martes, 5 de febrero de 2013

HISTORIA DE ROSA, LA DEL PUENTE VIEJO Primera Parte



Queridos amigos: esta es una historia más larga y diferente a los cuentos hasta ahora recopilados. La tenía por ahí pergeñada en cuartillas inconexas y le he dado, más o menos, forma. Os la va a contar la propia Rosa,  su novio el Caguetilla, Francisco el mulero mayor, y el Serrano, el arrendatario de una finca cordobesa. Yo simplemente os pondré en antecedentes y luego les cedo la palabra. Es una historia intensa que espero situéis en su contexto histórico y geográfico: estamos en la Campiña de Córdoba en los inicios de la Guerra Civil. Quiera Dios que nunca jamás se repitan hechos como los que aquí torpemente relato.
En el Cortijo del Puente Viejo  vivió la Rosa hasta finales de julio de 1936. La Rosa, la hija de Floro y la difunta Ernesta, era  una moza de veinte años de piel aceituna y ojos negros. Y lo que pasa: que la Rosa y el Juan, el hijo de Cagueta,  llevaban enamorados desde al menos cuatro primaveras; es decir, un par de años antes de que Juan Caguetilla dejara el Seminario. Porque Juan fue seminarista y   era, a los ojos de la gente del Puente, un  curilla arrepentido  y maestro por la Normal de Córdoba. Lo del curato se lo había pagado una marquesa  propietaria, además del Puente Viejo, de otro cortijo por Almodóvar del Rio, con Iglesia, capellán y monaguillos. Y el Caguetilla fue criado de la Marquesa, pinche de cocina y monaguillo espabilado y juguetón. De monaguillo al Seminario fue todo uno pues en aquellos tiempos los pobres estudiaban así: de paniaguados de un marques o una marquesa. Luego, tras cuatro o cinco años  paseando por Córdoba con sotanilla y beca roja, dejaban el curato, convalidaban el bachiller y se pasaban a la Normal. Juan terminó sus estudios de maestro en junio del treinta y seis y concertó con Floro y la Rosa  casarse  en agosto  para  empezar la docencia en el próximo curso en Castro. Su tutora, la susodicha marquesa, había arreglado las cosas de manera que Juan tendría plaza de interino en Castro en tanto sacaba las oposiciones.
Pero a la Marquesa y su familia los asesinaron en Almodóvar a hachazos por mor del Alzamiento y ser marqueses en zona roja. Así que los planes de Juan y Rosa se fueron al traste y a la pareja se le vino el mundo encima; y más cuando el Cortijo del  Puente quedó en  zona de nadie  y Córdoba capital,  con el Caguetilla apañándose unas clases particulares,  en zona franquista. Muchas zonas me han salido, pero así era la situación en lugares de linde, de frente, de litigio de guerra. No más de diez km. separaban a los enamorados, pero diez km. de odio, asesinatos, fanatismo y muerte.
Cierto que esta es una historia “diferente” a los cuentos de Navidad que he recopilado en este librejo. No es  un cuento de “Navidad”;  es una historia sucedida en la Navidad de 1936, pero no un cuento de Navidad;  ya digo, creo que la Historia de la Rosa y el Caguetilla es la concreción del amor y desamor a un nivel tal que más parece un relato rajado y punzante que una historia de Noche Buena. Finalmente quiero advertir que los lugares y hechos  no coinciden con los recogidos en el cuento; simplemente he colocado en un escenario posible a los protagonistas en las operaciones iniciadas por las fuerzas franquistas en diciembre de 1936. El fondo de lo ocurrido sí que se ajusta a las causas y aconteceres de aquellos inicios de la Guerra Civil. La historia personal de Juan y Rosa me la contó un ex requeté hace muchísimos años. No tengo motivos para dudar de su veracidad y como es lógico los detalles son míos. Quiero, además, manifestar que abordo el relato con la pretensión de apartarme de  las causas de una Guerra que ha de verse por unos y otros como la mayor desgracia acaecida en nuestra España en siglos. Mis fuentes, y la interpretación de la historia, no permiten una neutralidad plena; pero aquí no intento historiar nada, pretendo simplemente contar cómo una partida de aceite marcó la vida y la muerte de una pareja maravillosa, a la que quiero dar la palabra en este cuento. He vivido enamorado de estos sucesos  durante años dudando el marco en que debía conocerse. He decidido al final  escribirlos como cuento porque los cuentos permiten incorporar la magia al relato, y el amor tiene siempre un componente mágico; un algo incomprensible y misterioso que transforma lo cotidiano en murmullo y lo épico en sangre derramada por eras empedradas en el cielo. Pero ruego encarecidamente a quien lea estas líneas que no saque más conclusión de mis investigaciones que una: el amor vuela por encima de todos los conflictos, los supera, los envuelve y los lleva a la nada. El amor es mucho más que cualquier interés o poderío, el amor es lo único que  mueve montañas.  Para terminar esta  introducción del cuento quiero aclarar que no pretendo remedar a S. Pablo en sus cartas sobre el amor. El amor, en mi opinión y en esta historia por supuesto, es ante todo pasión desbordada, piel acariciando piel, labios que se hacen cuna para recibir la lengua de la amada,  o el amado, y deseo y sexo y brazos enlazados en el éxtasis. Así fue el amor del Juan y de la Rosa, y así intentaré contároslo a vosotros,


