1.
De lo
que pasó en la Cruz de Hierro
Me llamo Francisco y soy el
mulero mayor del Puente. Soy de los que llegamos a la Cruz con el aceite y el
grano y os voy a contar lo que pasó en la Cruz de Hierro una vez que el Floro
se fue para Bujalance. La Rosa no sigue
porque hay cosas que no ha visto y es mejor que las cuente yo de primera mano.
Había atardeciendo. De Cañete a
Bujalance se llega en dos horas, y al Cortijo de la Cruz en treinta minutos; para
las ocho, todavía con luz, llegamos a
destino y paramos en una fuente en donde se inicia la subida al caserío estratégicamente puesto sobre un cerrete. En el pretil de la fuente había
una cruz de hierro, de ahí el nombre de la finca. Cuando llegamos, la cruz
estaba destrozada y tirada sobre el agua. Algún animal de dos patas había
disparado contra ella – se notaban los impactos del plomo - , la había doblado
y, sin poder arrancarla del pretil, el animal de marras la machacó con la
culata sobre la pileta. Nos refrescamos
y dejé las galeras, los carros y el personal en la fuente, subí la cuesta
y le grité a un miliciano que hacía
guardia en la lonja inmediata al
caserío:
-
Salud camarada
-
Salud ¿traéis el aceite, el grano y el ganao?
Los del Comité me han avisado del envío
-
Lo traemos.
-
Pues el pastor a la rastrojera, y vosotros
seguid si queréis en la fuente. Nosotros bajaremos el aceite y el
grano. Los que quieran pueden ir a la
casa de muleros y alojarse. Dejad las yuntas en sus galeras, que nosotros las
llevaremos a la cuadra.
-
Nos alojamos y luego nos lavamos, dije yo
temiendo lo que luego pasó.
De esta guisa, Cagueta el padre de Juan, el resto de la comitiva de Puente Viejo y yo
mismo nos alojamos en las casas de los muleros. En un barracón las mujeres, en
otro los hombres. Mientras, los de la guarnición de la Cruz anduvieron avisaos: llenaron de agua los bidones de la bodega de la Cruz y
vaciaron tres o cuatro pellejos del aceite en cada uno guardando el resto
en un cocherón colindante a la bodega sin bajarlo de las galeras venidas
del Puente. Decantado el aceite de los bidones
de la Cruz en un par de horas, parecía a todas luces que estaban llenos de aceite hasta las bocas, que
no de agua.
Por su parte, según me enteré
después, el Floro llegó a Bujalance, se
instaló en su casa y le dijo a la Isabel, hermana de la difunta Ernesta – su
esposa – que cuidaba la casa:
-
Voy a entregar el justificante de la confisca en
el Comité; de madrugada me voy para la Cruz; allí está la Rosa, el
Francisco, y Cagueta, y la gente y tos
los demás; no los puedo dejar solos. No me ha gustado la gente de Cañete.
-
Floro, lo que a mí no me gusta es que ande usted
solo por los caminos. Que cada cual se mate sus pulgas; hay mucho odio removido.
-
No pasará nada, Isabel, no pasará nada.
Prepárame un salmorejo para mañana y acuéstate tranquila.
-
No vaya usted solo, no me deje sola. Y si viene el
Andrés buscando a la Rosa.
-
El Andrés no sabe donde estoy. No te apures, el
Andrés no sabe andar sin el Comité a la espalda. Además la Rosa está en la
Cruz; Tengo que traer al Cagueta aquí. ¿Qué va a hacer solo con la chusma de
Cañete? Tengo que ir mañana a por la Rosa y los demás; no insistas más cuñada,
no insistas más. Ca cual tiene que hacer lo que tiene que hacer. Para la noche
estoy de vuelta con la Rosa.
Entregado el justificante de la
confisca en Bujalance, y declarado el lugar de custodia del aceite, el Floro
salió al amanecer camino de Cañete. Pero
no llegó a la Cruz de Hierro. Cuatro
hombres lo esperaban a una legua del pueblo,
lo detuvieron, lo mataron de cuatro tiros de postas y lo dejaron muerto,
boca arriba, en la cuneta de la carretera. Uno de los asesinos sacó del
bolsillo del cadáver la copia del recibo de haber entregado el grano y el
aceite en la Cruz. Un par de horas más
tarde los asesinos llegaron a la Cruz y entregaron una orden a la Guarnición:
-
Orden del Comité de que os personéis antes de las seis en Bujalance. Nosotros
somos la nueva guarnición del pueblo en
la Cruz. Ateneos a las consecuencias si no se cumplen las órdenes.
