miércoles, 10 de abril de 2013

CUENTO DE LA PANADERA, EL ESTUDIANTE DE DERECHO Y EL PROCURADOR QUE GUARDABA EL OLIVAR




Hace muchos años, tantos que casi nadie se acuerda, pasaba sus días un cincuentón, sin matarse por nada, y gozando de sosiego y de años . Nuestro hombre era dueño de unas tierrecillas  menguadas por la división de la hacienda y las prolongadas siestas de verano, y de primavera y de otoño; en invierno no, que los días eran cortos, y las sabanas estaban frías. Unos cientos de olivos, y unas fanegas de dehesa constituían, junto a la casa  de su madre, el patrimonio de D. Julián Sanjuán y Vargas procurador de profesión y señorito de vocación.
Las malas lenguas hablaban del apellido Sanjuán como relacionado con judíos. De ahí los dineros del abuelo, decían los cristianos viejos.  Prestamistas y usureros, afirmaban otros. Indultados por Fernando VII  afirmaban los más. Los Sanjuán, unidos por casamientos a la familia de los Vargas, llevaba más de cien años asentados  en una rica comarca del  Sur de España. Gente de orden en un pueblo de encaladas casas  con ventanales y rejas adornadas con macetas. La casa de los Vargas  estaba blasonada y a su puerta principal asomaba un patios con aspidistras.
El Vargas se hizo en sus años mozos procurador de los Tribunales tras fracasar su vocación de registros, pero no ejercía la procuraduría   sino que  pensó que era mejor procurar para sí, de forma que cumplida su juventud  se adentró en el mundo de braguetazo - casamiento de ventaja - y la administraduría de fincas.  Estando ya desfogado y treinteno, D. Julián casó en primeras nupcias  con una prima de rancio abolengo y pocos cuartos de dote, y pronto comprobó como los naipes, la juerga, y algún que otro negocio irregular menguaban su fortuna. Al quedar viudo  buscó un segundo casamiento ventajoso con una moza de armas tomar: joven, maciza, carnosa y adornada de una fuerza y una lozanía excepcionales.  Para colmo de bienes era rica heredera del panadero del pueblo, villano como pocos  pero acaudalado de pro. Baste decir que la moza - Dñª Emilia -  venia al matrimonio con tanta fama de rica como de baqueteada y  tigresa. Era veinte años más joven que el procurador  y aunque no niña estaba  entrada, y de qué forma, en el calor de la juventud.

