sábado, 19 de enero de 2013

CUENTO DE LA ESQUELA DE LOS DIFUNTOS Y LA CASULLA DE D. MARIANO




Puede que todo esto que voy a escribir no sea más que  un deseo que se hizo realidad en un pequeño pueblo  del Sur de España, hace ya más de diez años. Cuando me lo contaron no le di transcendencia y solo luego, meses después, fui haciéndome a la idea de la enjundia de lo ocurrido. El hecho pasó, como pasan las cosas transcendentes, casi inadvertido: en silencio, con la naturalidad propia de los amaneceres de esta tierra contradictoria y seca; amaneceres repetidos, iguales, imperturbables como el anti ciclón de las Azores. Amaneceres de cielos ya sabidos: azulados, blanquecinos y toscos; cielos que marcan contornos y disipan incertidumbres, pero también las crean.
Solo el Caminante se percató de los matices del asunto para aunarlos  en la historia coherente que me relató con su lenguaje ondulante y difícil. Lo sabía por la costumbre suya de observarlo todo, de medir las distancias, de aunar los acontecimientos. Luego, como no, casarían lo relatado  con la cadencia esa que pregonaba su voz. ¡Ah!, El Caminante, cuanta una historia sin contar  para que el relato sea  algo natural y cotidiano.  Este cuento, o mejor la historia de la esquela de los difuntos y la casulla bordada,  es consustancial con esa forma suya de actuar. A veces provoca la interrogante; a veces la aclara, o incluso la despeja.
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A lo que íbamos: aquella noche, precisamente aquella noche, poco después de llegado el día anunciado semanas antes, murió el hombre bueno.
Sus hijos dispusieron el entierro según lo acostumbrado en el lugar. Se llamaría a los hermanos; temprano para que pudieran llegar al tanatorio; hermanos y parientes que vivían aquí y allá. Se avisó al pueblo – que el hombre bueno quitó muchas hambres-. Y a la esposa no hubo que avisarle porque estaba allí aunque llevara cincuenta años muerta. Unos avisarían a otros. Los del pueblo correrían la voz. Los venidos de lejos se avisarían directamente por teléfono. Los de la ciudad se enterarían por el periódico. Pondrían una esquela. Sí, se encargara la funeraria, acordaron – precisó el Caminante cuando me contó esta historia- .
Todo quedó planeado; perfectamente planeado por la funeraria; había que decidir: a ver dígame: dirigiéndose al hijo, a la hija... al que decida, al que deba pagar:
-          por favor señale que debemos poner:
-          No hemos dormido: déjenos un poco, por Dios.
-          Perdone señora, le dijo el comercial de la funeraria a la hija del hombre bueno: es que el rotativo ha de salir mañana. Hasta las tres podemos introducir la esquela; en caso contrario la gente faltaría al entierro. Si lo prefiere puede rellenar los datos un familiar. ¿Un amigo? Aquí tiene varios modelos: “Rogad a Dios en  caridad por el alma de D..., que falleció a la edad de, habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de su Santidad...”, el tamaño a elegir – media página trescientas mil - , excesivo; Un cuarto ciento doce, plausible y más elegante; estándar setenta, aceptable. Los tamaños inferiores francamente ridículos. En cuanto al modelo tampoco la cuestión era fácil: el modelo estándar...,  su esposa Dñª..., sus hijos Dñª, Dñª, D.; hijos políticos...
-          Mire, no haga esquela
-          ¿Cómo?
-          Sí, que no haga esquela. Que quién tenga interés se entera, y el que no, mejor que no venga.
-          Como guste, pero mire: no es lo usual; lo van a criticar de tacaño; el muerto se merece otra cosa.
-          Largo, amigo; y respete mi dolor.
-          El muerto se merece otra cosa…,
-          Largo he dicho, pedazo de cabrón;
Así que al funeral fueron los que fueron pero no había cura. El capellán del cementerio estaba enfermo y el sustituto despachaba al muerto sin funeral; se las apañaba con un responso.
-          Estimada familia – continuó hablado el caminante como si fuera el cura sustituto - . Vamos a  despedir a vuestro padre recordando que por el bautismo se incorporó a la Iglesia y la Iglesia lo despide…
De la sacristía salió D. Marino...
-          Un momento, D. tal,  dijo D. Mariano solemnemente. El muerto es feligrés mío y yo oficiaré el funeral, si a Usted no le importa. D. Mariano llevaba la casulla bordada que el hombre bueno regaló a la parroquia.
Terminado el funeral enterraron al padre junto a la esposa muerta años atrás;  Ya se iba todo el mundo cuando el hijo se acercó al sacerdote:
-          ¿Quién le avisó, D. Mariano?
-          Una señora alta, morena, de pelo largo y ojos profundos…

Esto me lo contó el caminante, Y luego calló, y siguió su camino recitando unas estrofas de Tennessee Wiliams a las que él añadió las suyas propias:

Con que serenidad la rama del olivo
 mira cómo declina la luz del cielo,
 sin un llanto, sin dolor, sin desconsuelo,
 sin un rezo por el sol que se ha perdido.

Con qué serenidad cerró los ojos
Sabiendo que Rosario lo esperaba
En el atrio donde nació la llama
De un amor apasionado y duradero…  