 1.      De lo que pasó en el Puente Viejo

Al producirse el Alzamiento  de 1936,   la recolección de los cereales en la campiña Cordobesa estaba en su auge. Los trigos, ya segados, formaban hileras prolongadas de gavillas sobre el rastrojo, y por los campos de la campiña se veían los carros    camino de las eras.    Hasta el 18 de julio la rutina de la siega, la barcina y la trilla seguía su marcha. Cierto que desde el triunfo del Frente Popular la tensión social en los latifundios andaluces había crecido y la reforma agraria de la Republica planeaba sobre las anquilosadas estructuras agrarias de Andalucía; pero hasta el Alzamiento las cosas funcionaban según costumbre.  En el Puente Viejo vivían de fijo ocho familias: las de Andrés el capataz; las de los dos guardas: el Floro – padre de Rosa -  y uno contratado de varada;  y también tenían casa en el Puente la familias de tres pastores – dos  de las piaras de ovejas y la del porquero; Sin casa pero con contrato de fijo  se alojaba  Francisco,  el mulero mayor, viudo y al amparo de Juana la casera, parienta suya ,  y su marido Enrique. Además de esta gente había  instalados en dormitorios de hombres o mujeres quince muleros, dos tractoristas y el pensador - que no es que pensara, sino que echaba pienso a los mulos -. He dicho tractoristas, sí; la Marquesa compró dos Jhon Dere de aquellos que tenían las ruedecillas de delante juntas y que tiraban de las galeras en la barcina. Las galeras forman como veremos parte de este cuento.  En agosto, además de los fijos y los eventuales, dormían y recibían rancho en la hacienda treinta o cuarenta hombres más: quince barcinadores, diez o doce peones de era, otros ocho o diez auxiliares de de aviente y cinco o seis pajeros. La dotación de personal la completaban  seis o siete zagalones sueltos encargados de atería, agua  y recados. Tres hombres tenían un estatus especial: el guarnicionero y un par de manigeros a las órdenes directas del capataz. Finalmente y a las órdenes del Serrano o de la Marquesa – cuando estaba en la Hacienda – trabajaban un número inconcreto de doncellas de servicio, cocinera, ama de llaves, cuerpos de casa, doncellas y criados  al cuidado de la huerta, las gallinas, los perros y lo que se mandara. La siega había concluido, pero la siega era mundo aparte: los segadores trabajaban por contrata a tanto la fanega y dormían y vivían en el tajo. Eran cuarenta hombres que doblaban el espinazo de sol a sol y se abastecían de ranchos preparados en el Puente y llevados al tajo en una de las galeras. En 1936 ya se había inventado la segadora mecánica, pero la oposición de los trabajadores impedía su uso. Terminada la siega muchos  quedaban de peones de era y alargaban los jornales de verano.
Independientes de este personal acampaban en el Puente Viejo, y en los demás cortijos de la comarca, los espigadores y espigadoras que recogían las espigas dejadas en el campo en la barcina. Solían vivir en chozas levantadas en los sotos junto al Guadajoz y cerca del vado donde se remansaba el rio. La marquesa les traía sustento y les cedía un pegujal de huerto a cambio de media espiga contada en sacos de recolecta. 
El cortijo era, pues, un hervidero de gente, un mini pueblo organizado alrededor de la comida de la casera para los hombres de varada y la estabilidad de las familias asentadas en la finca. Los espigadores eran, como los segadores,  mundo aparte.  Aquella hacienda   tenia pues más de cien personas trabajando en campaña.  Una galera tirada por un par de mulas romas partía al amanecer hacia Córdoba con encargos, aterías, cartas que echar, gente enferma, ancianos y niños de visita y en fin, que la galera era el cordón umbilical del Puente Viejo y la ciudad. A la tarde regresaba al Cortijo, se plantaba en la lonja,  e Indalecio, el galero, repartía la correspondencia, el tabaco, algún que otro ungüento y los encargos todos traídos de Córdoba.
Todo aquel barullo funcionaba bien: la casera guisaba ayudada por la mujer de un mulero y una mujer de siega – nombrada por los segadores quiero decir – La casera preparaba ajo blanco, gazpacho, salmorejo, pisto, huevos revueltos, melón, sandia, peras, migas y pan. Alternaba los platos según el día y cuando había cocido sacaba ropa vieja, o de los restos del salmorejo sacaba gazpacho. El plato de más enjundia era un cocido de garbanzos con pringue de marrano o carne de las ovejas de desecho.  Un buen lebrillo hacía de fuente en el parral de la cocina y los hombres seguían la costumbre de comer cuchará y paso atrás. Las bestias se pensaban directamente trabadas en la era. Los hombres bebían al anochecer y todos, a las órdenes del capataz, conocían su tarea de memoria. Las borracheras estaban prohibidas en el caserío, pero los más se alejaban hasta el soto y allí tomaban su trago o esperaban las criaturas su turno para vérselas con la Ester que venía de Espejo. 
Todo, ya digo, funcionó bien según costumbre – aunque sin la misa de los domingos que oficiaba en años anteriores un franciscano paniaguado de la marquesa - hasta aquel julio fatídico de 1936. Pero a los efectos de este cuento sería mejor presentaros a la Rosa y  que ella os diga lo que pasó en el Puente, y en Bujalance y finalmente como llegó a Porcuna. Así que como esto es un cuento, y yo lo escribo como me da la gana, pues de momento le cedo la palabra a la Rosa y ya está.

Mañana seguiré que no se os haga pesado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario