iglesia. Se diría que lo habían puesto allí para que él -  el coadjutor - pudiera ver a la procuradora desnuda como la parió su madre, con los pechos tiesos y las piernas entreabiertas. Aguardó el coadjutor un asalto antes de bajar por la escalera. Estaba trastornado , excitado , absorto en las caderas ondulantes de la panadera que avanzaban y retrocedían como los álamos de la Romana en días de vendaval. Hasta octubre se repitió la historia del amor arropado en los toques del ángeles, y hasta octubre el coadjutor permaneció absorto en el jadeo y en la brisa , y en las bocas y en las almas. Y se enceló de tal manera que no había horas mas que para Emilia, ni noches que no fueran de amor cálido , arrullante, permanente. Como los pechos de la panadera. Como el sol que se ponía justo tras la Torre de la Iglesia e iluminaba de rojo el corral de D. Julián.

Cuando la Alsina , marchó a Granada con el estudiante liberado y el macuto lleno del Serafini y el Castán, la procuradora  acudió  a tomar el sol a su rincón de siempre bajo el sol tibio y el arrullo del veranillo del membrillo. Aquel viernes D. Julian se había marchado a Sevilla. Sonaron las doce como el eco próximo  de cien badajos anchurosos de la Giralda en mayo. El coadjutor no tuvo que saltar por la tapia. La cancela del zaguán  estaba entreabierta como las piernas de la procuradora.

Y fue así como la panadera se consoló en verano con el estudiante y en invierno con el coadjutor mientras su marido procuraba en el Casino todos los días, y los fines de semana deambulaba por Sevilla.  No son buenas las segundas nupcias , dijo el uno.  Desde luego aseguró el caminante, y en ese momento  acabó su narración . Se levantó, tomó su bastón , y se alejó hacia el poniente.


CUENTO DE ANTONIA LA CHURRERA




Antonia era churrera de toda la vida. Una churrera cuarentona, fuerte, ataviada con una blusa banca escotada,  un delantal impoluto y el pelo recogido y oculto tras un gorrito blanco. Cuando la Antonia llenaba el cilindro churrero y apretaba la culata del embolo guiando la masa  desde el sobaco, el mundo se paraba. Uno no sabía dónde mirar, si a la rosca humeante que se formaba sobre el aceite, o a la teta majestuosa de la Antonia que se movía al compás de la rueda de masa que caía sobre el aceite humeante. Dicen las malas lenguas que un día se le salió – la teta que no la rueda -  y tuvieron que acudir los civiles a reprimir el alboroto de hombres en la churrería. Y el olor…; si buena estaba la Antonia mejor era el olor a churros calentitos que subía por la Corredera arriba y llegaba hasta la Plaza.  Vaya, que los parroquianos subían por la acera con sus churros y uno bajaba a la churrería ciego de ansias por llegar a la cola…; porque la Antonia tenía cola cada mañana.
            El puesto de churros de la Antonia, heredado de su madre, estaba situado como queda dicho a la salida del mercado camino de la Corredera y de la Plaza Mayor. Era un puesto señero con mostrador directo a la calle y una cocinilla con salida de humos al patio de la casa.
-          Sube el humo y molesta, decía, cuando se quejaba, una vecina.
-          Pero también sube el olorcillo – contestaba Antonia, y… no vienes a pagar algo, aunque solo sea el aceite. Que este año el de oliva está por las nubes.
Mal que bien la Antonia tiraba de la vida; era viuda desde que el Manuel las pringó en un accidente de moto y, contra pronóstico,  la Antonia prosperó: pagaba la renta de su casa, la escuela de la niña, las medicinas de la madre, la luz, la leña de la estufa y de la churrería, el aceite, la harina, leche, alguna carne de baca para el estofado del miércoles, legumbres de vez en vez y frutilla si estaba en precio. La verdura se la traía el Juan (un pretendiente sesentón al que no hacía más caso que aceptarle las lechugas)  del huerto de la muralla que se lo tenía dado en aparcería de cuatro cantones. Una vez al mes compraba  caprichillos para que no se salte la hiel – decía -.Unos hojaldres de la tienda del Campruby, avellanas de caramelo y poco más. No le iba mal digo: mejor que cuando vivía su Manuel. Que los hombres fuman, beben, gastan, salen y entran y trabajan menos y con menos orden que las mujeres.
-          ¡Cuando se ha visto un hombre lavando un delantal! Le decía la Antonia a la Blasa su clienta favorita, En el mejor de los casos te lo ensucia y te cuesta a ti el restriego. Mira Blasa: no te cases; un hombre es un estorbo. Cuando se murió el Manuel comíamos sobras de churros como andrajos de almuerzo, y sobras de churros con chocolate a la cena, si había chocolate y si no con agua. Y los churros con agua se hinchan… y era mejor irse a la calle que aguantar al Manuel hinchado.
-          Hija: no está bien criticar a los muertos… Mi señora tiene al muerto de su marido como si fuera un S. Luis. Y siguen comiendo churros sin importarle el hinchamiento. Y se me hace que el señorito en la foto le hace guiños a la rueda. Vaya, que he restregado el cristal con una porra y se ha quedado la mancha. Me ha pillado la Señora y le he dicho que estaba dando brillo, y me ha dicho burra por dar brillo con una porra.  Pues pocas cosas sacan más brillo que una buena porra... – y se reía la Blasa de su invención hasta reventar. Si le digo que le estoy dando porra al difunto me despacha… - y nueva risotada …
-          Es que eres burra, hija, es que eres burra. Aunque la verdad es que si hay algo en el mundo para echarle un guiño es a mis ruedas…
Y sí que era cierto; las ruedas de churros de la Antonia eran un monumento gastronómico de la Loma: unas ruedas perfectas, prietas, trazadas como con compás, dorado uniforme, sin gotear, exquisitamente dispuestas sobre una resma de papel rojizo absorbente que se ponía bajo la rueda y que se plegaba con los churros cuando la Antonia golpeaba y dobla  por la mitad para facilitar el trasporte. ¡Zas! ¡Zas!. Blasa, ya está.
En fin que cierto día se murió Damián el de la mercería que fue así aunque rime con día y con churrería - y no puedo cambiar el ripio porque ciertamente el Damián tenía una mercería y no otra tienda - y su viuda traspasó el local.
-          ¡Lástima!, dijo la Antonia, de no haberse hecho con la mercería. Es un buen local, amplio, luminosos y caben tres o cuatro mesitas para servir chocolate con los churros…; pero en fin, qué se le va a hacer, una no tiene dineros para todo lo que encarte. A ver si tenemos suerte y ponen una tienda que atraiga a la gente…

