2. De
cómo llegué al cortijo de la Cruz en Cañete
Yo soy la Rosa, la hija del Floro, el guarda de Puente
Viejo, y vivo en este Cortijo casi desde que nací. Mi madre, la Ernesta, me parió aquí, y aquí me crié; Rafaela, la casera, hizo de comadrona y
cuando llegó el médico ya estaba mamando. Fui a la escuela de Espejo, donde
tenía una tía, hasta los doce años en que murió mi madre; y desde entonces
cuido a mi padre en el Puente. Desde
hace cuatro años me hablo con Juan el Caguetilla, el hijo de Francisco el
mulero mayor. Francisco es de mote el Cagueta, y mi Juan, su hijo, el
Caguetilla. La Marquesa le costeó el Seminario, pero a Juan le gusto yo más que
ser cura; el Caguetilla se muere por mis huesos y mejor dejar el curato ahora
que arrepentirse luego. Mi Juan se ha hecho maestro escuela y nos casaremos, si
Dios quiere, en agosto. Bueno, nos casaremos en agosto si el follón de la
Guerra termina y podemos reunirnos, que él está en Córdoba y yo aquí con mi
padre.
En este estar, el 19 de Julio
llegó al Puente un caballo a galope
montado por Andrés el capataz de la Finca. Al Andrés le gusto yo más de la
cuenta. Me sigue cuando voy al Rio a lavar, me trae cosas de Córdoba y me mira
por detrás contando cada paso como si
se le fuera el alma. Un día no se contentó con mirar, me tocó el culo y
le arreé con el puño, pero no le di; se echó pa tras y ahí terminó todo. No se
lo he contado ni al Juan ni a mi padre: para qué liar; de esta guisa me va a
salir un ojo en el cogote pues voy mirando como las yeguas resabiadas: desde el
hocico a la baticola. El Andrés tendrá cuarenta años y es viudo. Su mujer murió
de parto hará dos años y desde entonces vive con su madre y la niña chiquita
junto a la casa de Señores; Pase que necesite una hembra; pero esa no soy yo;
yo soy de mi Juan.
Pero me estoy desviando: el 19 de julio
llegó en su jaca y ni me miró; venía de Baena. Sin que el personal supiera el
por qué, y yo mucho menos, y en la más
completa de las incertidumbres, sacó un pasquín y lo clavó en la puerta de la
casa de Señores; yo no sabía lo que era un pasquín, que luego me enteré:
-
El trabajo se para; que venga todo el mundo y
lea esto, vociferó el Andrés.
-
Léelo tú, dijo uno; muchos no saben leer.
-
Que aprendan, que la República paga al maestro.
Y esto es la Guerra. El ejército quiere cargarse la República. En Baena se ha
creao un Comité Revolucionario, y se han repartío las armas. Los cortijos son
del pueblo y el grano queda incautado. Los hombres que se personen en Baena
mañana. Las mujeres y los niños a sus casas. Y el que no lo entienda que lea el
pasquín o levante la mano y se lo repito. Desde hoy el Puente es de los
trabajadores.
El revuelo del personal ante el pasquín fue enorme.
Los hombres y mujeres pugnaban por leer y enterarse de algo
arremolinados junto al papel. Alguno intentó hablar en tono mitinero, otros
preguntaron al Andrés levantando la mano y sin obtener respuestas concretas:
¿que si el Cortijo era de los fijos o de los alojados? ¿Qué si entraban las
olivas o solo el pan llevar?, ¿que si vendría a llevárselo el Comité?, ¿que si
Cascajo estaba en el ajo? – y todos se
rieron con la rima – y en fin que si
los hortales de cada cual eran del
pueblo o podían recoger los tomates que había plantado en su margal, y la gente
volvió a reírse con la rima. Mi padre
estaba sentado a la sombra y solo acudió
a mirar cuando el tumulto cesó, lo leyó despacio y se volvió hacia el Andrés
con aquellos pasos cadenciosos de que hacía gala.
