CUENTO VERÍDICO DEL
REFUGIO DE MONTAÑA, EL EMPLASTO DE TOMILLO,
LA UNTURA DE ACEITE DE OLIVA, Y EL POLVO INEVITABLE.
Queridos amigos de OLEARUM
Este es el tercer cuento que os envío al finalizar el año. ¡ cómo pasa el tiempo!
El dos mil nueve quedará en el recuerdo como el año de la crisis. Año de
crispación, año de ruinas mil, agnus horribilis que diría Dñª Isabel. Blanquea
bien el cortijo, decía mi padre cuando arreciaba la sequia; la pertinaz sequia
que diría Franco y que mi padre dejaba en sequia precisamente a secas. No le
pongas calificativo a la sequia; La sequia no está, la sequia es. Blanquea el
cortijo, Félix; blanquéalo dos veces si hace falta pero que no te falte nunca
para cal.
Pues algo así quiero yo hacer en este cuento: blanquear el
año, vestirlo de amapolas y de espliego. Espaciarlo en susurros de agua de las
fuentes de la Alhambra, y acurrucar el ánimo en aroma de jazmines. Que el dos
mil nueve se acabe - lo estoy deseando-
pero que se acabe con una sonrisa esperanzada. Que las lámparas de aceite del
día de los Santos sean ritmo y vida y que los malos tiempos se los lleve el
viento y los esparza como el polen en
mayo.
Este cuento es un cuento
verídico que me contó un amigo de Murcia que se quedó aislado un fin de
semana en un refugio de Sierra Nevada con la novia.
-
Menos mal que teníamos aceite, me dijo. Si no es
por el aceite allí las pringo, aunque la verdad: pringado, lo que se dice pringado
quedó para su bien que me dijo que la pringue de aceite es de las mejores
experiencias del mundo.
Así que con crisis o sin crisis, con ruina o sin ruina, con
trabajo o sin trabajo, que no os falte jamás una garrafita de aceite de oliva
virgen extra. Y ahí va sin más preámbulos el cuento del refugio de montaña, el
emplasto de tomillo, la untura consiguiente y el polvo inevitable.
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Cuando Antonio pegó una costalada en una bañera de la pista
de las Víboras, y cayó al barranco perdiendo los esquís, y casi la vida, la tormenta de nieve aún no había
comenzado.
-
Debo tener una pierna rota, le dijo a Raquel
cuando llegó a su lado: me duele la cadera, el brazo, el cuello, el tobillo, la
pierna… Pide auxilio Raquel; pide auxilio: que venga la camilla, el helicóptero
o lo que sea; ¡pide auxilio que me muero!
-
No será para tanto, hombre, no será para
tanto. En lo hondo de las Víboras hay un
refugio. A ver si llegamos que la tormenta está encima y el asunto se pondría
feo si nos pilla.
-
¿Cuánto queda?
-
Media hora si dejas de hablar y te levantas.
Anda, apóyate en mi brazo e intenta caminar.
-
¿y los esquís?; ¿y la mochila?
-
Déjate de mochilas y camina que nos queda un km
por lo menos. Si no llegamos al refugio, despídete.
Y comenzaron un descenso
peligroso, dolorido, largo. El viento arreciaba y la nevada no tardaría en llegar. Hasta las siete no
paraban los remontes y los echarían de
menos como pronto a las diez. Había que llegar al refugio; había que llegar.
Dolorido, aporreado, herido, exhausto pero había que llegar. Y así fue con la ayuda de Raquel, los
quejidos del novio y la sensación de necesidad imperiosa de no desfallecer. Anochecía
cuando llegaron al refugio.
Creo que a partir de aquí lo
mejor es que Raquel nos cuente lo que pasó, que yo no estaba allí y no quiero
inventar intimidades; así que le cedo la palabra:
Yo soy Raquel la novia del Antonio y os cuento lo que pasó:
Pues sí: llegados al refugio,
tras los sufrimientos antes dichos, comprobé
que había leña en un rincón, dos panes duros en una orza, un trozo de hueso de
jamón y un bote que en su tiempo tendría miel. En el suelo junto a una especie
de alhacena había una garrafa de aceite y un poco más allá un botiquín colgado
a la pared. El botiquín tenia agua oxigenada, unas vendas, esparadrapo, unas
tijeras y un paquetito de algodón. Por
decir algo le pregunté a Antonio, al que había estaba recostado junto al aceite:
-
¿es de oliva?