Y vaya si lo pusieron; no había pasado un mes de la muerte del Damián cuando empezaron las obras. Abrieron  los huecos, pusieron una carpintería de aluminio, suelo de mármol blanco, un mostrador también de mármol, techo de escayola con tubos de neón, cocina de acero inoxidable como nunca la Antonia había visto antes; tres veladores de mármol con sillitas pequeñas y… un gran letrero luminoso que ponía:  ¡¡¡¡CHURRERÍA DE LA LOMA ¡!!;
-          Dios misericordioso, Cristo de la Columna, nuestra Señora de Guadalupe…¿Qué va a ser de mi hija, y de mi madre, y de la Antonia esta hija tuya que parecía que se iba a comer el mundo? ¿Quién me va a comprar a mí churros en mi puesto teniendo aquí a la Loma…?

Y pasó lo que tenía que pasar porque lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. La gente se arremolinó en la Loma los primeros días, y el local se les quedó pequeños y ampliaron con mesas en la acera, y contrataron unas monerías con cofia que servían chocolatitos en tazas minúsculas y bandejitas de churros primorosas…

Pero la Antonia, que se había negado a probar los jeringo de la competencia, vio descargar en la Loma unas garrafas de aceite, la furgoneta dejó unas cuantas cajas de cartón ante su puerta y el trasportista comenzó el servicio metiendo en la Loma los cajetones de dos en dos. Salió la Antonia al quicio, se fijó de soslayo en la etiqueta de las garrafas y vio una flor grande, de hojitas cortas y un corazón majestuoso como una pradera dorada. Debajo ponía: aceite de girasol. Era la primera vez que la Antonia se topaba con el aceite de girasol.

-          Dicen que es de una planta americana y que tiene un sabor exquisito, le dijo a la Blasa una mañana en la que Antonia, apenas sin clientela. le contaba las penas a la amiga.
-          Blasa, saltó la Antonia: toma cinco duros y vas y te traes una rueda. Que no te la doblen; que te la pongan en el papel y metes la mano por debajo y te la traes como si fuera una bandeja…, sin tirarla. ¿me entiendes?
-          Tus churros son mejores, ¿para qué quieres una rueda de la Loma?
-          Haz lo que te digo, coño, y no preguntes que se me van las ideas.
Y la Blasa fue y se trajo la rueda de la competencia. Pero la Antonia ni siquiera cató los churros; los colocó con su papel sobre una mesa y agarró el barreño de zinc donde amasaba y lo puso encima de los churros…; pasada media hora levantó el barreño, tiró los churros y guardó el papel. Luego hizo ella una rueda de los suyos, la puso en su papel, la colocó encima de la mesa, cogió el barreño e hizo la misma operación. Finalmente guardó el segundo papel.
-          Llévate estos churros, Blasa, que estos no se tiran. Llévalos a tu Señora y verás que aún aplastaos, a la foto de tu señorito se le guiña el ojo.
-          Será al señorito de la foto, no a la foto del señorito. No me líes, no me líes que las fotos no hacen guiños
-          Mira tú los cojones, ¡ni los muertos tampoco!
-          Bueno pues para ti la peseta; que si un día vienes te enseño lo que digo…
-          Tu señorito desde la foto me hace a mí guiños con churros o sin churros. ¿pues no conocí yo bien al prenda? Y ambas, la Blasa y la Antonia, se rieron de buena gana.
Al poco tiempo la Antonia tenía colocado en su puesto dos cuadros enmarcados con los dos papeles de las ruedas de la víspera…; en el de la izquierda se veía una mancha nítida, poderosa, absolutamente precisa en círculos, jugando a dibujar infinitos hacia el centro, hacia la explosión armónica del aceite de oliva de la porra de la rueda. En el cuadro de la derecha se observaba una mancha difusa, irregular, palmeada en los bordes y corrida hacia una composición sucia y deslucida. Bajo el cuadro de la izquierda un letrero rezaba: aceite de oliva de la casa; en el de la derecha ponía “otras cosas”.
Y así fue como la Antonia fue recuperando su clientela y vendiendo sus ruedas de churros así, como churros, pero claro: fritos con aceite de oliva virgen extra (aunque entonces no se llamaba así) En aquel tiempo al aceite de oliva virgen extra se le llamaba flor de aceite o aceite de cagarrache. Dos años más tarde la Antonia compró la churrería de la Loma y le cambió el nombre: desde entonces se llama CHURRERÍA DE LA ANTONIA.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y el Caminante no dice nada que tiene la boca llena de churros

domingo, 10 de febrero de 2013

HISTORIA DE ROSA LA DEL PUENTE VIEJO. Tercera parte.



