domingo, 31 de marzo de 2013

CUENTO DEL CURRO, LA ESPERANZA, LA SOLEDAD Y EL HOYO DE PAN Y ACEITE




Este cuento, cuando lo escribí, estaba inspirado en una moza conocida mía a la que en la ficción llamé Esperanza. Ella, quizás, si lee estas lineas se reconozca en ellas. De cualquier forma su espíritu sigue aquí expresado y recogido en las aguas tranquilas de un estanquillo umbroso situado a la vera de un camino. Hala!, va por tí.

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Había una vez un hombre llamado Curro que tenía un haza de olivar en una solana a un par de leguas de un caluroso pueblo de Andalucía. Un buen día nuestro hombre llegó a la Solana y serían las dos de la tarde cuando se quedó sin agua en la cantimplora…
-          Me vuelvo al pueblo, que el agua es precisa. Mejor: me voy al huerto de la Esperanza, allí almuerzo, descanso, y mañana será otro día.
Y así fue que el Curro guardó la hachuela y se dirigió al huerto que distaba, por la mesta, apenas doscientos metros de su finca. El agua del manantial del haza de Esperanza se remansaba en un estanque umbroso rodeado de higueras y cerezos. Unas cuantas olivas, dominadas por el estanque, se beneficiaban del manantial a través de un caz medianejo que recorría sin prisas cada uno de los arboles. Luego, más abajo, el agua se perdía en el zarzal del barranco. A la derecha, junto a la terrera, el huerto de la Esperanza se remataba con una praderilla de tréboles y juncia  mientras un par de álamos blancos, de plateada hoja, marcaban el lindero de la finca.  
Además del Curro otros caminantes solían sestear junto al  estanquillo de piedra descrito cuando, camino de sus casas, arreciaba el agosto.  Era pues un abrevadero de mesta deleitoso  aquel paraje. La Esperanza, además, lo tenía todo limpio y bien cuidado. 
Así pues nuestro hombre llegó al estanquillo, trabó la mula junto a una retama, abrió una latilla de sardinas y se la ventiló junto al Tango, su podenco de mirada viva .  Terminadas las sardinas, el chucho lamió la lata con el regusto del aceite del envase . Pero mire usted por donde el perro agonioso  empujó  la lata y esta cayó al agua con tan mala suerte que la brisa la empujo hasta el centro como si fuera un barquito. Tres o cuatro metros más allá del borde, la lata se detuvo en una cama de rana.
-          Mierda, se dijo el Curro: ¿Cómo cojo ahora la lata?; y…,  si viene la Esperanza y ve el estanque sucio seguro que la arma. ¡Pues no es nadie la Esperanza! Mejor que me vaya,  no sea que me pille. Además tampoco es tan grave la cosa; ha sido el Tango, le diré,  y asunto resuelto.

-          Pues metete en el agua, me dirá ella, que para eso el perro es tuyo…
-          Pues no me meto que está hondo y…
-          ¡Curro!, o me quitas la lata o te denuncio – seguía pensando para sus adentros el Curro  que le contestaría la moza-.
-          Pues denúnciame si quieres, que la lata se queda en la cama de rana por hoy, y no se hable más.
Y el Curro se marchó apesadumbrado pensando lo que diría la Esperanza si lo hubiera pillado in fraganti en el asunto de la lata de sardinas. La verdad es que le gustaba la Esperanza; estaba todavía lozana, prieta, con garbo y con unos ojos expresivos que a nuestro amigo le hacían tilín. Se mueve  bien la Esperanza, le decía el Curro al Tango camino del pueblo
-          ¿a que se mueve bien la Esperanza, chucho marrano?, precisaba el labradorcete imprecando al podenco en lo de la lata de sardinas mientras este marchaba a un tiro de piedra delante de la mula.
-          ¿a que cuida su huerto con esmero?, ¿a que es una buena mujer?,  pero… mira que lo que me habría dicho con el asunto de la lata. ¡hay que ver como se ha puesto!...¿tú qué harías Tango, si te pasara lo que me ha pasado a mi…
-          Pero jodio Curro – se seguía diciendo el Curro – si no te ha dicho nada…; si en el estanque estabas tú solo…; si te lo has dicho tu todo.
-          Bueno – insistía el desgraciado de nuestro amigo – pero si llega a estar me lo dice; como que está el sol en lo alto que me lo hubiera dicho…
-          Pero Curro, Curro de los cojones, - se decía el Curro para sí: si el sol ya no está en lo alto, que es media tarde…; eres un capullo de cojitranco. Y lo que no entiendo, maldita sea,  es que si la Esperanza te gusta, si quieres estar con ella, si se te vienen sus tetas a la azotea cada vez que cierras los ojos, si no te ha dicho na de la lata, pedazo de mierda de tío… coge el toro por los cuernos, vete a su casa y le confiesas la gilipollez de las sardinas…
En fin que en estos pensamientos  iba nuestro hombre camino del pueblo cuando en  lontananza apareció la moza con un par de amigas, seguro que a coger una banasta de higos de la higuera.  
-          Ahora verán lo de la lata…, y además me echarán la culpa…, que las hembras son ganao peligroso. Y entre las tres le darán a la lengua…; y lo peor es que yo no he hecho nada, que ha sido el perro. Pues se van a quedar con la ganas de verme  que no me cruzo  y ya está ¡ea!, que doy un rodeo y me meto en mi casa…
Y el Curro se apartó del camino y dando un rodeo evitó el encuentro. Luego,  ya en su casa, le quitó el aparejo a la mula, le echó al perro los restos del almuerzo y se tumbó en la cama. Como cada noche, al cerrar los ojos, se aparecieron las tetas poderosas de la dueña del huerto de la mesta.
-          Eso sí, se dijo el Curro mirando al techo:  mientras pienso en la Esperanza no pienso en otra cosa, que esto del aceite es una ruina. Aunque, ahora que caigo…, debe tener los pezones más dulces que lo higos que van a coger… Y pensando en los higos se quedó dormido.
Cuando a la mañana siguiente el Curro volvió a la Solana se asomó al estanque y vio que la lata seguía anclada en la cama de rana, pero esta vez cortó una caña del cañaveral que había cerca de la linde y recuperó el envase; luego cumplió su jornada de trabajo.
A la tarde, de regreso a casa, pasó por el huerto de la Esperanza y la encontró allí, cogiendo higos como el día anterior.
-          Buenas tardes Esperanza; ¿Te ayudo con los higos?
-          No Curro, no hace falta: están todavía verdes y raspan en la boca.
-          Bueno, lo dejamos para otro día, respondió el Curro.
-          Quizás, pero ya ves: esta higuera no cuaja como yo quisiera y los higos no dan el dulzor de los Isabeles.
-          Entonces… ¿para que los coges?
-           No los cojo; hago como que los cojo para que la gente vea que cuido mi higuera; luego los tiro por el balate…; por hoy ya he terminado, ¿nos vamos para el pueblo?
-          No puedo, tengo que volver a la Solana, mintió el Curro que estaba ciertamente desconcertado con la conducta de Esperanza y sin ganas de la compañía. Además solo venía a recoger la lata.
-          ¿Qué lata?

