domingo, 17 de febrero de 2013

CUENTO DE ANTONIA LA CHURRERA




Antonia era churrera de toda la vida. Una churrera cuarentona, fuerte, ataviada con una blusa banca escotada,  un delantal impoluto y el pelo recogido y oculto tras un gorrito blanco. Cuando la Antonia llenaba el cilindro churrero y apretaba la culata del embolo guiando la masa  desde el sobaco, el mundo se paraba. Uno no sabía dónde mirar, si a la rosca humeante que se formaba sobre el aceite, o a la teta majestuosa de la Antonia que se movía al compás de la rueda de masa que caía sobre el aceite humeante. Dicen las malas lenguas que un día se le salió – la teta que no la rueda -  y tuvieron que acudir los civiles a reprimir el alboroto de hombres en la churrería. Y el olor…; si buena estaba la Antonia mejor era el olor a churros calentitos que subía por la Corredera arriba y llegaba hasta la Plaza.  Vaya, que los parroquianos subían por la acera con sus churros y uno bajaba a la churrería ciego de ansias por llegar a la cola…; porque la Antonia tenía cola cada mañana.
            El puesto de churros de la Antonia, heredado de su madre, estaba situado como queda dicho a la salida del mercado camino de la Corredera y de la Plaza Mayor. Era un puesto señero con mostrador directo a la calle y una cocinilla con salida de humos al patio de la casa.
-          Sube el humo y molesta, decía, cuando se quejaba, una vecina.
-          Pero también sube el olorcillo – contestaba Antonia, y… no vienes a pagar algo, aunque solo sea el aceite. Que este año el de oliva está por las nubes.
Mal que bien la Antonia tiraba de la vida; era viuda desde que el Manuel las pringó en un accidente de moto y, contra pronóstico,  la Antonia prosperó: pagaba la renta de su casa, la escuela de la niña, las medicinas de la madre, la luz, la leña de la estufa y de la churrería, el aceite, la harina, leche, alguna carne de baca para el estofado del miércoles, legumbres de vez en vez y frutilla si estaba en precio. La verdura se la traía el Juan (un pretendiente sesentón al que no hacía más caso que aceptarle las lechugas)  del huerto de la muralla que se lo tenía dado en aparcería de cuatro cantones. Una vez al mes compraba  caprichillos para que no se salte la hiel – decía -.Unos hojaldres de la tienda del Campruby, avellanas de caramelo y poco más. No le iba mal digo: mejor que cuando vivía su Manuel. Que los hombres fuman, beben, gastan, salen y entran y trabajan menos y con menos orden que las mujeres.
-          ¡Cuando se ha visto un hombre lavando un delantal! Le decía la Antonia a la Blasa su clienta favorita, En el mejor de los casos te lo ensucia y te cuesta a ti el restriego. Mira Blasa: no te cases; un hombre es un estorbo. Cuando se murió el Manuel comíamos sobras de churros como andrajos de almuerzo, y sobras de churros con chocolate a la cena, si había chocolate y si no con agua. Y los churros con agua se hinchan… y era mejor irse a la calle que aguantar al Manuel hinchado.
-          Hija: no está bien criticar a los muertos… Mi señora tiene al muerto de su marido como si fuera un S. Luis. Y siguen comiendo churros sin importarle el hinchamiento. Y se me hace que el señorito en la foto le hace guiños a la rueda. Vaya, que he restregado el cristal con una porra y se ha quedado la mancha. Me ha pillado la Señora y le he dicho que estaba dando brillo, y me ha dicho burra por dar brillo con una porra.  Pues pocas cosas sacan más brillo que una buena porra... – y se reía la Blasa de su invención hasta reventar. Si le digo que le estoy dando porra al difunto me despacha… - y nueva risotada …
-          Es que eres burra, hija, es que eres burra. Aunque la verdad es que si hay algo en el mundo para echarle un guiño es a mis ruedas…
Y sí que era cierto; las ruedas de churros de la Antonia eran un monumento gastronómico de la Loma: unas ruedas perfectas, prietas, trazadas como con compás, dorado uniforme, sin gotear, exquisitamente dispuestas sobre una resma de papel rojizo absorbente que se ponía bajo la rueda y que se plegaba con los churros cuando la Antonia golpeaba y dobla  por la mitad para facilitar el trasporte. ¡Zas! ¡Zas!. Blasa, ya está.
En fin que cierto día se murió Damián el de la mercería que fue así aunque rime con día y con churrería - y no puedo cambiar el ripio porque ciertamente el Damián tenía una mercería y no otra tienda - y su viuda traspasó el local.
-          ¡Lástima!, dijo la Antonia, de no haberse hecho con la mercería. Es un buen local, amplio, luminosos y caben tres o cuatro mesitas para servir chocolate con los churros…; pero en fin, qué se le va a hacer, una no tiene dineros para todo lo que encarte. A ver si tenemos suerte y ponen una tienda que atraiga a la gente…

