miércoles, 20 de marzo de 2013

HISTORIA DE JUAN EL CAGUETILLA Final.



3.- Se opera entre los olivos hasta entrar Porcuna.
Llegamos al día 30, penúltimo día del año 1.936, y tras ser relevado en Lopera por las tropas de Álvarez de Rementería la columna del Teniente Coronel Redondo inició su  aproximación a Porcuna.
El ataque de la columna Redondo se inició el día 31, el día en que yo tenía la cita con el Andrés en la Sacristía de la Iglesia. En vanguardia dicen que venía el capitán Zuleta – el que me habló en Cabra -  con cien requetés del Tercio de la Merced, y el resto siguieron con protección de la artillería; esta última columna, la del capitán Zuleta consiguió a las cuatro de la tarde, con la sección de caballería de Regulares, cortar, tras gran resistencia republicana, la carretera de Arjona, como a unos 2 kilómetros de Porcuna.
A las 4 de la tarde del día 31, el comandante Sánchez Ocaña que mandaba los escuadrones de caballería de Policía Montada y Regulares de Ceuta realizó una maniobra de envolvimiento, consiguiendo alcanzar la carretera de Arjona, facilitando la entrada de los requetés, por el único lugar por donde era más accesible el pueblo. Pero allí se paró el avance; como si los dos bandos decidieran irse a despedir el año y comenzar de nuevo a matarse en Enero. Las Guerras Civiles son así de puñeteras y de crueles. Hoy no me mates, mátame el año que viene, se dijeron los unos a los otros y en paz unas horas.
No sé cómo se las arregló la Rosa, o si se seguirían instrucciones del Algabeño antes de morir,  pero a eso de las diez de la noche me dieron el alta y me ordenaron ir a la Walter. El pueblo estaba absolutamente solo, casi diría desértico. De vez en cuando se cruzaban en mi camino alguna columna de brigadistas que intentaban más huir que otra cosa. No hubo tropiezos y me planté en la puerta de la sacristía. A las once llego la Rosa; venía sola. A partir de aquí vuelvo a darle la palabra a la Rosa pues ella sabe mejor que nadie lo que pasó allí y que luego le contó al Francisco. Así que sigue contando la Rosa.

4. De cómo nos mataron al Juan y a mí.

-          Juan, no digas na y sígueme a distancia, le dije a mi Juan.
Fuimos por calle arriba hasta que entré en una casa principal de aquellas que saquearon los rojos en julio y pasearon a sus dueños. Mi tía Ángela había servido en aquella casa y me dio los detalles. La casa estaba deshabitada y bajamos a los sótanos. Allí, en bidones de hierro de esos remachados y con grifo de macho, estaba el aceite del Puente. Aquel jodido aceite que tanto dolor nos había dado.
No hacia frio; las bodegas conservan bien la temperatura, y apenas llegaba a nosotros la luz de una alcuza que traje de la casa de mi tía. Entreabrí los labios mirando a mi Juan. Nos abrazamos. Me gustó tanto que ni siquiera me acordé de que el Andrés vendría. Me atravesó una sensación agradable, más dulce que la miel. Lo abrace con más fuerza. Me tiró al suelo. Le permití que me besara y yo misma lo besé. Mientras nos besábamos fue como si el mundo entero lo cubriera una dulce oscuridad. Me introdujo la lengua en la boca. Me gustaba tanto lo que estaba haciendo que era como si el universo se sumergiera con nosotros en una luminosa bondad, no podía pensar que ocurriera nada malo. No sé el tiempo que transcurrió hasta que Juan me cogió dulcemente los pechos en sus manos. Aquello me gustó hasta tal punto que, olvidada de todo, quise que se llevara los pezones a la boca. No pudo hacerlo porque ni el mismo sabía bien lo que estaba haciendo.