Y el Curro contó más o menos la historia de la lata y la canción del caminante. Y entonces la Esperanza, muy digna ella, se sintió ofendida y le dijo al Curro que se fuera del huerto y que su sed la apaciguara en otra parte.  Y es que, pensó el Curro, la Esperanza y él no estaban en la misma onda, ni en la misma sed.
Unos días más tarde estaba el Curro en su Solana cuando sintió voces en el chortal que había junto al arroyo y acudió presto. Dos gañanes intentaban, a latigazo limpio, que un par de mulas sacaran del fango un elegante faetón. En el faetón viajaba una hermosísima dama vestida de negro.
-          ¿Puedo ayudar?
-          Si nos sacas de esta tendrás tu recompensa, dijo la dama
-          Si le ordena a sus gañanes que dejen el látigo a lo mejor hacemos algo.
Y la dama ordenó a sus empleados que dejasen tranquilas a las mulas y le pidió al Curro que hiciera ese algo que decía. El Curro se fue a la camada más próxima, que estaba despestugando, abrazó dos montones de pestugas y las colocó bajo las ruedas delanteras.
-          Bájese Vd.  del coche, le dijo a la dama,

y para que no se le mancharan los zapatos extendió otro montón de pestugas bajo el estribo.  Luego se fue a los animales, les acarició el cuello y tiró suavemente de las riendas.

-          Me llamo Dñª Soledad de Haro y voy camino de Sevilla. ¿Cómo puedo recompensarlo?
-          No me debe nada, dijo el Curro; en los caminos hay que ayudar a quien lo necesita
-          ¿Quiere que lo llevemos hasta el pueblo?
-          Bueno, no me vendría mal que con esto de las pestugas me duele la cintura.
-          De acuerdo, subid – le dijo a los gañanes - ; y los cuatro reanudaron el camino hacia el pueblo.

Para congraciarse con el Curro, Dña Soledad sacó una preciosa cajita abrió la tapa y le ofreció a nuestro hombre una deliciosas pastas de chocolate. Al inclinarse con la caja y el ofrecimiento mostró por el escote el inicio de unas tetas bien colocadas, derechas, de suavísima piel. Y es que la Soledad era una moza en flor, vestida de negro pero en flor. Tenía el pelo recogido sobre la nuca y un garbo cien veces superior a la Esperanza que lo dejara un par de días antes.
-          No gracias, dijo el Curro. Acabo de comer.
-          Usted se lo pierde, dijo la dama. Si viniera conmigo despediría a estos – por los gañanes – y haríamos el camino a Sevilla juntos. Luego, en la Ciudad podría Vd. hacer lo que le viniese en gana.
Y es que se ve que aquella Srª, además de elegante y atractiva, atraía a los caminantes con sus formas y su garbo.
-          Venga aquí a mi lado, le dijo la Dama al Curro; cámbiese de asiento y  se coloca en la cintura este chal de lana, le hará bien y cederá el lumbago.

Y quitándose el chal de las rodillas  se lo enjaretó al Curro en la espalda. Usted y yo podemos podemos ser amigos; ha tratado a las mulas con guante de seda, y eso es lo que yo necesito. Un hombre con mano de hierro y guante de seda. Un hombre que sea capaz de seguirme…

-          Yo tengo aquí mis olivas, Señora; no son muchas, pero son mis olivas.
-          Si usted no viene conmigo, yo puedo quedarme con usted…
-          Señora, detenga el coche, por favor.
Y el Curro se bajó y continuó su camino andando
-          Venga a verme cuando quiera,  voceaba la Soledad desde el faetón que se alejaba por el camino polvoriento. La estaré esperando…; sé que vendrá; se lo he visto en los ojos…
Y el Curro siguió caminando por el camino aquel que conducía a su Solana. No sabía bien a donde iba, si a sus olivas o a su casa, a su ayer o a su mañana.  En esas estaba el Curro cuando se cruzó con la Salvadora, su vecina.
-          Qué te pasa, Curro, que te veo macilento
-          No me pasa nada; es que vengo de la Solana cansadillo. La vida tiene más pestugas de la cuenta..
-          Serán las olivas, no la vida. Me parece que te hace falta un reposo…; anda, para, siéntate aquí.
Y el Curro y la Salvadora se sentaron en un ribazo, y la mujer aquella, su vecina, a la que conocía de toda la vida, sacó de una capacha de esparto una hogaza de pan y le hizo al Curro un hoyo de aceite de oliva. Luego, sobre el aceite, espurreó una poquita azúcar.
Y colorín colorado este cuento del Curro y sus pesares se ha acabado. El caminante, en este caso, se alejó canturreando:

Tiene los pezones dulces,
Tiene los pezones duros,
Dulces son como las brevas,
Como los higos maduros.

No me acarrees silencios
No me turben tus murmullos
Que tú tienes los pezones
Como los higos maduros…

No me ofrezcas chocolate
No me turbe tu cintura
Que me basta lo que tengo
Con un poquito de azúcar

miércoles, 20 de marzo de 2013

HISTORIA DE JUAN EL CAGUETILLA Final.



3.- Se opera entre los olivos hasta entrar Porcuna.
Llegamos al día 30, penúltimo día del año 1.936, y tras ser relevado en Lopera por las tropas de Álvarez de Rementería la columna del Teniente Coronel Redondo inició su  aproximación a Porcuna.
El ataque de la columna Redondo se inició el día 31, el día en que yo tenía la cita con el Andrés en la Sacristía de la Iglesia. En vanguardia dicen que venía el capitán Zuleta – el que me habló en Cabra -  con cien requetés del Tercio de la Merced, y el resto siguieron con protección de la artillería; esta última columna, la del capitán Zuleta consiguió a las cuatro de la tarde, con la sección de caballería de Regulares, cortar, tras gran resistencia republicana, la carretera de Arjona, como a unos 2 kilómetros de Porcuna.
A las 4 de la tarde del día 31, el comandante Sánchez Ocaña que mandaba los escuadrones de caballería de Policía Montada y Regulares de Ceuta realizó una maniobra de envolvimiento, consiguiendo alcanzar la carretera de Arjona, facilitando la entrada de los requetés, por el único lugar por donde era más accesible el pueblo. Pero allí se paró el avance; como si los dos bandos decidieran irse a despedir el año y comenzar de nuevo a matarse en Enero. Las Guerras Civiles son así de puñeteras y de crueles. Hoy no me mates, mátame el año que viene, se dijeron los unos a los otros y en paz unas horas.
No sé cómo se las arregló la Rosa, o si se seguirían instrucciones del Algabeño antes de morir,  pero a eso de las diez de la noche me dieron el alta y me ordenaron ir a la Walter. El pueblo estaba absolutamente solo, casi diría desértico. De vez en cuando se cruzaban en mi camino alguna columna de brigadistas que intentaban más huir que otra cosa. No hubo tropiezos y me planté en la puerta de la sacristía. A las once llego la Rosa; venía sola. A partir de aquí vuelvo a darle la palabra a la Rosa pues ella sabe mejor que nadie lo que pasó allí y que luego le contó al Francisco. Así que sigue contando la Rosa.

4. De cómo nos mataron al Juan y a mí.

-          Juan, no digas na y sígueme a distancia, le dije a mi Juan.
Fuimos por calle arriba hasta que entré en una casa principal de aquellas que saquearon los rojos en julio y pasearon a sus dueños. Mi tía Ángela había servido en aquella casa y me dio los detalles. La casa estaba deshabitada y bajamos a los sótanos. Allí, en bidones de hierro de esos remachados y con grifo de macho, estaba el aceite del Puente. Aquel jodido aceite que tanto dolor nos había dado.
No hacia frio; las bodegas conservan bien la temperatura, y apenas llegaba a nosotros la luz de una alcuza que traje de la casa de mi tía. Entreabrí los labios mirando a mi Juan. Nos abrazamos. Me gustó tanto que ni siquiera me acordé de que el Andrés vendría. Me atravesó una sensación agradable, más dulce que la miel. Lo abrace con más fuerza. Me tiró al suelo. Le permití que me besara y yo misma lo besé. Mientras nos besábamos fue como si el mundo entero lo cubriera una dulce oscuridad. Me introdujo la lengua en la boca. Me gustaba tanto lo que estaba haciendo que era como si el universo se sumergiera con nosotros en una luminosa bondad, no podía pensar que ocurriera nada malo. No sé el tiempo que transcurrió hasta que Juan me cogió dulcemente los pechos en sus manos. Aquello me gustó hasta tal punto que, olvidada de todo, quise que se llevara los pezones a la boca. No pudo hacerlo porque ni el mismo sabía bien lo que estaba haciendo.

