viernes, 19 de abril de 2013

EL ÚLTIMO CUENTO DEL ACEITE




Erase una vez un hombre que se quedó solo y aterido. Al verse solo se apartó a una montaña y vivió allí hablando con su perro. Un día escribió un mensaje y lo metió en una botella para lanzarla al mar con la esperanza de que alguien la encontrara, leyera el mensaje y escuchara su voz. Pero en la montaña no había mar, ni rio, ni lago, ni nada. Así pues la esperanza de la botella y su mensaje quedaron inmóviles en un rincón de la casa. Y pasó mucho tiempo.
Pensó nuestro hombre que el mensaje fuera con el viento, y sacó el papel de la botella y lo dobló primorosamente y fabricó un avioncito de papel. Subió a lo alto de la montaña y lanzó el avión con todas sus fuerzas hacia la tarde, hacia un sol enrojecido que se escondía en el horizonte. Pero el avión apenas planeó; subió con la brisa un par de metros, hizo un bucle en el aire y cayó casi en los pies de nuestro amigo el aterido.
Fracasado pues el invento del avión volvió a la casa y colgó el mensaje, es decir el avión, de una viga de su cuarto. Así planeará sobre mi espíritu, y allí estuvo mucho tiempo.
Lo llevará el Tobi, se dijo. Tobi era el perro. Y fabricó una cajita de madera,  la cosió al collar del chucho y metió en ella el mensaje.
-         Vete Tobi, le ordenó al chucho: vete hasta el valle, busca a alguien, dale mi mensaje. El tiempo se me acaba Tobi, date prisa, lleva mi mensaje.
Pero Tobi movió el rabo y se tumbó a la vera de su dueño y ni las amenazas ni los ruegos consiguieron moverlo de allí. Tobi me quiere, se dijo el aterido, no me dejará solo, no se moverá de mi lado. Y nuestro hombre acarició la cabeza del perro y se volvió a la casa con la cajita de madera. Y pasó mucho tiempo.
Un día atravesó una caravana por la montaña del hombre aterido, y saliendo a su encuentro nuestro hombre le dijo a alguien que le tendió la mano :
-         Lee este mensaje y llévalo por favor hasta el valle. Difúndelo si te place.
-         Malamente puedo ayudarte; estoy muy ocupada. No pasaría de la primera letra; me quedaría en el zaguán.
Y guardando silencio, la mujer siguió su camino.
Finalmente una noche de invierno, a la luz de su alcuza, el hombre aterido leyó el mensaje y pensó que los mensajes del alma caminan con ella y en ella misma se difunden. Son, pensó, como una capa de paño. El que a ellos llegue sabrá que tengo frío, que mi mensaje aspira a jugar con las estrellas y estas, a las estrellas,  solo se asciende con el alma. Algo así como el ultimo cuento del aceite, que implora calor en la capa colgada de las  paredes de de la vida. Y de esa forma el mensaje llegó hasta donde tenía que llegar.
Y colorín colorado este cuento, y este librejo, se ha acabado; pero no me he resistido a copiar  el mensaje del hombre aterido para que él que quiera entender entienda, y entendiéndolo lo cumpla. Dice así:

Mensaje del hombre aterido
No gravéis mi nombre en una piedra,
Dejadlo bajo la sombra de un olivo.

Nombre solo, libre, sin materia,
Que ascienda hacia el azul por ser el mismo,
Que se acaricie de los murmullos todos
Y alcance su meta en el olvido.


No me hagáis ataúd, ni esquela, ni mortaja;
No atosiguéis de flores mí mañana;
Que el recuerdo mío se aleje con el viento
Poco a poco, suavemente,
como se alejan los tamos de las parvas.

Dejad mi nombre libre cuando la muerte acuda;
Dejadlo libre para jugar con ella;
Como un atardecer, como un suspiro,
Como el parpadeo lejano de una estrella.

Dejad mi nombre libre cuando la muerte acuda,
Dejadlo bajo la sombra de un olivo… 

domingo, 14 de abril de 2013

El aceite aire.