1.      De lo que pasó en la Cruz de Hierro

Me llamo Francisco y soy el mulero mayor del Puente. Soy de los que llegamos a la Cruz con el aceite y el grano y os voy a contar lo que pasó en la Cruz de Hierro una vez que el Floro se fue para Bujalance.  La Rosa no sigue porque hay cosas que no ha visto y es mejor que las cuente yo de primera mano.
Había atardeciendo. De Cañete a Bujalance se llega en dos horas, y al Cortijo de la Cruz en treinta minutos; para las ocho, todavía con luz, llegamos  a destino y paramos en una fuente en donde se inicia  la subida al caserío  estratégicamente puesto  sobre un cerrete. En el pretil de la fuente había una cruz de hierro, de ahí el nombre de la finca. Cuando llegamos, la cruz estaba destrozada y tirada sobre el agua. Algún animal de dos patas había disparado contra ella – se notaban los impactos del plomo - , la había doblado y, sin poder arrancarla del pretil, el animal de marras la machacó con la culata sobre la pileta.  Nos refrescamos y dejé las galeras, los carros y el personal en la fuente, subí la cuesta y  le grité a un miliciano que hacía guardia en  la lonja inmediata al caserío: 
-          Salud camarada
-          Salud ¿traéis el aceite, el grano y el ganao? Los del Comité me han avisado del envío
-          Lo traemos.
-          Pues el pastor a la rastrojera, y vosotros seguid si queréis  en la fuente.   Nosotros bajaremos el aceite y el grano.  Los que quieran pueden ir a la casa de muleros y alojarse. Dejad las yuntas en sus galeras, que nosotros las llevaremos a la cuadra.
-          Nos alojamos y luego nos lavamos, dije yo temiendo lo que luego pasó.
De esta guisa,  Cagueta el padre de Juan,  el resto de la comitiva de Puente Viejo y yo mismo nos alojamos en las casas de los muleros. En un barracón las mujeres, en otro los hombres. Mientras, los de la guarnición de la Cruz  anduvieron avisaos: llenaron  de agua los bidones de la bodega de la Cruz y vaciaron tres o cuatro pellejos del aceite en cada uno guardando  el resto  en un cocherón colindante a la bodega sin bajarlo de las galeras venidas del Puente. Decantado el aceite de los  bidones de la Cruz en un par de horas, parecía a todas luces que  estaban llenos de aceite hasta las bocas, que no de agua.
Por su parte, según me enteré después,  el Floro llegó a Bujalance, se instaló en su casa y le dijo a la Isabel, hermana de la difunta Ernesta – su esposa – que cuidaba la casa:
-          Voy a entregar el justificante de la confisca en el Comité; de madrugada me voy para la Cruz; allí está la Rosa, el Francisco,  y Cagueta, y la gente y tos los demás; no los puedo dejar solos. No me ha gustado la gente de Cañete.
-          Floro, lo que a mí no me gusta es que ande usted solo por los caminos. Que cada cual se mate sus pulgas; hay mucho odio removido.
-          No pasará nada, Isabel, no pasará nada. Prepárame un salmorejo para mañana y acuéstate tranquila.
-          No vaya usted solo, no me deje sola. Y si viene el Andrés buscando a la Rosa.
-          El Andrés no sabe donde estoy. No te apures, el Andrés no sabe andar sin el Comité a la espalda. Además la Rosa está en la Cruz; Tengo que traer al Cagueta aquí. ¿Qué va a hacer solo con la chusma de Cañete? Tengo que ir mañana a por la Rosa y los demás; no insistas más cuñada, no insistas más. Ca cual tiene que hacer lo que tiene que hacer. Para la noche estoy de vuelta con la Rosa.

Entregado el justificante de la confisca en Bujalance, y declarado el lugar de custodia del aceite, el Floro salió  al amanecer camino de Cañete. Pero no llegó a la  Cruz de Hierro. Cuatro hombres lo esperaban a una legua del pueblo,  lo detuvieron, lo mataron de cuatro tiros de postas y lo dejaron muerto, boca arriba, en la cuneta de la carretera. Uno de los asesinos sacó del bolsillo del cadáver la copia del recibo de haber entregado el grano y el aceite en la Cruz.  Un par de horas más tarde los asesinos llegaron a la Cruz y entregaron una orden a la Guarnición:

-          Orden del Comité de que os personéis  antes de las seis en Bujalance. Nosotros somos la nueva guarnición  del pueblo en la Cruz. Ateneos a las consecuencias si no se cumplen las órdenes.
-          Si hacemos lo que dices nos matan los de Cañete. ¿y el grano?, ¿Y las ovejas?, ¿y el aceite? ¿Qué hacemos con los bienes del pueblo?
-          Esos bienes son del pueblo, pero del pueblo de Bujalance que es cabeza de partido y es el que puede confiscar. Cañete no puede confiscar. Lo confiscado se queda en su sitio, aquí en la Cruz. Pasan a la custodia del pueblo de Bujalance.  Los del Puente Viejo…, pues cada cual a su casa, y el que quiera ir a Bujalance vendrá mañana con  nosotros. A ver: dame cuenta de la entrega que voy a pasar revista.

Y los asesinos revisaron la bodega, calcularon a ojo las  arrobas de aceite presuntamente colocadas en los bidones de agua, le echaron un vistazo al grano y contaron por encima las ovejas en el campo. Por la noche, la guarnición desalojada del Comité de Cañete cogió las galeras aún cargadas de aceite y camufladas ahora los pellejos con gavillas de trigo, y en lugar de tomar el camino de Bujalance  se fueron en dirección a Porcuna. El aceite presuntamente estaba en los  bidones  de la Cruz, y así rezaba en los papeles de la confisca, pero en realidad seguía en las  carretas de los cañeteros y camino, ya digo, de Porcuna.  A la tarde  los hombres de Puente Viejo se fueron cada uno a su pueblo; los unos a Castro, otros a Espejo, y los más a Baena. En la Cruz de Hierro quedó Cagueta el viejo que esperaba noticias del Floro  o de su hijo el curilla  y yo, el Francisco, el mulero mayor que en verdad no tenia donde ir. Bueno, si tenía donde ir: debía ir detrás de mis yuntas que las habían uncido a las galeras con el aceite camuflado. Pero eso sería después. En el barracón de mujeres quedó la Rosa y la casera y alguna mujer más que ahora no me acuerdo.
Unas horas después llegó la noche; aquella era una noche  calurosa y la luna acariciaba el rastrojal de la Cruz. Se oían los grillos. Abajo, en la fuente, croaban las ranas sin parar y un juncal que partía del mismo chorro del agua se perdía zigzagueando arroyo abajo camino de Bujalance. Serian las cuatro de la madrugada cuando dos de los milicianos que habían asesinado al Floro se acercaron a la casa de muleros donde dormía el Cagueta. El viejo salió a mear con eso de la próstata, se desveló y permanecía sentado en la puerta de la casa. Fue mucho día y mucho trasiego desde el Puente a la Cruz.  Yo estaba despierto tumbado en la cama y escuché la conversación
-          ¿Mira quién hay aquí?  Pues no es el Cagueta, el padre del curilla.
-          ¿Qué haces aquí?
-          Estoy esperando al Floro para ir a Bujalance.
-           Juande, compadre, espetó un miliciano: ¡esta está esperando al Floro! Y lo dijo con el deje de saber que el Floro estaba mirando las estrellas y ahogado en su sangre en una cuneta.
-          Pues que espere sentado, y déjate de gaitas y ve por el aceite, gritó el otro miliciano.
Y el Juande, que así llamaba aquel desalmado,  se fue a la bodega, abrió el grifillo de sangrado para untar un trozo de pan y se encontró el pastel del bidón lleno de agua.  Volvió a la casa de muleros desencajado y con el fusil en ristre:
-          Nos la han dado, nos la han dado: Los de Cañete nos la han dado, hijos de puta, cabrones, fascistas de la mierda:¡¡¡ Se han llevado el aceite!!! ¡¡¡ Se han llevado el aceite!!! Después de cargarnos  al Floro se han llevado el aceite. Y nosotros tenemos el papel de la consigna. Si volvemos a Bujalance sin el aceite nos matan.  Hay que pillarlos; ¿Pa donde van?, ¿para donde han podido ir?; A Cañete no, seguro; en Cañete los apiolan por la consigna del aceite en Bujalance.
-          Espera, a lo mejor no han sido los de Cañete; lo más seguro es que los ladrones sean  los de Puente Viejo que no han descargado el aceite y han llenado el bidón de agua: trae aquí al Cagueta.