En ese momento crujió una tabla del entarimado de la entrada de la bodega y percibí de inmediato que el Caguetilla separaba los brazos de mi cuerpo, y el crujido y el miedo comenzaron a interponerse entre nosotros a la vez que aparecía, al menos en mí, una sensación de vergüenza. Pero se rehízo y tiró hacia sí de mis nalgas y sentí su miembro endurecido apoyándose en mi vientre, y me dije a mi misma que aquello era lo normal, lo esperado, lo que habría de pasar si nos abrazábamos de aquella manera. Y fue entonces cuando el crujido que habíamos oído hacia unos minutos se hizo cadencia de pasos, ahora decididos y rápidos por el pasillo de los bidones de hierro remachados y el Andrés y Ramón el mancebo boticario, pariente del Juande que mataron en la Cruz, llegaron hasta nosotros. No dio tiempo a más; El Andrés ya no nos necesitaba: sabía donde estaba el aceite, así que sacó una pistola del nueve largo y la descerrajó en el Caguetilla. Las balas atravesaron a mi hombre y fueron a agujerear el bidón del aceite. Me abalancé sobre Juan intentando tapar la sangre que brotaba desde su cabeza y su cuello y formaba un charco con el aceite salido del bidón. La bala lo había perforado Le besé sus ojos de recién muerto o medio muerto, ojos espantados aún y abiertos como platos para mirarme por última vez. En ese instante pude oír un nuevo disparo. Me entró por la espalda y me salió por la teta izquierda. Me había partido el corazón.
Fue entonces cuando  llegó el Francisco que nos había seguido de lejos y se detuvo al ver entrar al Andrés. Llevaba una escopeta de cañones recortados, pero al verme en el suelo en un charco de sangre se olvidó de la escopeta e intentó socorrerme. Aprovechando el revuelo el Andrés y su compadre huyeron.

-          Entiérranos juntos, Francisco,, le dije; y cerré los ojos y me fui con mi Juan.


Tras dos días de intensos combates y reiterados bombardeos de la aviación, a las seis de la tarde del día 2 de Enero de 1.937, la vanguardia de la Columna Redondo enfiló por las calles de Porcuna, y a las voces de "Cara el Sol" y el redoble de las campanas anunciaron la ocupación de la localidad. A la columna Redondo le dieron la Medalla al merito militar, pero a mi Juan no; No hubo un alma caritativa que explicara el por qué iba uniformado, cuando murió, de brigadista.


5. Epilogo a la historia de Juan el Caguetilla

Francisco abrió los grifos de macho y el aceite se derramó por la bodega y empapó el suelo de piedra en su totalidad. A Rosa y a Juan los llevó Francisco  a Bujalance y los enterraron junto al Floro.

El Andrés salió huyendo por las únicas carreteras que le quedaban expeditas, las carreteras de Torredonjimeno y Valenzuela que a unos kilómetros de Porcuna tuerce hacia Higuera. En  Santiago de Calatrava le aguardaba la muerte. Un pelotón avanzadilla del Tercio de San Rafael le salió al paso y lo fusilaron en un mojón de la carretera. Él pidió que lo fusilaran en el tronco de un olivo, pero no le hicieron caso.

Y colorín colorado esta historia terrible ha terminado. La verdad sea dicha es que las cosas no fueron así en su totalidad; fueron aún más trágicas pues el aceite estaba en la sacristía y no en la casa que os he dicho. Cuando llegó la Rosa a la Iglesia, al Juan lo había ahorcado el Andrés colgándolo de la cruz del Cristo de la Buena Muerte, y a la Rosa la fusilaron a sus pies. Los pies del Juan casi llegaban al pecho destrozado de la Rosa… Pero me niego a escribir al respecto ni una palabra más. Dejemos las cosas como os las ha contado Rosa que ya está bien … de Guerras Civiles. Quiera Dios que los muertos reposen tranquilos, y yo también. Soy el Francisco, el mulero mayor del Puente Viejo.

Cuando el Caminante escuchó esta historia aceleró el paso y de sus labios salieron mansamente remansadas palabras que decían así. Padre nuestro que estás en los cielos, recoge el alma de esta pareja y dales una morada eterna en una adelfa blanca junto a un rio de la Gloria.

lunes, 11 de marzo de 2013

HISTORIA DE JUAN EL CAGUETILLA Tercera parte


3. De cómo el Caguetilla paso de requeté a formar parte de las Brigadas Internacionales

Sigue contando el Caguetilla.

Pero yo – como ya tengo dicho, continuó el Caguetilla,  no fui en ninguna de ellas. Por orden directa del capitán me mandaron volver a Cañete y presentarme al Comandante que custodiaba aquel pueblo desde  hace dos días. Se trataba del comandante Ortiz Magariño.

-          A las órdenes de Vd., mi comandante, se presenta el requeté Juan Rodríguez…
-          ¿Usted es el Caguetilla?; feo apodo, Juan; y más en tiempos de guerra.
-          Yo soy Juan Rodríguez mi comandante.
-          Es igual: tengo orden de que venga conmigo y siga mis instrucciones con precisión. Mañana se presenta Vd. en intendencia con este billete y le darán un macuto con ropa del ejército republicano. No diga nada; se une con nosotros hasta Rio Salado y allí se queda aunque nuestra columna retroceda; se pone Vd. la ropa del macuto, quema la suya y espera bajo el puente que vengan a buscarle; Usted ya conoce a su enlace así que no habrá problemas. A partir de ahí será Vd. un soldado de la República y le darán nuevas órdenes.  Esta conversación es secreto de Guerra; si no lo guarda, o contradice mis órdenes, es hombre muerto. ¿me entiende?
-          No, mi comandante, pero haré exactamente lo que Vd. me ordene.
  

De esta guisa, con uniforme de requeté, y ropa de las brigadas internacionales en el macuto inicié, con la Columna Magariños, mi aproximación a Porcuna. Los planes – según pude ver - eran la ocupación de Porcuna por la acción combinada de tres columnas: La columna Redondo, es decir, la mía de requetés de San Rafael.  El Batallón de Cádiz (Comandante Ortiz de Magariño) en la que yo desde ayer estaba enrolado y por último, la columna de Gómez Cobián, que desde el día 19 estaba posicionada en las avanzadillas de Valenzuela.
Llegados a Rio Salado hice lo que me ordenó el comandante Magariños: quemé mi uniforme, me puse el de las  Brigadas Internacionales y me escondí debajo del puente. Serian las doce de la noche del 27 de diciembre cuando vinieron a recogerme…

-          ¿Es usted el Caguetilla?
-          A sus ordenes mi sargento, dije al adivinar en la oscuridad los galones del contacto
-          Sígame.

El sargento se deslizó barranco abajo y tras tres horas de marcha estábamos en el campamento de la Brigada Walter. En la madrugada del 27 al 28 de Diciembre, tras un noche de intensa lluvia, se efectuó el primer ataque importante de las tropas internacionales.- Por la carretera que desde Andújar conduce a Lopera atacó la columna compuesta por los batallones 10, 11 y 12 de la XIV Brigada Internacional (Walter), a la que me habían enrolado

No sé mucho más: yo estaba, ciertamente era el 28 de diciembre y mi situación parecía una inocentada: estaba digo combatiendo en las proximidades de Lopera contra mis compañeros del teniente coronel Redondo; vestido de internacional; con Porcuna y la Rosa a mis espaldas; con la amenaza del comandante Magariños y, al menos teóricamente, a las ordenes de la banda del Algabeño –  que había huido desde Bujalance junto al capataz del Puente Viejo, el Andrés de Baena. Me había convertido en espía de los nacionales, espía de los republicanos, espía de los señoritos caballistas del de Algaba, en fin espía de mí mismo que solo intentaba buscar a la Rosa y escapar hacia donde fuera…, es lo mismo: en todos sitios me mataban. Con tales pensamientos no es de extrañar lo que pasó: que me dieron un tiro – no sé de qué bando – que me llevaron a Porcuna y desperté en una especie de hospital donde….¡¡¡¡ trabajaba la Rosa de enfermera!!! No lo vi raro, lo vi natural, lo más natural del mundo: si yo era rojo e internacional y luchaba contra los requetés de San Rafael, pues eso: menos raro era que estuviera allí la Rosa, que fuera enfermera de la Republica, que  me diera la mano y me  secara el sudor de la frente.  Así que cerré los ojos e intenté seguir así… medio inconsciente y con la Rosa. Era lo más gustoso y quizás también  lo más sensato.