Sabía Sanjuán de aquellos ardores, que en los pueblos se sabe todo, pero creyó poder calmarlos; a ellos y  a los de sus acreedores que pululaban sobre la lastimera situación de su hacienda. Ser yerno del panadero  taparía los descosidos de su capa; así que, sin más meditamentos,  pidió la mano de Dñª Emilia, arregló con Fabián (el panadero) los asuntos más perentorios de su hacienda, y desposó a la moza.
 Medio cumplió D. Julián en la noche de bodas; aseó como pudo la faena, y con sutiles quites se fue acercando al burladero en los siguientes días para no toparse a la fuerza sin freno de la esposa que garabateaba sobre nuestro hombre sin más límite que las cada vez mas menguados bríos del cincuentón.
Ni de esta, ni de su primera esposa  tuvo nuestro hijosdalgo sucesión, así que su casa, blasonada casa como correspondía a su  prosapia y hemos dicho, guardaba entre sus muros  la alcurnia y el abolengo de los Vargas y un intenso silencio, un silencio claustral, un silencio delicioso para D. Julián  que escuchaba, desde el  alba  a la puesta del sol, el cuchicheo de los pájaros de perdiz que colgaban en un muro soleado del corral. Además del silencio, la casa de los Vargas guardaba  otros tesoros. Una abundante biblioteca y buen archivo donde podía seguirse el secreto de cómo llegó un Sanjuán a emparentar con tan ilustres castellanos, o de como, y por qué, se acomodó entre aquellos muros el general Sebastiani, o, simplemente,  de cómo reventó una Sanjuán entre fajas y ballenas por no aparentar una preñez. Un hermoso bargueño, algunas pinturas de mediano valor, y unas magnificas guarniciones para el tiro de caballos. D. Julián conservaba los hilos del pericón y los mostraba a sus amigos como si enseñara un Velázquez.
 De tiempos más recientes existían intimidades, secretillos  - más bien ya secretos a voces -   propios de la situación económica de  D. Julián que había renunciado a trabajar, pero no a la vida y relaciones de la familia en generaciones pasadas. Los tejados de la casa necesitaban limpieza; las rastras de los voladizos sustitución;  las paredes una mano de cal, el corral gallinas, el pajar paja, y un par de mulas que aún quedaban en la cuadra necesitaban algunas carnes en sus huesos. Había sido pues el casorio de nuestro hombre cuestión urgente para su hacienda,    aunque no lo fuera tanto para las ansias y las fuerzas del hijosdalgo. Y es que los ardores de la moza no los calmó el cincuentón. A la semana del casorio D. Julián se refugió en una crisis de  lumbago,  más  salvación que dolencia, que si no llega, y media  el médico y el alcohol de romero, allí fenece la procuraduría. . Y es que Dñª Emilia se destapó a sus anchas como queda dicho.
A los quince días de la boda el panorama del Sanjuán era sombrío. La excusa del lumbago ya no era respetada, la ciática incipiente mandada al cuerno, y unas calenturas imaginarias, una acedia, o un ataque de asma no eran sino el acicate para que Dñª Emilia intentara recomponer a su marido a base de caricias, de manoseos y de cuidados que acababan en el lecho nupcial.     ¡ Qué poderío de hembra tenia la panadera! ! Que bravura de moza a todas horas!.  Quedó la cama de la abuela de los Vargas deshecha durante todo el día: las mantas tiradas por el suelo, los muebles dislocados, D. Julián aturdido y la panadera ondulando sus panes sobre un procurador en retirada. Aquello no eran tetas, aquello era más: aquello era un vendaval macizo como dos medios mundos que bailaran sobre una Vía Láctea al ritmo del jadeo. Y el dale y dale, y las vergüenzas del Vargas asomando ridículas a la explosión galáctica de la moza en flor. Así, D. Julián intentaba seguir el ajetreo de la esposa  sacudiendo su imaginación en un éxtasis vertiginoso que pasaba del placer a la desesperación, de la desesperación a la vergüenza y de la vergüenza a un lastimoso huir por los pasillos y patios de la casona perseguido por la panadera rebosante. Hasta los pájaros de perdiz detuvieron su canto, proclamo.
Pasada la tormenta, y aliviada la situación por unas diarreas providenciales sobrevenidas, D. Julián pensó que lo peor había pasado. Era hora de exigir al panadero su parte del trato.  Anunciado estaba el encalado de la casa  y el parcheo de la fachada y el tejado, solo que el remedio de las goteras colmo el exiguo vaso de generosidad de Fabián. A las primeras de cambio el panadero asentó posiciones.  La negativa que recibió el hijosdalgo a tapar el primer goterón  a consta de los bollos de la panadería, puso las cosas en su sitio. No eran agujeros los que aquel apaño iba a tapar, no. Al menos en la casa de los Vargas habría de cubrirlos o disimularlos el procurador. Así lo dijo Fabián, y así lo cumplió, como hombre de palabra que era. Ni un duro, ni un duro, se lamentaba nuestro hombre cuando exhausto de los amoríos de la lozana se refugiaba en retirada en el pajar. En cuanto a la edad del panadero, próxima a la de D. Julián, nada hacía presagiar  herencias salvíficas. Así fue como la vetusta casa de los Vargas se preparó para aguantar goteras y añadir secretos a su centenaria historia.
 Como las cosas llegan a su sitio, y las aguas a su cauce, casi sin querer queriendo Emilia acabó   matando sus ardores  con  un vecino mozo que saltaba la tapia del corral  y allí se refocilaba con la ardorosa procuradora que acudía a coger los huevos de las “aves”. Todo ello amparado  por el silencio de los patios  de la casa, y por las prolongadas ausencias de D. Julián que acudía a su hogar exclusivamente a comer y a dormir alarmado de los trabajos a los que era sometido en su domicilio si el médico  no salía en su auxilio.
 Una vez al mes marchaba D. Julián a Sevilla  a rendir cuentas de la administración de una finca  de los Marqueses de X, colindante a la suya, lo  que en teoría no le reportaba los dineros para vivir  pues llevaba las cuentas, según él,  por amistad y sin cobrar un céntimo. ( Eso sí: que se sepa jamás hubo olivos tan portentosamente fruteros, ni dehesa donde se mataran mas perdices que en la suya. )
 No eran pues excesivamente arriesgados los amores de la panadera y el estudiante,  - que estudiante era y  de Derecho  el galán de la señora -  en las corralas y el pajar de la casa de los Vargas durante los meses de verano. Saltaba el mozo, aguardaba ella en posición de faena, se arrullaban, se gozaban, se citaban para luego: a las tres, en la siesta del procurador; a las siete, en la hora de la visita; a las diez, en los días de ausencia; a todas horas siempre que terciara.
Adelgazó el  estudiante  bien cierto. Resintiose el Civil y el Romanillo sin duda, y todo ello en un progreso rebosante de la salud de Dñª Emilia que cada día estaba más tersa, más activa, más maciza y más seductora. 
Para justificar su conciencia  de empresario activo y diligente, D. Julián había adoptado la costumbre de vigilar su patrimonio, y para ello (y para acomodarse a los avances de la ciencia) había adquirido en Sevilla unos prismáticos  con los cuales, desde el mirador de la plaza,  observaba sus olivos y los de los Marqueses de X. Lástima, eso sí, decía D. Julián, que desde el mirador no se alcanzara más que el tejado de la casa de los Vargas, pues si no,  tomando su café, podía vigilar sus posesiones, sus olivos y su coto. Si hubiera alcanzado el pajar, hubiera podido ver  el monte embravecido de la esposa al que desde luego  el estudiante daba toda la labor que merecía la finca, pero ya digo: desde allí no alcanzaba la rasante del trípode.
            En invierno la satisfacción de la procuradora era más complicada.  El estudiante marchaba a Granada y Dñª  Emilia languidecía maldiciendo  las Leyes Mercantiles, el Romano, y las teorías del contrato.  Viendo Emilia que el lumbago no mejoraba,  y ante la inminencia del próximo curso, y la marcha de su mozo a Granada, tomó la decisión de arreglar el asunto y solucionar el angustioso invierno que se avecinaba sin estudiante y sin marido. Así que una mañana, partido que fue su esposo a su procuraduría habitual  se puso el velo, cogió la calle, llegó a la plaza de la Iglesia - mientras su marido desayunaba - y se sentó a su lado.
·      He pensado, le dijo a D. Julián, lo mucho que trabajas y cuantas son tus responsabilidades. Más aún con este lumbago terrible que te aqueja. Las fincas, la Romana, los Marqueses, los asuntos del Casino…, las ovejas,  debías descansar.
·      ¿ Descansar. , Cómo?.. ¡ Mujeres!