Y trajeron al Cagueta  y lo interrogaron y lo amenazaron y le dieron golpes hasta tirarlo al suelo. Al ruido de los golpes  salí a la puerta a ver de dónde venían los gritos. De la rastra del tejado cogí una hoz que había colgada y, ya digo, salí a enterarme de qué pasaba. En cinco segundos sonó un disparo y Cagueta se desplomó casi en el quicio de la puerta arrastrado en su caída un racimo de uvas que colgaba de un hermoso sarmiento. Un segundo disparo me derribó a mí, hiriéndome en una pierna; mientras caía al suelo le eché  mano al racimo verde que aún apretaba mi compadre como si intentara agarrarme a la vida, y las dos sangres, la suya y la mía,  formaron reguerillos rojos entre las piedras que solaban el parral.  Las uvas parecían bolitas de plata desparramadas sobre el suelo a la luz de la luna.

-          Cojones, te los has cargado, dijo el Juande en el instante en que las gentes de los barracones salían asustados al ruido de los tiros.
-          Venía con la hoz a matarme, ha sido en defensa propia y en defensa de la Republica. Vete corriendo a Baena, buscas al Andrés y le cuentas lo que ha pasado. Le dices también que la Rosa está aquí.
Yo no recuerdo más; la pierna me quemaba como si estuviera en el fuego y había perdido mucha sangre...  me hicieron un torniquete y me dejaron tumbado en el barracón de los muleros. El Juande vino y me dio una aspirina.
-           Trae a la Rosa
-          Pa que quieres a la Rosa
-          Ella debe saber dónde está el aceite
Y trajeron a la Rosa y la muchacha se tiró sobre el cadáver de Cagueta…
-          Sabe demasiado, dijo el Juande, y le disparó en el pecho y la mató.
Y aquí termina el cuento de la Rosa pues me niego a seguir. Sé lo que le pasó a su Juan, y hasta lo tenía redactado para incluirlo aquí, pero me niego; Solo deciros que el Juan murió en Porcuna unos días más tarde a manos del Andrés, porque al  Algabeño lo mataron en el cerro de San Cerro de San Cristóbal el último día del 1936. Ese fue el final de la historia de la partida de aceite del Puente Viejo.
Luego, más tarde, acabada la guerra, me llegué al Guadajoz y busqué en el vado una adelfa blanca y oculté entre sus ramas una alcuza de aceite.


NO SE COMO TERMINAR ESTE CUENTO. ME HE CARGADO A LA ROSA ANTES DE TIEMPO, PUES LA CHICA Y JUAN CAGUETA MURIERON…, SEGÚN ME CONTARON, DE OTRA FORMA A LO ROMEO Y JULIETA. PERO LA HISTORIA DE JUAN CAGUETA ES TAN TRISTE QUE NO ACABO DE QUERER CONTARLA, Y MENOS EN NAVIDAD... ADEMÁS EL CUENTO SE ESTÁ HACIENDO DEMASIADO LARGO. FINALMENTE HE DECIDIDO CONTAR LA HISTORIA DEL CAGUETILLA EN CUENTO APARTE Y QUE EL LECTOR TENGA LAS DOS OPCIONES: LLEGAR HASTA PORCUNA CON EL CAGUETILLA Y LA ROSA VIVOS, Y AFRONTAR LO QUE PASÓ, O DEJAR AL CHICO BUSCANDO UNA QUIMERA DE AMOR EN UNA GUERRA MISERABLE.
DE CUALQUIER FORMA, SIN PARAR EN LA VARIANTE  QUE EL LECTOR ELIJA, SEPARARÉ LA HISTORIA DEL CAGUETA DEL CUENTO DE LA ROSA CON UN PAR DE HISTORIAS MENOS TRÁGICAS; ALGO ASÍ COMO  LAS FAJITAS MEJICANAS QUE ALTERNAN EL CHILE CON CAPAS DE MAÍZ DULCE Y LUEGO LO LÍAN TODO EN EL PASTELITO FINAL. EN ESE INTENTO DE ENDULZAR LAS HISTORIAS DEL ACEITE, PASO A CONTAROS LO QUE PASO EN ÚBEDA A ANTONIA LA CHURRERA.


