domingo, 10 de febrero de 2013

HISTORIA DE ROSA LA DEL PUENTE VIEJO. Tercera parte.



1.      De lo que pasó en la Cruz de Hierro

Me llamo Francisco y soy el mulero mayor del Puente. Soy de los que llegamos a la Cruz con el aceite y el grano y os voy a contar lo que pasó en la Cruz de Hierro una vez que el Floro se fue para Bujalance.  La Rosa no sigue porque hay cosas que no ha visto y es mejor que las cuente yo de primera mano.
Había atardeciendo. De Cañete a Bujalance se llega en dos horas, y al Cortijo de la Cruz en treinta minutos; para las ocho, todavía con luz, llegamos  a destino y paramos en una fuente en donde se inicia  la subida al caserío  estratégicamente puesto  sobre un cerrete. En el pretil de la fuente había una cruz de hierro, de ahí el nombre de la finca. Cuando llegamos, la cruz estaba destrozada y tirada sobre el agua. Algún animal de dos patas había disparado contra ella – se notaban los impactos del plomo - , la había doblado y, sin poder arrancarla del pretil, el animal de marras la machacó con la culata sobre la pileta.  Nos refrescamos y dejé las galeras, los carros y el personal en la fuente, subí la cuesta y  le grité a un miliciano que hacía guardia en  la lonja inmediata al caserío: 
-          Salud camarada
-          Salud ¿traéis el aceite, el grano y el ganao? Los del Comité me han avisado del envío
-          Lo traemos.
-          Pues el pastor a la rastrojera, y vosotros seguid si queréis  en la fuente.   Nosotros bajaremos el aceite y el grano.  Los que quieran pueden ir a la casa de muleros y alojarse. Dejad las yuntas en sus galeras, que nosotros las llevaremos a la cuadra.
-          Nos alojamos y luego nos lavamos, dije yo temiendo lo que luego pasó.
De esta guisa,  Cagueta el padre de Juan,  el resto de la comitiva de Puente Viejo y yo mismo nos alojamos en las casas de los muleros. En un barracón las mujeres, en otro los hombres. Mientras, los de la guarnición de la Cruz  anduvieron avisaos: llenaron  de agua los bidones de la bodega de la Cruz y vaciaron tres o cuatro pellejos del aceite en cada uno guardando  el resto  en un cocherón colindante a la bodega sin bajarlo de las galeras venidas del Puente. Decantado el aceite de los  bidones de la Cruz en un par de horas, parecía a todas luces que  estaban llenos de aceite hasta las bocas, que no de agua.
Por su parte, según me enteré después,  el Floro llegó a Bujalance, se instaló en su casa y le dijo a la Isabel, hermana de la difunta Ernesta – su esposa – que cuidaba la casa:
-          Voy a entregar el justificante de la confisca en el Comité; de madrugada me voy para la Cruz; allí está la Rosa, el Francisco,  y Cagueta, y la gente y tos los demás; no los puedo dejar solos. No me ha gustado la gente de Cañete.
-          Floro, lo que a mí no me gusta es que ande usted solo por los caminos. Que cada cual se mate sus pulgas; hay mucho odio removido.
-          No pasará nada, Isabel, no pasará nada. Prepárame un salmorejo para mañana y acuéstate tranquila.
-          No vaya usted solo, no me deje sola. Y si viene el Andrés buscando a la Rosa.
-          El Andrés no sabe donde estoy. No te apures, el Andrés no sabe andar sin el Comité a la espalda. Además la Rosa está en la Cruz; Tengo que traer al Cagueta aquí. ¿Qué va a hacer solo con la chusma de Cañete? Tengo que ir mañana a por la Rosa y los demás; no insistas más cuñada, no insistas más. Ca cual tiene que hacer lo que tiene que hacer. Para la noche estoy de vuelta con la Rosa.