-
Si,
parece que sí contestó el herido ¿Por qué lo preguntas?
-
Porque mi madre hace un emplasto de aceite de
oliva con tomillo y aulaga para las heridas y es lo único que tenemos a mano
aparte del agua oxigenada.
-
Lo malo es que no tenemos mechero y solo quedan
dos cerillas en la caja de mistos de la
chimenea, dijo el optimista de mi hombre...
-
Tranquilo, tranquilo, le contesté. Lo primero
que voy a hacer es poner un platito de aceite con lamparillas. Hay que recortar unos cartoncitos y ponerles una torcida
de algodón. Luego los echamos en el plato como hace mi madre el día de todos
los Santos y tendremos luz y fuego. No no podemos permitir quedarnos sin lumbre…
-
Oye, pues tu madre lo hace todo con aceite
-
Pues sí, y prepárate que también entablilla las
cabras y me parece que esta pierna está
rota; y le eché la mano al muslo a ver cómo iba el asunto.
Ya lucia el platito de aceite
cuando quise encender la lumbre. Había gastado una cerrilla tan solo con lo del
plato, y con la llamita de la lamparilla encendí el fuego para los troncos. Vano intento. La leña húmeda se resistía a arder y el frio
intensísimo de la noche se colaba en el
refugio como los ratones en las madrigueras.
-
O enciendes pronto o nos morimos - dijo Antonio –
-
Lo intento hijo, lo intento; Haré como hace mi
madre: que sale y coge unas piñas de pino, les echa un poquito aceite y prende
al momento.
Pero al abrir la puerta, una
ráfaga de viento apagó las llamas del plato y la pareja se quedó con una sola
cerilla y su garrafa de aceite. Raquel
volcó un poquito en el resto del cartón de la caja de aceite; lo colocó todo
bajo los troncos y zás, con la respiración entrecortada, raspó la última cerilla. La llamita, tímida, como los primeros besos, prendió en el cartón
impregnado y suavemente, acariciando las cortezas de la leña de olivo, subió esbelta como la pasión del adolescente
tras los besillos iniciales que antes decía.
-
¿Ves?, ya tenemos luz y fuego. Si no fuera por
el aceite estábamos listos. Prepárate que te voy a curar.
Salí a la puerta del refugio y con la última luz del atardecer atiné a dar con
una mata de tomillo, espliego, y unos tallitos de romero florido; Volví a
entrar triunfante y le pasé a Antonio la cosecha de aromas por la nariz. Le
gustó aquello. Así que trituré las plantas en un mortero muy despacito moviendo
el pistilo en sentido opuesto a las
agujas del reloj. Era un pistilo de
bronce de un mortero de adorno y preparé, al mismo tiempo, un perol con dos
dedos de agua y el mejunje vegetal descrito.
-
Así lo hace mi madre, dije una vez más para
animar al Antonio pues nunca presté
mucha atención a las cocinicas de mamá
-
¿Qué ronroneas? – dijo Antonio–
-
No ronroneo nada; es que esto se lo vi hacer cuando la potra metió el casco
en el cauchil del patio...
-
Deja de hablar de tu madre e intenta buscar algo
para pedir ayuda.
-
Pues sí que pides tú poco. Los telefonillos iban
en las mochilas, y las mochilas tendrán ya medio metro de nieve encima en el
fondo del barranco. No te apures que ya nos buscarán. Vete desnudando que el
emplasto está a punto.
-
¿Qué me
desnude?
-
Sí; que te desnudes, que te quites la ropa, que
te voy a curar.