jueves, 17 de enero de 2013

La virgen del Carmen y la Almedina de Cazorla


CUENTO DE LA VIRGEN DEL CARMEN Y  LA ALMEDINA

Queridos amigo: cuando me hice cargo de la Almedina, la almazara, mercantilmente, se llamaba eso: Almazara la Almedina SL; pero en diversos paneles y letreros ponía “Almazara de Santa Teresa”.  Al principio no me extrañó: una cosa es el nombre de la Empresa y otra la Advocación, quizás, de los propietarios anteriores; más aún cuando  la capilla del palacio de la Almedina la preside una imagen de la Santa. Pero este juego de nombres y advocaciones  se complica  cuando en el frontispicio de entrada del edificio luce un gran mosaico de la Virgen del Carmen.
En esta ocasión mis investigaciones al respecto fueron un rotundo fracaso. Nadie me supo decir por qué unas veces era Santa Teresa y en otras la Virgen del Carmen. Hay por aquí un refrán que dice ante situación entiendo que  parecida : si tiene barba es S. Antón, y si no la Purísima Concepción …, pero en la Almedina el distingo de la barba no era aplicable; ni la Santa, ni la Virgen tuvieron barba, que se sepa.  Para solucionar el asunto, y dejarlo claro para siempre…, pues eso: que llegó a mis oídos una historia preciosa que confirmó una anciana en mi despacho dejando entre mis manos una medalla de oro.
Esta historia es mi  cuanto de Navidad de ogaño. No está siendo un buen años este 2011; al menos para mí. Año cansino y macilento que se llevó la salud por unos meses, y el alma para el resto. Año de angosturas  entre lluvias de abril y un otoño sequísimo. Año de mediana cosecha, ya pintona, cuando escribo estas cuartillas, y días amarrados a soledades. Dudé en dedicaros este cuento o el de la Esperanza y la lata de sardinas que encontrareis más adelante; me he decidido por este porque la historia que se cuenta trasciende el tiempo y se trasforma en mensaje de vida; en un mensaje de futuro esperanzado. En el cuento de la lata de sardinas – cuento verídico y trascendente – “la  Esperanza” se hace carne y silencio e incertidumbre y no creo que haya acertado a terminarlo como se merece; así que lo dejamos estar y os dedico este cuento con todo mi afecto y deseos de felicidad para el 2012.  
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A la Salvadora le regaló el novio una medallita de la Virgen del Carmen con su cadena de oro y la chica se la colgó al cuello.
-          Toma, para tu santo – le dijo el Juan a la Salvadora. Mi madre tiene una igual, y además me gusta que haya algo mío cerca de tu… tus tetas, coño. De tus tetas, ¡ea! ya lo he dicho y era lo que estaba pensando…
-          Ibas a decir cerca de mi corazón…
-           Iba a decir lo que he dicho, y si no te gusta me das la medalla, la devuelvo, y hemos terminado.
Y es que el Juan era un tanto brusco, un tanto bruto, pero quería a la Salvadora y la Salvadora  lo sabía; así que se quedó con la medalla, le hizo al Juan cuatro carantoñas en las orejas y aquí paz y allá gloria. Y en esas estuvo la moza con su medalla en secreto, pues el Juan no había pedido aún permiso al padre de la Salvadora para hablarle en formal, que se decía por entonces. Y pasaron los meses y llegó la Pura y se inició la campaña de la aceituna. Como se decía por aquí: Hasta la Pura no cojas la aceituna. En fin que sigo el cuento: Que Juan y la Salvi  se apuntaron al mismo tajo de una finca de por allí. Él, de vareador; ella, en la cocina con los ranchos del personal. 
El caso es que el padre de la Salvadora era maestro de fábrica en una Almazara de la Comarca, con más precisión de la Almazara de la Almedina cuya foto os he insertado en la primera página de este librejo. El bueno de Alfonso, que así se llamaba el citado maestro, tenía a su cargo las recién instaladas prensas hidráulicas traídas desde la fundición de la Providencia de Linares. Tenía la Almedina cuatro prensas con sus correspondientes cajas de bomba, sus transmisiones y sus vagonetas de carga y descarga.    La tarea de Alfonso consistía en hacer los cuatro cargos de capachos en las regaifas respectivas cuidando los tiempos para que los cagarraches levantaran los quintales a su hora y fuera llorando el aceite en la primera prensada sin pausa alguna. Para ello necesitaba que las vagonetas de masa llegaran espaciadas, y que el agua caliente del repaso fuera pronta y abundante. Era una tarea de responsabilidad que obligaba al maestro a ir de una prensa a otra; de allí a la caldera; de la caldera a los motores y finalmente a los decantadores o a las alpechineras.
Para que el trabajo no se interrumpiera dispuso el capataz que el almuerzo se hiciera en la propia nave y el rancho lo distribuyera una de las empleadas del tajo de la finca – que era del mismo amo que la Almedina - . Y la distribución  le cayó a la Salvadora que mataba dos pájaros de un tiro: atendía a lo del rancho y  llevaba de paso alguna galguería a su padre. El caso es que uno de aquellos días y viajes de la cocina del cortijo a la Almazara, metido ya el mes de febrero – que comienza el calor y busca la sombra el perro - , la Salvadora entró en la nave de la fabrica al tiempo que los cagarraches vaciaban el agua hirviendo  para apurar la masa y empezó a sudar.
-          Tienes calor ¿eh?, le dijo un peón de caldera. Pégate a la prensa uno que tiene la masa fría y estarás mejor.
            En la nave de prensado hacía mucho calor: un gran rescoldo de ascuas de encina y de oliva iluminaban la boca del hogar de la caldera, y todo bajo una columna de vapor que luego se condensaba en los azulejos de la pared, en el hierro forjado de las prensas y sobre todo en los cristales de las ventanas, o las esferas de los manómetros de presión de la bombas.
La Salvadora se puso a sudar, sintió ahogo y se desabrochó un par de botones de la camisa, de suerte que allí, tal como quería el Juan, donde se inician las tetas  quedó al descubierto la medallita de la Virgen. La moza no se percató del asunto hasta que vio a su padre que venía de las alpechineras hasta donde ella estaba y en aquel momento comenzó a subir la vagoneta para iniciar la presión. Eso la salvó; que el padre miró la vagoneta y no miró el escote de la hija, que si no descubre el pastel. Salvadora, aterrorizada, se pegó un tirón, arrancó cadena y medalla y, con un tremendo disimulo, metió el regalo de su Juan entre la masa de aceituna de dos capachos del cargo…
-          ¡Quítate de ahí, prenda! – le dijo Alfonso a su hija - , que el cargo va a entrar en presión y puede reventar…, pégate al aclarador y me dejas el rancho en el poyo junto al pozo.
Pero la Salvadora no se iba; entre el pánico del tirón,  la perdida de la medalla, y el enfado seguro del Juan a la tarde…estaba como boba; que el Juan le hurgaba en las tetas en cuanto la veía y no precisamente por la medalla, allí no cabía disimular…
-          ¿Me quieres decir que pasa?- gritó el Alfonso. Anda Salvadora, no me entretengas que se me va el aceite de la tres. Toma esta botella de flor y se la das a tu madre para el salmorejo. Date prisa o no llegas.
Y la Salvadora aparejó la mula, se subió al animal metiendo los pies en las aguaderas y se encaminó hacia el tajo con lágrimas como puños: su medalla se había quedado en la Almedina. No se había alejado media legua cuando dio la vuelta y se volvió para hablar con la Marquesa de Loja.
En estas, y mientras su hija pedía audiencia, Alfonso aumentó la presión y los capachos toparon con la plancha de la prensa. Lloró el aceite como no lo había hecho nunca: un aceite dorado, trasparente, afrutado…, un aceite maravilloso y santificado, lo creo a pies juntillas, por la Virgen del Carmen que se apretaba literalmente en su seno.
A medio camino entre el tajo y la Almedina, la Salvi tiró del ronzal de la bestia y como loca regresó con un trotecillo marranero de la la caballería hasta la Almazara y pidió ver a la Marquesa de Loja
-          ¿Da usted su permiso?…, señora.
-          Pasa adelante hija, pasa; pasa y cierra la puerta – dijo la Marquesa de Loja -; pasa y cierra la puerta que hace un frio que hiela. Dime, que quieres. Me ha dicho la doncella que querías verme.
-          Verá usted Señora: yo tengo un novio y una medalla. Vaya que no acierto, que lo que quiero decir es que  tenia la medalla, y el novio lo tengo hasta la tarde que vea que no la tengo, la medalla es lo que quiero decir que no tengo, cuando me hurgue las tetas; usted verá que yo no quiero, pero se empeña y hurga y no verá la medalla…; que la medalla está en el cargo; la medalla, ¿entiende usted?. Y mi padre ha prensao a la Virgen y…
-          Para, para, para y no llores.
Y Salvadora se acurrucó en una butaca del salón azul y como pudo acabó contándole la historia de la medalla a la Marquesa de Loja.
-          Decid inmediatamente a Alfonso que pare las prensas – ordenó la Marquesa - y bajo ningún concepto que de la segunda prensada. Luego que se marchen… ¡quiero la nave sola!
Y la Marquesa y Salvadora bajaron a las prensas y escarbaron en la masa de la prensa uno, y la moza recuperó su medalla tras la afanosa búsqueda. Luego la limpió con esmero, la besó y se la dio a besar a Dñª Mercedes, la Marquesa.
-          Esta medalla de tu Juan será el símbolo de la Almedina, dijo la aristócrata. Cada año, en la primera prensada, meteremos en la masa una medalla de la Virgen del Carmen, y las dos guardaremos el secreto…
Y la Marquesa encargó un gran mosaico de la Virgen del Carmen que luce aún en el frontispicio de la Almedina. Pasaron los años y vino la República, y el exilio argentino, y la Guerra, y la pos Guerra, y la muerte. Hasta que un día de noviembre,  setenta  años  después de lo acaecido, llegó una viejecita a mi despacho y me contó la historia.
-          Me voy a morir y esto no es mío, ni de usted, ni siquiera de la Almedina. Esto es del aceite verde.
Muy despacio, con voz baja, como si fuera lo último que haría en la vida, la Salvadora – que la anciana así me dijo que se llamaba – , me dio una medallita de la Virgen del Carmen, y se fue.
Por la historia de la Salvadora, y en su memoria, cada año pongo unos instantes en la primera flor de aceite de la Almedina la medalla de la  de la Virgen del Carmen.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
En ese momento el Caminante se alejó de la escena tarareando las siguientes estrofas:

Un secreto tenía la moza,
en la teta izquierda, lamiendo el pezón.
Un secreto que en la tarde aquella la moza perdió.
¡Ay de mi secreto!, le dijo a la dueña,
¡Ay de mi secreto!, que mi amor me dio.

