Queridos amigos: esta es una
historia más larga y diferente a los cuentos hasta ahora recopilados. La tenía
por ahí pergeñada en cuartillas inconexas y le he dado, más o menos, forma. Os
la va a contar la propia Rosa, su novio
el Caguetilla, Francisco el mulero mayor, y el Serrano, el arrendatario de una
finca cordobesa. Yo simplemente os pondré en antecedentes y luego les cedo la
palabra. Es una historia intensa que espero situéis en su contexto histórico y
geográfico: estamos en la Campiña de Córdoba en los inicios de la Guerra Civil.
Quiera Dios que nunca jamás se repitan hechos como los que aquí torpemente
relato.
En el Cortijo del Puente
Viejo vivió la Rosa hasta finales de
julio de 1936. La Rosa, la hija de Floro y la difunta Ernesta, era una moza de veinte años de piel aceituna y
ojos negros. Y lo que pasa: que la Rosa y el Juan, el hijo de Cagueta, llevaban enamorados desde al menos cuatro
primaveras; es decir, un par de años antes de que Juan Caguetilla dejara el
Seminario. Porque Juan fue seminarista y
era, a los ojos de la gente del Puente, un curilla arrepentido y maestro por la Normal de Córdoba. Lo del
curato se lo había pagado una marquesa
propietaria, además del Puente Viejo, de otro cortijo por Almodóvar del
Rio, con Iglesia, capellán y monaguillos. Y el Caguetilla fue criado de la
Marquesa, pinche de cocina y monaguillo espabilado y juguetón. De monaguillo al
Seminario fue todo uno pues en aquellos tiempos los pobres estudiaban así: de paniaguados
de un marques o una marquesa. Luego, tras cuatro o cinco años paseando por Córdoba con sotanilla y beca
roja, dejaban el curato, convalidaban el bachiller y se pasaban a la Normal. Juan
terminó sus estudios de maestro en junio del treinta y seis y concertó con
Floro y la Rosa casarse en agosto
para empezar la docencia en el
próximo curso en Castro. Su tutora, la susodicha marquesa, había arreglado las
cosas de manera que Juan tendría plaza de interino en Castro en tanto sacaba
las oposiciones.
Pero a la Marquesa y su familia los
asesinaron en Almodóvar a hachazos por mor del Alzamiento y ser marqueses en
zona roja. Así que los planes de Juan y Rosa se fueron al traste y a la pareja
se le vino el mundo encima; y más cuando el Cortijo del Puente quedó en zona de nadie
y Córdoba capital, con el Caguetilla
apañándose unas clases particulares, en
zona franquista. Muchas zonas me han salido, pero así era la situación en
lugares de linde, de frente, de litigio de guerra. No más de diez km. separaban
a los enamorados, pero diez km. de odio, asesinatos, fanatismo y muerte.
Cierto que esta es una historia
“diferente” a los cuentos de Navidad que he recopilado en este librejo. No
es un cuento de “Navidad”; es una historia sucedida en la Navidad de 1936,
pero no un cuento de Navidad; ya digo,
creo que la Historia de la Rosa y el Caguetilla es la concreción del amor y
desamor a un nivel tal que más parece un relato rajado y punzante que una
historia de Noche Buena. Finalmente quiero advertir que los lugares y
hechos no coinciden con los recogidos en
el cuento; simplemente he colocado en un escenario posible a los protagonistas
en las operaciones iniciadas por las fuerzas franquistas en diciembre de 1936.
El fondo de lo ocurrido sí que se ajusta a las causas y aconteceres de aquellos
inicios de la Guerra Civil. La historia personal de Juan y Rosa me la contó un
ex requeté hace muchísimos años. No tengo motivos para dudar de su veracidad y
como es lógico los detalles son míos. Quiero, además, manifestar que abordo el
relato con la pretensión de apartarme de
las causas de una Guerra que ha de verse por unos y otros como la mayor
desgracia acaecida en nuestra España en siglos. Mis fuentes, y la
interpretación de la historia, no permiten una neutralidad plena; pero aquí no
intento historiar nada, pretendo simplemente contar cómo una partida de aceite
marcó la vida y la muerte de una pareja maravillosa, a la que quiero dar la
palabra en este cuento. He vivido enamorado de estos sucesos durante años dudando el marco en que debía
conocerse. He decidido al final escribirlos
como cuento porque los cuentos permiten incorporar la magia al relato, y el
amor tiene siempre un componente mágico; un algo incomprensible y misterioso
que transforma lo cotidiano en murmullo y lo épico en sangre derramada por eras
empedradas en el cielo. Pero ruego encarecidamente a quien lea estas líneas que
no saque más conclusión de mis investigaciones que una: el amor vuela por
encima de todos los conflictos, los supera, los envuelve y los lleva a la nada.
El amor es mucho más que cualquier interés o poderío, el amor es lo único
que mueve montañas. Para terminar esta introducción del cuento quiero aclarar que no
pretendo remedar a S. Pablo en sus cartas sobre el amor. El amor, en mi opinión
y en esta historia por supuesto, es ante todo pasión desbordada, piel
acariciando piel, labios que se hacen cuna para recibir la lengua de la amada, o el amado, y deseo y sexo y brazos enlazados
en el éxtasis. Así fue el amor del Juan y de la Rosa, y así intentaré
contároslo a vosotros,
1.
De lo
que pasó en el Puente Viejo
Mañana seguiré que no se os haga pesado.
