Hace muchos años, tantos que casi
nadie se acuerda, pasaba sus días un cincuentón, sin matarse por nada, y
gozando de sosiego y de años . Nuestro hombre era dueño de unas
tierrecillas menguadas por la división
de la hacienda y las prolongadas siestas de verano, y de primavera y de otoño;
en invierno no, que los días eran cortos, y las sabanas estaban frías. Unos
cientos de olivos, y unas fanegas de dehesa constituían, junto a la casa de su madre, el patrimonio de D. Julián Sanjuán
y Vargas procurador de profesión y señorito de vocación.
Las malas lenguas hablaban del
apellido Sanjuán como relacionado con judíos. De ahí los dineros del abuelo,
decían los cristianos viejos. Prestamistas
y usureros, afirmaban otros. Indultados por Fernando VII afirmaban los más. Los Sanjuán, unidos por
casamientos a la familia de los Vargas, llevaba más de cien años asentados en una rica comarca del Sur de España. Gente de orden en un pueblo de
encaladas casas con ventanales y rejas
adornadas con macetas. La casa de los Vargas
estaba blasonada y a su puerta principal asomaba un patios con
aspidistras.
El Vargas se hizo en sus años
mozos procurador de los Tribunales tras fracasar su vocación de registros, pero
no ejercía la procuraduría sino
que pensó que era mejor procurar para
sí, de forma que cumplida su juventud se
adentró en el mundo de braguetazo - casamiento de ventaja - y la
administraduría de fincas. Estando ya
desfogado y treinteno, D. Julián casó en primeras nupcias con una prima de rancio abolengo y pocos
cuartos de dote, y pronto comprobó como los naipes, la juerga, y algún que otro
negocio irregular menguaban su fortuna. Al quedar viudo buscó un segundo casamiento ventajoso con una
moza de armas tomar: joven, maciza, carnosa y adornada de una fuerza y una
lozanía excepcionales. Para colmo de
bienes era rica heredera del panadero del pueblo, villano como pocos pero acaudalado de pro. Baste decir que la moza
- Dñª Emilia - venia al matrimonio con
tanta fama de rica como de baqueteada y
tigresa. Era veinte años más joven que el procurador y aunque no niña estaba entrada, y de qué forma, en el calor de la
juventud.
Sabía Sanjuán de aquellos
ardores, que en los pueblos se sabe todo, pero creyó poder calmarlos; a ellos
y a los de sus acreedores que pululaban
sobre la lastimera situación de su hacienda. Ser yerno del panadero taparía los descosidos de su capa; así que,
sin más meditamentos, pidió la mano de
Dñª Emilia, arregló con Fabián (el panadero) los asuntos más perentorios de su
hacienda, y desposó a la moza.
Medio cumplió D. Julián en la noche de bodas;
aseó como pudo la faena, y con sutiles quites se fue acercando al burladero en
los siguientes días para no toparse a la fuerza sin freno de la esposa que
garabateaba sobre nuestro hombre sin más límite que las cada vez mas menguados bríos
del cincuentón.
Ni de esta, ni de su primera
esposa tuvo nuestro hijosdalgo sucesión,
así que su casa, blasonada casa como correspondía a su prosapia y hemos dicho, guardaba entre sus
muros la alcurnia y el abolengo de los
Vargas y un intenso silencio, un silencio claustral, un silencio delicioso para
D. Julián que escuchaba, desde el alba a
la puesta del sol, el cuchicheo de los pájaros de perdiz que colgaban en un
muro soleado del corral. Además del silencio, la casa de los Vargas
guardaba otros tesoros. Una abundante
biblioteca y buen archivo donde podía seguirse el secreto de cómo llegó un Sanjuán
a emparentar con tan ilustres castellanos, o de como, y por qué, se acomodó
entre aquellos muros el general Sebastiani, o, simplemente, de cómo reventó una Sanjuán entre fajas y
ballenas por no aparentar una preñez. Un hermoso bargueño, algunas pinturas de
mediano valor, y unas magnificas guarniciones para el tiro de caballos. D.
Julián conservaba los hilos del pericón y los mostraba a sus amigos como si
enseñara un Velázquez.
De tiempos más recientes existían intimidades,
secretillos - más bien ya secretos a
voces - propios de la situación
económica de D. Julián que había
renunciado a trabajar, pero no a la vida y relaciones de la familia en
generaciones pasadas. Los tejados de la casa necesitaban limpieza; las rastras
de los voladizos sustitución; las
paredes una mano de cal, el corral gallinas, el pajar paja, y un par de mulas
que aún quedaban en la cuadra necesitaban algunas carnes en sus huesos. Había
sido pues el casorio de nuestro hombre cuestión urgente para su hacienda, aunque no lo fuera tanto para las ansias y
las fuerzas del hijosdalgo. Y es que los ardores de la moza no los calmó el
cincuentón. A la semana del casorio D. Julián se refugió en una crisis de lumbago,
más salvación que dolencia, que
si no llega, y media el médico y el
alcohol de romero, allí fenece la procuraduría. . Y es que Dñª Emilia se
destapó a sus anchas como queda dicho.