-
Este pasquín va a traer muchos disgustos, Andrés;
y yo, que lo sepas, no voy mañana a Baena... Mi obligación es guardar la finca y ese trabajo no se hace en Baena. Me debo al
que me paga, y hasta ahora ha sido el Serrano. Si no te cuadra, hablamos con él cuando venga.
-
Y a resultas: ¿Dónde está el Serrano? – pregunto
el capataz –
-
Yo no lo he visto en días, dijo mi padre.
-
Me estás mintiendo, Floro…; tú sabes dónde está.
Pero mi padre se dio media vuelta y se vino al parral, y a
la noche siguió recorriendo los sotos y la campiña y el gavillar de la era. El
segundo guarda se fue a Baena. El
Serrano, el arrendatario de la finca, que tampoco sabía de qué iba el asunto, y
que era, dicen, capitoste de la CEDA, oteó la concentración del pasquín y optó por esconderse hasta ver qué pasaba.
Llamó a mi padre y le pidió ayuda. Mi padre le debía un favor y lo llevó
al pajar para que el Andrés no lo viera. Le hizo subir hasta la tronera
del fondo; luego con la horca acumuló la suficiente paja para taparlo y dejar
que respirara por la tronera; tapándolo en el pajar le salvó la vida; Todo a
tiempo antes de que el Andrés lo encontrara y lo fusilaran sin más, pues el cariz de la reunión subía de tono.
Los más exaltados gritaban: El Serrano hoy; los marqueses mañana, cuando
entremos en Córdoba. Pero al Serrano no hubo forma de encontrarlo y la reunión
del pasquín se fue diluyendo con la caída de la tarde, Serían las ocho cuando el Andrés y su cuadrilla baenera dejaron el Puente.
A la noche hice un
ajo blanco de harina de habas y me extrañó que mi padre llenara una botella; pero las hijas no preguntan al
padre que va a hacer con el gazpacho, así que lo seguí y vi, en silencio, como aparejó una yegua torda con el albardón de
segadores, le puso un bocado tierno, el cabezal con serreta y apretó con coraje
la cincha. Luego metió el gazpacho en una especie de talega que tenía el
albardón. Muy despacio, casi sin ruido,
llevó el animal de las riendas hasta el pajar, y susurró desde la puerta:
-
¡Serrano!: sal pa fuera que soy el Floro y te
traigo un caballo. Mejor que mañana estés en Córdoba. Hoy los he entretenio,
mañana no respondo.
El silencio del verano cordobés fue absoluto. Lo único que se oía era el canto de tres o
cuatro guillos en el rastrojo.
-
O sales o me voy, Serrano; la gente del Andrés
se han marchao; tienes una oportunidad de que no te maten; ya te digo que
mañana no respondo.
Del fondo del pajar salió más que
una voz un quejido; algo así como el ruido de una rata. Se descolgó un telón de
paja y salió el Serrano lleno de polvo, enrojecidos los ojos que casi
alumbraban de naranja los tamos de paja y restregándose las cejas.
-
Si me traicionas te mato, Floro.
-
Si te traiciono te matan, Serrano. No seas
gilipollas y coge la yegua. Y recuerda: estamos en paz. Lo de los anarquistas
que me buscaban por esta. Una tuya y otra mía; largo y sigue la orilla del Guadajoz.
Luego remontas el Guadalquivir hasta Córdoba. Si intentas pasar el puente
romano te acribillan; es mejor que remontes, cruces el Rio a nado y luego
entres por la Veterinaria. Con suerte a lo mejor llegas. La yegua la dejas en
la Ribera y que sea lo que Dios quiera.
Que Él te ampare Serrano, y mira en el albardón que te he puesto una
botella con gazpacho. La paja da sed.