-          ¿Qué haces vestido de internacional?, me preguntó la Rosa al día siguiente y calmados los ánimos
-          Ni siquiera yo lo sé Rosa, amor mío. ¿sabes algo de mi padre?
-          Tu padre se quedó en la Cruz de Hierro…¿Lo mataron allí?
-          Si. Fue un valiente, Dijo la Rosa sin más, aunque con dulzura infinita
-          ¿Por qué lo mataron?
-          Alguien desde Bujalance anda detrás de una partida de aceite del Puente Viejo…; yo creo que es el Andrés, pero no estoy segura. Tu padre me protegió a mí y a Francisco. Creían que nosotros sabíamos dónde estaba el aceite pues parece ser que alguien lo robó en la Cruz. A Francisco le han cortado una pierna y está aquí en Porcuna en casa de mi tía Ángela
-          Yo también voy detrás de esa partida. Se ve que por los rojos la quiere el Andrés, y por los fascistas el Serrano y el Algabeño.
-          Y de tu padre… ¿del Floro qué sabes?
-          No sé na. Tenía que llegar a la Cruz pero no llego. Quien llegó fue el Andrés que me persigue tanto como al aceite y tuve que salir huyendo para Porcuna
-          Si te ha hecho algo lo mato …
-          Déjate de matar que eso, en dicho, es para tiempos de paz. Ahora no; ahora no lo dicen, ahora lo hacen y se callan. Oye Juan ¿qué tienes tú que ver con el Algabeño?
-          En teoría estamos en el mismo bando y con los mismos objetivos
-          Eso está claro pues lo primero que hizo el Algabeño al pisar Porcuna fue ir a mi casa …Si, a mi casa; parece que mandado por el Andrés. Llegó a mi casa, amenazó con matarte si no le contaba lo que sabía… y acabó intentando hacerme lo de la adelfa.
-          ¡Qué coño estás diciendo!, si el Algabeño es de Queipo… ¿Cómo puede estar en Porcuna si no han entrado todavía los requetés?
-          Pues está, y me habló de ti y me dijo que eras hombre muerto si no llevo al Andrés hasta el aceite antes de que entre Redondo.
-          ¿Y qué le dijiste?
-          Le dije que viniera el Andrés a las uvas de fin de año y que lo llevaría al aceite.
-          De forma que estás con ellos…
-          Yo no estoy con nadie, Juan; yo estoy contigo.
-          ¿Pero tú sabes dónde está la partida?
-          Si
-          ¿Y eso?
-          Mi tía Ángela estuvo ennoviá con uno de Cañete…El Algabeño me dijo que el Andrés te traería vivo hasta mí …; qué si lo traicionaba te mataría. La tía Ángela indagó y parece que el aceite está en la bodega de una casa de señores donde ella fue moza del servicio…
-          ¿Y?
-          Que apareciste herido y vestido de internacional. Esta Guerra no hay Dios que la entienda. Tú, Juan mío, ¿de qué bando eres?
-          Yo soy del bando de donde esté la Rosa. ¿Tú eres de la Republica?
-          Juan: ¿tú me ves a mí de algún bando?; yo soy tuya desde el día de Santiago…Ni entiendo ni quiero entender de otra cosa. ¿Qué vamos a hacer?
-          ¿sabes las heridas que tengo?
-          No son nada. Te han podido matar pero gracias a Dios no son na.
-          ¿podré escaparme  del hospital?
-          Si; yo pondré los medios… El capitán médico se bebe los vientos por mí.
-          Tú le gustas a todo el mundo…
-          Y a mí no me gusta más que el Caguetilla…, y me besó.

El día 31, a eso de las once vendrá el sargento con un parte de alta; lo firmas y te ordenará te presentes a la Walter; no vayas a tu compañía, coge la calle Real y te plantas en la puerta de la sacristía de la Iglesia. Allí te buscare yo.   Ahora tengo que irme.

En el amanecer del día 29 de Diciembre  se endurecieron los ataques de las tropas republicanas, con infantería, blindados y alguna artillería, manteniendo en difícil situación a los efectivos nacionalistas  Yo seguía en el hospital y la Rosa me tenía al tanto. Los más duros combates tuvieron lugar en el Cerro de San Cristóbal, situado al Norte de Lopera, cerca de la carretera de Andújar.- El Cerro de San Cristóbal había sido ocupado anteriormente por el escuadrón de Ceuta, y parte del Requeté que le reforzó cuando se recrudecieron los combates.

La caballería se desplegó por el Cerro de San Cristóbal en una maniobra envolvente, compuesta aquella por la Policía Montada de Sevilla, y los escuadrones de Melilla y Ceuta, que fueron a situarse en las proximidades de Marmolejo. Se entabló un combate desde estas posiciones, pretendiendo las Brigadas correrse por el flanco izquierdo para a su vez envolver a estas tropas, sin que lo lograsen. Llegado este momento se desplegó el Requeté a pecho descubierto hasta conseguir la toma de otra loma más avanzada. Esta maniobra consiguió que los internacionales desistiesen de los ataques, ante lo difícil que encontraban la reconquista de Lopera..

A la noche vino a verme en el hospital el Algabeño; estaba, como yo con el uniforme de brigadista y me abordó sin miramientos.

-          Tienes aquí a la Rosa de enfermera; tienes suerte.
-          Sí, tengo mucha suerte.
-          Pues que no se te acabe. Sigue mis instrucciones y puedes aún salvar su vida y la tuya…
-          Usted dirá
-          El día treinta y un te darán el alta. Te reunirás con el Andrés donde la Rosa te diga y los llevas hasta el aceite. Yo salgo para Córdoba a informar a Redondo y al Serrano de lo que ocurra. Si el aceite está en manos del Andrés es como si estuviera en mis manos, así que no habrá problemas; si no tengo noticias de la requisa, el Andrés tiene órdenes de matar a tu novia. Si la moza no es pa él le da lo mismo. Luego te matará a ti. Cuando entren los requetés te pones este uniforme y te unes al S. Rafael.
-          Yo no sé dónde está el aceite; además el Andrés es rojo y no sé como llegará el aceite a Córdoba con él.
-          El aceite se quedará en Porcuna confiscado con este papel que te doy. Está a nombre del Floro, pero como el Floro está muerto…, pues la responsable es la Rosa. Luego recibiréis ordenes directas mías de lo que hay que hacer.
-          A la Rosa no hay que meterla en este follón; ella no sabe nada.
-          La Rosa es la Rosa y estará contigo si haces lo que te ordeno; si no será del Andrés o mía ¿estamos?. El aceite se queda en donde esté y a cargo de la muchacha. Ella y tu os lo jugáis todo a una carta. Ya te digo que me voy esta noche a Córdoba, y por lo tanto no tendrás noticias  hasta que las cosas se calmen, pero  tengo dadas ordenes de que te quedes en la guarnición de Porcuna. Para ti la Guerra ha terminado.
-          ¿y si no salen las cosas como usted dice?
-          Si no salen las cosas como mando eres hombre muerto, y si hablas más de los que debes, pues también. Si antes de un mes no recibes ordenes mías harás lo que el Andrés te mande, esté el Andrés con los rojos o con los Nacionales. Pa este asunto es lo mismo.
Al día siguiente en el Cerro de San Cristóbal los combates fueron duros; por parte nacionalista se  ocasionaron numerosas e importantes bajas. Murió el teniente Joaquín Bilbao, mi teniente, y José García "El Algabeño". Es decir, el de Algaba no llegó a Córdoba y las instrucciones que me dio se fueron con él a la eternidad. Yo me enteré porque la noticia corrió como la pólvora por la Walter, y me quedé perplejo… Dios mío ¿qué hacer ahora?;  según me enteré más tarde el Algabeño fue nombrado a título póstumo Teniente Honorario de Caballería, e imponiéndosele la Medalla Militar Individual. Así que mi enlace en Porcuna había muerto en el cerro de San Cristóbal, y no sé si lo matarían los requetés o los internacionales;  y yo estaba allí, en un hospital militar de Porcuna esperando a no sé quien, en todo caso al Andrés, el capataz del Puente, que tenía jurado matarme.[1]


