CUENTO DE PEDRO
EL LLORÓN
Pedro era labrador. Labrador de
esos que miran al cielo sin cesar. Mirar al Cielo para pedir agua, para pedir
sol, para suplicar bonanza o frio, para quejarse amargamente de lo que fuera.
Daba igual: el caso era suplicar y quejarse, mirar a lo Alto y llorar. Y es que
Pedro era de los labradores que lloran
por la helada y por la ventisca, por la lluvia y por la escarcha; por la sequia
y por la tormenta. Pedro lloraba siempre ya fuera la cosecha abundante o
escasa, ya estuvieran sus olivos doblados de fruto o apenas tuvieran aceitunas en las ramas.
Así que la Providencia se cansó
del llanto y decidió cubrir su parcela del más delicado pañuelo que imaginarse
pueda; lo que se llama por aquí algodoncillo del olivo. Y el hilar cubrió
tallos y hojas e inflorescencias y el cuaje inicial y delicado de una cosecha
de abril que pintaba hermosa. Y Pedro lloró lo que tenía que llorar hasta que
la Providencia le dijo: Toma tu pañuelo, Pedro, y límpiate los mocos que eres
un llorón. Cuando llegó el perito y trataron el algodoncillo y limpiaron el
haza, nuestro hombre se dijo:
-
Se acabó el llanto, no quiero más pañuelos de la
providencia. Mejor: a reír y a gozar que
si no me plantan el pañuelo.
Y Colorín colorado este cuento se
ha acabado. Este cuento es tan corto que no tiene ni Caminante…; no llegó a
tiempo de escucharlo.
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