Aquel año en el mes de febrero hizo mucho frio, un frio prolongado, polar, implacable. Venía desde el Ártico bordeando por poniente la Gran Bretaña y golpeando las costas del Cantábrico .  Cuando alcanzó Andalucía el intenso frio polar se detuvo y acampó en los olivares todos escurriéndose por cañadas y barrancos; inundó los llanos y las riberas, se esparció por la campiña, pintó de canas las montañas y los dejó los arboles ateridos y sin fuerza. En marzo dejó de llover hasta mediados de octubre y la tierra rajada fue engullendo en cada raja las hojas caídas de los olivos de la comarca.
En un pueblo de las Vegas Altas del Guadalquivir el desastre fue total. Los haldares de los olivos se tapizaron de hojas y la luz poderosa de marzo dejo el follaje como un encaje de tul de una mantilla azulada, luego amarillenta, luego muerta. En mayo no hubo flor, en junio no hubo cuaje, el verano fue tórrido y los meses de septiembre y octubre llenaron de angustia el corazón de la gente. A finales de octubre llovió intensamente, y las pocas aceitunas que consiguieron cuajar en los resisteros del campo engordaron como ciruelas y del peso cayeron prematuramente al suelo.
Cuando llegó la hora de coger la aceituna el pueblo tenía que trabajar y salió al campo: Y fueron a los pagos y a las hazas y a las fincas medianas o grandes y arroparon los troncos de las olivas de los mantones, y varearon las ramas y no cayó aceituna. Y arrastraron los mantos por las camadas, y sacaron las sacas sin aceituna, y colmaron los remolques de hojas y aire y encararon los caminos y carreteras hacia las Almazaras. Pero iban vacíos, sin aceituna. Claro que  en aquel pueblo nadie quiso saber que no había aceituna.
Las Cooperativas y Almazaras todas limpiaron sus instalaciones, prepararon las cribas, sustituyeron cintas, rellenaron tamberos, engrasaron centrifugas, acondicionaron lavadoras, bidones, trujales, cámaras, recipientes, envasadoras, etiquetajes, tapones, envases de cristal, ordenadores y aplicaciones de contabilidad…. Y llegaron camiones a la tarde, y remolques, y artilugios todos transportando aire; y descargaron y se limpió el aire, y se molió el aire, y se pasó por los decanters el aire y se almacenó aire en los grandes depósitos de acero inoxidable llenos de aire.
Luego se envasó el aceite inexistente en lindas botellas, se etiquetó correctamente y se envió a su destino de grandes superficies, tiendas medianas, tiendas pequeñas, establecimientos delicatesen, círculos gastronómicos, instituciones de control, laboratorios sanitarios, particulares, paneles de cata, muestras mil y botellas de aceite para gerifaltes y políticos que llegaron e inauguraron la campaña y comiendo en fiestas de aceite nuevo, el aceite verde, el aceite inexistente.
Ni que decir tiene que los Consejos Reguladores calificaron el aceite aire como virgen extra, o virgen o lampante..., los paneles de cata funcionaron como siempre y cataron el aire: unas veces más excepcional fresco y afrutado, otras simplemente limpio; en alguna ocasión detectaron aromas impropios al aire diafáno de cualquier mañana.  En aquel año, en aquel pueblo, tras el aceite nuevo, la gente pedía en los bares su café con tostada de aceite, y empinaba la alcuza vacía y no caía nada pero inmediatamente le ponían un poquito de tomate y… al gañote. Las ensaladas se hicieron sin aceite, y los fritos de boquerones se preparaban en la sartén echando aire y friendo los boquerones con aire. Nadie en aquel pueblo reconoció que solo había aceite inexistente y la vida siguió como si tal cosa.
Los únicos que percibieron el fenómeno del aceite inexistente fueron los banqueros que iniciaron desahucios, comunicaciones de números rojos, embargos, cartas de requerimiento de pago, denegación de crédito y cosas por el estilo. Eso sí: también detectaron el fenómeno los empresarios que festejaron el inicio de campaña y después despidieron poco después a los trabajadores; los sindicatos renegaron de los recortes; las huelgas se multiplicaron y fueron a ellas con bocadillos de tortilla frita con aceite inexistente. La vida siguió pues como si no ocurriera nada, salvo para aquellos desgraciados que sin nada y sin trabajo contemplaban pasmados el paso del tiempo.
 Un día un trabajador, un hombre normalito de los que andan por ahí se dio cuenta y salió por la calle con una pancarta: él, como padre a un lado, la madre, al otro. Tres chiquillos en medio. Tenemos hambre rezaba la pancarta, las botellas de aceite están llenas de aire. El alcalde del pueblo prohibió la manifestación y los municipales llevaron a la familia al Ayuntamiento.
-         -  ¿qué le pasa a usted? Preguntó el alcalde al padre detenido
-         - Tenemos hambre
-          -¿no ha cogido usted la aceituna? En las oficinas de empleo se buscaba gente.
-          - El aceite es aire, respondió el hombre aquel.
-          - ¿aire?, inquirió el alcalde.
-          - Si, aire, aire, solo aire. 
-          -  Pero el aceite ha subido de precio, insistió el munícipe.
-          -Sí, pero mis hijos no comen aire.
-          - Que le arreglen a este hombre los papeles para cobrar los 400 €. Que la agente social se ocupe del caso. ¿Está usted contento?
-          - Sí, contentísimo, excelencia
-          - Yo no soy excelencia, soy el alcalde del PP, y Rajoy le prolonga a Vd. Los cuatrocientos €, mas cincuenta euros más que el municipio le da hasta que le llegue la subvención.
-          - Sí, señor alcalde excelencia, respondió el hambriento subsidiado y beneficiado con los cincuenta € del generoso Ayuntamiento.
-         -  ¡Ea!: asunto terminado, dijo el alcalde, y siguió con sus recepciones y con las deudas del municipio exigiendo que el gobierno subastara cada viernes cuatro o cinco mil millones de € para aguantar un mes más pagando a los funcionarios, ordenanzas, choferes etc. del Ayuntamiento. Aquel día tenía mucha faena: tenía que asistir a la inauguración de la campaña del aceite: venia el Delegado y el Consejero de la Junta de Andalucía…

Ya en la calle el hambriento se cruzó con el caminante. Dame algo de comer le pidió el caminante al subsidiado. Y fueron a la panadería y compraron un pan. Sentados en un banco cortaron el pan y el caminante sacó de su zurrón una botellita de aceite. 