viernes, 8 de febrero de 2013

HISTORIA DE ROSA, LA DEL PUENTE VIEJO Segunda parte


2. De cómo llegué al cortijo de la Cruz en Cañete

Yo soy la Rosa, la hija del Floro, el guarda de Puente Viejo, y vivo en este Cortijo casi desde que nací. Mi madre, la Ernesta,  me parió aquí, y aquí me crié;  Rafaela, la casera, hizo de comadrona y cuando llegó el médico ya estaba mamando. Fui a la escuela de Espejo, donde tenía una tía, hasta los doce años en que murió mi madre; y desde entonces cuido a mi padre en el Puente.  Desde hace cuatro años me hablo con Juan el Caguetilla, el hijo de Francisco el mulero mayor. Francisco es de mote el Cagueta, y mi Juan, su hijo, el Caguetilla. La Marquesa le costeó el Seminario, pero a Juan le gusto yo más que ser cura; el Caguetilla se muere por mis huesos y mejor dejar el curato ahora que arrepentirse luego. Mi Juan se ha hecho maestro escuela y nos casaremos, si Dios quiere, en agosto. Bueno, nos casaremos en agosto si el follón de la Guerra termina y podemos reunirnos, que él está en Córdoba y yo aquí con mi padre.
En este estar, el 19 de Julio llegó al Puente  un caballo a galope montado por Andrés el capataz de la Finca. Al Andrés le gusto yo más de la cuenta. Me sigue cuando voy al Rio a lavar, me trae cosas de Córdoba y me mira por detrás  contando cada paso  como si  se le fuera el alma. Un día no se contentó con mirar, me tocó el culo y le arreé con el puño, pero no le di; se echó pa tras y ahí terminó todo. No se lo he contado ni al Juan ni a mi padre: para qué liar; de esta guisa me va a salir un ojo en el cogote pues voy mirando como las yeguas resabiadas: desde el hocico a la baticola. El Andrés tendrá cuarenta años y es viudo. Su mujer murió de parto hará dos años y desde entonces vive con su madre y la niña chiquita junto a la casa de Señores; Pase que necesite una hembra; pero esa no soy yo; yo soy de mi Juan.
            Pero me estoy desviando: el 19 de julio llegó en su jaca y ni me miró; venía de Baena. Sin que el personal supiera el por qué, y yo mucho menos,  y en la más completa de las incertidumbres, sacó un pasquín y lo clavó en la puerta de la casa de Señores; yo no sabía lo que era un pasquín, que luego me enteré:
-          El trabajo se para; que venga todo el mundo y lea esto, vociferó el Andrés.
-          Léelo tú, dijo uno; muchos no saben leer.
-          Que aprendan, que la República paga al maestro. Y esto es la Guerra. El ejército quiere cargarse la República. En Baena se ha creao un Comité Revolucionario, y se han repartío las armas. Los cortijos son del pueblo y el grano queda incautado. Los hombres que se personen en Baena mañana. Las mujeres y los niños a sus casas. Y el que no lo entienda que lea el pasquín o levante la mano y se lo repito. Desde hoy el Puente es de los trabajadores.

El revuelo del personal ante el pasquín fue enorme. Los  hombres y mujeres  pugnaban por leer y enterarse de algo arremolinados junto al papel. Alguno intentó hablar en tono mitinero, otros preguntaron al Andrés levantando la mano y sin obtener respuestas concretas: ¿que si el Cortijo era de los fijos o de los alojados? ¿Qué si entraban las olivas o solo el pan llevar?, ¿que si vendría a llevárselo el Comité?, ¿que si Cascajo estaba en el ajo?  – y todos se rieron con la rima –  y en fin que si los  hortales de cada cual eran del pueblo o podían recoger los tomates que había plantado en su margal, y la gente volvió a reírse con la rima.  Mi padre estaba sentado  a la sombra y solo acudió a mirar cuando el tumulto cesó, lo leyó despacio y se volvió hacia el Andrés con aquellos pasos cadenciosos de que hacía gala.

-          Este pasquín va a traer muchos disgustos, Andrés; y yo, que lo sepas, no voy mañana a Baena... Mi obligación es guardar la finca  y ese trabajo no se hace en Baena. Me debo al que me paga, y hasta ahora ha sido el Serrano. Si no te cuadra,  hablamos con él cuando venga.
-          Y a resultas: ¿Dónde está el Serrano? – pregunto el capataz –
-          Yo no lo he visto en días, dijo mi padre.
-          Me estás mintiendo, Floro…; tú sabes dónde está.

Pero mi padre se dio media vuelta y se vino al parral, y a la noche siguió recorriendo los sotos y la campiña y el gavillar de la era. El segundo guarda se fue a Baena.  El Serrano, el arrendatario de la finca, que tampoco sabía de qué iba el asunto, y que era, dicen, capitoste de la CEDA, oteó la concentración del pasquín y  optó por esconderse hasta ver qué pasaba. Llamó a mi padre y le pidió ayuda. Mi padre le debía un favor  y lo llevó  al pajar para que el Andrés no lo viera. Le hizo subir hasta la tronera del fondo; luego con la horca acumuló la suficiente paja para taparlo y dejar que respirara por la tronera; tapándolo en el pajar le salvó la vida; Todo a tiempo antes de que el Andrés lo encontrara y lo fusilaran sin más,   pues el cariz de la reunión subía de tono. Los más exaltados gritaban: El Serrano hoy; los marqueses mañana, cuando entremos en Córdoba. Pero al Serrano no hubo forma de encontrarlo y la reunión del pasquín se fue diluyendo con la caída de la tarde,  Serían las ocho cuando  el Andrés y su cuadrilla  baenera dejaron el Puente.

A la noche  hice un ajo blanco de harina de habas y me extrañó que mi padre llenara  una botella; pero las hijas no preguntan al padre que va a hacer con el gazpacho, así que lo seguí  y vi, en silencio, como aparejó   una yegua torda con el albardón de segadores, le puso un bocado tierno, el cabezal con serreta y apretó con coraje la cincha. Luego metió el gazpacho en una especie de talega que tenía el albardón.  Muy despacio, casi sin ruido, llevó el animal de las riendas hasta el pajar, y susurró desde la puerta:

-          ¡Serrano!: sal pa fuera que soy el Floro y te traigo un caballo. Mejor que mañana estés en Córdoba. Hoy los he entretenio, mañana no respondo.

El silencio del verano cordobés fue absoluto.  Lo único que se oía era el canto de tres o cuatro guillos en el rastrojo.