A los quince días de la boda el
panorama del Sanjuán era sombrío. La excusa del lumbago ya no era respetada, la
ciática incipiente mandada al cuerno, y unas calenturas imaginarias, una
acedia, o un ataque de asma no eran sino el acicate para que Dñª Emilia
intentara recomponer a su marido a base de caricias, de manoseos y de cuidados
que acababan en el lecho nupcial. ¡
Qué poderío de hembra tenia la panadera! ! Que bravura de moza a todas
horas!. Quedó la cama de la abuela de
los Vargas deshecha durante todo el día: las mantas tiradas por el suelo, los
muebles dislocados, D. Julián aturdido y la panadera ondulando sus panes sobre
un procurador en retirada. Aquello no eran tetas, aquello era más: aquello era
un vendaval macizo como dos medios mundos que bailaran sobre una Vía Láctea al
ritmo del jadeo. Y el dale y dale, y las vergüenzas del Vargas asomando
ridículas a la explosión galáctica de la moza en flor. Así, D. Julián intentaba
seguir el ajetreo de la esposa
sacudiendo su imaginación en un éxtasis vertiginoso que pasaba del
placer a la desesperación, de la desesperación a la vergüenza y de la vergüenza
a un lastimoso huir por los pasillos y patios de la casona perseguido por la
panadera rebosante. Hasta los pájaros de perdiz detuvieron su canto, proclamo.
Pasada la tormenta, y aliviada la
situación por unas diarreas providenciales sobrevenidas, D. Julián pensó que lo
peor había pasado. Era hora de exigir al panadero su parte del trato. Anunciado estaba el encalado de la casa y el parcheo de la fachada y el tejado, solo
que el remedio de las goteras colmo el exiguo vaso de generosidad de Fabián. A
las primeras de cambio el panadero asentó posiciones. La negativa que recibió el hijosdalgo a tapar
el primer goterón a consta de los bollos
de la panadería, puso las cosas en su sitio. No eran agujeros los que aquel
apaño iba a tapar, no. Al menos en la casa de los Vargas habría de cubrirlos o
disimularlos el procurador. Así lo dijo Fabián, y así lo cumplió, como hombre
de palabra que era. Ni un duro, ni un duro, se lamentaba nuestro hombre
cuando exhausto de los amoríos de la lozana se refugiaba en retirada en el
pajar. En cuanto a la edad del panadero, próxima a la de D. Julián, nada hacía
presagiar herencias salvíficas. Así fue
como la vetusta casa de los Vargas se preparó para aguantar goteras y añadir
secretos a su centenaria historia.
Como las cosas llegan a su sitio, y las aguas
a su cauce, casi sin querer queriendo Emilia acabó matando sus ardores con un
vecino mozo que saltaba la tapia del corral
y allí se refocilaba con la ardorosa procuradora que acudía a coger los
huevos de las “aves”. Todo ello amparado
por el silencio de los patios de
la casa, y por las prolongadas ausencias de D. Julián que acudía a su hogar
exclusivamente a comer y a dormir alarmado de los trabajos a los que era
sometido en su domicilio si el médico no
salía en su auxilio.
Una vez al mes marchaba D. Julián a
Sevilla a rendir cuentas de la
administración de una finca de los
Marqueses de X, colindante a la suya, lo
que en teoría no le reportaba los dineros para vivir pues llevaba las cuentas, según él, por amistad y sin cobrar un céntimo. ( Eso
sí: que se sepa jamás hubo olivos tan portentosamente fruteros, ni dehesa donde
se mataran mas perdices que en la suya. )
No eran pues excesivamente arriesgados los
amores de la panadera y el estudiante, -
que estudiante era y de Derecho el galán de la señora - en las corralas y el pajar de la casa de los
Vargas durante los meses de verano. Saltaba el mozo, aguardaba ella en posición
de faena, se arrullaban, se gozaban, se citaban para luego: a las tres, en la
siesta del procurador; a las siete, en la hora de la visita; a las diez, en los
días de ausencia; a todas horas siempre que terciara.
Adelgazó el estudiante
bien cierto. Resintiose el Civil y el Romanillo sin duda, y todo ello en
un progreso rebosante de la salud de Dñª Emilia que cada día estaba más tersa, más
activa, más maciza y más seductora.