Y el Serrano aprovechando el
plenilunio se metió en el soto del Guadajoz, pasó por las chozas de los
espigadores, ahora vacías, y se alejó del Puente siguiendo las instrucciones de mi padre. Yo
escuche la conversación desde la puerta de la cocina pero no dije ni una
palabra. El Serrano también intentó
tocarme el culo hace unos meses y no me atreví a la zurra; a intentar pegarle
como al Andrés digo, pero en aquel entonces salí corriendo y ya está. Tampoco
dije nada al Caguetilla ni a mi padre. Algo tiene mi culo que no hay hombre que
no intente darle palmeta. Por lo que luego pasó os adelanto que el Serrano
llegó a Córdoba e influyó en mi vida más de lo que hubiera querido. El día que vea a Juan lo arreglo: los
pellizcos en mi culo quiero decir, que
no está a salvo el pastel sin que lo muerda el dueño.
En el Puente no ocurrió nada más
en los siguientes días; yo estaba tranquila porque el Andrés no resultó y el
Serrano tampoco, así que dejaron de
seguirme; pero la galera dejó de ir a Córdoba y no tuve noticias de mi Juan.
Sin los suministros de la capital la atería se redujo al hortal, a un
improvisado horno de pan amasado con harina del trigo trillado antes del revuelo del pasquín, y un par de borregos matados para darle jugo
a las migas. Teníamos leche de unas cuantas cabras que pastaban con las ovejas
y quedaba aceite, queso y especias en la bodega. Vino, y bueno, en la casa de
Señores, y la sal la traían de las salinas de la Vega, camino de Castro. Lo
mejor era el aceite. En la bodega había un aceite que era la gloria. En ausencia de Andrés, Francisco, el mulero
mayor, se hizo cargo de las comidas y
trató con la Casera para aguantar con lo dicho. Francisco era un hombre serio y
prudente y sin dar órdenes hizo que la cosa funcionara en tanto se aclaraba lo
de la Guerra
El día de Santiago, de madrugada,
no lo olvidaré nunca, se coló el Caguetilla por los sotos del Guadajoz hasta el Puente. Vino a verme, me
entró por detrás mientras lavaba la ropa en el Rio y me tapó los ojos. Yo pensé
que era el Andrés y le solté un codazo. Pero claro, al levantar la mano de la
tabla de lavar pues eso, hizo tableta y
se fue al agua con los calzones de mi padre y más ropa del lavoteo. Chillé y el Juan se tiró al agua
a salvar la ropa y yo, cuando lo vi, me tiré también. Noté su pecho a través de
la camisa mojada y lo abracé con todas mis fuerzas; el agua me llegaba por las
nalgas y me levantaba la falda; el sexo de mi Juan estaba allí sobre mi vientre
entre el murmullo del agua y la falda mojada. Me cogió por los sobacos y me
subió hacia sus labios, hacia el cielo…;
noté, al sacarme del agua, como la tela de la falda se pegaba a los muslos y
como mi Juan y su sexo hacían camino hacia arriba, hacia donde, si llegaba,
encontraría su casa ardiente y preparada.
-Quieto, quieto, quieto le dije;
si nos pilla mi padre mojaos y en estas, suspende la boda.
- Mira Rosa, déjame por Dios que
no aguanto más; la boda ya está suspendía. Esto está plagado de ejército, de
minas y de Guerra. Del Lobatón no se pasa y esta noche me han podido matar diez
veces. Cuando oscurezca nos vamos tu y yo; tengo pagada una barca para cruzar
el Guadalquivir y casa en Córdoba. Hablamos con tu padre y te vienes conmigo.
Si él quiere que se venga con nosotros.
- Antes te vas a aquella adelfa,
te desnudas, tiendes la ropa, te secas y vienes aquí. Yo estaré seca también.
Subimos y hablamos con mi padre.