[1] Las tropas republicanas también sufrieron cuantiosas bajas, siendo de destacar la del escritor inglés Ralph Fox, que desempeñaba las funciones de comisario adjunto de la XIV Brigada Internacional, cuyo cadáver desapareció en los olivares entre Villa del Río y Lopera.- Así mismo el también súbdito inglés Jhon Cornford, profesor de Oxford, que perteneciente al 13 Batallón fue abatido en el Cerro de San Cristóbal.

domingo, 10 de marzo de 2013

HISTORIA DE JUAN EL CAGUETILLA Segunda parte


2.- De cómo el ejército de Franco llegó a Porcuna

Yo soy el Caguetilla, y por avatares de la vida estoy enrolado como requeté a las órdenes del Coronel Redondo. Mi única mira es encontrar a la Rosa, la mujer con la que me voy a casar en cuanto la encuentre, que debe estar en Bujalance. Según el Serrano estaremos en Bujalance en unos días. Dice el Serrano que la estrategia del Cuartel General del Ejército de Andalucía es atacar para conquistar los olivares de Alcolea a Andújar. La cosecha es buena, los árboles están  cuajados de aceituna madura.
El terreno sobre el que va a operar la ofensiva, según el Serrano, toma como base la línea  Córdoba-Espejo-Castro- Baena, es decir la  línea sobre la que discurre el río Guadajoz y que pasa por el Puente Viejo. Yo me he criado en esas tierras y las conozco como la palma de la mano.  Desde allí quieren llegar a Porcuna pasando por Valenzuela y Albendín.  En el centro están  Cañete de las Torres y Bujalance, el pueblo de la Rosa.
Y en efecto, según fueron las cosas, la Orden General de Operaciones disponía la ofensiva iniciándose con dos columnas; una, al mando del teniente coronel Luis Redondo García, la nuestra, y otra bajo el comandante Alfonso Gómez Cobián. Cada columna tenía unos efectivos de unos 2.000 hombres, aproximadamente.  La columna de Redondo la constituía, entre otros  el Tercio Cordobés de San Rafael al que yo pertenezco.
El día 11 de diciembre, entrada la mañana, nos pusimos en marcha en dirección a Cabra,  alojándonos, al llegar en el Colegio de las Madres Escolapias. A eso de las nueve me mandaron presentarme al  Capitán.

-          A sus ordenes mi capitán.
-           En las Escolapias hay una monja de la Algaba, ¿la conoces?,
-          No mi capitán
-          ¿y a su hermano el caballista?
-          Lo vi rejonear en la Maestranza mi capitán, pero no he hablado nunca con él. El Coronel me dijo que estaría a sus órdenes…
-          Está aquí y quiere conocerte. Vendrá esta noche después de la retreta a ver a su hermana. Tiene órdenes de contactar en Bujalance con la resistencia y me han dicho que tu padre es de allí…
-          De Bujalance es mi suegro. No sé dónde está mi padre mi capitán.
-          Bueno, puede que esté allí… y la Rosa también.
-          No entiendo, mi capitán, que tiene que ver la Rosa con esto, ni de qué conoce usted a mi novia.
-          Tú estás aquí por el Serrano; Y el Serrano conoce a la gente del Puente; Tu padre y la Rosa tienen que saber dónde está el aceite del Serrano que se llevaron los rojos; si no nos lo dicen…; bueno que no hay que hablar más, que si quieres que la Rosa tenga noticias tuyas y tú de la Rosa le das una carta al Algabeño cuando venga esta noche. Puedes  retirarte.

Me fui al barracón un tanto confuso. Yo creía que la recomendación del Serrano era solo para meterme en el Ejército, pero según lo visto se me pedía otra cosa. Lo que buscaba el Serrano era el aceite y no más, y lo que me temía era involucrar a mi padre o a la Rosa en el asunto. Y más con el Algabeño por mitad. El rejoneador no tenía buena fama. Al contrario, alardeaba de mujeriego en pueblos ocupados por los franquistas; mujeriego, pendenciero y cruel en las purgas. Decidí no poner en contacto a mi Rosa con él.   Ya recibiría noticias mías por otro conducto. Así que a la noche acudí a la cita pero no le di carta alguna al Algabeño ni la dirección del Floro; simplemente dije que no la sabía.
-          No hace falta la dirección, me dijo; ya la averiguaré yo y le diré a tu novia que estás bien…Adiós…, Caguetilla.
Yo había visto al Algabeño en el Puente en una cacería que dio la Marquesa. Luego lo volví a ver cuando quisieron criar ganao bravo. Era "caballista de la capital”, rodeado siempre de los capataces y aperadores del Cortijo del Alamillo en la Algaba, y según los rumores lo habían fusilado en los primeros días de la Guerra.  El Algabeño era de las gentes de las grandes fincas, señoritos acostumbrados a recorrer sus cortijos a caballo, aficionados a la equitación y mozos de las ganaderías bravas. Vestían a la campera y con sombrero cordobés o de paja con una escarapela con la bandera monárquica.
El 3 de agosto Queipo de Llano dio cuenta por la radio que
 “ Algabeño está formando parte de una partida de falangistas  de la que "se hablará mucho en su día" al tiempo que desmiento su muerte, falsamente anunciada por un periódico portugués.
"Esto, como sabéis, carece por completo de veracidad. Pepe el Algabeño disfruta de excelente salud y está prestando brillantísimos servicios en Falange y forma parte de una columna de la que se ha de hablar en breve mucho y bien. El Algabeño está henchido de entusiasmo, como todos los falangistas, y ha de dar muchos días de satisfacción y de gloria a España, si no en los toros, como militar voluntario".
Probablemente Algabeño perteneciera primero a la partida de Ramón Carranza, alcalde de Sevilla, y más tarde al escuadrón del comandante Alfredo Erquicia Aranda, Agregado al Estado Mayor de Queipo de Llano, se ocupaba de tareas represivas y de enlace hasta que yo lo conocí en las Escolapias y luego en Porcuna tal como cuento.
En Cabra estuvimos, no sé bien por qué, hasta la tarde del día 14 en que salimos para Baena llegando allí al anochecer, y en la madrugada del 15 emprendimos la marcha hacia Cañete de las Torres.  En los tres días siguientes se desarrollaron cruentos combates en las inmediaciones del pueblo. La caballería de Regulares al mando del comandante López de Letona realizó un movimiento envolvente por el flanco izquierdo. Los nuestros llegaron hasta el Cortijo de la Cruz. En la Cruz hicieron prisionero a un tal Juande que yo conocía de haber estado en el Puente y que era, o había sido, amigo del Andrés. Antes de que lo fusilaran le pedí al Capitán hablar con él.