- Tomad hijos, le dijo a los niños, os echaré un chorreón de aceite: este no es picual, ni manzanillo, ni arbequino, ni royal, ni hojiblanco ni picudo… Este es aceite esperanza.
-          - ¿aceite esperanza? ¿qué aceite es ese?
-         -  Es el aceite del año que viene; el aceite que deja vivir al pueblo, el aceite que mueve las cosas, el aceite que será y ya es en miles de hombres y mujeres que saben de esto.
-          - Este año todo el aceite es invisible…, dijo el padre.
-          - No, no, buen hombre; no es así. Tú no tienes más que cincuenta € y has comprado pan y me lo has ofrecido a mí. Yo,  a cambio,  no quiero darte aceite, quiero darte algo más, quiero darte esperanza; mira hacia allí… Y el hombre miró a un haza de olivar de los ejidos y pudo ver unas hermosas olivas con la hojas anchas, brillantes, poderosas, adheridas a un retalle vigoroso y plateado…

-          - Bueno, dijo el padre… el año que viene habrá cosecha. Gracias por el aceite de la esperanza, amigo…

Pero al volverse para hablar con el caminante, este ya no estaba allí. Y es que la esperanza aparece con dificultad cuando la vida arrecia, pero tiene siempre para los agricultores de las Vegas Altas del Guadalquivir una botellita de aceite del año que viene metida en el zurrón.

miércoles, 10 de abril de 2013

CUENTO DE LA PANADERA, EL ESTUDIANTE DE DERECHO Y EL PROCURADOR QUE GUARDABA EL OLIVAR




Hace muchos años, tantos que casi nadie se acuerda, pasaba sus días un cincuentón, sin matarse por nada, y gozando de sosiego y de años . Nuestro hombre era dueño de unas tierrecillas  menguadas por la división de la hacienda y las prolongadas siestas de verano, y de primavera y de otoño; en invierno no, que los días eran cortos, y las sabanas estaban frías. Unos cientos de olivos, y unas fanegas de dehesa constituían, junto a la casa  de su madre, el patrimonio de D. Julián Sanjuán y Vargas procurador de profesión y señorito de vocación.
Las malas lenguas hablaban del apellido Sanjuán como relacionado con judíos. De ahí los dineros del abuelo, decían los cristianos viejos.  Prestamistas y usureros, afirmaban otros. Indultados por Fernando VII  afirmaban los más. Los Sanjuán, unidos por casamientos a la familia de los Vargas, llevaba más de cien años asentados  en una rica comarca del  Sur de España. Gente de orden en un pueblo de encaladas casas  con ventanales y rejas adornadas con macetas. La casa de los Vargas  estaba blasonada y a su puerta principal asomaba un patios con aspidistras.
El Vargas se hizo en sus años mozos procurador de los Tribunales tras fracasar su vocación de registros, pero no ejercía la procuraduría   sino que  pensó que era mejor procurar para sí, de forma que cumplida su juventud  se adentró en el mundo de braguetazo - casamiento de ventaja - y la administraduría de fincas.  Estando ya desfogado y treinteno, D. Julián casó en primeras nupcias  con una prima de rancio abolengo y pocos cuartos de dote, y pronto comprobó como los naipes, la juerga, y algún que otro negocio irregular menguaban su fortuna. Al quedar viudo  buscó un segundo casamiento ventajoso con una moza de armas tomar: joven, maciza, carnosa y adornada de una fuerza y una lozanía excepcionales.  Para colmo de bienes era rica heredera del panadero del pueblo, villano como pocos  pero acaudalado de pro. Baste decir que la moza - Dñª Emilia -  venia al matrimonio con tanta fama de rica como de baqueteada y  tigresa. Era veinte años más joven que el procurador  y aunque no niña estaba  entrada, y de qué forma, en el calor de la juventud.