Pero cuando vi doblarse
las flores de la adelfa con el peso de la ropa del Juan me fui con
él y pasó lo que tenía que pasar. Más
deprisa de lo que me hubiera gustado, pero pasó lo que tenía que pasar. La
calina de Córdoba y el rumor del verano acunaron el primer amor que llegó a mi
vida. Luego, a escondidas, llegamos al Cortijo y encontramos a mi padre sentado en el banco de la parra.
Las uvas estaban pintonas pero no se veían; eran de corazón de cabrito y el
Serrano mandaba meterlas en cartuchos de papel para salvarlas de las avispas.
De esa forma llegarían a la Pascua. ¡Qué lástima!: a la Pascua he dicho; ¡pues
no pasaron cosas de Santiago a la Pascua!
Juan decía que las uvas en el cartucho eran como mis pezones bajo la bata:
dulces y esperando a que él llegase…
Mi padre no se sorprendió de que
el Caguetilla estuviera allí.
-
Has tardado, Caguetilla – le dijo. Yo te
esperaba aquí antes. Hay cosas que no tienen más que lo que tienen, y tú me entiendes.
Pero que sepas que aquí en el Puente si te pillan te matan. Esto es una guerra y tú eres cura o curilla
de la Marquesa. Si te pillan los de Baena te matan. Escóndete en la cocina y a
la noche te vas por dónde has venío. Cuando esto termine os casáis. Ya he
escondió al Serrano y el Andrés sospecha de mí. Además ya sabes que le gusta la
Rosa: si te pilla te mata.
-
La Rosa se viene
conmigo
-
La Rosa se queda con su padre y no se va con el
novio con guerra o sin guerra. Juan, por favor, deja las cosas correr. En
cuanto pueda nos vamos a Bujalance;
cuando vuelvan las aguas a su sitio te vienes allí y os casáis. Esto no puede
durar, pero vete, Juan, vete. Si te quedas en el Puente el Andrés te mata.
-
Que me mate: Si la Rosa se queda en el Puente es
como dejarla a la voluntad del Andrés…
-
¿Y yo no soy nadie? Todavía tengo el máuser, y
la Rosa es mi hija. El Andrés es cobarde: no hará na.
Aquella noche tras lagrimas y más
lagrimas que dejé en el parral después de que se fuera, Juan se perdió por los taraces
del soto camino del Guadalquivir y de Córdoba. Así pues, separados por una
Guerra, seguimos cada uno su destino sin más unión que un amor apasionado y
perseverante; un amor que nos juramos
detrás de la adelfa.
Estaban así las cosas cuando a
finales de julio, pasada la incertidumbre del levantamiento de los militares, y
apaciguado el ánimo de los arrechuchos de la adelfa, las milicias de Baena avanzaron sobre Córdoba.
Bueno, lo de avanzar es un decir. Cuando llegaron a Puente Viejo el Cortijo
estaba en paz; sin labores de recolección ni apenas personal, pero en paz. Una
paz tensa amasada a una calor de campiña en julio, pero paz a fin de cuentas. Y
ya digo: sin noticias de ninguna parte,
Las milicias de Baena la formaba
una columna de unos doscientos milicianos reclutados de Espejo, de
Castro y de la propia Baena. La mandaba, o al menos así lo parecía, un tío que
en el mono se había cosido una estrella. El Andrés estaba a su lado y era el
que hablaba. El otro estaba callado y miraba insistentemente el Cortijo.
Comenzaron por asaltar la casa de señores, se llevaron el vino y lo que quedaba
de la despensa y luego sacaron los muebles y les pegaron fuego .Con ellos ardió
una Dolorosa con un manto que bordó mi madre y que logré sacar de las llamas.