-          O sales o me voy, Serrano; la gente del Andrés se han marchao; tienes una oportunidad de que no te maten; ya te digo que mañana no respondo.
Del fondo del pajar salió más que una voz un quejido; algo así como el ruido de una rata. Se descolgó un telón de paja y salió el Serrano lleno de polvo, enrojecidos los ojos que casi alumbraban de naranja los tamos de paja y restregándose las cejas.
-          Si me traicionas te mato, Floro.
-          Si te traiciono te matan, Serrano. No seas gilipollas y coge la yegua. Y recuerda: estamos en paz. Lo de los anarquistas que me buscaban por esta. Una tuya y otra mía; largo y sigue la orilla del Guadajoz. Luego remontas el Guadalquivir hasta Córdoba. Si intentas pasar el puente romano te acribillan; es mejor que remontes, cruces el Rio a nado y luego entres por la Veterinaria. Con suerte a lo mejor llegas. La yegua la dejas en la Ribera y que sea lo que Dios quiera.  Que Él te ampare Serrano, y mira en el albardón que te he puesto una botella con gazpacho. La paja da sed.
Y el Serrano aprovechando el plenilunio se metió en el soto del Guadajoz, pasó por las chozas de los espigadores, ahora vacías, y se alejó del Puente  siguiendo las instrucciones de mi padre. Yo escuche la conversación desde la puerta de la cocina pero no dije ni una palabra.  El Serrano también intentó tocarme el culo hace unos meses y no me atreví a la zurra; a intentar pegarle como al Andrés digo, pero en aquel entonces salí corriendo y ya está. Tampoco dije nada al Caguetilla ni a mi padre. Algo tiene mi culo que no hay hombre que no intente darle palmeta. Por lo que luego pasó os adelanto que el Serrano llegó a Córdoba e influyó en mi vida más de lo que hubiera querido.  El día que vea a Juan lo arreglo: los pellizcos en mi culo quiero decir,  que no está a salvo el pastel sin que lo muerda el dueño.
En el Puente no ocurrió nada más en los siguientes días; yo estaba tranquila porque el Andrés no resultó y el Serrano tampoco, así que dejaron  de seguirme; pero la galera dejó de ir a Córdoba y no tuve noticias de mi Juan. Sin los suministros de la capital la atería se redujo al hortal, a un improvisado horno de pan amasado con harina del trigo trillado  antes del revuelo del pasquín,  y un par de borregos matados para darle jugo a las migas. Teníamos leche de unas cuantas cabras que pastaban con las ovejas y quedaba aceite, queso y especias en la bodega. Vino, y bueno, en la casa de Señores, y la sal la traían de las salinas de la Vega, camino de Castro. Lo mejor era el aceite. En la bodega había un aceite que era la gloria.  En ausencia de Andrés, Francisco, el mulero mayor,   se hizo cargo de las comidas y trató con la Casera para aguantar con lo dicho. Francisco era un hombre serio y prudente y sin dar órdenes hizo que la cosa funcionara en tanto se aclaraba lo de la Guerra  
El día de Santiago, de madrugada, no lo olvidaré nunca, se coló el Caguetilla por los sotos del  Guadajoz hasta el Puente. Vino a verme, me entró por detrás mientras lavaba la ropa en el Rio y me tapó los ojos. Yo pensé que era el Andrés y le solté un codazo. Pero claro, al levantar la mano de la tabla de lavar  pues eso, hizo tableta y se fue al agua con los calzones de mi padre y más ropa  del lavoteo. Chillé y el Juan se tiró al agua a salvar la ropa y yo, cuando lo vi, me tiré también. Noté su pecho a través de la camisa mojada y lo abracé con todas mis fuerzas; el agua me llegaba por las nalgas y me levantaba la falda; el sexo de mi Juan estaba allí sobre mi vientre entre el murmullo del agua y la falda mojada. Me cogió por los sobacos y me subió  hacia sus labios, hacia el cielo…; noté, al sacarme del agua, como la tela de la falda se pegaba a los muslos y como mi Juan y su sexo hacían camino hacia arriba, hacia donde, si llegaba, encontraría su casa ardiente y preparada.
-Quieto, quieto, quieto le dije; si nos pilla mi padre mojaos y en estas, suspende la boda.
- Mira Rosa, déjame por Dios que no aguanto más; la boda ya está suspendía. Esto está plagado de ejército, de minas y de Guerra. Del Lobatón no se pasa y esta noche me han podido matar diez veces. Cuando oscurezca nos vamos tu y yo; tengo pagada una barca para cruzar el Guadalquivir y casa en Córdoba. Hablamos con tu padre y te vienes conmigo. Si él quiere que se venga con nosotros.
- Antes te vas a aquella adelfa, te desnudas, tiendes la ropa, te secas y vienes aquí. Yo estaré seca también. Subimos y hablamos con mi padre.
 Pero cuando vi  doblarse  las flores de la adelfa con el peso de la ropa del Juan me fui con él  y pasó lo que tenía que pasar. Más deprisa de lo que me hubiera gustado, pero pasó lo que tenía que pasar. La calina de Córdoba y el rumor del verano acunaron el primer amor que llegó a mi vida. Luego, a escondidas, llegamos al Cortijo y encontramos  a mi padre sentado en el banco de la parra. Las uvas estaban pintonas pero no se veían; eran de corazón de cabrito y el Serrano mandaba meterlas en cartuchos de papel para salvarlas de las avispas. De esa forma llegarían a la Pascua. ¡Qué lástima!: a la Pascua he dicho; ¡pues no pasaron  cosas de Santiago a la Pascua! Juan decía que las uvas en el cartucho eran como mis pezones bajo la bata: dulces y esperando a que él llegase…
Mi padre no se sorprendió de que el Caguetilla estuviera allí. 
