Este cuento, cuando lo escribí, estaba inspirado en una moza conocida mía a la que en la ficción llamé Esperanza. Ella, quizás, si lee estas lineas se reconozca en ellas. De cualquier forma su espíritu sigue aquí expresado y recogido en las aguas tranquilas de un estanquillo umbroso situado a la vera de un camino. Hala!, va por tí.
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Había una vez un hombre llamado
Curro que tenía un haza de olivar en una solana a un par de leguas de un caluroso
pueblo de Andalucía. Un buen día nuestro hombre llegó a la Solana y serían las
dos de la tarde cuando se quedó sin agua en la cantimplora…
-
Me vuelvo al pueblo, que el agua es precisa.
Mejor: me voy al huerto de la Esperanza, allí almuerzo, descanso, y mañana será
otro día.
Y así fue que el Curro guardó la
hachuela y se dirigió al huerto que distaba, por la mesta, apenas doscientos
metros de su finca. El agua del manantial del haza de Esperanza se remansaba en
un estanque umbroso rodeado de higueras y cerezos. Unas cuantas olivas,
dominadas por el estanque, se beneficiaban del manantial a través de un caz
medianejo que recorría sin prisas cada uno de los arboles. Luego, más abajo, el
agua se perdía en el zarzal del barranco. A la derecha, junto a la terrera, el
huerto de la Esperanza se remataba con una praderilla de tréboles y juncia mientras un par de álamos blancos, de plateada hoja, marcaban el lindero
de la finca.
Además del Curro otros caminantes
solían sestear junto al estanquillo de
piedra descrito cuando, camino de sus casas, arreciaba el agosto. Era pues un abrevadero de mesta deleitoso aquel paraje. La Esperanza, además, lo tenía
todo limpio y bien cuidado.
Así pues nuestro hombre llegó al
estanquillo, trabó la mula junto a una retama, abrió una latilla de sardinas y
se la ventiló junto al Tango, su podenco de mirada viva . Terminadas las sardinas, el chucho lamió la
lata con el regusto del aceite del envase . Pero mire usted por donde el perro
agonioso empujó la lata y esta cayó al agua con tan mala
suerte que la brisa la empujo hasta el centro como si fuera un barquito. Tres o
cuatro metros más allá del borde, la lata se detuvo en una cama de rana.
-
Mierda, se dijo el Curro: ¿Cómo cojo ahora la
lata?; y…, si viene la Esperanza y ve el
estanque sucio seguro que la arma. ¡Pues no es nadie la Esperanza! Mejor que me
vaya, no sea que me pille. Además
tampoco es tan grave la cosa; ha sido el Tango, le diré, y asunto resuelto.
-
Pues metete en el agua, me dirá ella, que para
eso el perro es tuyo…
-
Pues no me meto que está hondo y…
-
¡Curro!, o me quitas la lata o te denuncio –
seguía pensando para sus adentros el Curro
que le contestaría la moza-.
-
Pues denúnciame si quieres, que la lata se queda
en la cama de rana por hoy, y no se hable más.
Y el Curro se marchó
apesadumbrado pensando lo que diría la Esperanza si lo hubiera pillado in
fraganti en el asunto de la lata de sardinas. La verdad es que le gustaba la
Esperanza; estaba todavía lozana, prieta, con garbo y con unos ojos expresivos
que a nuestro amigo le hacían tilín. Se mueve
bien la Esperanza, le decía el Curro al Tango camino del pueblo
-
¿a que se mueve bien la Esperanza, chucho
marrano?, precisaba el labradorcete imprecando al podenco en lo de la lata de
sardinas mientras este marchaba a un tiro de piedra delante de la mula.
-
¿a que cuida su huerto con esmero?, ¿a que es
una buena mujer?, pero… mira que lo que
me habría dicho con el asunto de la lata. ¡hay que ver como se ha puesto!...¿tú
qué harías Tango, si te pasara lo que me ha pasado a mi…
-
Pero jodio Curro – se seguía diciendo el Curro –
si no te ha dicho nada…; si en el estanque estabas tú solo…; si te lo has dicho
tu todo.