Les gustó la idea de quemar a la Virgen en pelotas y me dejaron quitarle la
ropa. Yo estaba aterrorizada. Pero sigo contando: La chusma aquella la componían
dos “compañías” de milicianos medianamente uniformados con mono azul de
trabajo, cartucheras y escopetas de caza
y alguna que otra pistola. Había hombres de toda clase y condición: desde
sesentones arrugados a dieciocho añeros bulliciosos; algunos eran más
distinguidos que el resto: maestros de escuela, ayudantes de boticarios,
oficiales de notarias, practicantes, y algún que otro comisario político venido
de Málaga. Se les reconocía por el aspecto general, por las manos, y porque
hablaban entre ellos en susurros evitando a los jornaleros, campesinos,
segadores, albañiles y dijéramos “tropa miliciana”. Como pude ver en los meses
siguientes desde el principio fue así: entre los propios milicianos se formaron
esos clanes sociales que tuvieron buena parte de culpa de lo que aconteció más
tarde en esta historia. Y tengo que decirlo: a la Virgen la quemaron los finos.
A uno que protestó por echarla al fuego por poco le pegan.
Pero a lo que iba: las dos
compañías descritas llegaron al Puente Viejo en cuatro camiones desvencijados y
tres o cuatro automóviles confiscados a los ricos “paseados” en Baena Sin juicio – según mi padre - los sacaron
al cementerio y los fusilaron junto a las tapias . Sus coches fueron requisados
y pasaron a formar la Fuerza Móvil del Comité de Baena. Cada vehículo llevaba
en el lateral una especie de sábana pintada a guisa de pancarta del tenor
siguiente: Fuerzas armadas del pueblo del Comité de Baena. En dos de los
camiones – uno por compañía – ondeaba la bandera de la República. En uno de
ellos, situada en sentido del portón trasero, vi una ametralladora y una
especie de mampara protectora o de camuflaje construida con sacos terreros
atados con sogas de esparto. Más que
fuerza armada parecían carrozas de la Cabeza en romería de coloristas y
emperifollados que iban.
Un tal Roque, por más señas
mancebo de botica en Baena, y ahora en funciones de sargento, fue reuniendo un
pelotón de unos diez milicianos y ordeno formar a los hombres que quedaban en el Cortijo. Trajeron
hasta la era una mesucha de la cocina y una especie de jamugas donde se
sentaron el Andrés, el Roque y otro miliciano mal encarado que llevó pluma y
tintero y que escribía con soltura.
-
Uno a uno, dijo el Andrés. Dais el nombre, el
oficio y el domicilio. El que no esté en la lista no entra en el reparto. Luego
no digáis que no aviso. El cortijo será de los trabajadores que se alisten, de
nadie más.
-
¿Y los que se han marchao ya? – dijo el porquero-
, será también para ellos ¿no?
-
Los que se han marchao tienen que venir a Baena
a que yo los apunte si es verdad que han trabajao aquí.
Así que uno a uno, hombre a hombre – a las mujeres no las
alistaron aunque Úrsula la mulera insistió y chilló para que la apuntaran como
a un hombre – Soy viuda y he trabajado como ellos; el hambre de mis hijos la he
quitao yo – dijo-, pero no le hicieron
caso - pasaron por la mesilla y le dieron sus datos al miliciano mal encarado.
A cada obrero le dieron una copia firmada por el Andrés y con el sello del
Ayuntamiento de Baena. Mi padre no pasó a que lo listaran.
-
No la perdáis, el Cortijo es vuestro, - dijo el
Andrés -
Y todos lanzaron sus sombreros de paja al aire. Viva el
Andrés, la tierra para quien la trabaja. Viva la Republica. Viva Baena, y se
armó un follón como el día del pasquín.
-
¿por qué no te has alistado? Le preguntó el
Andrés a mi padre
-
No me interesan los repartos; lo mío, mío y me
basta.
-
Tú te vienes con nosotros dijo el Andrés cuando terminó la algarabía. Tú ya no eres
guarda de los Señores porque el Cortijo es del pueblo y el pueblo no quiere
guardas y va a tomar Córdoba...
-
¿El pueblo? ¿qué pueblo va a tomar Córdoba? No
seas jodido, Andrés: ¿Qué pueblo es ahora el dueño de Puente Viejo? ¿Baena?