En ese momento crujió una tabla del entarimado de la entrada de la bodega y percibí de inmediato que el Caguetilla separaba los brazos de mi cuerpo, y el crujido y el miedo comenzaron a interponerse entre nosotros a la vez que aparecía, al menos en mí, una sensación de vergüenza. Pero se rehízo y tiró hacia sí de mis nalgas y sentí su miembro endurecido apoyándose en mi vientre, y me dije a mi misma que aquello era lo normal, lo esperado, lo que habría de pasar si nos abrazábamos de aquella manera. Y fue entonces cuando el crujido que habíamos oído hacia unos minutos se hizo cadencia de pasos, ahora decididos y rápidos por el pasillo de los bidones de hierro remachados y el Andrés y Ramón el mancebo boticario, pariente del Juande que mataron en la Cruz, llegaron hasta nosotros. No dio tiempo a más; El Andrés ya no nos necesitaba: sabía donde estaba el aceite, así que sacó una pistola del nueve largo y la descerrajó en el Caguetilla. Las balas atravesaron a mi hombre y fueron a agujerear el bidón del aceite. Me abalancé sobre Juan intentando tapar la sangre que brotaba desde su cabeza y su cuello y formaba un charco con el aceite salido del bidón. La bala lo había perforado Le besé sus ojos de recién muerto o medio muerto, ojos espantados aún y abiertos como platos para mirarme por última vez. En ese instante pude oír un nuevo disparo. Me entró por la espalda y me salió por la teta izquierda. Me había partido el corazón.
Fue entonces cuando  llegó el Francisco que nos había seguido de lejos y se detuvo al ver entrar al Andrés. Llevaba una escopeta de cañones recortados, pero al verme en el suelo en un charco de sangre se olvidó de la escopeta e intentó socorrerme. Aprovechando el revuelo el Andrés y su compadre huyeron.

-          Entiérranos juntos, Francisco,, le dije; y cerré los ojos y me fui con mi Juan.


Tras dos días de intensos combates y reiterados bombardeos de la aviación, a las seis de la tarde del día 2 de Enero de 1.937, la vanguardia de la Columna Redondo enfiló por las calles de Porcuna, y a las voces de "Cara el Sol" y el redoble de las campanas anunciaron la ocupación de la localidad. A la columna Redondo le dieron la Medalla al merito militar, pero a mi Juan no; No hubo un alma caritativa que explicara el por qué iba uniformado, cuando murió, de brigadista.


5. Epilogo a la historia de Juan el Caguetilla

Francisco abrió los grifos de macho y el aceite se derramó por la bodega y empapó el suelo de piedra en su totalidad. A Rosa y a Juan los llevó Francisco  a Bujalance y los enterraron junto al Floro.

El Andrés salió huyendo por las únicas carreteras que le quedaban expeditas, las carreteras de Torredonjimeno y Valenzuela que a unos kilómetros de Porcuna tuerce hacia Higuera. En  Santiago de Calatrava le aguardaba la muerte. Un pelotón avanzadilla del Tercio de San Rafael le salió al paso y lo fusilaron en un mojón de la carretera. Él pidió que lo fusilaran en el tronco de un olivo, pero no le hicieron caso.

Y colorín colorado esta historia terrible ha terminado. La verdad sea dicha es que las cosas no fueron así en su totalidad; fueron aún más trágicas pues el aceite estaba en la sacristía y no en la casa que os he dicho. Cuando llegó la Rosa a la Iglesia, al Juan lo había ahorcado el Andrés colgándolo de la cruz del Cristo de la Buena Muerte, y a la Rosa la fusilaron a sus pies. Los pies del Juan casi llegaban al pecho destrozado de la Rosa… Pero me niego a escribir al respecto ni una palabra más. Dejemos las cosas como os las ha contado Rosa que ya está bien … de Guerras Civiles. Quiera Dios que los muertos reposen tranquilos, y yo también. Soy el Francisco, el mulero mayor del Puente Viejo.

Cuando el Caminante escuchó esta historia aceleró el paso y de sus labios salieron mansamente remansadas palabras que decían así. Padre nuestro que estás en los cielos, recoge el alma de esta pareja y dales una morada eterna en una adelfa blanca junto a un rio de la Gloria.

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