No llores mozuela, le dijo la dueña,
No sigas llorando que lo arreglo yo.
¡que paren el tiempo, que pare el motor!
Que el aceite fluya, que lo arreglo yo.

Y entre los capachos
 buscaron ansiosas el secreto cierto que su amor le dio.

miércoles, 16 de enero de 2013

CUENTO VERÍDICO DEL REFUGIO DE MONTAÑA, EL EMPLASTO DE TOMILLO, LA UNTURA DE ACEITE DE OLIVA, Y EL POLVO INEVITABLE.


CUENTO VERÍDICO DEL REFUGIO DE MONTAÑA, EL EMPLASTO DE TOMILLO,  LA UNTURA DE ACEITE DE OLIVA, Y EL POLVO INEVITABLE.


Queridos amigos de OLEARUM
Este es el tercer cuento que os envío  al finalizar el año. ¡ cómo pasa el tiempo! El dos mil nueve quedará en el recuerdo como el año de la crisis. Año de crispación, año de ruinas mil, agnus horribilis que diría Dñª Isabel. Blanquea bien el cortijo, decía mi padre cuando arreciaba la sequia; la pertinaz sequia que diría Franco y que mi padre dejaba en sequia precisamente a secas. No le pongas calificativo a la sequia; La sequia no está, la sequia es. Blanquea el cortijo, Félix; blanquéalo dos veces si hace falta pero que no te falte nunca para cal.
Pues algo así quiero yo hacer en este cuento: blanquear el año, vestirlo de amapolas y de espliego. Espaciarlo en susurros de agua de las fuentes de la Alhambra, y acurrucar el ánimo en aroma de jazmines. Que el dos mil nueve se acabe -  lo estoy deseando- pero que se acabe con una sonrisa esperanzada. Que las lámparas de aceite del día de los Santos sean ritmo y vida y que los malos tiempos se los lleve el viento y los esparza  como el polen en mayo.
Este cuento es un cuento  verídico que me contó un amigo de Murcia que se quedó aislado un fin de semana en un refugio de Sierra Nevada con la novia.
-          Menos mal que teníamos aceite, me dijo. Si no es por el aceite allí las pringo, aunque la verdad: pringado, lo que se dice pringado quedó para su bien que me dijo que la pringue de aceite es de las mejores experiencias del mundo. 
Así que con crisis o sin crisis, con ruina o sin ruina, con trabajo o sin trabajo, que no os falte jamás una garrafita de aceite de oliva virgen extra. Y ahí va sin más preámbulos el cuento del refugio de montaña, el emplasto de tomillo, la untura consiguiente y el polvo inevitable.
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Cuando Antonio pegó una costalada en una bañera de la pista de las Víboras, y cayó al barranco perdiendo los esquís, y casi la vida,  la tormenta de nieve aún no había comenzado. 
-          Debo tener una pierna rota, le dijo a Raquel cuando llegó a su lado: me duele la cadera, el brazo, el cuello, el tobillo, la pierna… Pide auxilio Raquel; pide auxilio: que venga la camilla, el helicóptero o lo que sea; ¡pide auxilio que me muero!
-          No será para tanto, hombre, no será para tanto.  En lo hondo de las Víboras hay un refugio. A ver si llegamos que la tormenta está encima y el asunto se pondría feo si nos pilla.
-          ¿Cuánto queda?
-          Media hora si dejas de hablar y te levantas. Anda, apóyate en mi brazo e intenta caminar.
-          ¿y los esquís?; ¿y la mochila?
-          Déjate de mochilas y camina que nos queda un km por lo menos. Si no llegamos al refugio, despídete.
Y comenzaron un descenso peligroso, dolorido, largo. El viento arreciaba y la nevada  no tardaría en llegar. Hasta las siete no paraban los remontes y  los echarían de menos como pronto a las diez. Había que llegar al refugio; había que llegar. Dolorido, aporreado, herido, exhausto pero había que llegar.  Y así fue con la ayuda de Raquel, los quejidos del novio y la sensación de necesidad imperiosa de no desfallecer. Anochecía cuando llegaron al refugio.
Creo que a partir de aquí lo mejor es que Raquel nos cuente lo que pasó, que yo no estaba allí y no quiero inventar intimidades; así que le cedo la palabra:
Yo soy Raquel la novia del Antonio y os cuento lo que pasó:
Pues sí: llegados al refugio, tras los sufrimientos antes dichos,  comprobé que había leña en un rincón, dos panes duros en una orza, un trozo de hueso de jamón y un bote que en su tiempo tendría miel. En el suelo junto a una especie de alhacena había una garrafa de aceite y un poco más allá un botiquín colgado a la pared. El botiquín tenia agua oxigenada, unas vendas, esparadrapo, unas tijeras  y un paquetito de algodón. Por decir algo le pregunté a Antonio, al que había estaba recostado junto al aceite:
-          ¿es de oliva?
-           Si, parece que sí contestó el herido ¿Por qué lo preguntas?
-          Porque mi madre hace un emplasto de aceite de oliva con tomillo y aulaga para las heridas y es lo único que tenemos a mano aparte del agua oxigenada.
-          Lo malo es que no tenemos mechero y solo quedan dos cerillas en la caja de mistos de la  chimenea, dijo el optimista de mi hombre...
-          Tranquilo, tranquilo, le contesté. Lo primero que voy a hacer es poner un platito de aceite con lamparillas. Hay que   recortar unos cartoncitos y ponerles una torcida de algodón. Luego los echamos en el plato como hace mi madre el día de todos los Santos y tendremos luz y fuego. No no podemos permitir quedarnos sin lumbre…
-          Oye, pues tu madre lo hace todo con aceite
-          Pues sí, y prepárate que también entablilla las cabras y me parece que esta pierna  está rota; y le eché la mano al muslo a ver cómo iba el asunto.
Ya lucia el platito de aceite cuando quise encender la lumbre. Había gastado una cerrilla tan solo con lo del plato, y con la llamita de la lamparilla encendí el fuego  para  los troncos. Vano intento.  La leña húmeda se resistía a arder y el frio intensísimo de la noche  se colaba en el refugio como los ratones en las madrigueras.
-          O enciendes pronto o nos morimos  - dijo Antonio –
-          Lo intento hijo, lo intento; Haré como hace mi madre: que sale y coge unas piñas de pino, les echa un poquito aceite y prende al momento.
Pero al abrir la puerta, una ráfaga de viento apagó las llamas del plato y la pareja se quedó con una sola cerilla y su garrafa de aceite.  Raquel volcó un poquito en el resto del cartón de la caja de aceite; lo colocó todo bajo los troncos y zás, con la respiración entrecortada,  raspó la última cerilla. La llamita, tímida,  como los primeros besos, prendió en el cartón impregnado y suavemente, acariciando las cortezas de la leña de olivo,  subió esbelta como la pasión del adolescente tras los besillos iniciales que antes decía.
-          ¿Ves?, ya tenemos luz y fuego. Si no fuera por el aceite estábamos listos. Prepárate que te voy a curar.

