Puede que todo esto que voy a escribir no sea más
que un deseo que se hizo realidad en un
pequeño pueblo del Sur de España, hace
ya más de diez años. Cuando me lo contaron no le di transcendencia y solo
luego, meses después, fui haciéndome a la idea de la enjundia de lo ocurrido.
El hecho pasó, como pasan las cosas transcendentes, casi inadvertido: en
silencio, con la naturalidad propia de los amaneceres de esta tierra
contradictoria y seca; amaneceres repetidos, iguales, imperturbables como el
anti ciclón de las Azores. Amaneceres de cielos ya sabidos: azulados,
blanquecinos y toscos; cielos que marcan contornos y disipan incertidumbres,
pero también las crean.
Solo el Caminante se percató de los matices del
asunto para aunarlos en la historia
coherente que me relató con su lenguaje ondulante y difícil. Lo sabía por la
costumbre suya de observarlo todo, de medir las distancias, de aunar los
acontecimientos. Luego, como no, casarían lo relatado con la cadencia esa que pregonaba su voz. ¡Ah!,
El Caminante, cuanta una historia sin contar para que el relato sea algo natural y cotidiano. Este cuento, o mejor la historia de la
esquela de los difuntos y la casulla bordada,
es consustancial con esa forma suya de actuar. A veces provoca la
interrogante; a veces la aclara, o incluso la despeja.
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A lo que íbamos: aquella noche, precisamente aquella noche,
poco después de llegado el día anunciado semanas antes, murió el hombre bueno.
Sus hijos dispusieron el entierro según lo acostumbrado en
el lugar. Se llamaría a los hermanos; temprano para que pudieran llegar al
tanatorio; hermanos y parientes que vivían aquí y allá. Se avisó al pueblo –
que el hombre bueno quitó muchas hambres-. Y a la esposa no hubo que avisarle
porque estaba allí aunque llevara cincuenta años muerta. Unos avisarían a
otros. Los del pueblo correrían la voz. Los venidos de lejos se avisarían
directamente por teléfono. Los de la ciudad se enterarían por el periódico.
Pondrían una esquela. Sí, se encargara la funeraria, acordaron – precisó el Caminante
cuando me contó esta historia- .
Todo quedó planeado; perfectamente planeado por la
funeraria; había que decidir: a ver dígame: dirigiéndose al hijo, a la hija...
al que decida, al que deba pagar:
-
por favor señale que debemos poner:
-
No hemos dormido: déjenos un poco, por Dios.
-
Perdone señora, le dijo el comercial de la
funeraria a la hija del hombre bueno: es que el rotativo ha de salir mañana.
Hasta las tres podemos introducir la esquela; en caso contrario la gente
faltaría al entierro. Si lo prefiere puede rellenar los datos un familiar. ¿Un
amigo? Aquí tiene varios modelos: “Rogad a Dios en caridad por el alma de D..., que falleció a
la edad de, habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de su
Santidad...”, el tamaño a elegir – media página trescientas mil - , excesivo;
Un cuarto ciento doce, plausible y más elegante; estándar setenta, aceptable.
Los tamaños inferiores francamente ridículos. En cuanto al modelo tampoco la
cuestión era fácil: el modelo estándar...,
su esposa Dñª..., sus hijos Dñª, Dñª, D.; hijos políticos...
-
Mire, no haga esquela
-
¿Cómo?
-
Sí, que no haga esquela. Que quién tenga interés
se entera, y el que no, mejor que no venga.
-
Como guste, pero mire: no es lo usual; lo van a
criticar de tacaño; el muerto se merece otra cosa.
-
Largo, amigo; y respete mi dolor.
-
El muerto se merece otra cosa…,
-
Largo he dicho, pedazo de cabrón;
Así que al funeral fueron los que fueron pero no había cura.
El capellán del cementerio estaba enfermo y el sustituto despachaba al muerto
sin funeral; se las apañaba con un responso.
-
Estimada familia – continuó hablado el caminante
como si fuera el cura sustituto - . Vamos a
despedir a vuestro padre recordando que por el bautismo se incorporó a
la Iglesia y la Iglesia lo despide…
De la sacristía salió D. Marino...
-
Un momento, D. tal, dijo D. Mariano solemnemente. El muerto es
feligrés mío y yo oficiaré el funeral, si a Usted no le importa. D. Mariano
llevaba la casulla bordada que el hombre bueno regaló a la parroquia.
Terminado el funeral enterraron al padre junto a la esposa
muerta años atrás; Ya se iba todo el
mundo cuando el hijo se acercó al sacerdote:
-
¿Quién le avisó, D. Mariano?
-
Una señora alta, morena, de pelo largo y ojos
profundos…
Esto me lo contó el caminante, Y
luego calló, y siguió su camino recitando unas estrofas de Tennessee Wiliams a
las que él añadió las suyas propias:
Con que serenidad la rama del olivo
mira cómo declina
la luz del cielo,
sin un llanto, sin
dolor, sin desconsuelo,
sin un rezo por el
sol que se ha perdido.
Con qué serenidad cerró los ojos
Sabiendo que Rosario lo esperaba
En el atrio donde nació la llama
De un
amor apasionado y duradero…
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