miércoles, 3 de abril de 2013

CUENTO DEL GATO ROMANO, LA GATA NEGRA Y EL OLIVO DE YUSUF


CUENTO DEL GATO ROMANO, LA GATA NEGRA Y EL OLIVO DE YUSUF


Ibn Arabi representó  el momento culminante del misticismo hispano musulmán en una floración de  sufís que no tiene precedentes en otro lugar islámico. Conocemos a este grupo de místicos españoles  gracias a un tratado de Ibn Arabi llamado Epístola de la Santidad que tiene mucho que ver en uno de sus capítulos con un olivo murciano al que voy a referirme en este cuento.
En efecto,  en la Al Ándalus de la segunda mitad del S. XII y los albores del  S. XIII, una abigarrada multitud de santones, ascetas, videntes, taumaturgos aparece a nuestros ojos de la mano de  Ibn Arabi en la obra citada; gentes que van recorriendo los pueblos y ciudades Andaluzas y se nos muestran con sus rasgos físicos y morales y sobre todo incardinados en el mundo andalusí previo a las conquistas de Fernando III el Santo. Ibn Arabi nos va   presentando uno a uno al cenobítico, al eremítico, al peregrinante, al monástico, al curandero, al predicador, al escatológico, al labrador y en fin a toda una pléyade de hombres que pretenden por diversos caminos su unión con Allah.
Entre todos ellos vamos a citar a Chafar al-Uryani,  un sevillano campesino e iletrado pero que disertaba sobre la ciencia de la unificación con Allah en tales términos que arrebataba al auditorio. De parecido talante era Salid al-Adawi, asceta hosco y solitario que se arrebataba en la oración hasta metas equiparables a los místicos cristianos del S XVI, y sobre todo, y en relación a nuestra historia, Abu l-Hachad Yusuf, un sufí de Subárbol que de joven vivió en la meditación y en el cultivo de un huerto murciano, y cuando llegó a la vejez se mantuvo de las limosnas que le daba el pueblo.
Resulta que  Hachad Yusuf tenía poderes taumatúrgicos, pero sobre todo encaminó su unión a Allah mediante una oración de una abstracción plena y un recogimiento admirable. Y ahí viene la historia del olivo de Yusuf que habla de un olivo centenario de tronco tortuoso y sombra apacible.[1] Resulta también que el ya anciano Yusuf, cuando pasó lo que voy a contaros, vivía en una barraca de la huerta murciana rodeada de una tierruca en la que, mientras pudo, nuestro sufi había cultivado algunas hortalizas y verduras. La barraca de Yusuf estaba construida en la misma huerta junto a un pozo de brocal encalado a un par de metros de un olivo centenario. Cada día, al alba, Ibn Arabi – su discípulo y biógrafo -  acudía a remediar en lo posible las necesidades del anciano y maestro hasta que el gran místico Arabi partió para el Oriente a difundir su doctrina.
Tenía Yusuf una gata negra y una cabra parda como únicas pertenencias; la gata  dormitaba sin parar  junto a su amo que le acariciaba el lomo de la mañana a la noche con la mano izquierda. Yusuf y su gata pasaban el día junto al brocal del pozo; el amo apoyando la espalda en el tronco del olivo centenario, y la gata tumbada sobre el ronzal con el que Ibn Arabi sacaba un caldero de agua fresca que dejaba junto a Yusuf.
Cuenta la historia – a la que yo ciertamente he añadido algunos detalles – que la gata tenia el don de distinguir a las gentes: con los santos era mansa y con los pecadores arisca y huidiza. Así situado junto al olivo, metía Yusuf la mano derecha en el agua con suavidad infinita llevándose a los labios, de vez en cuando, su dedo índice para calmar la sed. Al alba tomaba nuestro hombre unos sorbos de leche de la cabra y algún suero o calostros cuando la cabra estaba parida. La cabra pastaba libremente por las veredas y acequias de las huertas, sin que jamás pisara un hortal o estropeara un fruto. 
El caso es que según parece  Ibn Arabi encomendó a un discípulo suyo llamado Abu Ali al-Chakkaz, un sevillano sufí y con gracejo, el cuidado del anciano Yusuf, rogándole que lo visitara con frecuencia, aprendiera del maestro la forma de concentrarse para la oración y le atendiera en sus necesidades más perentorias. Abu Ali alcanzó un estado de oración tan fervorosa que derramaba mientras oraba lágrimas ardientísimas, pero pasada la oración mantenía una apasionada afición al matrimonio, sin el cual no podía pasar.
En fin, que a los efectos de esta historia ya tenemos a los principales personajes más o menos dibujados en tiempo y el espacio: Yusuf el anciano maestro y su gata; Alí el sufí sevillano llorando en la oración sin menoscabo de  su afición a las señoras, y Ibn Arabi como maestro de ceremonias. Y todo en una huerta murciana del S. XIII.
Llego Alí una soleada mañana de abril a la huerta de Yusuf;  ayudó a Yusuf a levantarse del jergón de la barraca y colocó al maestro junto al tronco del olivo. Luego sacó el agua del pozo y la puso junto al anciano. Ambos,  a eso de las diez,  comenzaron a rezar intentando por todos los medios elevar su espíritu hasta Allah.
-          Así paso las horas rezando, se dijo Alí, el sevillano, hasta que al ponerse el sol llegue la bella Jinane…