Entregado el justificante de la confisca en Bujalance, y declarado el lugar de custodia del aceite, el Floro salió  al amanecer camino de Cañete. Pero no llegó a la  Cruz de Hierro. Cuatro hombres lo esperaban a una legua del pueblo,  lo detuvieron, lo mataron de cuatro tiros de postas y lo dejaron muerto, boca arriba, en la cuneta de la carretera. Uno de los asesinos sacó del bolsillo del cadáver la copia del recibo de haber entregado el grano y el aceite en la Cruz.  Un par de horas más tarde los asesinos llegaron a la Cruz y entregaron una orden a la Guarnición:

-          Orden del Comité de que os personéis  antes de las seis en Bujalance. Nosotros somos la nueva guarnición  del pueblo en la Cruz. Ateneos a las consecuencias si no se cumplen las órdenes.
-          Si hacemos lo que dices nos matan los de Cañete. ¿y el grano?, ¿Y las ovejas?, ¿y el aceite? ¿Qué hacemos con los bienes del pueblo?
-          Esos bienes son del pueblo, pero del pueblo de Bujalance que es cabeza de partido y es el que puede confiscar. Cañete no puede confiscar. Lo confiscado se queda en su sitio, aquí en la Cruz. Pasan a la custodia del pueblo de Bujalance.  Los del Puente Viejo…, pues cada cual a su casa, y el que quiera ir a Bujalance vendrá mañana con  nosotros. A ver: dame cuenta de la entrega que voy a pasar revista.

Y los asesinos revisaron la bodega, calcularon a ojo las  arrobas de aceite presuntamente colocadas en los bidones de agua, le echaron un vistazo al grano y contaron por encima las ovejas en el campo. Por la noche, la guarnición desalojada del Comité de Cañete cogió las galeras aún cargadas de aceite y camufladas ahora los pellejos con gavillas de trigo, y en lugar de tomar el camino de Bujalance  se fueron en dirección a Porcuna. El aceite presuntamente estaba en los  bidones  de la Cruz, y así rezaba en los papeles de la confisca, pero en realidad seguía en las  carretas de los cañeteros y camino, ya digo, de Porcuna.  A la tarde  los hombres de Puente Viejo se fueron cada uno a su pueblo; los unos a Castro, otros a Espejo, y los más a Baena. En la Cruz de Hierro quedó Cagueta el viejo que esperaba noticias del Floro  o de su hijo el curilla  y yo, el Francisco, el mulero mayor que en verdad no tenia donde ir. Bueno, si tenía donde ir: debía ir detrás de mis yuntas que las habían uncido a las galeras con el aceite camuflado. Pero eso sería después. En el barracón de mujeres quedó la Rosa y la casera y alguna mujer más que ahora no me acuerdo.
Unas horas después llegó la noche; aquella era una noche  calurosa y la luna acariciaba el rastrojal de la Cruz. Se oían los grillos. Abajo, en la fuente, croaban las ranas sin parar y un juncal que partía del mismo chorro del agua se perdía zigzagueando arroyo abajo camino de Bujalance. Serian las cuatro de la madrugada cuando dos de los milicianos que habían asesinado al Floro se acercaron a la casa de muleros donde dormía el Cagueta. El viejo salió a mear con eso de la próstata, se desveló y permanecía sentado en la puerta de la casa. Fue mucho día y mucho trasiego desde el Puente a la Cruz.  Yo estaba despierto tumbado en la cama y escuché la conversación
-          ¿Mira quién hay aquí?  Pues no es el Cagueta, el padre del curilla.
-          ¿Qué haces aquí?
-          Estoy esperando al Floro para ir a Bujalance.
-           Juande, compadre, espetó un miliciano: ¡esta está esperando al Floro! Y lo dijo con el deje de saber que el Floro estaba mirando las estrellas y ahogado en su sangre en una cuneta.
-          Pues que espere sentado, y déjate de gaitas y ve por el aceite, gritó el otro miliciano.
Y el Juande, que así llamaba aquel desalmado,  se fue a la bodega, abrió el grifillo de sangrado para untar un trozo de pan y se encontró el pastel del bidón lleno de agua.  Volvió a la casa de muleros desencajado y con el fusil en ristre:
-          Nos la han dado, nos la han dado: Los de Cañete nos la han dado, hijos de puta, cabrones, fascistas de la mierda:¡¡¡ Se han llevado el aceite!!! ¡¡¡ Se han llevado el aceite!!! Después de cargarnos  al Floro se han llevado el aceite. Y nosotros tenemos el papel de la consigna. Si volvemos a Bujalance sin el aceite nos matan.  Hay que pillarlos; ¿Pa donde van?, ¿para donde han podido ir?; A Cañete no, seguro; en Cañete los apiolan por la consigna del aceite en Bujalance.
-          Espera, a lo mejor no han sido los de Cañete; lo más seguro es que los ladrones sean  los de Puente Viejo que no han descargado el aceite y han llenado el bidón de agua: trae aquí al Cagueta.