Salí a la puerta del refugio y  con la última luz del atardecer atiné a dar con una mata de tomillo, espliego, y unos tallitos de romero florido; Volví a entrar triunfante y le pasé a Antonio la cosecha de aromas por la nariz. Le gustó aquello. Así que trituré las plantas en un mortero muy despacito moviendo el pistilo en  sentido opuesto a las agujas  del reloj. Era un pistilo de bronce de un mortero de adorno y preparé, al mismo tiempo, un perol con dos dedos de agua y el mejunje vegetal descrito.
-          Así lo hace mi madre, dije una vez más para animar al Antonio  pues nunca presté mucha atención a las cocinicas de mamá
-          ¿Qué ronroneas?  – dijo Antonio–
-          No ronroneo nada; es que esto  se lo vi hacer cuando la potra metió el casco en el cauchil del patio...
-          Deja de hablar de tu madre e intenta buscar algo para pedir ayuda.
-          Pues sí que pides tú poco. Los telefonillos iban en las mochilas, y las mochilas tendrán ya medio metro de nieve encima en el fondo del barranco. No te apures que ya nos buscarán. Vete desnudando que el emplasto está a punto.
-           ¿Qué me desnude?
-          Sí; que te desnudes, que te quites la ropa, que te voy a curar.

Y viendo las mojigatas que hacia el muchacho al desabrocharse la camisa y sobre todo los pantalones, pues eso: que la moza se lanzó y dejó a Antonio en pelotas en menos de un segundo y lo tumbó boca abajo en una estera de esparto  cubierta con una manta junto al fuego.

-          Así, boca abajo no se te ve na…¿tranquilo?; Como almohada te pongo  la garrafa de aceite.
-          Joder, Raquel: que la pleita del esparto se clava…
-          Bien, bien, bien; si se te clava la pleita es que no te duele el hueso.  Si tuvieras el hueso roto la pleita no la notabas..., en ninguna parte. ¿a que la vas notando?
-          Coño, así visto …, pero ahí no hay hueso
-          Lo mejor es que te cures y ya veremos lo que clavamos y donde ¿no te parece…?
-          No te entiendo
-          Mejor que no me entiendas, merluzo, que eres un merluzo…
Mientras, sobre unas trébedes,  el cocimiento de yerbas humeaba, y unos minutos más tarde, evaporada el agua, quedaba en el fondo del  cazo una pasta homogénea y parduzca. Raquel  vertió medio vaso de aceite en el mortero y, como antes, muy despacio, poco a poco, y en  sentido opuesto a  las agujas del reloj fue elaborando una pasta homogénea que al menos, pensó Antonio, olía bien. Terminado el mejunje  limpié el cazo, calenté agua y le eché a la pasta unas gotitas de agua oxigenada del botiquín. Al resto del agua le añadí unos picatostes que había frito con el aceite de oliva y el pedazo de hueso de jamón.
-          No te quejes ni una miajita ahora, advertí de entrada.  Voy a ver de verdad si tienes algo roto.

Y palpé los tobillos y la rodilla presuntamente lastimada, y las caderas y los brazos y el pecho,  y bajé algo más… y el Antonio alzó la voz y dijo:
-          Quieta, quieta paleta, que te veo las intenciones, y no estoy yo para bromas. Ni un milímetro más abajo que no respondo.
Pero no le hice caso, que a palabras necias oídos sordos; así que  limpié concienzudamente los cuatro arañazos de Antonio, y alguna que otra herida de poca consideración, y continué con la administración del emplasto, ahora sobré otro pistilo que también moví cuidadosamente en sentido contrario a las agujas del reloj, pistilo  que no voy a describir.
-          Oye tú, le dije al Antonio acariciando el instrumento pistilo adormecido: me parece que lo único que tienes medio roto es precisamente esto.
Y volví a acariciarle el pecho y los pezones y bajé un poquito hacia el ombligo para llegar de nuevo con la punta de los dedos a las partes de mi Antonio, de forma que froté despacio hasta sacarle brillo a casi todo  con el aceite limpio de la garrafa; y visto que el pistilo de mi Antonio se remediaba con el masaje dicho, me metí  bajo la manta y me moví al compas de las llamitas del platillo de aceite. Luego, unos instantes después, me perdí entre los brazos del Antonio hasta quedar dormida en un paraíso que siempre asociaré al aroma a sierra, a la noche y a la libertad que inundaba el refugio con el emplasto de aceite. En fin, que reposada la “cura del emplasto”  cenamos una rica sopa con picatostes  de pan duro y se nos tomamos  una torrijita de pan aceite y miel.
Cuando al día siguiente llegaron los auxilios, Raquel le dijo a su madre:
-          Madre, lo he hecho todo tal como tú me has enseñado. No me faltó de nada; tenía a Antonio para curarlo y una garrafa de aceite de oliva.
Y la madre contestó:
-          Vaya tú, así cualquiera; yo me las tuve que apañar con una de girasol cuando…y se volvió y miró a su hija…, recordó una historia parecida – estoy segura –  y… no dijo ni una palabra más.
En aquella ocasión el Caminante se marchó ronroneando la primera estrofa de un soneto de Lope de Vega que dice así:

Virgen hermosa, oliva cuyas flores
dieron al oleo que nos da la vida
cándida aurora, que del sol vestida,
cielo y tierra cubrió de resplandores.

martes, 15 de enero de 2013

EL ACEITE DE LA MARQUESA


CUENTO DEL OLIVAR DE LA MARQUESA


Cuando la muerte se instaló en el cuarto de José Rueda, el viejo lo  supo y se calló. Lo supo porque la conocía de antaño, de cuando lo de Teruel,  de cuando le entró el moro en Mequinenza, de cuando se vio, acabada la Guerra, en  la Plaza de Toros de las Ventas vigilado de guardias civiles. Así que José Rueda conocía la muerte y supo esquivarla varias veces.  Ahora optó por disimular.  En el treinta y seis se hizo guardia de asalto, salvó de la checa algún facha amigo,  y la eludió; ahora se haría el longuis, el despistado quiero decir. Pero del treinta y seis al cincuenta y seis  había llovido mucho. Ya no tenía fuerzas; moribundo y viejo   le quedaba   la muerte y  la Juana, nada más. Le quedaba la muerte, y sabia que la parca  acababa de llegar; Le quedaba también la Juana, prieta y untona que le había dado guiso y cama los últimos veinte años.
- José, vengo por ti,  dijo la muerte
- Vete a la mierda, que no me toca, contestó el viejo.
- Te toca y vengo por ti. Tienes dos días si quieres  arreglar algo de por aquí, que te hace falta.
- Te jodí con el moro que me salvó el máuser y no pudiste conmigo, arguyó el Rueda; te jodí en la  Cuesta de la Reina, que la bala  se la llevó el Pepón. Así que largo, muerte, que no hay dos sin tres.
- Como quieras pero ya sabes, te doy dos días.
Y la muerte se sentó en el rincón de la ventana, y apoyó los codos en las rodillas huesudas, y juntó las manos apretando el astil de la guadaña. Dos días, ya sabes: dos días; y el sol acaba de ponerse. Y el José se dio cuenta de que esta vez sí; de que esta vez se moría. A la tarde la Juana llamó al médico;