Sabía Sanjuán de aquellos ardores, que en los pueblos se sabe todo, pero creyó poder calmarlos; a ellos y  a los de sus acreedores que pululaban sobre la lastimera situación de su hacienda. Ser yerno del panadero  taparía los descosidos de su capa; así que, sin más meditamentos,  pidió la mano de Dñª Emilia, arregló con Fabián (el panadero) los asuntos más perentorios de su hacienda, y desposó a la moza.
 Medio cumplió D. Julián en la noche de bodas; aseó como pudo la faena, y con sutiles quites se fue acercando al burladero en los siguientes días para no toparse a la fuerza sin freno de la esposa que garabateaba sobre nuestro hombre sin más límite que las cada vez mas menguados bríos del cincuentón.
Ni de esta, ni de su primera esposa  tuvo nuestro hijosdalgo sucesión, así que su casa, blasonada casa como correspondía a su  prosapia y hemos dicho, guardaba entre sus muros  la alcurnia y el abolengo de los Vargas y un intenso silencio, un silencio claustral, un silencio delicioso para D. Julián  que escuchaba, desde el  alba  a la puesta del sol, el cuchicheo de los pájaros de perdiz que colgaban en un muro soleado del corral. Además del silencio, la casa de los Vargas guardaba  otros tesoros. Una abundante biblioteca y buen archivo donde podía seguirse el secreto de cómo llegó un Sanjuán a emparentar con tan ilustres castellanos, o de como, y por qué, se acomodó entre aquellos muros el general Sebastiani, o, simplemente,  de cómo reventó una Sanjuán entre fajas y ballenas por no aparentar una preñez. Un hermoso bargueño, algunas pinturas de mediano valor, y unas magnificas guarniciones para el tiro de caballos. D. Julián conservaba los hilos del pericón y los mostraba a sus amigos como si enseñara un Velázquez.
 De tiempos más recientes existían intimidades, secretillos  - más bien ya secretos a voces -   propios de la situación económica de  D. Julián que había renunciado a trabajar, pero no a la vida y relaciones de la familia en generaciones pasadas. Los tejados de la casa necesitaban limpieza; las rastras de los voladizos sustitución;  las paredes una mano de cal, el corral gallinas, el pajar paja, y un par de mulas que aún quedaban en la cuadra necesitaban algunas carnes en sus huesos. Había sido pues el casorio de nuestro hombre cuestión urgente para su hacienda,    aunque no lo fuera tanto para las ansias y las fuerzas del hijosdalgo. Y es que los ardores de la moza no los calmó el cincuentón. A la semana del casorio D. Julián se refugió en una crisis de  lumbago,  más  salvación que dolencia, que si no llega, y media  el médico y el alcohol de romero, allí fenece la procuraduría. . Y es que Dñª Emilia se destapó a sus anchas como queda dicho.
A los quince días de la boda el panorama del Sanjuán era sombrío. La excusa del lumbago ya no era respetada, la ciática incipiente mandada al cuerno, y unas calenturas imaginarias, una acedia, o un ataque de asma no eran sino el acicate para que Dñª Emilia intentara recomponer a su marido a base de caricias, de manoseos y de cuidados que acababan en el lecho nupcial.     ¡ Qué poderío de hembra tenia la panadera! ! Que bravura de moza a todas horas!.  Quedó la cama de la abuela de los Vargas deshecha durante todo el día: las mantas tiradas por el suelo, los muebles dislocados, D. Julián aturdido y la panadera ondulando sus panes sobre un procurador en retirada. Aquello no eran tetas, aquello era más: aquello era un vendaval macizo como dos medios mundos que bailaran sobre una Vía Láctea al ritmo del jadeo. Y el dale y dale, y las vergüenzas del Vargas asomando ridículas a la explosión galáctica de la moza en flor. Así, D. Julián intentaba seguir el ajetreo de la esposa  sacudiendo su imaginación en un éxtasis vertiginoso que pasaba del placer a la desesperación, de la desesperación a la vergüenza y de la vergüenza a un lastimoso huir por los pasillos y patios de la casona perseguido por la panadera rebosante. Hasta los pájaros de perdiz detuvieron su canto, proclamo.
Pasada la tormenta, y aliviada la situación por unas diarreas providenciales sobrevenidas, D. Julián pensó que lo peor había pasado. Era hora de exigir al panadero su parte del trato.  Anunciado estaba el encalado de la casa  y el parcheo de la fachada y el tejado, solo que el remedio de las goteras colmo el exiguo vaso de generosidad de Fabián. A las primeras de cambio el panadero asentó posiciones.  La negativa que recibió el hijosdalgo a tapar el primer goterón  a consta de los bollos de la panadería, puso las cosas en su sitio. No eran agujeros los que aquel apaño iba a tapar, no. Al menos en la casa de los Vargas habría de cubrirlos o disimularlos el procurador. Así lo dijo Fabián, y así lo cumplió, como hombre de palabra que era. Ni un duro, ni un duro, se lamentaba nuestro hombre cuando exhausto de los amoríos de la lozana se refugiaba en retirada en el pajar. En cuanto a la edad del panadero, próxima a la de D. Julián, nada hacía presagiar  herencias salvíficas. Así fue como la vetusta casa de los Vargas se preparó para aguantar goteras y añadir secretos a su centenaria historia.
 Como las cosas llegan a su sitio, y las aguas a su cauce, casi sin querer queriendo Emilia acabó   matando sus ardores  con  un vecino mozo que saltaba la tapia del corral  y allí se refocilaba con la ardorosa procuradora que acudía a coger los huevos de las “aves”. Todo ello amparado  por el silencio de los patios  de la casa, y por las prolongadas ausencias de D. Julián que acudía a su hogar exclusivamente a comer y a dormir alarmado de los trabajos a los que era sometido en su domicilio si el médico  no salía en su auxilio.
 Una vez al mes marchaba D. Julián a Sevilla  a rendir cuentas de la administración de una finca  de los Marqueses de X, colindante a la suya, lo  que en teoría no le reportaba los dineros para vivir  pues llevaba las cuentas, según él,  por amistad y sin cobrar un céntimo. ( Eso sí: que se sepa jamás hubo olivos tan portentosamente fruteros, ni dehesa donde se mataran mas perdices que en la suya. )
 No eran pues excesivamente arriesgados los amores de la panadera y el estudiante,  - que estudiante era y  de Derecho  el galán de la señora -  en las corralas y el pajar de la casa de los Vargas durante los meses de verano. Saltaba el mozo, aguardaba ella en posición de faena, se arrullaban, se gozaban, se citaban para luego: a las tres, en la siesta del procurador; a las siete, en la hora de la visita; a las diez, en los días de ausencia; a todas horas siempre que terciara.
Adelgazó el  estudiante  bien cierto. Resintiose el Civil y el Romanillo sin duda, y todo ello en un progreso rebosante de la salud de Dñª Emilia que cada día estaba más tersa, más activa, más maciza y más seductora. 
Para justificar su conciencia  de empresario activo y diligente, D. Julián había adoptado la costumbre de vigilar su patrimonio, y para ello (y para acomodarse a los avances de la ciencia) había adquirido en Sevilla unos prismáticos  con los cuales, desde el mirador de la plaza,  observaba sus olivos y los de los Marqueses de X. Lástima, eso sí, decía D. Julián, que desde el mirador no se alcanzara más que el tejado de la casa de los Vargas, pues si no,  tomando su café, podía vigilar sus posesiones, sus olivos y su coto. Si hubiera alcanzado el pajar, hubiera podido ver  el monte embravecido de la esposa al que desde luego  el estudiante daba toda la labor que merecía la finca, pero ya digo: desde allí no alcanzaba la rasante del trípode.
            En invierno la satisfacción de la procuradora era más complicada.  El estudiante marchaba a Granada y Dñª  Emilia languidecía maldiciendo  las Leyes Mercantiles, el Romano, y las teorías del contrato.  Viendo Emilia que el lumbago no mejoraba,  y ante la inminencia del próximo curso, y la marcha de su mozo a Granada, tomó la decisión de arreglar el asunto y solucionar el angustioso invierno que se avecinaba sin estudiante y sin marido. Así que una mañana, partido que fue su esposo a su procuraduría habitual  se puso el velo, cogió la calle, llegó a la plaza de la Iglesia - mientras su marido desayunaba - y se sentó a su lado.
·      He pensado, le dijo a D. Julián, lo mucho que trabajas y cuantas son tus responsabilidades. Más aún con este lumbago terrible que te aqueja. Las fincas, la Romana, los Marqueses, los asuntos del Casino…, las ovejas,  debías descansar.
·      ¿ Descansar. , Cómo?.. ¡ Mujeres!

