3.- Se opera
entre los olivos hasta entrar Porcuna.
Llegamos al día 30, penúltimo día del año 1.936, y tras ser
relevado en Lopera por las tropas de Álvarez de Rementería la columna del
Teniente Coronel Redondo inició su aproximación
a Porcuna.
El ataque de la columna Redondo se inició el día 31, el día en que yo
tenía la cita con el Andrés en la Sacristía de la Iglesia. En vanguardia dicen
que venía el capitán Zuleta – el que me habló en Cabra - con cien requetés del Tercio de la Merced, y
el resto siguieron con protección de la artillería; esta última columna, la del
capitán Zuleta consiguió a las cuatro de la tarde, con la sección de caballería
de Regulares, cortar, tras gran resistencia republicana, la carretera de
Arjona, como a unos 2 kilómetros de Porcuna.
A las 4 de la tarde del día 31, el comandante Sánchez Ocaña
que mandaba los escuadrones de caballería de Policía Montada y Regulares de
Ceuta realizó una maniobra de envolvimiento, consiguiendo alcanzar la carretera
de Arjona, facilitando la entrada de los requetés, por el único lugar por donde
era más accesible el pueblo. Pero allí se paró el avance; como si los dos
bandos decidieran irse a despedir el año y comenzar de nuevo a matarse en
Enero. Las Guerras Civiles son así de puñeteras y de crueles. Hoy no me mates, mátame
el año que viene, se dijeron los unos a los otros y en paz unas horas.
No sé cómo se las arregló la Rosa, o si se seguirían
instrucciones del Algabeño antes de morir, pero a eso de las diez de la noche me dieron
el alta y me ordenaron ir a la Walter. El pueblo estaba absolutamente solo,
casi diría desértico. De vez en cuando se cruzaban en mi camino alguna columna
de brigadistas que intentaban más huir que otra cosa. No hubo tropiezos y me
planté en la puerta de la sacristía. A las once llego la Rosa; venía sola. A
partir de aquí vuelvo a darle la palabra a la Rosa pues ella sabe mejor que
nadie lo que pasó allí y que luego le contó al Francisco. Así que sigue
contando la Rosa.
4. De cómo nos
mataron al Juan y a mí.
-
Juan, no digas na y sígueme a distancia, le dije
a mi Juan.
Fuimos por calle arriba hasta que
entré en una casa principal de aquellas que saquearon los rojos en julio y
pasearon a sus dueños. Mi tía Ángela había servido en aquella casa y me dio los
detalles. La casa estaba deshabitada y bajamos a los sótanos. Allí, en bidones
de hierro de esos remachados y con grifo de macho, estaba el aceite del Puente.
Aquel jodido aceite que tanto dolor nos había dado.
No hacia frio; las bodegas conservan bien la temperatura, y
apenas llegaba a nosotros la luz de una alcuza que traje de la casa de mi tía. Entreabrí
los labios mirando a mi Juan. Nos abrazamos. Me gustó tanto que ni siquiera me acordé
de que el Andrés vendría. Me atravesó una sensación agradable, más dulce que la
miel. Lo abrace con más fuerza. Me tiró al suelo. Le permití que me besara y yo
misma lo besé. Mientras nos besábamos fue como si el mundo entero lo cubriera
una dulce oscuridad. Me introdujo la lengua en la boca. Me gustaba tanto lo que
estaba haciendo que era como si el universo se sumergiera con nosotros en una
luminosa bondad, no podía pensar que ocurriera nada malo. No sé el tiempo que
transcurrió hasta que Juan me cogió dulcemente los pechos en sus manos. Aquello
me gustó hasta tal punto que, olvidada de todo, quise que se llevara los
pezones a la boca. No pudo hacerlo porque ni el mismo sabía bien lo que estaba
haciendo.