Pero mire usted por donde  la gata negra de Yusuf estaba en celo y comenzó a maullar pidiendo macho, aullidos que excitaron al sevillano secándole las lagrimas de la oración y excitando la imaginación de nuestro buen sufí. ¿Qué hacer?, se decía el bueno de Alí:
-          mientras la gata maúlle yo no me concentro, y si no me concentro pierdo la mañana, y si pierdo la mañana tendré remordimientos por la tarde cuando venga Jinane… Lo mejor será que intente arreglarlo.
Y Alí marchó a una huerta vecina en la que  había visto un hermoso gato romano de lucido pelaje. Y se lo pidió a su dueño, otro santón de la comarca llamado  Abd Allah Ibn al-Ustad  - del cual habría mucho que hablar – contándole la situación de la gata negra de Yusuf, es decir que estaba en celo . Puestos de acuerdo ambos sufís metieron al gato romano en un saco de esparto y cargándolo a cuestas Alí lo llevo hasta la huerta de Yusuf.
-          Ya estoy aquí preciosa, le dijo a la gata, y te traigo un regalito que se si se mueve en tu rabo como en mis riñones va a ser un primor… y soltó al gato.
Pero el gato romano, con el trasiego del saco, estaba mareado y no dio la talla en un buen rato. Para cuando se enderezó e intentó montar a la gata pasarían un par de horas con el mosqueo de la hembra y la desesperación de Alí que veía como se complicaba su cita con Jinane. El caso es que la gata viendo ya que el asunto iba en serio, dio un salto y se encaramó a una rama del olivo en cuyo tronco descansaba Yusuf. No pudo el gato romano, llamado Surco, seguir a la gata pues esta se había encaramado a una rama tan fina que Surco intuyó que no lo aguantaría. La ramita estaba en flor y la trama del olivo la hacía balancearse en exceso. Algunas flores, ya abiertas, matizaban de amarillo la solera del olivo donde Yusuf meditaba. Tal era la concentración del anciano en su unión con Allah que en todo el follón de la gata no  había movido ni los parpados y el polen del olivo empezaba a tapizar su turbante y sus cejas como los tamos cubren las piedras de las eras. Y es que Surco intentaba avanzar por la ramilla donde aguardaba la gata negra y se escurría, y se agarraba a las hojas como un equilibrista y la gata maullaba y en fin que el espectáculo no comenzaba y Ali estaba perdiendo no solo las lágrimas, sino también la paciencia.
De esa guisa nuestro sufí sevillano agarró una pestuga del pie de un olivo y hurgó a la gata para que se bajara del árbol y permitiera a Surco hacer su ley con tal tino que el animal saltó a tierra, arrastró a Surco y ambos vinieron a caer a un par de metros del maestro Yusuf. Este seguía estático, impertérrito, con la mirada ida y la barba escarchada de polen. Alí, el sevillano, por el contrario, estaba excitadísimo y contemplaba como Surco, ya dueño de la situación, lucia su pelaje sobre la gata negra, moviéndose al ritmo de la brisa, acariciando el cuello de su amada y sometiéndola a su gustosa tarea.
Pero como el diablo las carga, y más en las circunstancias que cuento, el caso es que ante el empuje de Surco, buscando su camino, y ante la dificultad de los rabos entrelazados y el ansia de los amantes, empujaba a la  gatilla negra y esta fue escurriéndose y acercándose, no sé si para refugiarse o para qué, a su amo Yusuf que metía la mano derecha en  el caldero de agua y buscaba con la izquierda el lomo del animal ahora ocupado por Surco. Sus ojos y su mente, sin embargo, seguían con Allah. No estaría la pareja de amantes gatunos ya a más de dos cuartas del anciano Yusuf cuando pasó lo que tenía que pasar, es decir que el gato acertó en la metienda y el maullido  fue descomunal y los animales se separaron con violencia;  la gata buscó desesperadamente en un salto los pliegues de la túnica de Yusuf. Y Surco, sin pararse a mientes, pues eso: que siguió a la gata y se encaramó de nuevo en la jodienda arropado ahora por los pliegues de la túnica de Yusuf.
Y Yuyuf, el anciano que tenía la cabeza levantada y los ojos abiertos mirando al cielo, rompió sus éxtasis y miró a su alrededor y guardó silencio. Los que no guardaron silencio fueron Surco y la gata durante durante una, dos, o yo qué sé cuantas cópulas se hicieron entre los ropajes del santón.
A la tarde  llegó Ibn Arabi y preguntó a nuestro místico como le había ido el día.
-          Estoy consternado, hijo, he roto mi oración.  Allah, el misericordioso, no ha permitido que mi espíritu se uniera íntimamente al de Él. Ha permitido que  contemple una de las grandes maravillas de la Creación, que el mismo Alláh ha puesto ante mis ojos para que alabe su grandeza.
No entendió bien Ibn Arabi las amargas quejas de Yusuf, así que interrogó al sufí hispalense.Y entonces Alí, también consternado por la tristeza del maestro, le conto a Ibn Arabi, con más o menos detalles, lo sucedido con la gata negra.
-          No hijo, no, respondió Yusuf, nada de eso ha alterado mi oración. Yo no he visto la jodienda del gato.  Ha sido la contemplación de ese olivo en flor que hay junto al brocal del pozo. Creo que es el sumun de lo creado.
Dos cosas me surgen de la lectura de esta historia  que someto a la consideración del lector: la primera es que Yusuf alcanzó la paz con la contemplación del olivo, pues comprendió que los caminos de Alláh son insondables y variados. La segunda, de la cual estoy casi seguro, es que marchado Ibn Arabi, y llegada Jinane, ambos , Alí y la chica,  hicieron el amor a la sombra del umbroso olivo descubierto por Yusuf a resultas del celo de su gata. Y es que donde se ponga la sombra de un olivo…
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, haciendo saber que durante siglos hubo un olivo en la huerta murciana al que llamaron el olivo de Yusuf.

Cuando el caminante escuchó esta historia elevó los ojos al cielo y  siguió su camino.  


[1] In Cuevas, Cristóbal: El pensamiento del Islam. Pg. 234 Madrid 1972.

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