            Emilia cogió los prismáticos y distraídamente, como si nada llevó a su marido al mirador y desde allí le dijo:

*                     D. Gerardo, el párroco , esta viejo . Le han mandado ayuda.  El coadjutor nuevo   tiene poco trabajo. Desde aquí el coadjutor vería cualquier movimiento del pueblo. Podría controlar que nadie te robara la aceituna.  Bajo secreto de confesión no podría hablar de la Romana …, ni de las ovejas …, ni de los carros de aceituna que equivocan el camino…;  Tendrías más tiempo para ir al Casino …, a Sevilla los viernes …, los lunes regresarais más relajado .

            Julián la miró con admiración contenida. ¿ por qué no ?. Una semana después el coadjutor tenía unos prismáticos y un encargo.
*                     - Desde el campanario , Sr. Coadjutor - dijo Emilia - tiene Vd. un mirador sin rasante . Puede Vd. ver las fincas de mi marido , y hasta la propia casa. Vaya : cantar los pájaros de perdiz si le apetece, u observar lo que se hace en el pajar.

 A las doce subió el coadjutor al repique del Angelus. Villanueva se divisaba casi perpendicular,  casi completa, casi transparente. En ese momento Germán - el estudiante de Derecho -  saltaba el corral de las gallinas y la procuradora lo esperaba en un gran montón de paja que alcanzaba la visión desde el campanario de la Iglesia. Se diría que lo habían puesto allí para que él -  el coadjutor - pudiera ver a la procuradora desnuda como la parió su madre. Aguardó el coadjutor ensimismado hasta que llegó el estudiante y se extasió en un asalto antes de bajar por la escalera. Estaba trastornado , excitado , absorto en las caderas ondulantes de la panadera que avanzaban y retrocedían como los álamos de la Romana en días de vendaval. Hasta octubre se repitió la historia del amor arropado en los toques del ángelus, y hasta octubre el coadjutor permaneció absorto en el jadeo y en la brisa , y en las bocas y en las almas. Y se enceló de tal manera que no había horas más que para Emilia, ni noches que no fueran recordar el amor cálido , arrullante, permanente. Como los pechos de la panadera. Como el sol que se ponía justo tras la Torre de la Iglesia e iluminaba de rojo el corral de D. Julián.
Cuando la Alsina partió  camino de Granada con el estudiante liberado y el macuto lleno del Serafini y el Castán, la procuradora  acudió  a tomar el sol a su rincón de siempre bajo el sol implacable del veranillo del membrillo. Aquel viernes D. Julián se había marchado a Sevilla. Sonaron las doce como el eco próximo  de cien badajos anchurosos de la Giralda en mayo. El coadjutor no tuvo que saltar por la tapia. La cancela del zaguán  estaba entreabierta como las piernas de la procuradora.
Y fue así como la panadera se consoló en verano con el estudiante y en invierno con el coadjutor mientras su marido procuraba en el Casino todos los días, y los fines de semana deambulaba por Sevilla. Eso sí, que se sepa, nadie le robó al procurador ni una sola aceituna.
  No son buenas las segundas nupcias , dijo el uno.  Desde luego aseguró el caminante, y en ese momento  acabó su narración . Se levantó, tomó su bastón , y se alejó hacia el poniente. Voy dijo, yo también, a controlar que nadie se lleve la aceituna…