-          Este hombre se muere, sentenció el galeno; llama a la familia y al cura, y no lo dejes para mañana que no llega.
-          Este hombre no tiene hijos ni quiere curas, gruñó la Juana de mal talante.
-          No me vengas Juana, no me vengas. Que una cosa es  heredar  y otra es morirse. Llama al hijo que también es cura y te evitas dos recados. Y no me vengas Juana con coplas que soy de aquí y atendí a tu madre en tu parto.  Llama también al practicante y que le cambie al José el suero cada dos horas. Si le duele, le das esta pastilla; y si la boca se le queda seca  se la humedeces con un trapo.  Que venga el hijo y le dé la extremaunción. Si hay novedad me avisas.
-          Está bien,  llamaré al hijo, apuntilló la Juana; pero el José no querrá verlo.  Lo ha dejado sin nietos con eso del curato; lo ha dejado  sin Ruedas; y eso no se perdona. El José es ateo y no quiere ni hijos ni curas. Y menos hijos curas. Pero lo llamaré, que quiero vivir tranquila.
Y el médico se montó en su calesa, y azuzó al jamelgo, y enfiló por el carril de la Solana. Las llantas estrechas trazaron paralelas en el polvo al arrimarse  al trigal o a  las garigolas de los garbanzos  de la umbría.  La brisa de la tarde meció los garbanzos en su holleca  arrullando el páramo. Todo como la vida misma; todo como la historia que zigzaguea y se aleja entre la olla y el pan, entre la siesta y el amanecer, entre el polvo del camino  y el horizonte cuajado de rojos y violetas. 
Al día siguiente el curilla siguió, en sentido contrario, las huellas de la calesa, llegó a la vera del moribundo y le dijo:
-          Padre: estoy aquí.
-          ¿Vienes a pillar  el olivar de la Marquesa? Vete, no has de catarlo.
Y el enfermo siguió con los ojos cerrados, con la boca sumida, con la piel bronca, seca, tirante; tirante  como la de la muerte que  contemplaba la escena desde el rincón del cuarto.

-          No quiero la Marquesa padre, aunque  las olivas eran de mama. Ni la casa. Ni tus dineros, ni tus libros, ni tus muebles. Ni siquiera quiero verte.  No quiero nada, papa, no quiero nada.  Lo que tengas, si te queda algo, dáselo a la Juana.
-          Pues ¿a qué has venido?, ahí tienes la puerta, vete por dónde has entrado.
-          Padre: estoy aquí porque soy tu hijo y soy cura. La Juana me ha dicho que te mueres...
-          ¿La hija de puta de la Juana te ha llamado?; ¿quién le ha dicho que te llame?; no quiero verte.  No me has dado nietos. Soy el último Rueda. La Marquesa ha sido de un Rueda desde los franceses. Ahora será de otros. Eres un cabrón.
-          Te traigo aceite. Aceite de la Marquesa…; La zafra está ahí fuera…
-          A la mierda tú y tu aceite. Pero el enfermo abrió los ojos con dificultad y miró al cura y le dijo: ¿Aceite?
-          Sí, aceite; aceite del haza de la Marquesa.
-          ¿Del molino del Antón?
-          Flor de aceite del Antón; huele. Y el hijo le acercó al moribundo una copita de aceite. Y el cura empapó el dedo  y le restregó los labios.
-          ¿Es picual de la Marquesa?
-          Padre, te lo juro. De la zafra de la Sacristía. Me la llena el Antón cada año de la Marquesa. Yo también tengo sentimientos. Soy cura, pero soy  Rueda.
-          Aceite de la Marquesa…: lo mejor que ha hecho Dios en la Tierra. Morirse y el aceite de la Marquesa.
-          Pero ¿no dices que no crees en Dios?
-          Dios es Dios y tú eres un cabrón sin  hijos que ni siquiera tienes barragana. Que te folle un burro…, apostilló el Rueda. ¿Tienes una zafra de la Marquesa?
-          Si, Padre, sí. Los ungidos de Dios deben serlo con aceite del tuyo. Con aceite verde sin filtrados ni gaitas. Con aceite poderoso como tú mismo. Con aceite de la Marquesa.  Este aceite lloró en el capacho y lo cogí de la regaifa; ha hecho ya muchas cruces, Padre.
-          Dame más. Úntame con él. 

Y el moribundo movió lentamente sus manos e intentó  torpemente dejar al aire el pecho peludo, canoso, entrecortado por la respiración postrera.  No he sido bueno, hijo. No he sido bueno. El sacerdote se inclinó hacia el lecho y administró la extrema unción al enfermo.  “Ego te absolvo pecatis tuis in nomine Patri et Filii et in Espiritu Santi, susurraba el hijo al perdonar los pecados del padre, mientras el aceite de la Marquesa le empapaba  los encajes del alba  y acariciaba el último aliento del último Rueda.
Mientras, el sol del segundo día se ocultaba muy despacio en el horizonte. Y en ese instante la muerte se levantó de su silla.
En esta ocasión el Caminante se fue murmurando las siguientes estrofas:

Aceite sacro,
 aceite bendecido,
aceite del Ungido…
Cagarrache en su pan , flor del olivo…

lunes, 14 de enero de 2013

Cuento del burro Granate


CUENTO DEL BURRO GRANATE


Queridos amigos: 

Siempre he tenido pasión por los Reyes Magos. Si hay ocasión os contaré como una vez, hace muchísimo  tiempo, una noche de Reyes – no tendría yo mas de cinco años – un paje real – es decir una doncella real – entró en mi habitación cargadita de juguetes; la doncella, la doncella es la que entró cargadita…; pero esa es otra historia que ya digo os la contaré otro día. Hoy os voy a contar un cuento; un cuento normalito; un cuento de aceite que inicio ahora mismo sobre la cuartilla blanca inmaculada, y a ver que sale. Cuando recibáis el emails debéis imprimir la historia, meterla en un sobre de colores y colocarla el día cinco de enero a los pies de vuestra cama.

Había una vez un borriquete, un asno pequeño  que tenía miedo al vacío. Su vértigo aumentaba con el paso del tiempo de forma tal que apenas salía de la cuadra comenzaba un calvario por el simple paso de una cequia, por la bajada de los escalones de una callejuela, por el paso, sobre todo, de un puentecillo que brincaba sobre el arroyo en el que su amo tenia un molino de aceite. El problema fue que cada mañana el molinero hacia el reparto de los pellejos  con el borrico, y el dichoso puentecillo se convirtió en un obstáculo casi insalvable. Apercibido del problema, el molinero colocó en la jáquima de su jumento un par de antojeras para que, mirando al frente, el burro no rehusara avanzar ante el más mínimo obstáculo, y más al pasar el arroyo; y es que Granate – que así se llamaba el borrico -, apontocaba las manos cada dos por tres, hincaba la cabeza hacia el suelo y ni las imprecaciones ni los palos lo movían del sitio.  

-          malo, malo, malo juraba y perjuraba el molinero. Ni con las antojeras se salta el puente; ni con las antojeras se salva el Granate. Burro zurrapa, mañana lo hago mortadela, le decía a la molinera a la tarde, después de una mañana más de empujones, empellones, palos, gritos e imprecaciones mil.
-          Mira marido, no lo hagas, contestó la mujer. Zurrapa tiene tu aceite, y no lo tiras. Deja el burro en la solera, deja que tire de la muela, deja al animal que gire y gire, que ahí no hay ni vacío ni rehúse y vete tú tranquilo que yo montaré el cargo y apretaré la prensa.

Y así lo hizo el molinero y el borrico se unció al collar de la muela, y el empiedro se lleno de flor de aceite, y  brotó en los capachos un primoroso zumo que  lloró sobre la piedra y se aclaró en los lebrillos  preparados con esmero por la molinera.

En toda la comarca se corrió la voz de un aceite exquisito que producía el molino del arroyo. Y la gente vino a comprar al propio molino, y el molinero cesó en el reparto. Y así fue que el matrimonio prosperó y fueron felices y comieron perdices. Perdices en escabeche preparadas con aceite, claro, de su propio molino.

No sé si habéis visto la moraleja de la historia. Yo, que lo he escrito, no lo tengo claro, pues empecé el cuento pensando en un final y me ha salido otro. De todas formas hay dos cosas que me han llamado la atención que no tenía previstas: La primera que Granate alcanzó la libertad en su propia prisión, en su girar constante y cotidiano. Fue precisamente libre cuando estuvo encadenado; dichoso en su condena; feliz en su destino. La segunda, es que el aceite brotó mejor cuando no hubo agobios, cuando se mantuvo el ritmo, cuando la molinera acarició la masa, cuando los lebrillos relucían como el sol.

Yo, ante el nuevo 2008, como me ocurrió en el 2007, y en el 2006, y en el 2005, y casi desde la infancia cuando comienza el nuevo año, siento una sensación parecida al vértigo de Granate. Vértigo al tiempo, al mañana, a lo desconocido, a lo impredecible. Siento vértigo y me meto en el puentecillo de enero con las antojeras puestas, con la esperanza de que se acabe, con la inquietud sobre el mercado, y las heladas, y el verticilum, y que sé yo de gaitas y de arroyos y de escaleras y de barrancos.
Mi esperanza es volver a mi aceite, acurrucarme junto a la viga eterna que presiona la esperanza, Pasear los olivos en flor, constatar el cuaje, y llegar a ver la aceituna pintona del proximo otoño. Esa es  mi collera sobre la muela que gira y gira cada año sobre los goznes de la vida.

Desde ese mi mundo del aceite os deseo un prospero año nuevo.


miércoles, 9 de enero de 2013

El aceite de oliva y la doncella principal


EL ACEITE DE OLIVA
Y
 LA DONCELLA PRINCIPAL

Mi relación con el aceite de oliva es casi genética; mi familia paterna es olivarera de Jaén; productores de Jaén ( que a esos no los cantó Machado  pero existen ); gentes con sus fincas, sus molinos, su tradición y su amor al olivar. Por vía materna heredé en Granada olivares adquiridos a Felipe II tras la expulsión de los moriscos. Olivos pues que llevan en casa más de cuatrocientos años. Unos y otros, mis antepasados granadinos o ubetenses,  han sido gentes que nacieron, crecieron, amaron y murieron asomados a un paisaje de olivos, a un llorar del aceite en los capachos y a la luz de la alcuza por la noche. Familias olivareras que tienen aún  zafras de aceite en despensas umbrosas y se recrean en el aceite desde los churros de la mañana al  salmorejo de la cena.  Gentes, ya digo, que celebran el aceite nuevo y lo catan en Navidad a la vera del Portal  cantando villancicos.  A esas gentes del Sur pertenezco yo.

Pero uno tarda en darse cuenta de esas cosas; y es que, como con el amor, existe una primera vez, un contacto con el aceite, un percibir su aroma, un palpar su textura, un mancharse la solapa, un catar los sabores de la cosecha de hogaño. Y a eso me voy a referir: al cómo y al cuando tomé contacto con el mundo del aceite. Creo que de la magia de esa primera vez nacen estas  cuartillas, porque mi iniciación al mundo del aceite fue realmente mágica. Algo así, ya digo, como el amor: que  nunca se olvida la primera vez. Venga, vamos a ello: os lo voy a contar: el cómo llegué a catar el aceite verde de la cosecha nueva.


 Tendría por entonces cinco años; lo sé porque vivía mi madre y murió cuando tenía seis. Cinco añitos y aquel año…, a pasar la Navidad en casa de la abuela de Úbeda.  Mi abuela era una gran matrona, viuda desde hacía un siglo y madre de seis hijos varones que arrastraban a nueras, nietos, primos, paniaguados, niñeras, criadas, cuerpo  de casa y la de Dios a la cena de Navidad. Bueno, con más precisión: en aquella casona  se daban dos cenas; la de los señores y la de los criados; con el mismo menú, cierto, que mi gente presumía de liberal y todos comían de todo, pero cada cual en su sitio: los criados en su cocina  y los señores, es decir nosotros, en un gran salón con las mantelerías bordadas y la cristalería de roca, y un niño Jesús pequeñito debajo de cada servilleta.

Pero no nos desviemos del tema; decía que en Navidad se cataba el aceite de los cortijos de la cosecha inmediata, y aquello tenía su ritual, su liturgia, su magia orquestada y vistosa para presentar el aceite nuevo, el recién extraído: el aceite verde.     Antes de servir la cena, con todo el mundo atacando ya las almendras fritas, las perlas del Guadalquivir y la cerveza espumosa - a escondidas de la abuela que no permitía adelantos a los entremeses -, la doncella principal salía de la cocina con una bandeja con dos platos: uno de aceite y otro de trocitos de pan; y llegaba hasta la abuela y esta cataba el aceite, y luego lo cataban los hijos, y luego las nueras, y luego los niños y en fin todo el mundo. El puesto de doncella principal era clásico por aquel entonces en las casas amponas; La doncella principal era la moza más esbelta, más grácil, mas espigada y con más clase de todas las chicas del servicio. En aquella Navidad la doncella principal se llamaba la Trini, y la Trini, ahora que lo pienso, era un autentico primor: tendría no más de dieciocho años, una tez a lo Moreno de Torres, un pelo largo recogido en una cola absolutamente negra y sobre todo era como una palmera mecida por el viento. ¡Como se movía la Trini!, ¡como jugaban sus piernas para mecer un cuerpo de ensueño que giraba a derecha e izquierda llevando las bandejas! ¡Qué bien andaba la Trini!, ¡qué garbo!, ¡qué hechuras!, ¡qué elegancia  la de la doncella principal!

Aquella noche la Trini lucia uniforme nuevo: una camisa blanca con jaretes de encaje en las mangas, cofia sencilla, una falda aterciopelada negra de amplio vuelo y no demasiado larga; medias de seda – que aunque no eran las medias reglamentarias de algodón alguien decidió acertadamente que aquellas piernas había que enseñarlas –; zapatos de charol de medio tacón y un delantal blanco impoluto con la pechera bordada de bodoques junto al escote que me pareció la gloria. Y es que…, como pueden ustedes adivinar, yo estaba locamente enamorado de la Trini. La Trini era mi noche y mi día, mi sueño y mi despertar. Recuerdo deambular de la cocina al salón buscando a la Trini, intuyendo sus pasos, anhelando subir hacia sus pechos, e incluso acariciando su cuello y notando los pelillos escapados de la gomilla que formaba la coleta. Parece mentira pero así es: los niños, o al menos yo que debía ser muy precoz, intuyen la sexualidad aunque no la conozcan y les atrae lo que les tiene que atraer aunque no sepan ni el qué ni el por qué. Y a mí me atraía la Trini una barbaridad. Y más en comparación a mi niñera – que cada niño tenía su niñera – la Bibiana. La Bibiana era la antítesis de la doncella principal y yo me afligía y lloraba pensando en mi mala suerte; la Bibiana era gorda, fofa, y tenía una verruga en la nariz. Había que cambiarla, que permutarla quiero decir; la abuela se quedaría con Bibiana y nosotros nos llevábamos a la Trini. Así de fácil, así de lógico, así de deseado.

