domingo, 17 de febrero de 2013

CUENTO DE LA PANADERA, EL PROCURADOR, EL COADJUTOR Y EL ESTUDIANTE DE DERECHO


CUENTO DE LA PANADERA,
EL PROCURADOR,  EL COADJUTOR
Y EL ESTUDIANTE DE DERECHO





Hace muchos años, tantos que casi nadie se acuerda  , pasaba plácidamente sus días por este Sur de España un cincuentón de buen ver. Propietario de unas tierras ya menguadas por la sucesiva división de la hacienda de sus antepasados era nuestro hombre un honrado ciudadano amante del buen vivir. Unos cientos de olivos, y unas fanegas de frondosa dehesa constituían , junto a la casa  de su madre, el patrimonio de D. Julián Sanjuan y Vargas procurador de profesión y señorito de vocación. Las malas lenguas hablaban del apellido Sanjuán como relacionado con judíos. De ahí los dineros del abuelo , decían los cristianos viejos .  Prestamistas y usureros , afirmaban otros. Indultados por Fernando VII de las partidas  afirmaban los mas . Los Sanjuán, unidos por casamientos a la familia de los Vargas, llevaba mas de cien años asentados  en una rica comarca del  Sur de España . Gente de orden en un pueblo de encaladas casas  aseadas con ventanales y rejas adornadas con macetas. La casa de los Vargas y algunas otras principales del pueblo estaban blasonadas  y sus puertas principales asomaban sus patios de aspidistras a las callejas  que  conducían a  la iglesia.

Hizose el Vargas en sus años mozos procurador de los Tribunales tras fracasar su vocación de registros, pero no ejercía la procuraduría   sino que  pensó que era mejor procurar para si , de forma que cumplida su juventud con mas juerga que trabajo ordenado adentrose en mundo de braguetazo, el casamiento de ventaja y administraduría de fincas.

 Casose con una prima de rancio abolengo ya desfogado y treinteno, y pronto comprobó como los naipes , la juerga ,y algún que otro negocio turbulento, menguaban su fortuna .

Al quedar viudo  buscó un segundo casamiento ventajoso con una moza de armas tomar: joven, maciza , carnosa y adornada de una fuerza y una lozanía excepcionales.  Para colmo de bienes era rica heredera del panadero del pueblo, villano como pocos  pero acaudalado de pro. Baste decir que la moza - Dñª Emilia -  venia al matrimonio con fama de baqueteada y  tigresa . Era mas joven que el procurador  y aunque no niña estaba  entrada , y de que forma, en el calor de la juventud .

Sabia Sanjuan de aquellos ardores, pero creyó poder calmarlos ; a ellos y  a los de sus acreedores que pululaban sobre la lastimera situación de su hacienda. Ser yerno del panadero  taparía mas de un descosido de su capa así que, sin mas meditamentos, pidió la mano de Dñª Emilia, arregló con Fabian ( el panadero ) los asuntos mas perentorios y desposó a la moza .

 Ni de esta, ni de su primera esposa  tuvo nuestro hijosdalgo sucesión, así que su casa , blasonada casa como correspondía a su  prosapia y hemos dicho , guardaba entre sus muros  la alcurnia y el abolengo de los Vargas y un intenso silencio, un silencio claustral , un silencio delicioso para D. Julián  que escuchaba desde el  alba  a la puesta del sol el cuchicheo de los pájaros de perdiz que colgaban en un muro soleado del corral  . Además del silencio, la casa de los Vargas guardaba  otros secretos. De lustros atrás guardaba el secreto de como llegó un Sanjuan a emparentar con tan ilustres castellanos , o de como , y por qué, se acomodó entre aquellos muros el general Sebastiani, o, simplemente,  de como reventó una moza entre fajas y ballenas por no aparentar una preñez.

 De tiempos mas recientes existían intimidades , secretillos  - mas bien ya secretos a voces -   propios de la situación económica de  D. Julian que había renunciado a trabajar, pero no a la vida y relaciones de los Sanjuán en generaciones pasadas. Los tejados de la casa necesitaban limpieza, las rastras de los voladizos sustitución ,  las paredes una mano de cal, el corral gallinas , el pajar paja , y un par de mulas que aún quedaban en la cuadra necesitaban algunas carnes en sus huesos.