-          Has tardado, Caguetilla – le dijo. Yo te esperaba aquí antes. Hay cosas que no tienen más que lo que tienen, y tú me entiendes. Pero que sepas que aquí en el Puente si te pillan te matan.  Esto es una guerra y tú eres cura o curilla de la Marquesa. Si te pillan los de Baena te matan. Escóndete en la cocina y a la noche te vas por dónde has venío. Cuando esto termine os casáis. Ya he escondió al Serrano y el Andrés sospecha de mí. Además ya sabes que le gusta la Rosa: si te pilla te mata.
-          La Rosa se viene  conmigo
-          La Rosa se queda con su padre y no se va con el novio con guerra o sin guerra. Juan, por favor, deja las cosas correr. En cuanto pueda nos vamos  a Bujalance; cuando vuelvan las aguas a su sitio te vienes allí y os casáis. Esto no puede durar, pero vete, Juan, vete. Si te quedas en el Puente el Andrés te mata.
-          Que me mate: Si la Rosa se queda en el Puente es como dejarla a la voluntad del Andrés…
-          ¿Y yo no soy nadie? Todavía tengo el máuser, y la Rosa es mi hija. El Andrés es cobarde: no hará na.
Aquella noche tras lagrimas y más lagrimas que dejé en el parral después de que se fuera, Juan se perdió por los taraces del soto camino del Guadalquivir y de Córdoba. Así pues, separados por una Guerra, seguimos cada uno su destino sin más unión que un amor apasionado y perseverante; un amor que  nos juramos detrás de la adelfa.  
Estaban así las cosas cuando a finales de julio, pasada la incertidumbre del levantamiento de los militares, y apaciguado el ánimo de los arrechuchos de la adelfa,  las milicias de Baena avanzaron sobre Córdoba. Bueno, lo de avanzar es un decir. Cuando llegaron a Puente Viejo el Cortijo estaba en paz; sin labores de recolección ni apenas personal, pero en paz. Una paz tensa amasada a una calor de campiña en julio, pero paz a fin de cuentas. Y ya digo: sin noticias de ninguna parte,   Las milicias de Baena la formaba  una columna de unos doscientos milicianos reclutados de Espejo, de Castro y de la propia Baena. La mandaba, o al menos así lo parecía, un tío que en el mono se había cosido una estrella. El Andrés estaba a su lado y era el que hablaba. El otro estaba callado y miraba insistentemente el Cortijo. Comenzaron por asaltar la casa de señores, se llevaron el vino y lo que quedaba de la despensa y luego sacaron los muebles y les pegaron fuego .Con ellos ardió una Dolorosa con un manto que bordó mi madre y que logré sacar de las llamas. Les gustó la idea de quemar a la Virgen en pelotas y me dejaron quitarle la ropa. Yo estaba aterrorizada. Pero sigo contando: La chusma aquella la componían dos “compañías” de milicianos medianamente uniformados con mono azul de trabajo, cartucheras  y escopetas de caza y alguna que otra pistola. Había hombres de toda clase y condición: desde sesentones arrugados a dieciocho añeros bulliciosos; algunos eran más distinguidos que el resto: maestros de escuela, ayudantes de boticarios, oficiales de notarias, practicantes, y algún que otro comisario político venido de Málaga. Se les reconocía por el aspecto general, por las manos, y porque hablaban entre ellos en susurros evitando a los jornaleros, campesinos, segadores, albañiles y dijéramos “tropa miliciana”. Como pude ver en los meses siguientes desde el principio fue así: entre los propios milicianos se formaron esos clanes sociales que tuvieron buena parte de culpa de lo que aconteció más tarde en esta historia. Y tengo que decirlo: a la Virgen la quemaron los finos. A uno que protestó por echarla al fuego por poco le pegan.
Pero a lo que iba: las dos compañías descritas llegaron al Puente Viejo en cuatro camiones desvencijados y tres o cuatro automóviles confiscados a los ricos “paseados” en Baena    Sin juicio – según mi padre - los sacaron al cementerio y los fusilaron junto a las tapias . Sus coches fueron requisados y pasaron a formar la Fuerza Móvil del Comité de Baena. Cada vehículo llevaba en el lateral una especie de sábana pintada a guisa de pancarta del tenor siguiente: Fuerzas armadas del pueblo del Comité de Baena. En dos de los camiones – uno por compañía – ondeaba la bandera de la República. En uno de ellos, situada en sentido del portón trasero, vi una ametralladora y una especie de mampara protectora o de camuflaje construida con sacos terreros atados con sogas de esparto.  Más que fuerza armada parecían carrozas de la Cabeza en romería de coloristas y emperifollados que iban.
Un tal Roque, por más señas mancebo de botica en Baena, y ahora en funciones de sargento, fue reuniendo un pelotón de unos diez milicianos y ordeno formar a  los hombres que quedaban en el Cortijo. Trajeron hasta la era una mesucha de la cocina y una especie de jamugas donde se sentaron el Andrés, el Roque y otro miliciano mal encarado que llevó pluma y tintero y que escribía con soltura.
-          Uno a uno, dijo el Andrés. Dais el nombre, el oficio y el domicilio. El que no esté en la lista no entra en el reparto. Luego no digáis que no aviso. El cortijo será de los trabajadores que se alisten, de nadie más.
-          ¿Y los que se han marchao ya? – dijo el porquero- , será también para ellos ¿no?
-          Los que se han marchao tienen que venir a Baena a que yo los apunte si es verdad que han trabajao aquí.