-          Conozco al prisionero mi capitán. Él nos puede ayudar a encontrar el aceite. Quizás tenga noticias de la Rosa y del Floro.
-          Ve y lo interrogas y luego me das parte, contestó el capitán.
-          Juande ¿sabes quién soy?, le dije una vez que me pusieron con el prisionero.
-          Si, el Caguetilla
-          ¿Y la Rosa, y mi padre, y el Floro?, ¿Dónde están? Sé que llegaron hasta aquí.
-          Yo no sé na, dijo el Juande.
-          Pues si no sabes na no podré ayudarte y tienes el pelotón en las orejas…
-          Deja que piense…; a lo mejor me acuerdo. Al Floro creo lo mataron en una refriega en Bujalance.  Decían que era fascista y había robado una partida de aceite…
-          ¡Cabrones!, ¿y la Rosa?
-          La Rosa se fue huyendo del Andrés. No sé donde está, pero en Bujalance no; la casa del Floro se la requisaron a una cuñada hermana de la Ernesta. Ahora es del pueblo.

No hablamos más, pero al Juande le hicieron juicio sumarísimo, lo fusilaron y lo enterraron junto a mi padre que él había matado unos días antes…Yo no sabía que mi padre estaba enterrado allí.

Al amanecer del día 18 se proyectó la maniobra de ataque a Cañete de las Torres por la vanguardia de las tropas de Redondo, integradas primordialmente por Requetés :Tercios de la Merced, Virgen de los Reyes, Virgen del Rocío, y de San Rafael, es decir mi tercio,  y en su flanco derecho protegido por la caballería de López de Letona, pero los rojos habían volado los puentes del Barranco Hondo y tuvimos que acampar cerca de la carretera de Porcuna desde donde ya se divisaba Cañete.
Al amanecer del día 20 el  teniente coronel Redondo dio orden de tomar Cañete de las Torres y tras ser batida por la artillería de la columna; entramos en esta localidad al mediodía hallando escasa resistencia. A las 4 de la tarde del mismo día 20, una columna a las órdenes del comandante Erquicias Aranda tomó Bujalance sin apenas resistencia, pero yo no entré en el pueblo con los vencedores por lo que os contaré más adelante. Mi misión en Bujalance según las órdenes recibidas en Cabra era buscar a Rosa y a su padre y ponerme en contacto con el Algabeño que debía estar allí; entonces no sabía cómo estaba el Algabeño – un falangista . en Bujalance antes de que lo tomara Redondo. Ahora sí que lo sé.  

 Parece ser que el Algabeño se había introducido en las filas republicanas y llevaba, según me dijeron, un par de días buscando a la Rosa en Bujalance. Pero lo que no supe hasta que tomamos Porcuna es que el Andrés (sí, el Andrés, el capataz del Puente Viejo, el del Comité Revolucionario de Baena) y el Algabeño,  huyeron juntos en la estampida de Bujalance; los dos a caballo,  los dos – uno rojo y el otro fascista – unidos para forjar mi desgracia. Ambos se concertaron en Bujalance,  sin más meta que robar el aceite y forzar a la Rosa, para escapar hacia Porcuna.
Tomado Cañete y Bujalance, las fuerzas se  dividieron en dos columnas; una mandada por el comandante Pérez de Guzmán tomó la carretera que de Bujalance se dirige a Pedro Abad, y otra, al mando del teniente coronel Redondo García, tomó el camino del Carpio.

lunes, 4 de marzo de 2013

HISTORIA DE JUAN EL CAGUETILLA Primera parte


-       

Yo soy el Francisco, el mulero mayor,  y sigo contando la historia del aceite del Puente Viejo. No sigue la Rosa porque no estaba cuando pasó lo que cuento ahora, y esta historia alguien la tiene que terminar. La Rosa se enteró de los crímenes de la Cruz cuando al día siguiente  alinearon a los muertos enemigos de la revolución y del pueblo abatidos por el valiente ejercito miliciano en el patio del Cortijo;  y allí estaba muerto  el Cagueta, su suegro, y uno de los cañeteros que no quiso ir a Porcuna y en lugar de llegar a Cañete se fue a la eternidad.
En la Cruz, y con la pierna a rastras, los enterré como cristianos y lloré cuanto pude y cuanto me dejaron, pues el Andrés acudió a la Cruz a por la Rosa y… a por el aceite; Se quedó detrás de un ciprés donde no lo vieran y le dio a la Rosa el pésame con disimulo. Luego, no sé bien por qué, se marchó. Unos días más tarde, temiendo que el Andrés la buscase de nuevo, la Rosa cogió lo indispensable y se fue a Porcuna, a casa de su tía Ángela – hermana del Floro – que vive en aquel pueblo. En Porcuna vivió la Rosa hasta finales del 36 procurando pasar inadvertida. Y a Porcuna me llevaron a mí unos días más tarde con la pierna medio gangrenada y el alma muerta.  En Porcuna me cortaron la pierna y me salvaron la vida y al final acabé refugiado en la casa de la Ángela, la tía de la Rosa, Dios la bendiga; desde allí os cuento esta historia. Estaba y estoy solo; lisiado y solo. Tengo ya más muertos enterrados de los que quisiera, y solo falta enterrarme a mí mismo, aunque eso, a mi entender, será difícil.
Un día la Rosa se topó con uno de aquellos milicianos del Comité de Cañete que habían robado en la Cruz el aceite del Puente Viejo.
-          ¡Anda!, pero si es la Rosa, la hija del Floro el guarda del Puente. ¿Pero tú no estabas en Bujalance?
-          Estoy aquí si no te importa…, quítate de en medio que voy por pan.
-          Al Andrés le gustará saber que estás en Porcuna…; Además le ha echado la culpa del aceite al Floro. Dice que tu padre fue el ladrón y no nosotros los de Cañete, pues también. Habrase visto el cabrón…; con eso del Comité quiere mandar más que Cascajo. Se ha empeñado en buscarte y quedarse con el aceite. Dice que el aceite es suyo porque era del Puente y en el reparto se ha quedado con el olivar. Y que tú también eres suya porque te dejaste…tocar el culo.
-          Apártate cabrón o te mato; y a propósito: ¿Tu eres el Roque?, ¿el mancebo de la botica?
-          Pues sí, y qué
-          Que tú ibas con el Andrés el día del avión. Algo tendrás que decir de eso…
-          ¿Y qué?
-          Que huisteis como conejos y que no entiendo que tienes que ver con el aceite. El aceite se quedó en la Cruz.
-          Muy bien hermosa, muy bien; vete a la Cruz y lo buscas, como el Andrés te buscará a ti
Y el Roque se marchó por la cuesta arriba dejando a la Rosa en el mayor de los desconciertos. Ella y yo sabíamos que el aceite estaba en Porcuna, pero los de Cañete lo tenían escondido y el Andrés estaba a la luna de Valencia.


