sábado, 19 de enero de 2013

CUENTO DE LA ESQUELA DE LOS DIFUNTOS Y LA CASULLA DE D. MARIANO




Puede que todo esto que voy a escribir no sea más que  un deseo que se hizo realidad en un pequeño pueblo  del Sur de España, hace ya más de diez años. Cuando me lo contaron no le di transcendencia y solo luego, meses después, fui haciéndome a la idea de la enjundia de lo ocurrido. El hecho pasó, como pasan las cosas transcendentes, casi inadvertido: en silencio, con la naturalidad propia de los amaneceres de esta tierra contradictoria y seca; amaneceres repetidos, iguales, imperturbables como el anti ciclón de las Azores. Amaneceres de cielos ya sabidos: azulados, blanquecinos y toscos; cielos que marcan contornos y disipan incertidumbres, pero también las crean.
Solo el Caminante se percató de los matices del asunto para aunarlos  en la historia coherente que me relató con su lenguaje ondulante y difícil. Lo sabía por la costumbre suya de observarlo todo, de medir las distancias, de aunar los acontecimientos. Luego, como no, casarían lo relatado  con la cadencia esa que pregonaba su voz. ¡Ah!, El Caminante, cuanta una historia sin contar  para que el relato sea  algo natural y cotidiano.  Este cuento, o mejor la historia de la esquela de los difuntos y la casulla bordada,  es consustancial con esa forma suya de actuar. A veces provoca la interrogante; a veces la aclara, o incluso la despeja.
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A lo que íbamos: aquella noche, precisamente aquella noche, poco después de llegado el día anunciado semanas antes, murió el hombre bueno.
Sus hijos dispusieron el entierro según lo acostumbrado en el lugar. Se llamaría a los hermanos; temprano para que pudieran llegar al tanatorio; hermanos y parientes que vivían aquí y allá. Se avisó al pueblo – que el hombre bueno quitó muchas hambres-. Y a la esposa no hubo que avisarle porque estaba allí aunque llevara cincuenta años muerta. Unos avisarían a otros. Los del pueblo correrían la voz. Los venidos de lejos se avisarían directamente por teléfono. Los de la ciudad se enterarían por el periódico. Pondrían una esquela. Sí, se encargara la funeraria, acordaron – precisó el Caminante cuando me contó esta historia- .
Todo quedó planeado; perfectamente planeado por la funeraria; había que decidir: a ver dígame: dirigiéndose al hijo, a la hija... al que decida, al que deba pagar:
-          por favor señale que debemos poner:
-          No hemos dormido: déjenos un poco, por Dios.
-          Perdone señora, le dijo el comercial de la funeraria a la hija del hombre bueno: es que el rotativo ha de salir mañana. Hasta las tres podemos introducir la esquela; en caso contrario la gente faltaría al entierro. Si lo prefiere puede rellenar los datos un familiar. ¿Un amigo? Aquí tiene varios modelos: “Rogad a Dios en  caridad por el alma de D..., que falleció a la edad de, habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de su Santidad...”, el tamaño a elegir – media página trescientas mil - , excesivo; Un cuarto ciento doce, plausible y más elegante; estándar setenta, aceptable. Los tamaños inferiores francamente ridículos. En cuanto al modelo tampoco la cuestión era fácil: el modelo estándar...,  su esposa Dñª..., sus hijos Dñª, Dñª, D.; hijos políticos...
-          Mire, no haga esquela
-          ¿Cómo?
-          Sí, que no haga esquela. Que quién tenga interés se entera, y el que no, mejor que no venga.
-          Como guste, pero mire: no es lo usual; lo van a criticar de tacaño; el muerto se merece otra cosa.
-          Largo, amigo; y respete mi dolor.
-          El muerto se merece otra cosa…,
-          Largo he dicho, pedazo de cabrón;
Así que al funeral fueron los que fueron pero no había cura. El capellán del cementerio estaba enfermo y el sustituto despachaba al muerto sin funeral; se las apañaba con un responso.
-          Estimada familia – continuó hablado el caminante como si fuera el cura sustituto - . Vamos a  despedir a vuestro padre recordando que por el bautismo se incorporó a la Iglesia y la Iglesia lo despide…
De la sacristía salió D. Marino...
-          Un momento, D. tal,  dijo D. Mariano solemnemente. El muerto es feligrés mío y yo oficiaré el funeral, si a Usted no le importa. D. Mariano llevaba la casulla bordada que el hombre bueno regaló a la parroquia.
Terminado el funeral enterraron al padre junto a la esposa muerta años atrás;  Ya se iba todo el mundo cuando el hijo se acercó al sacerdote:
-          ¿Quién le avisó, D. Mariano?
-          Una señora alta, morena, de pelo largo y ojos profundos…

Esto me lo contó el caminante, Y luego calló, y siguió su camino recitando unas estrofas de Tennessee Wiliams a las que él añadió las suyas propias:

Con que serenidad la rama del olivo
 mira cómo declina la luz del cielo,
 sin un llanto, sin dolor, sin desconsuelo,
 sin un rezo por el sol que se ha perdido.

Con qué serenidad cerró los ojos
Sabiendo que Rosario lo esperaba
En el atrio donde nació la llama
De un amor apasionado y duradero…  

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