-
Bueno – insistía el desgraciado de nuestro amigo
– pero si llega a estar me lo dice; como que está el sol en lo alto que me lo
hubiera dicho…
-
Pero Curro, Curro de los cojones, - se decía el
Curro para sí: si el sol ya no está en lo alto, que es media tarde…; eres un
capullo de cojitranco. Y lo que no entiendo, maldita sea, es que si la Esperanza te gusta, si quieres
estar con ella, si se te vienen sus tetas a la azotea cada vez que cierras los
ojos, si no te ha dicho na de la lata, pedazo de mierda de tío… coge el toro
por los cuernos, vete a su casa y le confiesas la gilipollez de las sardinas…
En fin que en estos
pensamientos iba nuestro hombre camino
del pueblo cuando en lontananza apareció
la moza con un par de amigas, seguro que a coger una banasta de higos de la
higuera.
-
Ahora verán lo de la lata…, y además me echarán
la culpa…, que las hembras son ganao peligroso. Y entre las tres le darán a la
lengua…; y lo peor es que yo no he hecho nada, que ha sido el perro. Pues se
van a quedar con la ganas de verme que
no me cruzo y ya está ¡ea!, que doy un
rodeo y me meto en mi casa…
Y el Curro se apartó del camino y
dando un rodeo evitó el encuentro. Luego,
ya en su casa, le quitó el aparejo a la mula, le echó al perro los
restos del almuerzo y se tumbó en la cama. Como cada noche, al cerrar los ojos,
se aparecieron las tetas poderosas de la dueña del huerto de la mesta.
-
Eso sí, se dijo el Curro mirando al techo: mientras pienso en la Esperanza no pienso en
otra cosa, que esto del aceite es una ruina. Aunque, ahora que caigo…, debe
tener los pezones más dulces que lo higos que van a coger… Y pensando en los
higos se quedó dormido.
Cuando a la mañana siguiente el
Curro volvió a la Solana se asomó al estanque y vio que la lata seguía anclada
en la cama de rana, pero esta vez cortó una caña del cañaveral que había cerca
de la linde y recuperó el envase; luego cumplió su jornada de trabajo.
A la tarde, de regreso a casa,
pasó por el huerto de la Esperanza y la encontró allí, cogiendo higos como el día
anterior.
-
Buenas tardes Esperanza; ¿Te ayudo con los
higos?
-
No Curro, no hace falta: están todavía verdes y
raspan en la boca.
-
Bueno, lo dejamos para otro día, respondió el
Curro.
-
Quizás, pero ya ves: esta higuera no cuaja como
yo quisiera y los higos no dan el dulzor de los Isabeles.
-
Entonces… ¿para que los coges?
-
No los
cojo; hago como que los cojo para que la gente vea que cuido mi higuera; luego
los tiro por el balate…; por hoy ya he terminado, ¿nos vamos para el pueblo?
-
No puedo, tengo que volver a la Solana, mintió
el Curro que estaba ciertamente desconcertado con la conducta de Esperanza y
sin ganas de la compañía. Además solo venía a recoger la lata.
-
¿Qué lata?
Y el Curro contó más o menos la
historia de la lata y la canción del caminante. Y entonces la Esperanza, muy
digna ella, se sintió ofendida y le dijo al Curro que se fuera del huerto y que
su sed la apaciguara en otra parte. Y es
que, pensó el Curro, la Esperanza y él no estaban en la misma onda, ni en la
misma sed.
Unos días más tarde estaba el
Curro en su Solana cuando sintió voces en el chortal que había junto al arroyo
y acudió presto. Dos gañanes intentaban, a latigazo limpio, que un par de mulas
sacaran del fango un elegante faetón. En el faetón viajaba una hermosísima dama
vestida de negro.
-
¿Puedo ayudar?
-
Si nos sacas de esta tendrás tu recompensa, dijo
la dama
-
Si le ordena a sus gañanes que dejen el látigo a
lo mejor hacemos algo.
Y la dama ordenó a sus empleados
que dejasen tranquilas a las mulas y le pidió al Curro que hiciera ese algo que
decía. El Curro se fue a la camada más próxima, que estaba despestugando,
abrazó dos montones de pestugas y las colocó bajo las ruedas delanteras.