1.      De cómo el Caguetilla se hizo  requeté

Esto lo cuento yo, Antonio Pérez el Serrano, el arrendatario del Puente Viejo. Francisco, el mulero mayor,  no sabe estas andanzas, y por lo tanto no puede contarlas. Tampoco la Rosa, porque no estaba en el sitio ni sabe lo que se cuece en Córdoba. Bastante tienen la moza con estar tan buena como está. Si no fuera por el Caguetilla…, hablaríamos de otro modo, pero se ha enganchado con el curilla y…, mejor que me calle. Pero a lo que vamos: os voy a contar como estoy intentando buscar el aceite del Puente Viejo, y como hice que precisamente el Caguetilla se hiciera requeté. Si lo mataban, bien; ya hablaría yo con la Rosa. Si no lo mataban en el frente, pues eso, que estoy seguro que buscaría a la Rosa y al Floro y de paso encontraba el aceite; así que también, bien. Del Caguetilla se podría encargar el Algabeño… 
 A mediados de agosto de 1936 las cosas estaban como siguen: yo salvé la vida huyendo del Puente por los sotos del Guadajoz y conseguí entrar en Córdoba vivo. Las noticias seguían siendo confusas; de Almodovar llegaban noticias de la muerte de los Marqueses, y yo los representaba, al menos en el Puente. Con los marqueses muertos debía seguir como hasta ahora, que a rio revuelto ganancia de pescadores. El caso es que los frentes de la Guerra desde la toma de Baena estaban más o menos establecidos. Los  republicanos y los nacionalistas se prepararon para pasar el  invierno mientras se esperaba la inminente caída Madrid.  Pero Madrid no caía; Miaja organizó al ejército, llegaron las Brigadas Internacionales y los frentes se estabilizaron en la Ciudad Universitaria. Había pues que prepararse para 1937  y entre otras cosas era vital la intendencia. Uno de los productos básicos  para aguantar hasta la primavera era el aceite.  Ningún otro producto generó una campaña militar; El aceite movió en ese momento voluntades, esfuerzo bélico, importantes recursos humanos, miles de vidas y… según me ha contado el teniente coronel Redondo en el Círculo, una ofensiva del frente de Córdoba antes de diciembre, es decir en unas semanas. Una ofensiva trazada y planeada para recoger la cosecha que aún cuelga de los árboles y que empieza  a pintar de negro los árdales de las olivas. La aceituna viene temprana.
Según me dijeron, también en el Círculo, resulta que el problema de los azules, los de Franco o como quiera llamárseles, es que  en la zona Nacional apenas hay olivos. Los franquistas piensan que la  ofensiva de Badajoz aliviará la escasez de aceite; pero yo sé que no será  así: en Badajoz hay pocos árboles y poca aceituna y no se remedia la carestía con cuatro chaparros en la zona de Corcuera, u otros cuatro en Cáceres. Y es como yo lo digo porque el precio del aceite está por las nubes en Sevilla y en Córdoba. Jaén,  la Córdoba olivarera,  las Comarcas de Antequera y Ronda  y gran parte de la Provincia de Granada son Rojas y allí se concentra el ochenta por ciento del aceite Andaluz.
Estaba yo en el Círculo cuando, para remediar el asunto del precio del aceite, el uno de noviembre de 1936, el General Queipo de Llano promulgó el siguiente bando en la ciudad d de Sevilla. El citado bando lo colgaron, también, del tablón de anuncios de nuestro casino:
"Don Gonzalo Queipo de Llano, General Jefe del Ejército del Sur.
Hago saber: Que con idea de normalizar de una vez el mercado del aceite de oliva, aunando la debida remuneración al agricultor y comerciante, todo ello en bien de la economía y fuente de riqueza nacional, con el deseo de no perjudicar grandemente al pequeño consumidor, dispongo que desde esta fecha se fije la tasa de este artículo en la siguiente escala y forma: El aceite viejo, o sea el existente de cosechas pasabas, se tasa su precio de venta por el productor en pesetas 20 la arroba para los de tres grados de acidez y sobre vagón Sevilla. Los aceites de la próxima cosecha, en pesetas 25 céntimos menos, o sea a 19,75 la arroba para los tres grados de acidez. Los aceites de mayor o menor graduación de acidez tendrán una reversión en más o menos de 25 céntimos por grado y arroba. El precio de venta del mayorista será el de 21,25 pesetas la arroba, y el del detallista, el de 22,50, o sea l litro a 1,80 pesetas. Para los aceites finos y entrefinos se decreta la libertad de contratación. Los aceites refinados tendrán una tasa de venta por  mayorista de 23,50 pesetas, y por el detallista, de 25,15 pesetas, o sea el litro a dos pesetas. La duración de la presente tasa tendrá un mínimo de vigencia de dos meses, o sea hasta el 31 de diciembre próximo.
Se advierte, de una manera clara y terminante, que serán gravemente sancionados tanto los productores corno los comerciantes que no se atengan en un todo lo que se ordena en el presente bando, para lo cual he ordenado la más fiel y eficaz vigilancia, que en bien de todos es de esperar no sea necesaria.
Cuando leí el bando en el tablón del Circulo de la Amistad, tuve por cierto que habría estraperlo, pues el aceite se cotizaba en Córdoba al cuádruple de lo que el bando establecía y para entonces, primero de noviembre, se habían vaciado ya las pocas bodegas que contenían aceite de la campaña anterior. El aceite del Puente  de la campaña de 1935-36 se entregó en los molinos de Espejo,  pero luego volvió a la bodega del Cortijo, y no ha retirado todavía el Sebastián, así que allí  quedaría, podía ser, quizás, mil arrobas según mis cuentas. Y además que el aceite no se tira, el aceite tiene que estar en alguna parte, y aunque lo depositara el molino de Espejo, el aceite del Puente es del Puente,  y por lo tanto mío. Y el nuevo, el de este año, está en los arboles. La cuestión es quién lo tiene que coger: Los marqueses no, que están muertos; los rojos tampoco que lo van a perder…, y los nacionales pues…: ¡ que el precio bajará si cae en manos de Queipo!. Así que la cosa está clara, Serrano, me dije a sí mismo: de noviembre a enero el aceite vale en la calle más de cien pesetas la arroba. Luego bajará a veinte y cinco, que Queipo es mucho Queipo. Para hacer dineros no hay más que vender ahora de estraperlo, declarar el intervenido y reponerlo del de la nueva cosecha. Las cuentas claras: mil arrobas a cien pesetas, cien mil pesetas en un mes. El problema es buscar el aceite, venderlo ahora  y reponerlo cuando esté barato.
            Como El Puente está ya en zona nacional después que Sáez de Buroaga tomara Baena se dijo el Serrano:
-          puedo alargarme a la hacienda y ver si realmente quedaba allí aceite, pues en caso contrario, a qué hacer na.  Claro que si se lo ha llevado debe estar en Bujalance que sigue en zona roja. Alguien de mi confianza debe  estar en Bujalance en el momento de la toma. Redondo dice que Bujalance es objetivo prioritario por la fuerza que tiene allí la CNT .. Quedan apenas tres semanas para iniciar la recolección e intuí lo que había de pasar: los franquistas atacarían las zonas olivareras partiendo de Córdoba. De Puente Viejo a Castro había poco olivar; las plantaciones  de Baena estaban destrozadas y la campaña, de empezar, era conflictiva.
Yo sabía – continuó meditando el Serrano -  que el aceite no está en Baena según información que me dio Robles, un sargento de Sáez de Buroaga que había hecho pesquisas en el pueblo. Robles me lo dijo a mi porque me debía un favor de cuando el Andrés le hizo una barriga a la prima de su nuera y le echamos tierra al caso casándola con no me acuerdo quien. Robles no me engaña. Lo mejor es – le dijo al Serrano – buscar el aceite en Bujalance, en Porcuna, en Villanueva o en Montoro. El aceite está en el Guadalquivir y en Jaén; buscarlo en otro sitio es perder el tiempo.  Además pensé, en Bujalance está el Floro, el guarda del Puente y la Rosa y ellos pueden darme información. Ver a la Rosa es siempre una baza para quien cumpla el encargo. En definitiva el aceite es mío en tanto que yo era el arrendatario del Puente en 1935. La cuestión es buscarlo. Para recuperar el aceite necesito un documento de requisa que me puede proporcionar el Algabeño y que alguien se pegue a las huestes de Franco que atacaran Rio Guadalquivir arriba. El que vaya tiene que estar en contacto con la zona republicana … lo mejor será que hable con  Luis Redondo.
De esta guisa, y sin decir una palabra en el Circulo, Antonio Pérez tomó su jaca y cabalgó hasta Puente llegando al atardecer. La Hacienda estaba saqueada y solitaria. La casa de Señores destrozada, las yuntas robadas, el ganado desaparecido y solo el cadáver de su perro Tango, el mastín de la finca, ya hinchado y maloliente, permanecía en la lonja de entrada. Sin pensárselo dos veces se fue a casa del Floro, en antiguo guarda. El Serrano sabia que Juan Sánchez el Caguetilla estaba allí. Lo sabía por Cagueta que había mandado al  Curro, mulero y también amigo del Floro, desde la Cruz de Hierro a Córdoba antes de su muerte en la parra. La nota del Cagueta decía  lo siguiente:
Serrano: A finales de julio llegó el Andrés al Cortijo con ciento y pico hombres de Baena. Destrozaron y robaron lo que quisieron y luego un avión los esturreó por el Soto. Muchos murieron, pero no el Andrés que se quedó en la bodega. Enterramos a los muertos el sábado y el domingo salimos para Bujalance después de descolgar al Gumersindo de la encina del cornijal. ¿Recuerda Usted al Gumersindo? Sí, el Gumersindo, el zagal medio bobo que iba con los marranos de Leocadio. Lo colgaron por confundir un avión de Cascajo como si fuera de la República. Parece ser que los que quedaron vivos, a resultas de lo del avión,  se reunieron en Castro y huyeran a Baena. Se han llevado al Floro y a la Rosa; a los pastores también;  yo me subí con ellos para salvar la vida y nos han dejado en un Cortijo de Cañete que se llama la Cruz de Hierro. No sé  si se han llevado a alguien más. La Rosa está conmigo, y  su padre creo en Bujalance. Quedó en volver a la Cruz y hasta la fecha. Mi Juan  el Caguetilla, según me han contado, volvió al Puente a buscar a la Rosa  para llevársela a Córdoba, pero encontró el nido vacío. Me han dicho que ha vuelto al Puente por si la Rosa regresa con el Floro; si no, dice que irá a Bujalance o al fin del mundo. Los zagales está cegaos y lo más fácil es que lo maten también. A mí me dicen que me han enrolado en la Milicia de Bujalance, ya ve usted, ¡a mis años!, y no sé para donde voy a tirar, ni si el enlace que le lleva esta carta pasará las líneas. Ya sabe que soy de los suyos pero tiraré tiros para donde me manden o los recibiré cuando Dios quiera. Se despide, el Cagueta.
Con la nota en la mano entré en la casa del Floro. La puerta estaba entreabierta y apenas se veía la habitación iluminada con la única luz de una pava de paja en la chimenea. Se cocía allí lentamente un pucherillo de garbanzos que olía  en el cuartucho de forma peguntosa.
-          Sé que estás aquí, Juan; sal que soy yo, el Serrano. Pero no obtuvo contestación. Sal que soy José y te traigo noticia de tu padre y de la Rosa.

