CUENTO DEL HOSPITAL
DE SAN JUAN DE DIOS.
Dos días vivimos en la sala de
espera del Hospital de la Seguridad Social. Dos días intensos, expectantes,
indecisos. Pienso ahora, sin embargo,
que el tiempo fue largo, cadencioso, prolongado. Sucede cuando sacas del
anonimato unos días de tu vida. Pasan los meses y recuerdas solo ese
paréntesis. Recuerdo pues la sala, la gente, el mobiliario metálico azul, la
luz blanca de aquel tremendo hospital. Recuerdo también unos gitanos con
problemas de familia, no sé, un crío enfermo, una herida, un cotidiano
pasar para los romaní. Quedaban horas,
tres para ser exacto, hasta que nos permitieran pasar a observación. Tres horas
aguardando, bebiendo agua de Lanjarón y
leyendo el Ideal. ¡Qué diferencia entre los periódicos de cafetería y los de
hospital! Estos los lees de cabo a rabo, los sobas, los arrollas como un tubo,
los dejas, los retomas, los vuelves a leer. En la cafetería ojeas, pasas,
terminas. Allí, en el hospital, vivía, como nosotros, gente que dormía
retomando fuerzas de la vigilia de la noche pasada; gente ya conocida y
amiga, gente variadísima con el mínimo
común denominador; mínimo común
denominador eso, del dolor. Ahora pienso que yo participaba de ese elemento
palpable y no lo percibía entonces. La enfermedad, era, sin duda, ese nexo que
nos unía allí. Unos más de cerca, otros más retirados, todos tocábamos la
enfermedad con los dedos. Nosotros éramos los familiares, los sanos, lo no doloridos.
No tratan bien a los familiares en los hospitales de la Seguridad Social. No
nos trataban bien, quiero decir, porque yo estaba allí y era familiar y no me
sentía cómodo. Estorbábamos, cierto. Estorbamos, pensaba. Para las enfermeras
no hacíamos más que fingir hipócritamente un sentimiento que a la postre era
tan doloroso como momentáneo. El tacón agudo de una gorda en el autobús que
taladra tu zapato y del que te recuperas y olvidas al saltar a la acera. Miré hacia las piernas de la funcionaria, la
enfermera quiero decir. Deduje de inmediato que aquella no era enfermera. Había
logrado, pienso, la sensibilidad nula
que en cierto modo hace superiores a los sanitarios en los hospitales. Uno se
tropieza a un celador que conoce de
fuera, y sabes que lo maltrata la
suegra, que tiene un utilitario de cuatro plazas y meten hasta el gato, que
guisa una paella en la playa y lo echan de la sombrilla, y… sin embargo aquí
parece un Dios; qué cambio: ¡como se mueve en el hospital!; que soltura con la
camilla, que derecho de espalda, qué decisión y que autoridad para sacar al
enfermo camino del quirófano o de la morgue.
Nosotros dolidos, ellos superiores. Las piernas de la funcionaria me
recordaron a la señora rolliza del autobús seguro, y no pude eludir el tacón y el
dolor que me llegó hasta el pie incomprensiblemente.
Pero en fin, que esta
entrada se está haciendo demasiado larga
y hay que ir al cuento.
Bueno, a lo que íbamos; que
esperamos y pasó la tarde y llegaron las siete, y entramos y vimos al enfermo
entre dos cortinas plastificadas de color café; el hombre bueno estaba acostado
en una cama pequeña, metálica, funcional. Estaba enchufado al suero, los ojos cerrados y el semblante
tranquilo. Está estacionario, nos dijo el médico. Mañana lo trasladaremos a San
Juan de Dios. ¿El pronóstico? Había sufrido una lesión cerebral no
cuantificable de momento. Hay edema profundo y shock. No podían decir hasta
donde llegaría la zona afectada, hasta
donde la posible recuperación si es que esta llegaba, hasta donde el mañana.
Para el enfermo no había futuro definido.
Había solo presente, un presente doloroso. Un presente en silencio, con medio
cuerpo paralizado, y sin voz. Mal pronóstico.
Así que a San Juan de Dios, ordenó el galeno, a la antesala de la muerte.
San Juan de Dios era – creo que
ya lo han reformado – un hospital centenario que respondía a la idea
hospitalaria – valga la redundancia – de cercanía y consuelo. Un patio central
porticado y adornado con frescos de la historia del Santo; una capilla
recoleta; Un estar cadencioso; una reja de forja a la entrada…
La comida del Hospital era mala;
mal cocinada, sosa, fría, aplastada, servida a destiempo…; por eso le llevé una
botellita de aceite de verdad. Durante cuarenta días que estuvo en el
Hospital le daba una cucharadita cada
mañana. Creo que me lo agradecerá hasta la eternidad.
No voy a seguir contando la
muerte del hombre bueno. No hace falta. El caminante la resumió así:
Murió a su hora,
en su momento exacto,
en presencia de quien él quería.
Murió como la tarde en sus querencias,
Como muere, a su hora, cada día.
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