miércoles, 3 de abril de 2013

CUENTO DEL GATO ROMANO, LA GATA NEGRA Y EL OLIVO DE YUSUF


CUENTO DEL GATO ROMANO, LA GATA NEGRA Y EL OLIVO DE YUSUF


Ibn Arabi representó  el momento culminante del misticismo hispano musulmán en una floración de  sufís que no tiene precedentes en otro lugar islámico. Conocemos a este grupo de místicos españoles  gracias a un tratado de Ibn Arabi llamado Epístola de la Santidad que tiene mucho que ver en uno de sus capítulos con un olivo murciano al que voy a referirme en este cuento.
En efecto,  en la Al Ándalus de la segunda mitad del S. XII y los albores del  S. XIII, una abigarrada multitud de santones, ascetas, videntes, taumaturgos aparece a nuestros ojos de la mano de  Ibn Arabi en la obra citada; gentes que van recorriendo los pueblos y ciudades Andaluzas y se nos muestran con sus rasgos físicos y morales y sobre todo incardinados en el mundo andalusí previo a las conquistas de Fernando III el Santo. Ibn Arabi nos va   presentando uno a uno al cenobítico, al eremítico, al peregrinante, al monástico, al curandero, al predicador, al escatológico, al labrador y en fin a toda una pléyade de hombres que pretenden por diversos caminos su unión con Allah.
Entre todos ellos vamos a citar a Chafar al-Uryani,  un sevillano campesino e iletrado pero que disertaba sobre la ciencia de la unificación con Allah en tales términos que arrebataba al auditorio. De parecido talante era Salid al-Adawi, asceta hosco y solitario que se arrebataba en la oración hasta metas equiparables a los místicos cristianos del S XVI, y sobre todo, y en relación a nuestra historia, Abu l-Hachad Yusuf, un sufí de Subárbol que de joven vivió en la meditación y en el cultivo de un huerto murciano, y cuando llegó a la vejez se mantuvo de las limosnas que le daba el pueblo.
Resulta que  Hachad Yusuf tenía poderes taumatúrgicos, pero sobre todo encaminó su unión a Allah mediante una oración de una abstracción plena y un recogimiento admirable. Y ahí viene la historia del olivo de Yusuf que habla de un olivo centenario de tronco tortuoso y sombra apacible.[1] Resulta también que el ya anciano Yusuf, cuando pasó lo que voy a contaros, vivía en una barraca de la huerta murciana rodeada de una tierruca en la que, mientras pudo, nuestro sufi había cultivado algunas hortalizas y verduras. La barraca de Yusuf estaba construida en la misma huerta junto a un pozo de brocal encalado a un par de metros de un olivo centenario. Cada día, al alba, Ibn Arabi – su discípulo y biógrafo -  acudía a remediar en lo posible las necesidades del anciano y maestro hasta que el gran místico Arabi partió para el Oriente a difundir su doctrina.
Tenía Yusuf una gata negra y una cabra parda como únicas pertenencias; la gata  dormitaba sin parar  junto a su amo que le acariciaba el lomo de la mañana a la noche con la mano izquierda. Yusuf y su gata pasaban el día junto al brocal del pozo; el amo apoyando la espalda en el tronco del olivo centenario, y la gata tumbada sobre el ronzal con el que Ibn Arabi sacaba un caldero de agua fresca que dejaba junto a Yusuf.
Cuenta la historia – a la que yo ciertamente he añadido algunos detalles – que la gata tenia el don de distinguir a las gentes: con los santos era mansa y con los pecadores arisca y huidiza. Así situado junto al olivo, metía Yusuf la mano derecha en el agua con suavidad infinita llevándose a los labios, de vez en cuando, su dedo índice para calmar la sed. Al alba tomaba nuestro hombre unos sorbos de leche de la cabra y algún suero o calostros cuando la cabra estaba parida. La cabra pastaba libremente por las veredas y acequias de las huertas, sin que jamás pisara un hortal o estropeara un fruto. 
El caso es que según parece  Ibn Arabi encomendó a un discípulo suyo llamado Abu Ali al-Chakkaz, un sevillano sufí y con gracejo, el cuidado del anciano Yusuf, rogándole que lo visitara con frecuencia, aprendiera del maestro la forma de concentrarse para la oración y le atendiera en sus necesidades más perentorias. Abu Ali alcanzó un estado de oración tan fervorosa que derramaba mientras oraba lágrimas ardientísimas, pero pasada la oración mantenía una apasionada afición al matrimonio, sin el cual no podía pasar.
En fin, que a los efectos de esta historia ya tenemos a los principales personajes más o menos dibujados en tiempo y el espacio: Yusuf el anciano maestro y su gata; Alí el sufí sevillano llorando en la oración sin menoscabo de  su afición a las señoras, y Ibn Arabi como maestro de ceremonias. Y todo en una huerta murciana del S. XIII.
Llego Alí una soleada mañana de abril a la huerta de Yusuf;  ayudó a Yusuf a levantarse del jergón de la barraca y colocó al maestro junto al tronco del olivo. Luego sacó el agua del pozo y la puso junto al anciano. Ambos,  a eso de las diez,  comenzaron a rezar intentando por todos los medios elevar su espíritu hasta Allah.
-          Así paso las horas rezando, se dijo Alí, el sevillano, hasta que al ponerse el sol llegue la bella Jinane…