Era pues el casorio urgente para la hacienda del Sanjuán  aunque no lo fuera tanto para las ansias y las fuerzas del hijosdalgo . Y es que los ardores de la moza no los calmó el cincuentón. A la semana del casorio D. Julián se refugió en una crisis de  lumbago que mas fue  salvación del procurador que otra cosa , que si no llega - y media  el medico y el alcohol de romero -, allí fenece la procuradoria. . Y es que Dñª Emilia se destapó sus furias . ¡Que poderío de hembra en su luna de miel.! Que bravura de moza sobre el colchón.  Quedó la cama deshecha al primer envite, las mantas rodaron por el suelo, los muebles dislocados, D. Julian aturdido y la panadera ondulando sus panes sobre un procurador en retirada. Aquello no eran tetas , aquello era mas : aquello era un vendaval macizo como dos medios mundos que bailaran sobre una Vía Láctea al ritmo del jadeo. Y el dale y dale, y las vergüenzas del Vargas asomando ridículas a la explosión galáctica de la moza en flor. Así , D. Julian intentaba seguir ajetreo de la esposa  sacudiendo su imaginación en un éxtasis vertiginoso que pasaba del placer a la desesperación, de la desesperación a la vergüenza y de la vergüenza a un lastimoso moco de pavo con el que huía por los pasillos y patios de la casona perseguido por la panadera rebosante . Hasta los pájaros de perdiz detuvieron su canto proclamo.

Pasada la tormenta , y aliviada la situación por el lumbago providencial sobrevenido regresaron al pueblo.  Anunciado estaba el encalado de la casa  y el parcheo de la fachada y el tejado, solo que el remedio de acudir al suegro como tapagoteras no fue  afortunada . A las primeras de cambio el panadero asentó posiciones.  La negativa que recibió el hijosdalgo a tapar el primer goterón  apremiante a consta de los bollos de la panadería , puso las cosas en su sitio. No eran agujeros los que aquel apaño iba a tapar , no. Al menos en la casa de los Vargas habría de cubrirlos o disimularlos el procurador. Así lo dijo Fabian, y así lo cumplió , como hombre de palabra que era. Ni un duro, ni un duro , se lamentaba nuestro hombre cuando exhausto de los amoríos de la lozana se refugiaba en retirada en el pajar. En cuanto a la edad del panadero, próxima a la de D. Julián , nada hacia presagiar  herencias salvificas. Así fue como la vetusta casa de los Vargas se preparó para aguantar goteras y añadir secretos a su centenaria historia.

 Como las cosas llegan a su sitio y las aguas a su cauce, casi sin querer queriendo Emilia acabó   matando sus ardores  con  un vecino mozo que saltaba la tapia del corral  y allí se refocilaba con la ardorosa procuradora que acudía no precisamente para coger los huevos de las aves. Todo ello amparado  por el silencio de los patios  de la casa, y por las prolongadas ausencias de D. Julian que acudía a su hogar exclusivamente a comer y a dormir alarmado de los trabajos a los que era sometido en su domicilio si el lumbago no salía en su auxilio.

 Una vez al mes marchaba D. Julián a Sevilla  a rendir cuentas de la administración de una finca  de los Marqueses de X , colindante a la suya, lo  que en teoría no le reportaba los dineros para vivir  pues llevaba las cuentas , según él,  por amistad y sin cobrar un céntimo. ( Eso sí : que se sepa jamás hubo olivos tan portentosamente fruteros , ni dehesa donde se mataran mas perdices que en la suya. )

 No eran pues excesivamente arriesgados los amores de la panadera y el estudiante ,  - que estudiante era y  de Derecho  el galán de la señora -  en las corralas y el pajar de la casa de los Vargas durante los meses de verano . Saltaba el mozo. Aguardaba ella en posición de faena. Se arrullaban, se gozaban, se citaban para luego : a las tres en la siesta del procurador , a las siete en la hora de la visita , a las diez en los días de ausencia, a todas horas siempre que terciara. Adelgazó el  estudiante  bien cierto. Resintiose el Civil y el Romanillo sin duda, y todo ello en un progreso rebosante de la salud de Dñª Emilia que cada día estaba mas tersa, mas activa, mas maciza y mas seductora. 

Para justificar su conciencia  de empresario activo y diligente, D. Julián había adoptado la costumbre de vigilar su patrimonio, y para ello ( y para acomodarse a los avances de la ciencia) había adquirido en Sevilla unos prismáticos  con los cuales, desde el mirador de la plaza  observaba sus olivos y los de los Marqueses de X . Lastima, eso sí, decía D. Julián , que desde el mirador no se alcanzara mas que el tejado de la casa de los Vargas, pues si no ,  tomando su café , podía vigilar sus posesiones : sus olivos y su coto . Si hubiera alcanzado el pajar, hubiera podido ver  el monte embravecido de la esposa al que desde luego  el estudiante daba toda la labor que merecía la finca, pero ya digo : desde allí no alcanzaba la rasante del trípode.