El Juan salió de detrás de unos sacos de guano con una almaina en ristre.
-          Yo no te he robado ni tengo nada que ver con el Comité de Baena ni con el de Bujalance. Me han dicho que mandaron al Floro a entregar el aceite en Bujalance y se llevaron a Rosa con ellos.  El Floro es el guarda del Puente y eso no se olvida. Volverá al Puente; Rosa y yo estamos citados aquí y Rosa volverá con su padre.
-           Baja la almaina, gilipollas; ¿y si no vuelven?
-          Si no vuelven es que los han matado y entonces me vengaré.
-          ¿Tú solo?, pregunté. ¿tú solo contra el ejército de la Republica? Tu, además de maestro escuela y curilla de mierda eres tonto del culo. Tú solo no vas a ninguna parte; el Andrés quiso que cantaras misa en el Soto; y ya sabes lo que significa cantar misa. Tú estás muerto en un lado y en el otro si no me haces caso, y le entregó la nota de Cagueta, su padre. Además el Andrés quiere a la Rosa; mejor será que vayas a Bujalance con los requetés de Redondo. La única forma de reencontrarte con la Rosa es unirte al ejército de Franco; están movilizando reservistas y pronto te llegará el turno. Si no llegas tarde a lo mejor te encuentras a la Rosa entera … Toma esta carta, vete mañana a la Veterinaria y pregunta por el Coronel D. Luis Redondo y te pones a sus órdenes. Él te llevará a Bujalance en un par de semanas y allí buscas a la Rosa en su casa o donde esté.
-          ¿Usted que gana con ayudarme?
-          Yo gano el aceite del Puente que se llevó el Floro a Bujalance…Él tiene que saber donde lo han puesto. Los requetés lo requisarán como del Puente. Donde esté el aceite  me lo escondes y yo iré por él. El Floro y la Rosa saben dónde está. Seguro.
-          ¿y si no voy?
-          Si no vas, si no vas…, pues a lo mejor el Floro queda por ladrón del aceite y los mismos requetés lo fusilan cuando tomen Bujalance; así que mejor que cojas la carta y estés mañana en la Veterinaria.
Cuando salí a la lonja del Cortijo hacia frio y la noche se echaba encima, así que abrí la casa de señores y me tumbé en un jergón; no había otra cosa. La jaca la metí en la cuadra y rebañé algo de rastrojo en los ejidos. En la cuadra había una mula roma. Luego vino el Caguetilla y me trajo un plato de cocido, y yo le ofrecí lo que tenía: una bota de vino. Al amanecer salí de la casa del Floro, monté en la jaca y la puse  al trote camino del Lobatón y de Córdoba. Ya no había que bajar por el Guadajoz. Supongo que el  Caguetilla salió detrás de mí en la mula roma  que no pillaron los de Baena el día del avión. La mula estaba trabada en la huerta y no la vieron los milicianos. Luego, alguien la soltó y deambularía por los ruedos de la Hacienda cuando llegó Juan a por la Rosa. La trabaría  y se hizo con el animal. El caso es que estaba en la cuadra.
De una forma u otra, lo cierto es que al día siguiente el Caguetilla se presentó en el Cuerpo de Guardia de la Veterinaria y entregó la carta del Serrano al suboficial jefe de puesto:
-          Es para el Coronel Redondo
-          Espera aquí, respondió el sargento.
Pocos minutos después el Caguetilla entraba en el despacho del Coronel:
-          A las órdenes de usía mi Coronel, dijo Juan.
-          Descansa muchacho ¿de qué conoces al Serrano?
-          Mi padre es empleado del Puente Viejo
-          Ya…; ¿Estás  licenciado?, ¿cuando se reengancha tu quinta?
-          Me licencié el año pasado, y espero que me llamen cualquier día.
-          ¿Qué sabes hacer?
-          Soy maestro de escuela
-          Pues el día de tu reenganche es mañana. Preséntate al sargento que te apunten y te den uniforme de requeté y armamento. Esta noche vienes a retreta. Pasas a estar a mis órdenes directas en comunicaciones. Si hay algún problema o alguna duda que vengan a verme. De momento te vas a incorporar al trabajo del Algabeño.  Puedes retirarte.
Y así fue como Juan Caguetilla se enroló en los requetés de San Rafael a las órdenes de D. Luis Redondo y del Algabeño tal como teníamos hablado. El Caguetilla – que me tiene alejado de la Rosa –, sigue contando el Serrano, se va a convertir en mi hombre de confianza en Bujalance. Cosas que tiene la vida. Así que los  dos objetivos que decía al principio ya están cumplidos. La orden de requisa me la ha dado el Algabeño – claro que hay que darle su parte que nada es gratis - y al Caguetilla le pago con que vea a la Rosa que no es poco. Según el de Algaba  acabaremos metiéndolo de una forma u otra en la zona roja. Por ver a la Rosa el Cagueta se mete en el infierno.
            El mismo Caguetilla nos cuenta como fue aquello según los planes del Serrano.