Antonia era churrera de toda la vida. Una churrera
cuarentona, fuerte, ataviada con una blusa banca escotada, un delantal impoluto y el pelo recogido y
oculto tras un gorrito blanco. Cuando la Antonia llenaba el cilindro churrero y
apretaba la culata del embolo guiando la masa desde el sobaco, el mundo se paraba. Uno no
sabía dónde mirar, si a la rosca humeante que se formaba sobre el aceite, o a
la teta majestuosa de la Antonia que se movía al compás de la rueda de masa que
caía sobre el aceite humeante. Dicen las malas lenguas que un día se le salió –
la teta que no la rueda - y tuvieron que
acudir los civiles a reprimir el alboroto de hombres en la churrería. Y el
olor…; si buena estaba la Antonia mejor era el olor a churros calentitos que subía
por la Corredera arriba y llegaba hasta la Plaza. Vaya, que los parroquianos subían por la
acera con sus churros y uno bajaba a la churrería ciego de ansias por llegar a
la cola…; porque la Antonia tenía cola cada mañana.
El
puesto de churros de la Antonia, heredado de su madre, estaba situado como
queda dicho a la salida del mercado camino de la Corredera y de la Plaza Mayor.
Era un puesto señero con mostrador directo a la calle y una cocinilla con
salida de humos al patio de la casa.
-
Sube el humo y molesta, decía, cuando se quejaba,
una vecina.
-
Pero también sube el olorcillo – contestaba
Antonia, y… no vienes a pagar algo, aunque solo sea el aceite. Que este año el
de oliva está por las nubes.
Mal que bien la Antonia tiraba de
la vida; era viuda desde que el Manuel las pringó en un accidente de moto y,
contra pronóstico, la Antonia prosperó:
pagaba la renta de su casa, la escuela de la niña, las medicinas de la madre,
la luz, la leña de la estufa y de la churrería, el aceite, la harina, leche,
alguna carne de baca para el estofado del miércoles, legumbres de vez en vez y
frutilla si estaba en precio. La verdura se la traía el Juan (un pretendiente
sesentón al que no hacía más caso que aceptarle las lechugas) del huerto de la muralla que se lo tenía dado en
aparcería de cuatro cantones. Una vez al mes compraba caprichillos para que no se salte la hiel –
decía -.Unos hojaldres de la tienda del Campruby, avellanas de caramelo y poco
más. No le iba mal digo: mejor que cuando vivía su Manuel. Que los hombres
fuman, beben, gastan, salen y entran y trabajan menos y con menos orden que las
mujeres.
-
¡Cuando se ha visto un hombre lavando un
delantal! Le decía la Antonia a la Blasa su clienta favorita, En el mejor de
los casos te lo ensucia y te cuesta a ti el restriego. Mira Blasa: no te cases;
un hombre es un estorbo. Cuando se murió el Manuel comíamos sobras de churros
como andrajos de almuerzo, y sobras de churros con chocolate a la cena, si
había chocolate y si no con agua. Y los churros con agua se hinchan… y era
mejor irse a la calle que aguantar al Manuel hinchado.
-
Hija: no está bien criticar a los muertos… Mi
señora tiene al muerto de su marido como si fuera un S. Luis. Y siguen comiendo
churros sin importarle el hinchamiento. Y se me hace que el señorito en la foto
le hace guiños a la rueda. Vaya, que he restregado el cristal con una porra y
se ha quedado la mancha. Me ha pillado la Señora y le he dicho que estaba dando
brillo, y me ha dicho burra por dar brillo con una porra. Pues pocas cosas sacan más brillo que una
buena porra... – y se reía la Blasa de su invención hasta reventar. Si le digo
que le estoy dando porra al difunto me despacha… - y nueva risotada …
-
Es que eres burra, hija, es que eres burra.
Aunque la verdad es que si hay algo en el mundo para echarle un guiño es a mis
ruedas…
Y sí que era cierto; las ruedas
de churros de la Antonia eran un monumento gastronómico de la Loma: unas ruedas
perfectas, prietas, trazadas como con compás, dorado uniforme, sin gotear,
exquisitamente dispuestas sobre una resma de papel rojizo absorbente que se
ponía bajo la rueda y que se plegaba con los churros cuando la Antonia golpeaba
y dobla por la mitad para facilitar el
trasporte. ¡Zas! ¡Zas!. Blasa, ya está.
En fin que cierto día se murió
Damián el de la mercería que fue así aunque rime con día y con churrería - y no
puedo cambiar el ripio porque ciertamente el Damián tenía una mercería y no
otra tienda - y su viuda traspasó el local.