¿Espejo?, ¿Castro? Además, os ha durado poco: ya lo has repartío. Tú eres del
Comité de Baena ¿no? ¿Y dices que vas a tomar Córdoba? Cojones, eso es mucho
decir. En Córdoba está el ejército. En Córdoba está Cascajo, respondió mi
padre.
-
¿Y qué?: Te da miedo Cascajo o es que eres
fascista. Cuando tomemos el puente Romano la ciudad entera estará con nosotros.
Estamos en contacto con la CNT y no nos dejarán. Quiero que la Rosa se venga
conmigo, y si aceptas, tú también.
-
Yo soy guarda del Puente y nada más que guarda,
dijo mi padre que era austero y poco hablador. Si tú dices que esto ya es del
pueblo, y el pueblo no quiere guardas, me voy a Bujalance, me voy a mi casa. Ya
soy viejo para guerras; en mi casa es donde tengo que estar. Esta Guerra no es
mía. Por lo de la Rosa, olvídate. La Rosa vendrá con su padre hasta que se case
el mes que viene con el Caguetilla. Está concertado.
-
Veremos a ver lo que pasa con el Caguetilla de
aquí a agosto, y que sepas que esta
Guerra es de todos. Si te vas a Bujalance te llevas el grano y lo entregas
allí. Que te ayude la gente que queda con los carros y mañana pediré informe al
Comité de Bujalance.
-
En el Puente no queda grano. Queda el de las
gavillas y ese hay que trillarlo y aventarlo. No os veo a vosotros trillando
dos semanas. Vaya, que hay que trabajar.
El grano que había se lo llevaron los Serranos a Córdoba. Queda el pegujal de cebada de las bestias y
el aceite del año pasado. La bodega está llena. El molino del Sebastián de
Espejo tiene el aceite aquí depositado hasta nueva orden, y con el follón de la
Guerra no lo han retirado todavía. El Sebastián le arrendó las tinajas al
Serrano. Si quieres revisar el Cortijo, lo revisas; no hay otra cosa. También
quedan las yuntas justas para los carros y las guarniciones, los aperos, un
trujal de leña, una piara de ovejas y dos yeguas. No hay otra cosa.
-
¿El Serrano está aquí?
-
Yo no lo he visto
-
¿dices que hay aceite?
-
Si, en la bodega.
-
Si hay aceite, los depósitos y en pellejos a
Bujalance; el grano y las ovejas también,
y ya sabes: te juegas la vida si no lo entregas.
-
Así se hará.
-
¿Dónde está Juan
el curilla Cagueta, no decías que se casaba ya? Queremos que cante misa
en la encina del soto; así lo aliviamos de lo del casorio, y la Rosa que venga
conmigo. Yo la quiero bien.
-
Deja al Juan y a mi hija en paz. El Juan es el
novio de mi hija y se quieren. Él tampoco es de esta Guerra, y no está aquí. Le
ha pillado en Córdoba.
-
El Juan es fascista; curilla fascista y maestro
de fascistas. La Rosa debe pensar en alguien del pueblo.
-
¿En alguien como tú?; mira Andrés, mi hija se
casará con quién ella quiera. la Rosa es más libre que una abubilla.
-
No me has gustado nunca Floro – dijo Andrés- No
me has gustado nunca y ahora mucho menos. Ten cuidado: estás apuntado en las
listas del Comité. Mejor será que te deje ahora que no me lo eche en cara la
Rosa el día de mañana…
-
Por eso es mejor que me vaya a mi casa, que me
vaya a Bujalance. Y al Caguetilla lo buscas en Córdoba cuando llegues y saludes
al Cascajo.