-
Si hacemos lo que dices nos matan los de Cañete.
¿y el grano?, ¿Y las ovejas?, ¿y el aceite? ¿Qué hacemos con los bienes del
pueblo?
-
Esos bienes son del pueblo, pero del pueblo de
Bujalance que es cabeza de partido y es el que puede confiscar. Cañete no puede
confiscar. Lo confiscado se queda en su sitio, aquí en la Cruz. Pasan a la
custodia del pueblo de Bujalance. Los
del Puente Viejo…, pues cada cual a su casa, y el que quiera ir a Bujalance
vendrá mañana con nosotros. A ver: dame
cuenta de la entrega que voy a pasar revista.
Y los asesinos revisaron la bodega, calcularon a ojo
las arrobas de aceite presuntamente
colocadas en los bidones de agua, le echaron un vistazo al grano y contaron por
encima las ovejas en el campo. Por la noche, la guarnición desalojada del
Comité de Cañete cogió las galeras aún cargadas de aceite y camufladas ahora
los pellejos con gavillas de trigo, y en lugar de tomar el camino de Bujalance se fueron en dirección a Porcuna. El aceite
presuntamente estaba en los bidones de la Cruz, y así rezaba en los papeles de la
confisca, pero en realidad seguía en las
carretas de los cañeteros y camino, ya digo, de Porcuna. A la tarde
los hombres de Puente Viejo se fueron cada uno a su pueblo; los unos a
Castro, otros a Espejo, y los más a Baena. En la Cruz de Hierro quedó Cagueta
el viejo que esperaba noticias del Floro
o de su hijo el curilla y yo, el Francisco,
el mulero mayor que en verdad no tenia donde ir. Bueno, si tenía donde ir:
debía ir detrás de mis yuntas que las habían uncido a las galeras con el aceite
camuflado. Pero eso sería después. En el barracón de mujeres quedó la Rosa y la
casera y alguna mujer más que ahora no me acuerdo.
Unas horas después llegó la
noche; aquella era una noche calurosa y
la luna acariciaba el rastrojal de la Cruz. Se oían los grillos. Abajo, en la
fuente, croaban las ranas sin parar y un juncal que partía del mismo chorro del
agua se perdía zigzagueando arroyo abajo camino de Bujalance. Serian las cuatro
de la madrugada cuando dos de los milicianos que habían asesinado al Floro se
acercaron a la casa de muleros donde dormía el Cagueta. El viejo salió a mear
con eso de la próstata, se desveló y permanecía sentado en la puerta de la
casa. Fue mucho día y mucho trasiego desde el Puente a la Cruz. Yo estaba despierto tumbado en la cama y
escuché la conversación
-
¿Mira quién hay aquí? Pues no es el Cagueta, el padre del curilla.
-
¿Qué haces aquí?
-
Estoy esperando al Floro para ir a Bujalance.
-
Juande,
compadre, espetó un miliciano: ¡esta está esperando al Floro! Y lo dijo con el
deje de saber que el Floro estaba mirando las estrellas y ahogado en su sangre
en una cuneta.
-
Pues que espere sentado, y déjate de gaitas y ve
por el aceite, gritó el otro miliciano.
Y el Juande, que así llamaba
aquel desalmado, se fue a la bodega,
abrió el grifillo de sangrado para untar un trozo de pan y se encontró el
pastel del bidón lleno de agua. Volvió a
la casa de muleros desencajado y con el fusil en ristre:
-
Nos la han dado, nos la han dado: Los de Cañete
nos la han dado, hijos de puta, cabrones, fascistas de la mierda:¡¡¡ Se han llevado
el aceite!!! ¡¡¡ Se han llevado el aceite!!! Después de cargarnos al Floro se han llevado el aceite. Y nosotros
tenemos el papel de la consigna. Si volvemos a Bujalance sin el aceite nos
matan. Hay que pillarlos; ¿Pa donde
van?, ¿para donde han podido ir?; A Cañete no, seguro; en Cañete los apiolan
por la consigna del aceite en Bujalance.
-
Espera, a lo mejor no han sido los de Cañete; lo
más seguro es que los ladrones sean los
de Puente Viejo que no han descargado el aceite y han llenado el bidón de agua:
trae aquí al Cagueta.