Y vaya si lo pusieron; no había pasado un mes de la muerte del Damián cuando empezaron las obras. Abrieron  los huecos, pusieron una carpintería de aluminio, suelo de mármol blanco, un mostrador también de mármol, techo de escayola con tubos de neón, cocina de acero inoxidable como nunca la Antonia había visto antes; tres veladores de mármol con sillitas pequeñas y… un gran letrero luminoso que ponía:  ¡¡¡¡CHURRERÍA DE LA LOMA ¡!!;
-          Dios misericordioso, Cristo de la Columna, nuestra Señora de Guadalupe…¿Qué va a ser de mi hija, y de mi madre, y de la Antonia esta hija tuya que parecía que se iba a comer el mundo? ¿Quién me va a comprar a mí churros en mi puesto teniendo aquí a la Loma…?

Y pasó lo que tenía que pasar porque lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. La gente se arremolinó en la Loma los primeros días, y el local se les quedó pequeños y ampliaron con mesas en la acera, y contrataron unas monerías con cofia que servían chocolatitos en tazas minúsculas y bandejitas de churros primorosas…

Pero la Antonia, que se había negado a probar los jeringo de la competencia, vio descargar en la Loma unas garrafas de aceite, la furgoneta dejó unas cuantas cajas de cartón ante su puerta y el trasportista comenzó el servicio metiendo en la Loma los cajetones de dos en dos. Salió la Antonia al quicio, se fijó de soslayo en la etiqueta de las garrafas y vio una flor grande, de hojitas cortas y un corazón majestuoso como una pradera dorada. Debajo ponía: aceite de girasol. Era la primera vez que la Antonia se topaba con el aceite de girasol.

-          Dicen que es de una planta americana y que tiene un sabor exquisito, le dijo a la Blasa una mañana en la que Antonia, apenas sin clientela. le contaba las penas a la amiga.
-          Blasa, saltó la Antonia: toma cinco duros y vas y te traes una rueda. Que no te la doblen; que te la pongan en el papel y metes la mano por debajo y te la traes como si fuera una bandeja…, sin tirarla. ¿me entiendes?
-          Tus churros son mejores, ¿para qué quieres una rueda de la Loma?
-          Haz lo que te digo, coño, y no preguntes que se me van las ideas.
Y la Blasa fue y se trajo la rueda de la competencia. Pero la Antonia ni siquiera cató los churros; los colocó con su papel sobre una mesa y agarró el barreño de zinc donde amasaba y lo puso encima de los churros…; pasada media hora levantó el barreño, tiró los churros y guardó el papel. Luego hizo ella una rueda de los suyos, la puso en su papel, la colocó encima de la mesa, cogió el barreño e hizo la misma operación. Finalmente guardó el segundo papel.
-          Llévate estos churros, Blasa, que estos no se tiran. Llévalos a tu Señora y verás que aún aplastaos, a la foto de tu señorito se le guiña el ojo.
-          Será al señorito de la foto, no a la foto del señorito. No me líes, no me líes que las fotos no hacen guiños
-          Mira tú los cojones, ¡ni los muertos tampoco!
-          Bueno pues para ti la peseta; que si un día vienes te enseño lo que digo…
-          Tu señorito desde la foto me hace a mí guiños con churros o sin churros. ¿pues no conocí yo bien al prenda? Y ambas, la Blasa y la Antonia, se rieron de buena gana.
Al poco tiempo la Antonia tenía colocado en su puesto dos cuadros enmarcados con los dos papeles de las ruedas de la víspera…; en el de la izquierda se veía una mancha nítida, poderosa, absolutamente precisa en círculos, jugando a dibujar infinitos hacia el centro, hacia la explosión armónica del aceite de oliva de la porra de la rueda. En el cuadro de la derecha se observaba una mancha difusa, irregular, palmeada en los bordes y corrida hacia una composición sucia y deslucida. Bajo el cuadro de la izquierda un letrero rezaba: aceite de oliva de la casa; en el de la derecha ponía “otras cosas”.
Y así fue como la Antonia fue recuperando su clientela y vendiendo sus ruedas de churros así, como churros, pero claro: fritos con aceite de oliva virgen extra (aunque entonces no se llamaba así) En aquel tiempo al aceite de oliva virgen extra se le llamaba flor de aceite o aceite de cagarrache. Dos años más tarde la Antonia compró la churrería de la Loma y le cambió el nombre: desde entonces se llama CHURRERÍA DE LA ANTONIA.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y el Caminante no dice nada que tiene la boca llena de churros

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