lunes, 4 de febrero de 2013

El hospital de San Juan de Dios


CUENTO DEL HOSPITAL DE SAN JUAN DE DIOS.


Dos días vivimos en la sala de espera del Hospital de la Seguridad Social. Dos días intensos, expectantes, indecisos. Pienso  ahora, sin embargo, que el tiempo fue largo, cadencioso, prolongado. Sucede cuando sacas del anonimato unos días de tu vida. Pasan los meses y recuerdas solo ese paréntesis. Recuerdo pues la sala, la gente, el mobiliario metálico azul, la luz blanca de aquel tremendo hospital. Recuerdo también unos gitanos con problemas de familia, no sé, un crío enfermo, una herida, un cotidiano pasar  para los romaní. Quedaban horas, tres para ser exacto, hasta que nos permitieran pasar a observación. Tres horas aguardando, bebiendo agua de Lanjarón  y leyendo el Ideal. ¡Qué diferencia entre los periódicos de cafetería y los de hospital! Estos los lees de cabo a rabo, los sobas, los arrollas como un tubo, los dejas, los retomas, los vuelves a leer. En la cafetería ojeas, pasas, terminas. Allí, en el hospital, vivía, como nosotros, gente que dormía retomando fuerzas de la vigilia de la noche pasada; gente ya conocida y amiga,  gente variadísima con el mínimo común denominador;  mínimo común denominador eso, del dolor. Ahora pienso que yo participaba de ese elemento palpable y no lo percibía entonces. La enfermedad, era, sin duda, ese nexo que nos unía allí. Unos más de cerca, otros más retirados, todos tocábamos la enfermedad con los dedos. Nosotros éramos los familiares, los sanos, lo no doloridos. No tratan bien a los familiares en los hospitales de la Seguridad Social. No nos trataban bien, quiero decir, porque yo estaba allí y era familiar y no me sentía cómodo. Estorbábamos, cierto. Estorbamos, pensaba. Para las enfermeras no hacíamos más que fingir hipócritamente un sentimiento que a la postre era tan doloroso como momentáneo. El tacón agudo de una gorda en el autobús que taladra tu zapato y del que te recuperas y olvidas al saltar a la acera.  Miré hacia las piernas de la funcionaria, la enfermera quiero decir. Deduje de inmediato que aquella no era enfermera. Había logrado,  pienso, la sensibilidad nula que en cierto modo hace superiores a los sanitarios en los hospitales. Uno se tropieza a un celador  que conoce de fuera, y  sabes que lo maltrata la suegra, que tiene un utilitario de cuatro plazas y meten hasta el gato, que guisa una paella en la playa y lo echan de la sombrilla, y… sin embargo aquí parece un Dios; qué cambio: ¡como se mueve en el hospital!; que soltura con la camilla, que derecho de espalda, qué decisión y que autoridad para sacar al enfermo camino del quirófano o de la morgue.  Nosotros dolidos, ellos superiores. Las piernas de la funcionaria me recordaron a la señora rolliza del autobús seguro, y no pude eludir el tacón y el dolor que me llegó hasta el pie incomprensiblemente.
Pero en fin, que esta entrada  se está haciendo demasiado larga y hay que ir al cuento.

Bueno, a lo que íbamos; que esperamos y pasó la tarde y llegaron las siete, y entramos y vimos al enfermo entre dos cortinas plastificadas de color café; el hombre bueno estaba acostado en una cama pequeña, metálica, funcional. Estaba enchufado  al suero, los ojos cerrados y el semblante tranquilo. Está estacionario, nos dijo el médico. Mañana lo trasladaremos a San Juan de Dios. ¿El pronóstico? Había sufrido una lesión cerebral no cuantificable de momento. Hay edema profundo y shock. No podían decir hasta donde llegaría  la zona afectada, hasta donde la posible recuperación si es que esta llegaba, hasta donde el mañana. Para el enfermo no había  futuro definido. Había solo presente, un presente doloroso. Un presente en silencio, con medio cuerpo paralizado, y  sin voz. Mal pronóstico. Así que a San Juan de Dios, ordenó el galeno, a la antesala de la muerte.
San Juan de Dios era – creo que ya lo han reformado – un hospital centenario que respondía a la idea hospitalaria – valga la redundancia – de cercanía y consuelo. Un patio central porticado y adornado con frescos de la historia del Santo; una capilla recoleta; Un estar cadencioso; una reja de forja a la entrada…
La comida del Hospital era mala; mal cocinada, sosa, fría, aplastada, servida a destiempo…; por eso le llevé una botellita de aceite de verdad. Durante cuarenta días que estuvo en el Hospital  le daba una cucharadita cada mañana. Creo que me lo agradecerá hasta la eternidad.
No voy a seguir contando la muerte del hombre bueno. No hace falta.  El caminante la resumió así:

Murió a su hora,
en su momento exacto,
en presencia de quien él quería.
Murió como la tarde en sus querencias,
Como muere, a su hora, cada día.



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