            Emilia cogió los prismáticos y distraídamente, como si nada llevó a su marido al mirador y desde allí le dijo:

*                     D. Gerardo, el párroco , esta viejo . Le han mandado ayuda.  El coadjutor nuevo   tiene poco trabajo. Desde aquí el coadjutor vería cualquier movimiento del pueblo. Podría controlar que nadie te robara la aceituna.  Bajo secreto de confesión no podría hablar de la Romana …, ni de las ovejas …, ni de los carros de aceituna que equivocan el camino…;  Tendrías más tiempo para ir al Casino …, a Sevilla los viernes …, los lunes regresarais más relajado .

            Julián la miró con admiración contenida. ¿ por qué no ?. Una semana después el coadjutor tenía unos prismáticos y un encargo.
*                     - Desde el campanario , Sr. Coadjutor - dijo Emilia - tiene Vd. un mirador sin rasante . Puede Vd. ver las fincas de mi marido , y hasta la propia casa. Vaya : cantar los pájaros de perdiz si le apetece, u observar lo que se hace en el pajar.

 A las doce subió el coadjutor al repique del Angelus. Villanueva se divisaba casi perpendicular,  casi completa, casi transparente. En ese momento Germán - el estudiante de Derecho -  saltaba el corral de las gallinas y la procuradora lo esperaba en un gran montón de paja que alcanzaba la visión desde el campanario de la Iglesia. Se diría que lo habían puesto allí para que él -  el coadjutor - pudiera ver a la procuradora desnuda como la parió su madre. Aguardó el coadjutor ensimismado hasta que llegó el estudiante y se extasió en un asalto antes de bajar por la escalera. Estaba trastornado , excitado , absorto en las caderas ondulantes de la panadera que avanzaban y retrocedían como los álamos de la Romana en días de vendaval. Hasta octubre se repitió la historia del amor arropado en los toques del ángelus, y hasta octubre el coadjutor permaneció absorto en el jadeo y en la brisa , y en las bocas y en las almas. Y se enceló de tal manera que no había horas más que para Emilia, ni noches que no fueran recordar el amor cálido , arrullante, permanente. Como los pechos de la panadera. Como el sol que se ponía justo tras la Torre de la Iglesia e iluminaba de rojo el corral de D. Julián.
Cuando la Alsina partió  camino de Granada con el estudiante liberado y el macuto lleno del Serafini y el Castán, la procuradora  acudió  a tomar el sol a su rincón de siempre bajo el sol implacable del veranillo del membrillo. Aquel viernes D. Julián se había marchado a Sevilla. Sonaron las doce como el eco próximo  de cien badajos anchurosos de la Giralda en mayo. El coadjutor no tuvo que saltar por la tapia. La cancela del zaguán  estaba entreabierta como las piernas de la procuradora.
Y fue así como la panadera se consoló en verano con el estudiante y en invierno con el coadjutor mientras su marido procuraba en el Casino todos los días, y los fines de semana deambulaba por Sevilla. Eso sí, que se sepa, nadie le robó al procurador ni una sola aceituna.
  No son buenas las segundas nupcias , dijo el uno.  Desde luego aseguró el caminante, y en ese momento  acabó su narración . Se levantó, tomó su bastón , y se alejó hacia el poniente. Voy dijo, yo también, a controlar que nadie se lleve la aceituna…

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