Pero mire usted por donde  la gata negra de Yusuf estaba en celo y comenzó a maullar pidiendo macho, aullidos que excitaron al sevillano secándole las lagrimas de la oración y excitando la imaginación de nuestro buen sufí. ¿Qué hacer?, se decía el bueno de Alí:
-          mientras la gata maúlle yo no me concentro, y si no me concentro pierdo la mañana, y si pierdo la mañana tendré remordimientos por la tarde cuando venga Jinane… Lo mejor será que intente arreglarlo.
Y Alí marchó a una huerta vecina en la que  había visto un hermoso gato romano de lucido pelaje. Y se lo pidió a su dueño, otro santón de la comarca llamado  Abd Allah Ibn al-Ustad  - del cual habría mucho que hablar – contándole la situación de la gata negra de Yusuf, es decir que estaba en celo . Puestos de acuerdo ambos sufís metieron al gato romano en un saco de esparto y cargándolo a cuestas Alí lo llevo hasta la huerta de Yusuf.
-          Ya estoy aquí preciosa, le dijo a la gata, y te traigo un regalito que se si se mueve en tu rabo como en mis riñones va a ser un primor… y soltó al gato.
Pero el gato romano, con el trasiego del saco, estaba mareado y no dio la talla en un buen rato. Para cuando se enderezó e intentó montar a la gata pasarían un par de horas con el mosqueo de la hembra y la desesperación de Alí que veía como se complicaba su cita con Jinane. El caso es que la gata viendo ya que el asunto iba en serio, dio un salto y se encaramó a una rama del olivo en cuyo tronco descansaba Yusuf. No pudo el gato romano, llamado Surco, seguir a la gata pues esta se había encaramado a una rama tan fina que Surco intuyó que no lo aguantaría. La ramita estaba en flor y la trama del olivo la hacía balancearse en exceso. Algunas flores, ya abiertas, matizaban de amarillo la solera del olivo donde Yusuf meditaba. Tal era la concentración del anciano en su unión con Allah que en todo el follón de la gata no  había movido ni los parpados y el polen del olivo empezaba a tapizar su turbante y sus cejas como los tamos cubren las piedras de las eras. Y es que Surco intentaba avanzar por la ramilla donde aguardaba la gata negra y se escurría, y se agarraba a las hojas como un equilibrista y la gata maullaba y en fin que el espectáculo no comenzaba y Ali estaba perdiendo no solo las lágrimas, sino también la paciencia.
De esa guisa nuestro sufí sevillano agarró una pestuga del pie de un olivo y hurgó a la gata para que se bajara del árbol y permitiera a Surco hacer su ley con tal tino que el animal saltó a tierra, arrastró a Surco y ambos vinieron a caer a un par de metros del maestro Yusuf. Este seguía estático, impertérrito, con la mirada ida y la barba escarchada de polen. Alí, el sevillano, por el contrario, estaba excitadísimo y contemplaba como Surco, ya dueño de la situación, lucia su pelaje sobre la gata negra, moviéndose al ritmo de la brisa, acariciando el cuello de su amada y sometiéndola a su gustosa tarea.
Pero como el diablo las carga, y más en las circunstancias que cuento, el caso es que ante el empuje de Surco, buscando su camino, y ante la dificultad de los rabos entrelazados y el ansia de los amantes, empujaba a la  gatilla negra y esta fue escurriéndose y acercándose, no sé si para refugiarse o para qué, a su amo Yusuf que metía la mano derecha en  el caldero de agua y buscaba con la izquierda el lomo del animal ahora ocupado por Surco. Sus ojos y su mente, sin embargo, seguían con Allah. No estaría la pareja de amantes gatunos ya a más de dos cuartas del anciano Yusuf cuando pasó lo que tenía que pasar, es decir que el gato acertó en la metienda y el maullido  fue descomunal y los animales se separaron con violencia;  la gata buscó desesperadamente en un salto los pliegues de la túnica de Yusuf. Y Surco, sin pararse a mientes, pues eso: que siguió a la gata y se encaramó de nuevo en la jodienda arropado ahora por los pliegues de la túnica de Yusuf.
Y Yuyuf, el anciano que tenía la cabeza levantada y los ojos abiertos mirando al cielo, rompió sus éxtasis y miró a su alrededor y guardó silencio. Los que no guardaron silencio fueron Surco y la gata durante durante una, dos, o yo qué sé cuantas cópulas se hicieron entre los ropajes del santón.
A la tarde  llegó Ibn Arabi y preguntó a nuestro místico como le había ido el día.
-          Estoy consternado, hijo, he roto mi oración.  Allah, el misericordioso, no ha permitido que mi espíritu se uniera íntimamente al de Él. Ha permitido que  contemple una de las grandes maravillas de la Creación, que el mismo Alláh ha puesto ante mis ojos para que alabe su grandeza.
No entendió bien Ibn Arabi las amargas quejas de Yusuf, así que interrogó al sufí hispalense.Y entonces Alí, también consternado por la tristeza del maestro, le conto a Ibn Arabi, con más o menos detalles, lo sucedido con la gata negra.
-          No hijo, no, respondió Yusuf, nada de eso ha alterado mi oración. Yo no he visto la jodienda del gato.  Ha sido la contemplación de ese olivo en flor que hay junto al brocal del pozo. Creo que es el sumun de lo creado.
Dos cosas me surgen de la lectura de esta historia  que someto a la consideración del lector: la primera es que Yusuf alcanzó la paz con la contemplación del olivo, pues comprendió que los caminos de Alláh son insondables y variados. La segunda, de la cual estoy casi seguro, es que marchado Ibn Arabi, y llegada Jinane, ambos , Alí y la chica,  hicieron el amor a la sombra del umbroso olivo descubierto por Yusuf a resultas del celo de su gata. Y es que donde se ponga la sombra de un olivo…
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, haciendo saber que durante siglos hubo un olivo en la huerta murciana al que llamaron el olivo de Yusuf.

Cuando el caminante escuchó esta historia elevó los ojos al cielo y  siguió su camino.  


[1] In Cuevas, Cristóbal: El pensamiento del Islam. Pg. 234 Madrid 1972.