Así que uno a uno, hombre a hombre – a las mujeres no las alistaron aunque Úrsula la mulera insistió y chilló para que la apuntaran como a un hombre – Soy viuda y he trabajado como ellos; el hambre de mis hijos la he quitao yo  – dijo-, pero no le hicieron caso - pasaron por la mesilla y le dieron sus datos al miliciano mal encarado. A cada obrero le dieron una copia firmada por el Andrés y con el sello del Ayuntamiento de Baena. Mi padre no pasó a que lo listaran.

-          No la perdáis, el Cortijo es vuestro, - dijo el Andrés -  

Y todos lanzaron sus sombreros de paja al aire. Viva el Andrés, la tierra para quien la trabaja. Viva la Republica. Viva Baena, y se armó un follón como el día del pasquín.

-          ¿por qué no te has alistado? Le preguntó el Andrés a mi padre
-          No me interesan los repartos; lo mío, mío y me basta.
-          Tú te vienes con nosotros   dijo el Andrés  cuando terminó la algarabía. Tú ya no eres guarda de los Señores porque el Cortijo es del pueblo y el pueblo no quiere guardas y  va a tomar Córdoba...
-          ¿El pueblo? ¿qué pueblo va a tomar Córdoba? No seas jodido, Andrés: ¿Qué pueblo es ahora el dueño de Puente Viejo? ¿Baena? ¿Espejo?, ¿Castro? Además, os ha durado poco: ya lo has repartío. Tú eres del Comité de Baena ¿no? ¿Y dices que vas a tomar Córdoba? Cojones, eso es mucho decir. En Córdoba está el ejército. En Córdoba está Cascajo, respondió mi padre.
-          ¿Y qué?: Te da miedo Cascajo o es que eres fascista. Cuando tomemos el puente Romano la ciudad entera estará con nosotros. Estamos en contacto con la CNT y no nos dejarán. Quiero que la Rosa se venga conmigo, y si aceptas, tú también.
-          Yo soy guarda del Puente y nada más que guarda, dijo mi padre que era austero y poco hablador. Si tú dices que esto ya es del pueblo, y el pueblo no quiere guardas, me voy a Bujalance, me voy a mi casa. Ya soy viejo para guerras; en mi casa es donde tengo que estar. Esta Guerra no es mía. Por lo de la Rosa, olvídate. La Rosa vendrá con su padre hasta que se case el mes que viene con el Caguetilla. Está concertado.
-          Veremos a ver lo que pasa con el Caguetilla de aquí a agosto,  y que sepas que esta Guerra es de todos. Si te vas a Bujalance te llevas el grano y lo entregas allí. Que te ayude la gente que queda con los carros y mañana pediré informe al Comité de Bujalance.
-          En el Puente no queda grano. Queda el de las gavillas y ese hay que trillarlo y aventarlo. No os veo a vosotros trillando dos semanas. Vaya, que hay que trabajar.  El grano que había se lo llevaron los Serranos a Córdoba.  Queda el pegujal de cebada de las bestias y el aceite del año pasado. La bodega está llena. El molino del Sebastián de Espejo tiene el aceite aquí depositado hasta nueva orden, y con el follón de la Guerra no lo han retirado todavía. El Sebastián le arrendó las tinajas al Serrano. Si quieres revisar el Cortijo, lo revisas; no hay otra cosa. También quedan las yuntas justas para los carros y las guarniciones, los aperos, un trujal de leña, una piara de ovejas y dos yeguas. No hay otra cosa.
-          ¿El Serrano está aquí?
-          Yo no lo he visto
-          ¿dices que hay aceite?
-          Si, en la bodega.
-          Si hay aceite, los depósitos y en pellejos a Bujalance; el grano y las ovejas también,  y ya sabes: te juegas la vida si no lo entregas.
-          Así se hará.
-          ¿Dónde está Juan  el curilla Cagueta, no decías que se casaba ya? Queremos que cante misa en la encina del soto; así lo aliviamos de lo del casorio, y la Rosa que venga conmigo. Yo la quiero bien.
-          Deja al Juan y a mi hija en paz. El Juan es el novio de mi hija y se quieren. Él tampoco es de esta Guerra, y no está aquí. Le ha pillado en Córdoba.
-          El Juan es fascista; curilla fascista y maestro de fascistas. La Rosa debe pensar en alguien del pueblo.
-          ¿En alguien como tú?; mira Andrés, mi hija se casará con quién ella quiera. la Rosa es más libre que una abubilla.
-          No me has gustado nunca Floro – dijo Andrés- No me has gustado nunca y ahora mucho menos. Ten cuidado: estás apuntado en las listas del Comité. Mejor será que te deje ahora que no me lo eche en cara la Rosa el día de mañana…
-          Por eso es mejor que me vaya a mi casa, que me vaya a Bujalance. Y al Caguetilla lo buscas en Córdoba cuando llegues y saludes al Cascajo.
Mi padre  agachó la cabeza y se fue hacia la casa. Yo estaba escondida detrás de la puerta. El Andrés volvió la espalda y se fue hacia el Cortijo; los mastines salieron a su encuentro y movieron el rabo; él los había criado y los animales movieron el rabo, pero mostraron los colmillos a los dos pistoleros que seguían al capataz. Uno de ellos sacó una pistola y descerrajó al macho; la hembra salió huyendo. El animal quedó en el suelo sobre un charco de sangre; la primera sangre que corrió en el Puente; pero no sería la última. Aquella misma tarde un avión fascista sobrevoló el Cortijo y la columna de Baena se ocultó en los matorrales del soto. Un miliciano saltó  gritando:
-          ¡Es de los nuestros, es de los nuestros!, y arrancando una de las sabanas pancarta de un camión hizo señas al piloto.
No dio tiempo a más: el avión ametralló sin piedad a los milicianos que salieron corriendo soto arriba camino de Baena. Desde abajo le tiraban al avión con plomo del diez para las codornices.  Dos de los camiones salieron ardiendo y los coches atestados de milicianos huyeron hacia Baena. En la pelea por subirse en los restos de la “unidad móvil de Comité de Baena” murieron dos hombres: uno apuñalado, el otro atropellado por uno de los camiones al arrancar. El desgraciado muerto se había subido en el capot y cayó delante de las ruedas. El camión no se detuvo, ni lo intentó siquiera.  Un disparate, vaya, un autentico disloque. Los milicianos corrían entre los tarajes y las adelfas y el Guadajoz se tiñó de rojo. Hubo más de veinte muertos y de la toma de Córdoba desde Baena nunca más se supo. El Andrés se escondió en la bodega del aceite y salvó la vida; tomó un caballo y galopó hasta Baena – según me dijeron -  sin atender a muertos ni heridos,  aunque eso sí, le recordó a mi padre la obligación de entregar el aceite.
-          ¿Y los heridos?, ¿y los muertos? Preguntó mi padre al Andrés
-          Los muertos los entierras y los heridos a Bujalance. Al Gumersindo, que sacó la sabana para avisar al avión, lo descuelgas de la chaparra del cornijal y lo entierras; ya ha pagado su culpa.
Enterrados los muertos – el Gumersindo incluido -  , y medio curados siete heridos en la Casa de Señores, se organizó la comitiva a Bujalance con seis  galeras de aceite, una de cebada y dos carros de lanza, uno de heridos y otro de la gente del cortijo que aún quedaba en la Reina. En total diez yuntas, unas veinte  personas y atrás, terminando la comitiva, unas doscientas ovejas sobrevivientes y rejuntadas después de la estampida del avión. Milagrosamente, y sin más contratiempos que el calor agobiante, la comitiva subió a Castro, pasaron la noche en Juan Martin y por la carretera de Torreparedones llegaron a Cañete al día siguiente. A unos dos km del pueblo salió a recibirles un miliciano del Comité Local de Cañete.
-          Estos bienes quedan confiscados por el Comité de Cañete y pertenecen al pueblo.
-          Tengo que entregarlos en Bujalance – dijo mi padre - ; me juego la vida.
-          Esto es de Cañete y en Cañete se queda. Si quieres, lleva a Bujalance el justificante de la confisca.
-          Me juego la vida.
-          Pues haces como si ya la has perdío. Esto se queda en la Cruz de Hierro, a una legua de aquí. El pueblo ocupó la Cruz y allí hay guarnición. El aceite, el grano y el ganado para la Cruz y no digo más – apuntilló el miliciano acariciando su fusil – En la Cruz hay bodega: que bajen los bidones y vacíen los pellejos; el ganado a la rastrojera con su pastor, y tú si quieres te vas a Bujalance. Tu familia y la gente del Puente  puede quedarse en la Cruz.
-          Sea. Dame el justificante de la confisca.
-          Que te lo den en la oficina y lo traes que lo firme, dijo el miliciano.
Y así fue como el personal, el ganado, y el aceite,  tomamos el camino de la Cruz de Hierro mientras mi padre fue para Bujalance.