Y trajeron al Cagueta  y lo interrogaron y lo amenazaron y le dieron golpes hasta tirarlo al suelo. Al ruido de los golpes  salí a la puerta a ver de dónde venían los gritos. De la rastra del tejado cogí una hoz que había colgada y, ya digo, salí a enterarme de qué pasaba. En cinco segundos sonó un disparo y Cagueta se desplomó casi en el quicio de la puerta arrastrado en su caída un racimo de uvas que colgaba de un hermoso sarmiento. Un segundo disparo me derribó a mí, hiriéndome en una pierna; mientras caía al suelo le eché  mano al racimo verde que aún apretaba mi compadre como si intentara agarrarme a la vida, y las dos sangres, la suya y la mía,  formaron reguerillos rojos entre las piedras que solaban el parral.  Las uvas parecían bolitas de plata desparramadas sobre el suelo a la luz de la luna.

-          Cojones, te los has cargado, dijo el Juande en el instante en que las gentes de los barracones salían asustados al ruido de los tiros.
-          Venía con la hoz a matarme, ha sido en defensa propia y en defensa de la Republica. Vete corriendo a Baena, buscas al Andrés y le cuentas lo que ha pasado. Le dices también que la Rosa está aquí.
Yo no recuerdo más; la pierna me quemaba como si estuviera en el fuego y había perdido mucha sangre...  me hicieron un torniquete y me dejaron tumbado en el barracón de los muleros. El Juande vino y me dio una aspirina.
-           Trae a la Rosa
-          Pa que quieres a la Rosa
-          Ella debe saber dónde está el aceite
Y trajeron a la Rosa y la muchacha se tiró sobre el cadáver de Cagueta…
-          Sabe demasiado, dijo el Juande, y le disparó en el pecho y la mató.
Y aquí termina el cuento de la Rosa pues me niego a seguir. Sé lo que le pasó a su Juan, y hasta lo tenía redactado para incluirlo aquí, pero me niego; Solo deciros que el Juan murió en Porcuna unos días más tarde a manos del Andrés, porque al  Algabeño lo mataron en el cerro de San Cerro de San Cristóbal el último día del 1936. Ese fue el final de la historia de la partida de aceite del Puente Viejo.
Luego, más tarde, acabada la guerra, me llegué al Guadajoz y busqué en el vado una adelfa blanca y oculté entre sus ramas una alcuza de aceite.


NO SE COMO TERMINAR ESTE CUENTO. ME HE CARGADO A LA ROSA ANTES DE TIEMPO, PUES LA CHICA Y JUAN CAGUETA MURIERON…, SEGÚN ME CONTARON, DE OTRA FORMA A LO ROMEO Y JULIETA. PERO LA HISTORIA DE JUAN CAGUETA ES TAN TRISTE QUE NO ACABO DE QUERER CONTARLA, Y MENOS EN NAVIDAD... ADEMÁS EL CUENTO SE ESTÁ HACIENDO DEMASIADO LARGO. FINALMENTE HE DECIDIDO CONTAR LA HISTORIA DEL CAGUETILLA EN CUENTO APARTE Y QUE EL LECTOR TENGA LAS DOS OPCIONES: LLEGAR HASTA PORCUNA CON EL CAGUETILLA Y LA ROSA VIVOS, Y AFRONTAR LO QUE PASÓ, O DEJAR AL CHICO BUSCANDO UNA QUIMERA DE AMOR EN UNA GUERRA MISERABLE.
DE CUALQUIER FORMA, SIN PARAR EN LA VARIANTE  QUE EL LECTOR ELIJA, SEPARARÉ LA HISTORIA DEL CAGUETA DEL CUENTO DE LA ROSA CON UN PAR DE HISTORIAS MENOS TRÁGICAS; ALGO ASÍ COMO  LAS FAJITAS MEJICANAS QUE ALTERNAN EL CHILE CON CAPAS DE MAÍZ DULCE Y LUEGO LO LÍAN TODO EN EL PASTELITO FINAL. EN ESE INTENTO DE ENDULZAR LAS HISTORIAS DEL ACEITE, PASO A CONTAROS LO QUE PASO EN ÚBEDA A ANTONIA LA CHURRERA.


No hay comentarios:

Publicar un comentario