CUENTO DE LAS PROPIEDADES MEDICINALES DEL OLIVO SALVAJE Y DOMESTICO




Es significativo como los conocimientos científico médicos de los griegos llegaron en la Edad Media a los países Europeos, y como con ellos se gestó en Italia, y más tarde en el resto de Europa, la decisiva etapa del Renacimiento. En efecto: el peregrinaje de la Ciencia, y especialmente de las ciencias médicas merece no ya un cuento, sino un estudio histórico pormenorizado de este fenómeno cultural tan decisivo en el devenir del pensamiento occidental. Este estudio, además, ha sido ya realizado por los mejores especialistas de la materia desde hace muchos años.
Pero este librejo es una recolección de cuentos y como tal, y en relación al olivo, os voy a dar algunos datos curiosos de lo que sucedió en la Córdoba de Abderramán III en la época de la proclamación del Califato Omeya.  Como es lógico, al darle la palabra a Abderramán III, o a su médico Hasdai me tengo que inventar lo que dijeron, porque por desgracia yo no estaba allí; pero lo que no me he inventado son las propiedades que los romanos atribuían al olivo; y no me las he inventado porque constan en el Pedacio Dioscorides traducido por Andrés Laguna y publicado en Salamanca en 1555.    Así pues este cuento, como todos los cuentos, tiene parte documentada y parte de ficción, y espero que os guste. Ahí va.
Sería el año 949 de nuestro calendario cuando llegó a Córdoba un embajador  del Emperador bizantino Constantino Porfirogéneta.
-          Señor, dijo el embajador a Abderramán III cuando estuvo en su presencia: el Emperador, mi amo, os obsequia con la más útil obra que ha dado el pensamiento griego. Una obra que recoge todas las plantas medicinales del califato Abasí. Lo escribió el médico romano Pedacio Dioscorides Anazarbeo hace más de siete siglos, y ha sido traducido al árabe en Bagdad. La gran medicina de Jundisapur se basa en el conocimiento de esta obra.
-          Que venga Hasdai a mi presencia, ordenó Abderramán.
Hasdai ibn Shaprut era un judío de Jaén oficialmente medico del Califa y que hablaba, además del hebreo, el árabe y el latín, pero no el griego. Hasdai ojeó el códice del Dioscorides y comprobó cómo, en efecto, el texto estaba precisamente en griego.
-          Señor, este códice está en griego…, aunque según el embajador bizantino lo han traducido al árabe en Bagdad…
-          ¿Cómo puedo sin humillación pedirle a un Califa Abasí una traducción al árabe de un texto griego? ¿No hay nadie en Córdoba que haga el trabajo…? dijo el Sultán de los creyentes.
-          Señor, hay traductores que saben griego, pero no saben medicina y hay médicos que saben medicina pero no saben griego. ¿Quizás en Toledo…?
-          Quiero la traducción aquí en Córdoba y ya. El Califato Omeya debe conocer las plantas medicinales…; vuelve a Bizancio – le dijo al embajador - y dile a tu Emperador que me envíe un traductor de confianza. Este códice estará en árabe y al servicio de mis súbditos antes de un año…; Hasdai, tu eres médico; te encomiendo esta orden, que el embajador tenga a su disposición una nao en Málaga lo antes posible…y que el embajador embarque presto
-          Escucho y obedezco contestó Hasdai...
Y así fue como tres meses después llegó a Córdoba el fraile Nicolás enviado por el Emperador Constantino, y como entre Nicolás y Hasdai pusieron el Dioscorides del griego al árabe, y en árabe se difundió por toda España.[1].

Quinientos años después el Dioscorides se imprimió por primera vez, en latín, en 1478, en Colle ( Toscana)) por Pedro Paduano. Y unos años después fue traducido al castellano por Andrés Laguna
A principios del S. XVII cierto boticario llamado Antón el malagueño le contó a si hijo Gonzalo las virtudes del olivo, y para precisar más le pidió le trajera el Dioscorides de Laguna y que leyera el capitulo CXVI de la obra.
-          Lee tú, hijo; lee tú que yo apenas veo. Y el Gonzalo comenzó de esta manera:
“ Del olivo salvaje y domestico”…, yo no conozco el olivo salvaje …
-          Son los acebuches, hijo. Si quieres encontrar uno sigue el vuelo de una paloma hasta las cercanías de un palomar…
-          ¿Qué tiene que ver, padre, la paloma con el acebuche?
-          Cuando una paloma se traga una aceituna en el mes de febrero o marzo – cuando la aceituna está en el suelo – fermenta en el buche una sustancia que le quita la virtud a la simiente; allí donde la paloma cague nacerá un acebuche, si el hueso conserva su esencia y …,pero venga, vamos, le animó el padre; déjate de acebuches,  lee despacio y con atención que este capítulo de la Palestra trata de la planta reina de la medicina y la botica,,,; además que sepas que las propiedades que vas a leer son de la época de los romanos…, hace casi mil quinientos años. Y desde la fundación de Atenas, Atenea presentó a Zeus esta planta como sanadora del cuerpo… 

Y el Gonzalo continuó de esta guisa:
“Las hojas del olivo salvaje, aprietan. Majadas y aplicadas en forma de emplasto, sanan el fuego de San Antón, las postillas llamadas epinyetidas de los Griegos, los Carbúnculos, las llagas que van cundiendo, las corrosivas, y finalmente los panadizos. Aplicadas con miel hacen caer las costras engendradas de los cauterios, mundifican las llagas sucias, resuelven las inflamaciones y sueldan  
Cuando Gonzalo terminó la lectura de las propiedades del olivo, oyeron unos pasos; era el Caminante que se alejaba doblando una hoja de papel.
-          Creo, dijo Gonzalo, que ese hombre ha copiado lo que yo leía.
Tenlo por seguro, Gonzalo, que del olivo el Caminante hará verso; y si no, léete el cuento de Yusuf que viene a continuación


[1] Pedacio Dioscorides Anazarbeo vivió en Roma en la época de Nerón.  Fue un médico y farmacólogo que siguió a las legiones romanas por toda la cuenca mediterránea y escribió una obra en cinco volúmenes, titulada De Materia Medica, precursora de la moderna farmacopea. El texto describe unas 600 plantas medicinales,  90 minerales y alrededor de 30 sustancias de origen animal