Mi padre agachó la cabeza y se fue hacia la casa. Yo
estaba escondida detrás de la puerta. El Andrés volvió la espalda y se fue
hacia el Cortijo; los mastines salieron a su encuentro y movieron el rabo; él
los había criado y los animales movieron el rabo, pero mostraron los colmillos
a los dos pistoleros que seguían al capataz. Uno de ellos sacó una pistola y
descerrajó al macho; la hembra salió huyendo. El animal quedó en el suelo sobre
un charco de sangre; la primera sangre que corrió en el Puente; pero no sería
la última. Aquella misma tarde un avión fascista sobrevoló el Cortijo y la
columna de Baena se ocultó en los matorrales del soto. Un miliciano saltó gritando:
-
¡Es de los nuestros, es de los nuestros!, y
arrancando una de las sabanas pancarta de un camión hizo señas al piloto.
No dio tiempo a más: el avión
ametralló sin piedad a los milicianos que salieron corriendo soto arriba camino
de Baena. Desde abajo le tiraban al avión con plomo del diez para las
codornices. Dos de los camiones salieron
ardiendo y los coches atestados de milicianos huyeron hacia Baena. En la pelea
por subirse en los restos de la “unidad móvil de Comité de Baena” murieron dos
hombres: uno apuñalado, el otro atropellado por uno de los camiones al
arrancar. El desgraciado muerto se había subido en el capot y cayó delante de
las ruedas. El camión no se detuvo, ni lo intentó siquiera. Un disparate, vaya, un autentico disloque. Los
milicianos corrían entre los tarajes y las adelfas y el Guadajoz se tiñó de
rojo. Hubo más de veinte muertos y de la toma de Córdoba desde Baena nunca más
se supo. El Andrés se escondió en la bodega del aceite y salvó la vida; tomó un
caballo y galopó hasta Baena – según me dijeron - sin atender a muertos ni heridos, aunque eso sí, le recordó a mi padre la
obligación de entregar el aceite.
-
¿Y los heridos?, ¿y los muertos? Preguntó mi
padre al Andrés
-
Los muertos los entierras y los heridos a
Bujalance. Al Gumersindo, que sacó la sabana para avisar al avión, lo
descuelgas de la chaparra del cornijal y lo entierras; ya ha pagado su culpa.
Enterrados los muertos – el
Gumersindo incluido - , y medio curados
siete heridos en la Casa de Señores, se organizó la comitiva a Bujalance con seis
galeras de aceite, una de cebada y dos
carros de lanza, uno de heridos y otro de la gente del cortijo que aún quedaba
en la Reina. En total diez yuntas, unas veinte
personas y atrás, terminando la comitiva, unas doscientas ovejas
sobrevivientes y rejuntadas después de la estampida del avión. Milagrosamente,
y sin más contratiempos que el calor agobiante, la comitiva subió a Castro,
pasaron la noche en Juan Martin y por la carretera de Torreparedones llegaron a
Cañete al día siguiente. A unos dos km del pueblo salió a recibirles un
miliciano del Comité Local de Cañete.
-
Estos bienes quedan confiscados por el Comité de
Cañete y pertenecen al pueblo.
-
Tengo que entregarlos en Bujalance – dijo mi
padre - ; me juego la vida.
-
Esto es de Cañete y en Cañete se queda. Si
quieres, lleva a Bujalance el justificante de la confisca.
-
Me juego la vida.
-
Pues haces como si ya la has perdío. Esto se
queda en la Cruz de Hierro, a una legua de aquí. El pueblo ocupó la Cruz y allí
hay guarnición. El aceite, el grano y el ganado para la Cruz y no digo más –
apuntilló el miliciano acariciando su fusil – En la Cruz hay bodega: que bajen los
bidones y vacíen los pellejos; el ganado a la rastrojera con su pastor, y tú si
quieres te vas a Bujalance. Tu familia y la gente del Puente puede quedarse en la Cruz.
-
Sea. Dame el justificante de la confisca.
-
Que te lo den en la oficina y lo traes que lo
firme, dijo el miliciano.
Y así fue como el personal, el ganado,
y el aceite, tomamos el camino de la
Cruz de Hierro mientras mi padre fue para Bujalance.