-
Bájese Vd.
del coche, le dijo a la dama,
y
para que no se le mancharan los zapatos extendió otro montón de pestugas bajo
el estribo. Luego se fue a los animales,
les acarició el cuello y tiró suavemente de las riendas.
-
Me llamo Dñª Soledad de Haro y voy camino de
Sevilla. ¿Cómo puedo recompensarlo?
-
No me debe nada, dijo el Curro; en los caminos
hay que ayudar a quien lo necesita
-
¿Quiere que lo llevemos hasta el pueblo?
-
Bueno, no me vendría mal que con esto de las
pestugas me duele la cintura.
-
De acuerdo, subid – le dijo a los gañanes - ; y
los cuatro reanudaron el camino hacia el pueblo.
Para congraciarse con el Curro,
Dña Soledad sacó una preciosa cajita abrió la tapa y le ofreció a nuestro
hombre una deliciosas pastas de chocolate. Al inclinarse con la caja y el
ofrecimiento mostró por el escote el inicio de unas tetas bien colocadas, derechas,
de suavísima piel. Y es que la Soledad era una moza en flor, vestida de negro
pero en flor. Tenía el pelo recogido sobre la nuca y un garbo cien veces
superior a la Esperanza que lo dejara un par de días antes.
-
No gracias, dijo el Curro. Acabo de comer.
-
Usted se lo pierde, dijo la dama. Si viniera
conmigo despediría a estos – por los gañanes – y haríamos el camino a Sevilla
juntos. Luego, en la Ciudad podría Vd. hacer lo que le viniese en gana.
Y es que se ve que aquella Srª,
además de elegante y atractiva, atraía a los caminantes con sus formas y su
garbo.
-
Venga aquí a mi lado, le dijo la Dama al Curro; cámbiese
de asiento y se coloca en la cintura
este chal de lana, le hará bien y cederá el lumbago.
Y quitándose el chal de las rodillas se lo enjaretó al Curro en la espalda. Usted
y yo podemos podemos ser amigos; ha tratado a las mulas con guante de seda, y
eso es lo que yo necesito. Un hombre con mano de hierro y guante de seda. Un
hombre que sea capaz de seguirme…
-
Yo tengo aquí mis olivas, Señora; no son muchas,
pero son mis olivas.
-
Si usted no viene conmigo, yo puedo quedarme con
usted…
-
Señora, detenga el coche, por favor.
Y el Curro se bajó y continuó su camino andando
-
Venga a verme cuando quiera, voceaba la Soledad desde el faetón que se alejaba
por el camino polvoriento. La estaré esperando…; sé que vendrá; se lo he visto
en los ojos…
Y el Curro siguió caminando por
el camino aquel que conducía a su Solana. No sabía bien a donde iba, si a sus
olivas o a su casa, a su ayer o a su mañana.
En esas estaba el Curro cuando se cruzó con la Salvadora, su vecina.
-
Qué te pasa, Curro, que te veo macilento
-
No me pasa nada; es que vengo de la Solana cansadillo.
La vida tiene más pestugas de la cuenta..
-
Serán las olivas, no la vida. Me parece que te
hace falta un reposo…; anda, para, siéntate aquí.
Y el Curro y la Salvadora se
sentaron en un ribazo, y la mujer aquella, su vecina, a la que conocía de toda
la vida, sacó de una capacha de esparto una hogaza de pan y le hizo al Curro un
hoyo de aceite de oliva. Luego, sobre el aceite, espurreó una poquita azúcar.
Y colorín colorado este cuento del Curro y sus pesares se ha
acabado. El caminante, en este caso, se alejó canturreando:
Tiene los pezones dulces,
Tiene los pezones duros,
Dulces son como las brevas,
Como los higos maduros.
No me acarrees silencios
No me turben tus murmullos
Que tú tienes los pezones
Como los higos maduros…
No me ofrezcas chocolate
No me turbe tu cintura
Que me basta lo que tengo
Con un poquito de azúcar