-
¡Lástima!, dijo la Antonia, de no haberse hecho
con la mercería. Es un buen local, amplio, luminosos y caben tres o cuatro
mesitas para servir chocolate con los churros…; pero en fin, qué se le va a hacer,
una no tiene dineros para todo lo que encarte. A ver si tenemos suerte y ponen
una tienda que atraiga a la gente…
Y vaya si lo pusieron; no había pasado un mes de la muerte
del Damián cuando empezaron las obras. Abrieron
los huecos, pusieron una carpintería de aluminio, suelo de mármol
blanco, un mostrador también de mármol, techo de escayola con tubos de neón,
cocina de acero inoxidable como nunca la Antonia había visto antes; tres
veladores de mármol con sillitas pequeñas y… un gran letrero luminoso que
ponía: ¡¡¡¡CHURRERÍA DE LA LOMA ¡!!;
-
Dios misericordioso, Cristo de la Columna,
nuestra Señora de Guadalupe…¿Qué va a ser de mi hija, y de mi madre, y de la
Antonia esta hija tuya que parecía que se iba a comer el mundo? ¿Quién me va a
comprar a mí churros en mi puesto teniendo aquí a la Loma…?
Y pasó lo que tenía que pasar porque lo que no puede ser no
puede ser y además es imposible. La gente se arremolinó en la Loma los primeros
días, y el local se les quedó pequeños y ampliaron con mesas en la acera, y
contrataron unas monerías con cofia que servían chocolatitos en tazas
minúsculas y bandejitas de churros primorosas…
Pero la Antonia, que se había negado a probar los jeringo
de la competencia, vio descargar en la Loma unas garrafas de aceite, la
furgoneta dejó unas cuantas cajas de cartón ante su puerta y el trasportista
comenzó el servicio metiendo en la Loma los cajetones de dos en dos. Salió la
Antonia al quicio, se fijó de soslayo en la etiqueta de las garrafas y vio una
flor grande, de hojitas cortas y un corazón majestuoso como una pradera dorada.
Debajo ponía: aceite de girasol. Era la primera vez que la Antonia se topaba
con el aceite de girasol.
-
Dicen que es de una planta americana y que tiene
un sabor exquisito, le dijo a la Blasa una mañana en la que Antonia, apenas sin
clientela. le contaba las penas a la amiga.
-
Blasa, saltó la Antonia: toma cinco duros y vas
y te traes una rueda. Que no te la doblen; que te la pongan en el papel y metes
la mano por debajo y te la traes como si fuera una bandeja…, sin tirarla. ¿me
entiendes?
-
Tus churros son mejores, ¿para qué quieres una
rueda de la Loma?
-
Haz lo que te digo, coño, y no preguntes que se
me van las ideas.
Y la Blasa fue y se trajo la
rueda de la competencia. Pero la Antonia ni siquiera cató los churros; los
colocó con su papel sobre una mesa y agarró el barreño de zinc donde amasaba y
lo puso encima de los churros…; pasada media hora levantó el barreño, tiró los
churros y guardó el papel. Luego hizo ella una rueda de los suyos, la puso en
su papel, la colocó encima de la mesa, cogió el barreño e hizo la misma
operación. Finalmente guardó el segundo papel.
-
Llévate estos churros, Blasa, que estos no se
tiran. Llévalos a tu Señora y verás que aún aplastaos, a la foto de tu señorito
se le guiña el ojo.
-
Será al señorito de la foto, no a la foto del
señorito. No me líes, no me líes que las fotos no hacen guiños
-
Mira tú los cojones, ¡ni los muertos tampoco!
-
Bueno pues para ti la peseta; que si un día
vienes te enseño lo que digo…
-
Tu señorito desde la foto me hace a mí guiños
con churros o sin churros. ¿pues no conocí yo bien al prenda? Y ambas, la Blasa
y la Antonia, se rieron de buena gana.
Al poco tiempo la Antonia tenía colocado en su puesto dos
cuadros enmarcados con los dos papeles de las ruedas de la víspera…; en el de
la izquierda se veía una mancha nítida, poderosa, absolutamente precisa en
círculos, jugando a dibujar infinitos hacia el centro, hacia la explosión
armónica del aceite de oliva de la porra de la rueda. En el cuadro de la
derecha se observaba una mancha difusa, irregular, palmeada en los bordes y
corrida hacia una composición sucia y deslucida. Bajo el cuadro de la izquierda
un letrero rezaba: aceite de oliva de la casa; en el de la derecha ponía “otras
cosas”.
Y así fue como la Antonia fue
recuperando su clientela y vendiendo sus ruedas de churros así, como churros,
pero claro: fritos con aceite de oliva virgen extra (aunque entonces no se
llamaba así) En aquel tiempo al aceite de oliva virgen extra se le llamaba flor
de aceite o aceite de cagarrache. Dos años más tarde la Antonia compró la
churrería de la Loma y le cambió el nombre: desde entonces se llama CHURRERÍA
DE LA ANTONIA.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y el Caminante
no dice nada que tiene la boca llena de churros
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