Y viendo las mojigatas que hacia el muchacho al
desabrocharse la camisa y sobre todo los pantalones, pues eso: que la moza se
lanzó y dejó a Antonio en pelotas en menos de un segundo y lo tumbó boca abajo en
una estera de esparto cubierta con una
manta junto al fuego.
-
Así, boca abajo no se te ve na…¿tranquilo?; Como
almohada te pongo la garrafa de aceite.
-
Joder, Raquel: que la pleita del esparto se
clava…
-
Bien, bien, bien; si se te clava la pleita es
que no te duele el hueso. Si tuvieras el
hueso roto la pleita no la notabas..., en ninguna parte. ¿a que la vas notando?
-
Coño, así visto …, pero ahí no hay hueso
-
Lo mejor es que te cures y ya veremos lo que
clavamos y donde ¿no te parece…?
-
No te entiendo
-
Mejor que no me entiendas, merluzo, que eres un
merluzo…
Mientras, sobre unas
trébedes, el cocimiento de yerbas humeaba,
y unos minutos más tarde, evaporada el agua, quedaba en el fondo del cazo una pasta homogénea y parduzca.
Raquel vertió medio vaso de aceite en el
mortero y, como antes, muy despacio, poco a poco, y en sentido opuesto a las agujas del reloj fue elaborando una pasta
homogénea que al menos, pensó Antonio, olía bien. Terminado el mejunje limpié el cazo, calenté agua y le eché a la
pasta unas gotitas de agua oxigenada del botiquín. Al resto del agua le añadí
unos picatostes que había frito con el aceite de oliva y el pedazo de hueso de
jamón.
-
No te quejes ni una miajita ahora, advertí de
entrada. Voy a ver de verdad si tienes
algo roto.
Y palpé los tobillos y la rodilla
presuntamente lastimada, y las caderas y los brazos y el pecho, y bajé algo más… y el Antonio alzó la voz y
dijo:
-
Quieta, quieta paleta, que te veo las
intenciones, y no estoy yo para bromas. Ni un milímetro más abajo que no
respondo.
Pero no le hice caso, que a
palabras necias oídos sordos; así que limpié concienzudamente los cuatro arañazos de
Antonio, y alguna que otra herida de poca consideración, y continué con la
administración del emplasto, ahora sobré otro pistilo que también moví
cuidadosamente en sentido contrario a las agujas del reloj, pistilo que no voy a describir.
-
Oye tú, le dije al Antonio acariciando el
instrumento pistilo adormecido: me parece que lo único que tienes medio roto es
precisamente esto.
Y volví a acariciarle el pecho y
los pezones y bajé un poquito hacia el ombligo para llegar de nuevo con la
punta de los dedos a las partes de mi Antonio, de forma que froté despacio hasta
sacarle brillo a casi todo con el aceite
limpio de la garrafa; y visto que el pistilo de mi Antonio se remediaba con el
masaje dicho, me metí bajo la manta y me
moví al compas de las llamitas del platillo de aceite. Luego, unos instantes
después, me perdí entre los brazos del Antonio hasta quedar dormida en un
paraíso que siempre asociaré al aroma a sierra, a la noche y a la libertad que
inundaba el refugio con el emplasto de aceite. En fin, que reposada la “cura
del emplasto” cenamos una rica sopa con
picatostes de pan duro y se nos tomamos una torrijita de pan aceite y miel.
Cuando al día siguiente llegaron
los auxilios, Raquel le dijo a su madre:
-
Madre, lo he hecho todo tal como tú me has
enseñado. No me faltó de nada; tenía a Antonio para curarlo y una garrafa de
aceite de oliva.
Y la madre contestó:
-
Vaya tú, así cualquiera; yo me las tuve que
apañar con una de girasol cuando…y se volvió y miró a su hija…, recordó una
historia parecida – estoy segura – y… no
dijo ni una palabra más.
En aquella ocasión el Caminante
se marchó ronroneando la primera estrofa de un soneto de Lope de Vega que dice
así:
Virgen hermosa, oliva cuyas flores
dieron al oleo que nos da la vida
cándida aurora, que del sol vestida,
cielo y tierra cubrió de resplandores.