Y trajeron al Cagueta
y lo interrogaron y lo amenazaron y le dieron golpes hasta tirarlo al
suelo. Al ruido de los golpes salí a la
puerta a ver de dónde venían los gritos. De la rastra del tejado cogí una hoz que
había colgada y, ya digo, salí a enterarme de qué pasaba. En cinco segundos
sonó un disparo y Cagueta se desplomó casi en el quicio de la puerta arrastrado
en su caída un racimo de uvas que colgaba de un hermoso sarmiento. Un segundo
disparo me derribó a mí, hiriéndome en una pierna; mientras caía al suelo le
eché mano al racimo verde que aún
apretaba mi compadre como si intentara agarrarme a la vida, y las dos sangres,
la suya y la mía, formaron reguerillos
rojos entre las piedras que solaban el parral.
Las uvas parecían bolitas de plata desparramadas sobre el suelo a la luz
de la luna.
-
Cojones, te los has cargado, dijo el Juande en
el instante en que las gentes de los barracones salían asustados al ruido de
los tiros.
-
Venía con la hoz a matarme, ha sido en defensa
propia y en defensa de la Republica. Vete corriendo a Baena, buscas al Andrés y
le cuentas lo que ha pasado. Le dices también que la Rosa está aquí.
Yo no recuerdo más; la pierna me
quemaba como si estuviera en el fuego y había perdido mucha sangre... me hicieron un torniquete y me dejaron
tumbado en el barracón de los muleros. El Juande vino y me dio una aspirina.
-
Trae a la
Rosa
-
Pa que quieres a la Rosa
-
Ella debe saber dónde está el aceite
Y trajeron a la Rosa y la
muchacha se tiró sobre el cadáver de Cagueta…
-
Sabe demasiado, dijo el Juande, y le disparó en
el pecho y la mató.
Y aquí termina el cuento de la Rosa pues me niego a seguir. Sé
lo que le pasó a su Juan, y hasta lo tenía redactado para incluirlo aquí, pero
me niego; Solo deciros que el Juan murió en Porcuna unos días más tarde a manos
del Andrés, porque al Algabeño lo
mataron en el cerro de San Cerro de San Cristóbal el último día del 1936. Ese
fue el final de la historia de la partida de aceite del Puente Viejo.
Luego, más tarde, acabada la guerra, me llegué al Guadajoz y
busqué en el vado una adelfa blanca y oculté entre sus ramas una alcuza de
aceite.
NO SE COMO TERMINAR ESTE
CUENTO. ME HE CARGADO A LA ROSA ANTES DE TIEMPO, PUES LA CHICA Y JUAN CAGUETA
MURIERON…, SEGÚN ME CONTARON, DE OTRA FORMA A LO ROMEO Y JULIETA. PERO LA
HISTORIA DE JUAN CAGUETA ES TAN TRISTE QUE NO ACABO DE QUERER CONTARLA, Y MENOS
EN NAVIDAD... ADEMÁS EL CUENTO SE ESTÁ HACIENDO DEMASIADO LARGO. FINALMENTE HE
DECIDIDO CONTAR LA HISTORIA DEL CAGUETILLA EN CUENTO APARTE Y QUE EL LECTOR
TENGA LAS DOS OPCIONES: LLEGAR HASTA PORCUNA CON EL CAGUETILLA Y LA ROSA VIVOS,
Y AFRONTAR LO QUE PASÓ, O DEJAR AL CHICO BUSCANDO UNA QUIMERA DE AMOR EN UNA
GUERRA MISERABLE.
DE CUALQUIER FORMA, SIN
PARAR EN LA VARIANTE QUE EL LECTOR ELIJA,
SEPARARÉ LA HISTORIA DEL CAGUETA DEL CUENTO DE LA ROSA CON UN PAR DE HISTORIAS
MENOS TRÁGICAS; ALGO ASÍ COMO LAS
FAJITAS MEJICANAS QUE ALTERNAN EL CHILE CON CAPAS DE MAÍZ DULCE Y LUEGO LO LÍAN
TODO EN EL PASTELITO FINAL. EN ESE INTENTO DE ENDULZAR LAS HISTORIAS DEL
ACEITE, PASO A CONTAROS LO QUE PASO EN ÚBEDA A ANTONIA LA CHURRERA.
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