Pero como he dicho antes no era fácil ver a la Trini: o había que esperar a que sonara la campanilla y la abuela ordenara algo, o ir a la cocina que tenía, además de un olor a puchero de horas, el atractivo poderoso  de ser territorio cuasi prohibido. Pero allí, en la cocina, estaba Petra - la que fue niñera de nuestros padres -, o María la de Rus – una mujer metida en años con los pelos rubios de agua oxigenada y un tic en la cabeza ante el que te quedabas absorto y aterrorizado; y ambas, Petra y María, te amenazaban en cuanto te veían:
-          ¡niño que me estorbas!
-          ¡niño que te vas a quemar!
-          ¡niño que se lo digo a tu abuela…!

Y la María se asomaba al torno que daba al salón para hacer como si diera el chivatazo,  y el rostro de la María, enmarcado en el torno y con el tic inevitable, parecía, de veras, un retrato guiñante y terrorífico.  Así que la presentación del aceite tenía para mí aquel año el atractivo de ver a la Trini engalanada y vistosa sin ganarme una regañina. En tales circunstancias me vestí de nuevo y a esperar a la Trini.
Y por fin la Trini entró en el salón con la bandeja, el aceite, el pan y una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué expectación!, madre, con la entrada apoteósica de la doncella moviendo la falda y acompasando con aquel culo glorioso el lazo del delantal y  los pasos decididos  hasta la butaca de la abuela. La Trini avanzó erguida  con los pezones que se marcaban bajo la blusa,  y se fue abriendo paso entre unos y otros… hasta que pasó por mi lado y me perdí; me perdí literalmente entre los volantes de su falda   y el taconeo sinuoso de los zapatos de charol. Y la moza, sintiéndose hurgada y perturbada…, pues eso: que  me atizó el primer pescozón. Y digo el primero porque no fue el ultimo; y es que  cuando palpé los ligueros de las medias de la Trini en aquella investigación iniciática, la doncella principal tropezó, trastabilló las piernas y tiró sobre mi cabeza la bandeja del aceite …  ¡¡¡¡ Tras… catarras, plas, tras, tras catatras!!!  El estruendo de la bandeja al caer no fue nada comparado con el grito de la Trini que salió de estampida por la puerta del comedor como si la llevara el demonio.

Noté como aquel picual verde  me mojaba el pelo, chorreaba por la frente, caía por las mejillas y me llegaba a los labios. Saqué la lengua y relamí el aceite; me supo  a hojas de olivo, a almendras amargas, a sueño prolongado; me supo, ya digo, a gloria, me supo a la Trini.

Como pueden ustedes deducir  me llovieron pescozones e improperios de todo tipo:
-          ¡ jodido niño que ha tirado el aceite!, ¡pero, habrase visto donde se ha metido!..
-           ¡son los tiempos!, decía Isabelina…, ¿ a dónde vamos a llegar?: el zagal se ha metido entre las piernas de la Trini! ¡Qué escándalo!
-          ¿A dónde querría subir? …se preguntaba Encarnita, una paniaguada simplona,  ¡Este niño es el diablo…!!; no ha parado hasta llegar a las ligas…
-          Desde luego la muchacha no debía llevar las medias de seda…, apostillaba Isabelina intentando culpar en algo a mi amada – y de paso hacer comprensible mi investigación entre los muslos de la moza.

Y me seguían lloviendo empujones y pescozones  pese a la interpretación de ser provocadoras y pecaminosas las piernas visibles de la muchacha, según Isabelina. Y lloré cuanto pude, y el sabor del aceite se mezcló con el salado de las lágrimas y acabé buscando protección en mi madre. Ella me secó como pudo, me acarició la cabeza pringosa y me besó en la frente.
-          Dejadlo ya, dijo; no veis que es un niño, solo un niño. ¡Ven conmigo!, y me abrazó y me acurrucó en su regazo.
Llené de lamparones el traje de mi madre, pero no le importó; Además estaba, afirmó defendiendo la hombría de su hijo, donde tenía que estar. ¡Ole mi madre!  

Supongo que de ahí viene mi amor al aceite, mi amor apasionado y misterioso: del recuerdo del beso de mi madre, del sabor de las lágrimas  y del perfume profundísimo y mágico del cuerpo ondulante y esbelto de la Trini .  Luego trajeron más aceite verde para catarlo, pero yo no lo probé, por si acaso los pescozones.

Supongo, y supongo bien, que es esta una historia como cualquier historia, pero luego más tarde, cuando ya era un niño aterido y huérfano, las sensaciones de esta tierra  mediterránea, y aquella soledad inmensa y desgarrante de la orfandad, las volví a sentir al leer un poema de Amina Said[1] sobre el aceite que dice así:

Nací de un silencio entre el mar y el olivo
 del ritmo de los vacíos y de la infancia de la luz.
Las palabras tienen una cara visible
 que esconde otra en la encrucijada del poema.
Algunas resisten y me exponen al riesgo de hablar.

Y colorín colorado la historia de mi llegada al mundo del aceite de oliva se ha acabado, aceptando, quizás, el riesgo de hablar...




[1] Fragmento tomado de la recopilación de poemas del aceite OLIVIDADES, hecho por mi buen amigo Bernardo, socio de OLEARUM.

lunes, 7 de enero de 2013

Introducción







CUENTOS AFRUTADOS, AMARGO, PICANTES

DEL ACEITE DE OLIVA





Félix Sánchez López de Vinuesa






Mi agradecimiento a la casa palacio de la Almedina 
por acogerme con benevolencia
 entre sus muros.