Al producirse el Alzamiento de 1936,
la recolección de los cereales en la campiña Cordobesa estaba en su
auge. Los trigos, ya segados, formaban hileras prolongadas de gavillas sobre el
rastrojo, y por los campos de la campiña se veían los carros camino de las eras. Hasta el 18 de julio la rutina de la siega,
la barcina y la trilla seguía su marcha. Cierto que desde el triunfo del Frente
Popular la tensión social en los latifundios andaluces había crecido y la
reforma agraria de la Republica planeaba sobre las anquilosadas estructuras
agrarias de Andalucía; pero hasta el Alzamiento las cosas funcionaban según
costumbre. En el Puente Viejo vivían de
fijo ocho familias: las de Andrés el capataz; las de los dos guardas: el Floro
– padre de Rosa - y uno contratado de varada; y también tenían casa en el Puente la
familias de tres pastores – dos de las
piaras de ovejas y la del porquero; Sin casa pero con contrato de fijo se alojaba
Francisco, el mulero mayor, viudo
y al amparo de Juana la casera, parienta suya ,
y su marido Enrique. Además de esta gente había instalados en dormitorios de hombres o
mujeres quince muleros, dos tractoristas y el pensador - que no es que pensara,
sino que echaba pienso a los mulos -. He dicho tractoristas, sí; la Marquesa
compró dos Jhon Dere de aquellos que tenían las ruedecillas de delante juntas y
que tiraban de las galeras en la barcina. Las galeras forman como veremos parte
de este cuento. En agosto, además de los
fijos y los eventuales, dormían y recibían rancho en la hacienda treinta o
cuarenta hombres más: quince barcinadores, diez o doce peones de era, otros
ocho o diez auxiliares de de aviente y cinco o seis pajeros. La dotación de
personal la completaban seis o siete
zagalones sueltos encargados de atería, agua
y recados. Tres hombres tenían un estatus especial: el guarnicionero y
un par de manigeros a las órdenes directas del capataz. Finalmente y a las órdenes
del Serrano o de la Marquesa – cuando estaba en la Hacienda – trabajaban un número
inconcreto de doncellas de servicio, cocinera, ama de llaves, cuerpos de casa,
doncellas y criados al cuidado de la
huerta, las gallinas, los perros y lo que se mandara. La siega había concluido,
pero la siega era mundo aparte: los segadores trabajaban por contrata a tanto
la fanega y dormían y vivían en el tajo. Eran cuarenta hombres que doblaban el
espinazo de sol a sol y se abastecían de ranchos preparados en el Puente y
llevados al tajo en una de las galeras. En 1936 ya se había inventado la
segadora mecánica, pero la oposición de los trabajadores impedía su uso.
Terminada la siega muchos quedaban de
peones de era y alargaban los jornales de verano.
Independientes de este personal
acampaban en el Puente Viejo, y en los demás cortijos de la comarca, los
espigadores y espigadoras que recogían las espigas dejadas en el campo en la
barcina. Solían vivir en chozas levantadas en los sotos junto al Guadajoz y
cerca del vado donde se remansaba el rio. La marquesa les traía sustento y les cedía
un pegujal de huerto a cambio de media espiga contada en sacos de
recolecta.
El cortijo era, pues, un
hervidero de gente, un mini pueblo organizado alrededor de la comida de la
casera para los hombres de varada y la estabilidad de las familias asentadas en
la finca. Los espigadores eran, como los segadores, mundo aparte.
Aquella hacienda tenia pues más
de cien personas trabajando en campaña.
Una galera tirada por un par de mulas romas partía al amanecer hacia Córdoba
con encargos, aterías, cartas que echar, gente enferma, ancianos y niños de
visita y en fin, que la galera era el cordón umbilical del Puente Viejo y la
ciudad. A la tarde regresaba al Cortijo, se plantaba en la lonja, e Indalecio, el galero, repartía la
correspondencia, el tabaco, algún que otro ungüento y los encargos todos
traídos de Córdoba.
Todo aquel barullo funcionaba
bien: la casera guisaba ayudada por la mujer de un mulero y una mujer de siega
– nombrada por los segadores quiero decir – La casera preparaba ajo blanco,
gazpacho, salmorejo, pisto, huevos revueltos, melón, sandia, peras, migas y
pan. Alternaba los platos según el día y cuando había cocido sacaba ropa vieja,
o de los restos del salmorejo sacaba gazpacho. El plato de más enjundia era un
cocido de garbanzos con pringue de marrano o carne de las ovejas de
desecho. Un buen lebrillo hacía de
fuente en el parral de la cocina y los hombres seguían la costumbre de comer
cuchará y paso atrás. Las bestias se pensaban directamente trabadas en la era. Los
hombres bebían al anochecer y todos, a las órdenes del capataz, conocían su
tarea de memoria. Las borracheras estaban prohibidas en el caserío, pero los
más se alejaban hasta el soto y allí tomaban su trago o esperaban las criaturas
su turno para vérselas con la Ester que venía de Espejo.
Todo, ya digo, funcionó bien
según costumbre – aunque sin la misa de los domingos que oficiaba en años
anteriores un franciscano paniaguado de la marquesa - hasta aquel julio
fatídico de 1936. Pero a los efectos de este cuento sería mejor presentaros a
la Rosa y que ella os diga lo que pasó
en el Puente, y en Bujalance y finalmente como llegó a Porcuna. Así que como
esto es un cuento, y yo lo escribo como me da la gana, pues de momento le cedo
la palabra a la Rosa y ya está.
Mañana seguiré que no se os haga pesado.
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