            En invierno la satisfacción de la procuradora era mas complicada.  El estudiante marchaba a Granada y Dñª  Emilia languidecía maldiciendo  las Leyes Mercantiles

 Viendo Emilia que el lumbago no mejoraba,  y ante la inminencia del próximo curso y la marcha de su mozo a Granada, tomó la decisión de arreglar el asunto y solucionar el angustioso invierno que se avecindaba sin estudiante y sin marido, así que una mañana, partido que fue su esposo a su correría habitual  se puso el velo, cogió la calle, llegó a la plaza de la Iglesia - mientras su marido desayunaba - y se sentó a su lado.

·      He pensado, le dijo a D. Julián , lo mucho que trabajas y cuantas son tus responsabilidades . Mas aún con este lumbago terrible que te aqueja. Las fincas, la Romana, los Marqueses, los asuntos del Casino…, las ovejas …,  debías descansar.
·      ¿ Descansar.., cómo ?.. ¡ Mujeres!

            Emilia cogió los prismáticos y distraídamente  se fue al mirador .

*                     D. Gerardo, el párroco , esta viejo . Le han mandado ayuda.  El coadjutor nuevo  - dijo - , tiene poco trabajo. Desde aquí vería cualquier movimiento del pueblo
*                    -  ¿ estas loca ?
*                    - . No puede decir nada : no te alarmes.  Bajo secreto de confesión no podría hablar de la Romana …, ni de las ovejas …, ni de los carros de aceituna que equivocan el camino…; ¿ no crees ?. Tendrías mas tiempo para ir al Casino …, a Sevilla los viernes …, los lunes regresarais mas relajado .

            Julián la miró con admiración contenida. ¿ por qué no ?. Una semana después el coadjutor tenia unos prismáticos y un encargo.

*                     - Desde el campanario , Sr. Coadjutor - dijo Emilia - tiene Vd. un mirador sin rasante . Puede Vd. ver las fincas de mi marido , y hasta la propia casa. Vaya : cantar los pájaros de perdiz si le apetece.

 A las doce subió el coadjutor al repique del Ángeles. Villanueva se divisaba casi perpendicular,  casi completa, casi transparente. En ese momento German - el estudiante de Derecho -  saltaba el corral de las gallinas y la procuradora lo esperaba en un gran montón de paja - que justo alcanzaba la visión desde el campanario de la Iglesia. Se diría que lo habían puesto allí para que él -  el coadjutor - pudiera ver a la procuradora desnuda como la parió su madre, con los pechos tiesos y las piernas entreabiertas. Aguardó el coadjutor un asalto antes de bajar por la escalera. Estaba trastornado , excitado , absorto en las caderas ondulantes de la panadera que avanzaban y retrocedían como los álamos de la Romana en días de vendaval. Hasta octubre se repitió la historia del amor arropado en los toques del ángeles, y hasta octubre el coadjutor permaneció absorto en el jadeo y en la brisa , y en las bocas y en las almas. Y se enceló de tal manera que no había horas mas que para Emilia, ni noches que no fueran de amor cálido , arrullante, permanente. Como los pechos de la panadera. Como el sol que se ponía justo tras la Torre de la Iglesia e iluminaba de rojo el corral de D. Julián.

Cuando la Alsina , marchó a Granada con el estudiante liberado y el macuto lleno del Serafini y el Castán, la procuradora  acudió  a tomar el sol a su rincón de siempre bajo el sol tibio y el arrullo del veranillo del membrillo. Aquel viernes D. Julian se había marchado a Sevilla. Sonaron las doce como el eco próximo  de cien badajos anchurosos de la Giralda en mayo. El coadjutor no tuvo que saltar por la tapia. La cancela del zaguán  estaba entreabierta como las piernas de la procuradora.

Y fue así como la panadera se consoló en verano con el estudiante y en invierno con el coadjutor mientras su marido procuraba en el Casino todos los días, y los fines de semana deambulaba por Sevilla.  No son buenas las segundas nupcias , dijo el uno.  Desde luego aseguró el caminante, y en ese momento  acabó su narración . Se levantó, tomó su bastón , y se alejó hacia el poniente.


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