INTRODUCCIÓN

Los catadores  huelen el aceite muy despacio en una misteriosa copita azul como intentando extraer el arcano del zumo; Toman la copita, la calientan entre las manos, la mecen, la acarician y se echan al gaznate un traguito minúsculo de aceite restregándolo por la lengua al tiempo que casi cierran los ojos. Y ¡zas!, de pronto despiertan del orgasmo oleícola y te dicen que tu aceite esta afrutado, amago, picante…, con aroma a tomillo; que tiene reminiscencias de monte, que sabe a césped, a almendras amargas, a tomate, a plátano…, a manzanilla. Uno no sabe bien si es que la moza que preparó la cata  rellenó la botella de la muestra con el aceite sobrante de la pipirrana, o que en la copita azul se ha concentrado y descansa un genio de las Mil y una Noches que en sus ratos libres regenta un puesto de verduras. Lo admirable del caso es que te dan la en hora buena y te alaban en extremo la extracción fría, cuidada y pulcra del aceite, o tuercen la nariz y te dicen que hay reminiscencias de sabor a tierra, a hongos o vaya usted a saber a qué. Uno se queda mirando la nariz del catador, observa la puntita de la lengua que  se pasa por los labios y la todavía placentera sensación gustativa que el interfecto expresa; y ante tal visión se permanece callado para no meter la pata. Luego, uno se hace cruces al comprobar que los alumnos, es decir los que presencian la cata, confirman la sentencia del sapiente oledor y rastreador de sabores. Sí, sí, dice por allí una aventajada alumna: se perciben las almendras amargas; y la miras y la contemplas y te imaginas a la interfecta comiendo almendras amargas a mandíbula batiente y decides, finalmente, que tu aceite sabe a aceite, a aceite de oliva del que cuando niño te echaban en el pan. Y entonces dices: está exquisito ciertamente; este es un virgen extra de quitarse el sombrero.
Algo parecido me ocurre con los relatos, cuentos, narraciones o lo que sean lo que sigue en este librejo. Los he metido en la copita azul de la pantalla del ordenador, los he mecido en sus personajes, me los he pasado por el paladar de su lectura y digo con los ojos medio cerrados : están afrutados, amargo picantes; y que otro que los cate, es decir los lea, les añada el sabor a tomate, a almendras, a yerba o a lo que le tercie. A mí, de añadir algo a lo de afrutado, amargo, picante, diría que estos cuentos me saben a zaguán, a llegada a una casa conocida, me saben a saludo y a despedida de un lugar vivido y recordado.
    De zaguán dice el Diccionario que es un espacio cubierto dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle. Bueno, pues estas líneas me saben a zaguán porque, en efecto, se trata de un espacio cubierto por la experiencia íntima y prolongada con el mundo del aceite. No llueve en él, no escarcha, pero a veces el frio te llega hasta los huesos, y más si la puerta inmediata – según el Diccionario – queda entreabierta y la brisilla helada de la calle entra como un cuchillo. Pero también afirmo que están todos ellos, los relatos quiero decir, dentro de la casa, dentro del mundo y la historia del olivar y los aconteceres de mi vida. No serán  relatos de calle o de taberna, no. Son cuentos  propios sacados  de las gentes pueblerinas del Sur a las que pertenezco y con las que me identifico. Son cuentos unidos a un paisaje, a una forma de ser, a unas tradiciones, a un mundo  peculiar que palpita en la Andalucía profunda de la que nacen. Son como el aceite picual  de Jaén: picantes, amargos…, siempre afrutados. Cuentos que recogen y aúnan religión, amor,  odios, tradición, guerra y muerte…; Son, pues, un zaguán del mundo del olivar y sus gentes.
En una ocasión nos reunimos en Teba (Málaga) unos cuantos amigos y constituimos una Asociación en defensa del patrimonio y la cultura del olivar. Acudimos a la llamada de un médico malagueño, Paco Lorenzo, que tiene, a mi entender, la energía suficiente para inventar un mundo y el culillo de mal asiento para recorrerlo y catalogarlo. Y surgió OLEARUM y nombramos presidente a Paco. Y el ciclón de Paco Lorenzo empezó a catalogar recursos, publicitar museos, organizar congresos, estudiar las  prensas de viga, recopilar trabajos mil sobre el aceite, y desarrollar, en fin, una actividad casi frenética que me dejaba a mi – me nombraron vicepresidente – en la más completa indigencia colaboradora.
Y no solo eso: los socios de OLEARUM resultaron ser gentes variopintas e interesantísimas, de forma que salió una mezcolanza plena de vida, de cultura y de ganas de pasarlo bien.  Si me pusiera a describir las actividades y dones de los socios de OLEARUM  se habían acabado los cuentos del aceite, pero citaré a algunos para que entendáis de que va lo del zaguán: A ver; forman OLEARUM, además de Paco Lorenzo el Presidente, y de mí mismo – el vicepresidente -, Felipe Vegué el veterano aceitero manchego de la pos Guerra; Bernardo el arquitecto, Carmen Ybarra y el encanto sevillano mezclado con reminiscencias vascas; Rosa y Agustín Serer los hermanos de Alpicat y el entorno mágico de su molino…¡ qué buena gente son Rosa y Agustín!; José María Penco y sus Municipios del olivo;  Julio, el médico de Robledillo de Gata, y la hospitalidad hecha galeno; mi amigo Pérez Romero y su tesis Doctoral sobre formas farmacéuticas con aceite; Antonio Galindo el “sietes” y la explosión del vivir;, Ciriaco Castro y su prosa pausada; Cristóbal Lobera y Luis Navarro los científicos; José Luis Calpe y su magnífico museo y…en fin, y aunque parezca exagerado o extraño, nos asociamos allí, en Teba, una treintena de socios tan variados como facetas tiene el mundo del olivo: no hubo oveja negra. Un gustazo. Pero…, como todo, y no hay parva sin granzas, los miembros de OLEARUM tienen eso, su pero: te pones a su lado y te apabullan de actividad e iniciativas, y te encojes y quedas pequeñito y arrugado como la ropa delicada que metes en la lavadora sin bajar la temperatura.  Y acabas que te faltan mangas,  los sobaquillos no encajan en la sisa y, si te descuidas, te salta un botón de la pechera. De esa forma, y desde Teba, el olivarero que os escribe se siente apabullado pues solo  hilvana palabras y poco más. Pero como el que da lo que tiene se justifica en lo que da, pues eso: que prometí escribir un cuento al año y enviarlo como regalo de Reyes a mis amigos de OLEARUM.
            Y como los años pasan que vuelan, en un pis pas tenia en archivo varios cuentos del aceite; algunos ya enviados y otros aguardando Epifanías. Me encontré cuentos un pocos más largos, otros más cortos; unos más elaborados, los más solo pinceladas, y todos ellos con el denominador común de intentar abarcar la magia del olivar y el aceite entre sus líneas.  Un día  me puse a ordenar el disco  del ordenador – qué tarea tan ingrata – y me topé con los cuentos de marras, y los releo y percibo lo del zaguán. En efecto, los cuentos están ahí pero en un ahí próximo a la puerta de OLEARUM, y dentro de mi vida de hombre del olivar que se recrea en su paisaje ubetense o cazorleño. Y aún más: estos cuentos tienen destinatario, lector conocido y amigo. El escribir sabiendo quién ha de leerte facilita las cosas; todo escritor escribe para alguien; alguien anónimo normalmente, salvo en la forma epistolar y de eso también participan estas historias. Al escribir, uno se dirige a un lector para relatar algo que piensa que le interesa. Y en ello confío: en que desde una prosa intencionadamente simple y un estilo despeinado  adrede, os guste la idea de recopilar saberes y adobarlos con la personalidad de Rufo Bonilla, Juan Cagueta, Esperanza la del abrevadero de la Mesta, la Rosa de Puente Viejo, Yusuf el sufí o el burro Granate. Si es así habrá merecido la pena, y desde ya quisiera que dentro de algunos años salga una segunda edición corregida y aumentada del librejo que os presento, que incluya, año a año, los cuentos venideros hasta que Dios, el Misericordioso, disponga. Valgan pues así estas historias que no tienen más pretensión que agradaros, y que mis palabras fluyan como el aceite de oliva cuando abres el grifillo del depósito y cae un chorrito dorado en la botella primorosa: afrutado, amargo, picante.
Para terminar con esta introducción, deseo expresar mi agradecimiento al centenar de personajes que aparecen en estas líneas; como es lógico son fruto de mi imaginación, pero se sustentan en recuerdos y añoranzas de gentes reales – los más – que he conocido y tratado. Otros no; La Esperanza, La Soledad, el bueno de Yusuf el sufí,  el burro Granate o Rufo Bonilla personalizan ambiciones, aspiraciones o deseos. Lo que sí es cierto es que a ninguno de ellos les he pedido permiso para aparecer aquí, y lo menos que puedo hacer es darles las gracias. Gracias, amigos, por acompañar a este hombre que os ha creado por los olivares serenos de Andalucía.
Ah, se me olvidaba. Debo dar las gracias expresamente al Caminante. Ya lo iréis conociendo cuento a cuento, relato a relato. El Caminante no es un personaje, ni  relata nada, ni tiene relación aparente con el aceite. El Caminante no es; simplemente está, y no por mucho tiempo. El Caminante ve, murmura…, pasa. Pero pasa y juzga, analiza y juzga; y como resultado de su pasar y de su juicio, cuando se le antoja, dice algo; algo así como un murmullo o una queja. Luego se va y ya está…, hasta el cuento siguiente. La verdad, no acabo de identificar al Caminante, ni logro encajarlo en ninguna parte. Lo que sí sé es que al final, cuando acabé de escribir este librejo, supe que el Caminante era mi amigo, y que sus murmullos tenían un mensaje oculto que yo debía descifrar. Gracias, Caminante.