En ese momento crujió una tabla del entarimado de la
entrada de la bodega y percibí de inmediato que el Caguetilla separaba los
brazos de mi cuerpo, y el crujido y el miedo comenzaron a interponerse entre
nosotros a la vez que aparecía, al menos en mí, una sensación de vergüenza.
Pero se rehízo y tiró hacia sí de mis nalgas y sentí su miembro endurecido
apoyándose en mi vientre, y me dije a mi misma que aquello era lo normal, lo
esperado, lo que habría de pasar si nos abrazábamos de aquella manera. Y fue
entonces cuando el crujido que habíamos oído hacia unos minutos se hizo
cadencia de pasos, ahora decididos y rápidos por el pasillo de los bidones de
hierro remachados y el Andrés y Ramón el mancebo boticario, pariente del Juande
que mataron en la Cruz, llegaron hasta nosotros. No dio tiempo a más; El Andrés
ya no nos necesitaba: sabía donde estaba el aceite, así que sacó una pistola
del nueve largo y la descerrajó en el Caguetilla. Las balas atravesaron a mi
hombre y fueron a agujerear el bidón del aceite. Me abalancé sobre Juan
intentando tapar la sangre que brotaba desde su cabeza y su cuello y formaba un
charco con el aceite salido del bidón. La bala lo había perforado Le besé sus
ojos de recién muerto o medio muerto, ojos espantados aún y abiertos como
platos para mirarme por última vez. En ese instante pude oír un nuevo disparo.
Me entró por la espalda y me salió por la teta izquierda. Me había partido el
corazón.
Fue
entonces cuando llegó el Francisco que
nos había seguido de lejos y se detuvo al ver entrar al Andrés. Llevaba una
escopeta de cañones recortados, pero al verme en el suelo en un charco de
sangre se olvidó de la escopeta e intentó socorrerme. Aprovechando el revuelo
el Andrés y su compadre huyeron.
-
Entiérranos juntos, Francisco,, le dije; y cerré
los ojos y me fui con mi Juan.
Tras dos días de intensos combates y reiterados bombardeos de la aviación, a las seis de la tarde del día 2 de Enero de 1.937, la vanguardia de la Columna Redondo enfiló por las calles de Porcuna, y a las voces de "Cara el Sol" y el redoble de las campanas anunciaron la ocupación de la localidad. A la columna Redondo le dieron la Medalla al merito militar, pero a mi Juan no; No hubo un alma caritativa que explicara el por qué iba uniformado, cuando murió, de brigadista.
5. Epilogo a la
historia de Juan el Caguetilla
Francisco abrió los grifos de macho y el aceite se derramó
por la bodega y empapó el suelo de piedra en su totalidad. A Rosa y a Juan los
llevó Francisco a Bujalance y los
enterraron junto al Floro.
El Andrés salió huyendo por las únicas carreteras que le quedaban expeditas, las carreteras de Torredonjimeno y Valenzuela que a unos kilómetros de Porcuna tuerce hacia Higuera. En Santiago de Calatrava le aguardaba la muerte. Un pelotón avanzadilla del Tercio de San Rafael le salió al paso y lo fusilaron en un mojón de la carretera. Él pidió que lo fusilaran en el tronco de un olivo, pero no le hicieron caso.
Y colorín colorado esta historia terrible ha
terminado. La verdad sea dicha es que las cosas no fueron así en su totalidad; fueron
aún más trágicas pues el aceite estaba en la sacristía y no en la casa que os
he dicho. Cuando llegó la Rosa a la Iglesia, al Juan lo había ahorcado el
Andrés colgándolo de la cruz del Cristo de la Buena Muerte, y a la Rosa la
fusilaron a sus pies. Los pies del Juan casi llegaban al pecho destrozado de la
Rosa… Pero me niego a escribir al respecto ni una palabra más. Dejemos las
cosas como os las ha contado Rosa que ya está bien … de Guerras Civiles. Quiera
Dios que los muertos reposen tranquilos, y yo también. Soy el Francisco, el
mulero mayor del Puente Viejo.
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