Para justificar su
conciencia de empresario activo y
diligente, D. Julián había adoptado la costumbre de vigilar su patrimonio, y
para ello (y para acomodarse a los avances de la ciencia) había adquirido en
Sevilla unos prismáticos con los cuales,
desde el mirador de la plaza, observaba
sus olivos y los de los Marqueses de X. Lástima, eso sí, decía D. Julián, que
desde el mirador no se alcanzara más que el tejado de la casa de los Vargas,
pues si no, tomando su café, podía
vigilar sus posesiones, sus olivos y su coto. Si hubiera alcanzado el pajar,
hubiera podido ver el monte embravecido
de la esposa al que desde luego el
estudiante daba toda la labor que merecía la finca, pero ya digo: desde allí no
alcanzaba la rasante del trípode.
En invierno
la satisfacción de la procuradora era más complicada. El estudiante marchaba a Granada y Dñª Emilia languidecía maldiciendo las Leyes Mercantiles, el Romano, y las teorías
del contrato. Viendo Emilia que el
lumbago no mejoraba, y ante la
inminencia del próximo curso, y la marcha de su mozo a Granada, tomó la
decisión de arreglar el asunto y solucionar el angustioso invierno que se
avecinaba sin estudiante y sin marido. Así que una mañana, partido que fue su
esposo a su procuraduría habitual se
puso el velo, cogió la calle, llegó a la plaza de la Iglesia - mientras su
marido desayunaba - y se sentó a su lado.
·
He pensado, le dijo a D. Julián, lo mucho que
trabajas y cuantas son tus responsabilidades. Más aún con este lumbago terrible
que te aqueja. Las fincas, la Romana, los Marqueses, los asuntos del Casino…,
las ovejas, debías descansar.
·
¿ Descansar. , Cómo?.. ¡ Mujeres!
Emilia cogió los prismáticos y
distraídamente, como si nada llevó a su marido al mirador y desde allí le dijo:
*
D.
Gerardo, el párroco , esta viejo . Le han mandado ayuda. El coadjutor nuevo tiene poco trabajo. Desde aquí el coadjutor
vería cualquier movimiento del pueblo. Podría controlar que nadie te robara la
aceituna. Bajo secreto de confesión no
podría hablar de la Romana …, ni de las ovejas …, ni de los carros de aceituna
que equivocan el camino…; Tendrías
más tiempo para ir al Casino …, a Sevilla los viernes …, los lunes regresarais más
relajado .
Julián la
miró con admiración contenida. ¿ por qué no ?. Una semana después el coadjutor tenía
unos prismáticos y un encargo.
*
-
Desde el campanario , Sr. Coadjutor - dijo Emilia - tiene Vd. un mirador sin rasante . Puede Vd. ver
las fincas de mi marido , y hasta la propia casa. Vaya : cantar los pájaros de
perdiz si le apetece, u observar lo que se hace en el pajar.
A las doce subió el coadjutor al repique del
Angelus. Villanueva se divisaba casi perpendicular, casi completa, casi transparente. En ese
momento Germán - el estudiante de Derecho -
saltaba el corral de las gallinas y la procuradora lo esperaba en un
gran montón de paja que alcanzaba la visión desde el campanario de la Iglesia.
Se diría que lo habían puesto allí para que él - el coadjutor - pudiera ver a la procuradora
desnuda como la parió su madre. Aguardó el coadjutor ensimismado hasta que
llegó el estudiante y se extasió en un asalto antes de bajar por la escalera.
Estaba trastornado , excitado , absorto en las caderas ondulantes de la
panadera que avanzaban y retrocedían como los álamos de la Romana en días de
vendaval. Hasta octubre se repitió la historia del amor arropado en los toques
del ángelus, y hasta octubre el coadjutor permaneció absorto en el jadeo y en
la brisa , y en las bocas y en las almas. Y se enceló de tal manera que no
había horas más que para Emilia, ni noches que no fueran recordar el amor
cálido , arrullante, permanente. Como los pechos de la panadera. Como el sol
que se ponía justo tras la Torre de la Iglesia e iluminaba de rojo el corral de
D. Julián.
Cuando la Alsina partió camino de Granada con el estudiante liberado
y el macuto lleno del Serafini y el Castán, la procuradora acudió
a tomar el sol a su rincón de siempre bajo el sol implacable del
veranillo del membrillo. Aquel viernes D. Julián se había marchado a Sevilla.
Sonaron las doce como el eco próximo de
cien badajos anchurosos de la Giralda en mayo. El coadjutor no tuvo que saltar
por la tapia. La cancela del zaguán
estaba entreabierta como las piernas de la procuradora.
Y fue así como la panadera se
consoló en verano con el estudiante y en invierno con el coadjutor mientras su
marido procuraba en el Casino todos los días, y los fines de semana deambulaba
por Sevilla. Eso sí, que se sepa, nadie le robó al procurador ni una sola
aceituna.
No son buenas las segundas nupcias , dijo el uno. Desde luego aseguró el caminante, y en ese
momento acabó su narración . Se levantó,
tomó su bastón , y se alejó hacia el poniente. Voy dijo, yo también, a
controlar que nadie se lleve la aceituna…
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