domingo, 31 de marzo de 2013

CUENTO DEL CURRO, LA ESPERANZA, LA SOLEDAD Y EL HOYO DE PAN Y ACEITE




Este cuento, cuando lo escribí, estaba inspirado en una moza conocida mía a la que en la ficción llamé Esperanza. Ella, quizás, si lee estas lineas se reconozca en ellas. De cualquier forma su espíritu sigue aquí expresado y recogido en las aguas tranquilas de un estanquillo umbroso situado a la vera de un camino. Hala!, va por tí.

 -------------------------------------------------



Había una vez un hombre llamado Curro que tenía un haza de olivar en una solana a un par de leguas de un caluroso pueblo de Andalucía. Un buen día nuestro hombre llegó a la Solana y serían las dos de la tarde cuando se quedó sin agua en la cantimplora…
-          Me vuelvo al pueblo, que el agua es precisa. Mejor: me voy al huerto de la Esperanza, allí almuerzo, descanso, y mañana será otro día.
Y así fue que el Curro guardó la hachuela y se dirigió al huerto que distaba, por la mesta, apenas doscientos metros de su finca. El agua del manantial del haza de Esperanza se remansaba en un estanque umbroso rodeado de higueras y cerezos. Unas cuantas olivas, dominadas por el estanque, se beneficiaban del manantial a través de un caz medianejo que recorría sin prisas cada uno de los arboles. Luego, más abajo, el agua se perdía en el zarzal del barranco. A la derecha, junto a la terrera, el huerto de la Esperanza se remataba con una praderilla de tréboles y juncia  mientras un par de álamos blancos, de plateada hoja, marcaban el lindero de la finca.  
Además del Curro otros caminantes solían sestear junto al  estanquillo de piedra descrito cuando, camino de sus casas, arreciaba el agosto.  Era pues un abrevadero de mesta deleitoso  aquel paraje. La Esperanza, además, lo tenía todo limpio y bien cuidado. 
Así pues nuestro hombre llegó al estanquillo, trabó la mula junto a una retama, abrió una latilla de sardinas y se la ventiló junto al Tango, su podenco de mirada viva .  Terminadas las sardinas, el chucho lamió la lata con el regusto del aceite del envase . Pero mire usted por donde el perro agonioso  empujó  la lata y esta cayó al agua con tan mala suerte que la brisa la empujo hasta el centro como si fuera un barquito. Tres o cuatro metros más allá del borde, la lata se detuvo en una cama de rana.
-          Mierda, se dijo el Curro: ¿Cómo cojo ahora la lata?; y…,  si viene la Esperanza y ve el estanque sucio seguro que la arma. ¡Pues no es nadie la Esperanza! Mejor que me vaya,  no sea que me pille. Además tampoco es tan grave la cosa; ha sido el Tango, le diré,  y asunto resuelto.

-          Pues metete en el agua, me dirá ella, que para eso el perro es tuyo…
-          Pues no me meto que está hondo y…
-          ¡Curro!, o me quitas la lata o te denuncio – seguía pensando para sus adentros el Curro  que le contestaría la moza-.
-          Pues denúnciame si quieres, que la lata se queda en la cama de rana por hoy, y no se hable más.
Y el Curro se marchó apesadumbrado pensando lo que diría la Esperanza si lo hubiera pillado in fraganti en el asunto de la lata de sardinas. La verdad es que le gustaba la Esperanza; estaba todavía lozana, prieta, con garbo y con unos ojos expresivos que a nuestro amigo le hacían tilín. Se mueve  bien la Esperanza, le decía el Curro al Tango camino del pueblo
-          ¿a que se mueve bien la Esperanza, chucho marrano?, precisaba el labradorcete imprecando al podenco en lo de la lata de sardinas mientras este marchaba a un tiro de piedra delante de la mula.
-          ¿a que cuida su huerto con esmero?, ¿a que es una buena mujer?,  pero… mira que lo que me habría dicho con el asunto de la lata. ¡hay que ver como se ha puesto!...¿tú qué harías Tango, si te pasara lo que me ha pasado a mi…
-          Pero jodio Curro – se seguía diciendo el Curro – si no te ha dicho nada…; si en el estanque estabas tú solo…; si te lo has dicho tu todo.
-          Bueno – insistía el desgraciado de nuestro amigo – pero si llega a estar me lo dice; como que está el sol en lo alto que me lo hubiera dicho…
-          Pero Curro, Curro de los cojones, - se decía el Curro para sí: si el sol ya no está en lo alto, que es media tarde…; eres un capullo de cojitranco. Y lo que no entiendo, maldita sea,  es que si la Esperanza te gusta, si quieres estar con ella, si se te vienen sus tetas a la azotea cada vez que cierras los ojos, si no te ha dicho na de la lata, pedazo de mierda de tío… coge el toro por los cuernos, vete a su casa y le confiesas la gilipollez de las sardinas…
En fin que en estos pensamientos  iba nuestro hombre camino del pueblo cuando en  lontananza apareció la moza con un par de amigas, seguro que a coger una banasta de higos de la higuera.  
-          Ahora verán lo de la lata…, y además me echarán la culpa…, que las hembras son ganao peligroso. Y entre las tres le darán a la lengua…; y lo peor es que yo no he hecho nada, que ha sido el perro. Pues se van a quedar con la ganas de verme  que no me cruzo  y ya está ¡ea!, que doy un rodeo y me meto en mi casa…
Y el Curro se apartó del camino y dando un rodeo evitó el encuentro. Luego,  ya en su casa, le quitó el aparejo a la mula, le echó al perro los restos del almuerzo y se tumbó en la cama. Como cada noche, al cerrar los ojos, se aparecieron las tetas poderosas de la dueña del huerto de la mesta.
-          Eso sí, se dijo el Curro mirando al techo:  mientras pienso en la Esperanza no pienso en otra cosa, que esto del aceite es una ruina. Aunque, ahora que caigo…, debe tener los pezones más dulces que lo higos que van a coger… Y pensando en los higos se quedó dormido.
Cuando a la mañana siguiente el Curro volvió a la Solana se asomó al estanque y vio que la lata seguía anclada en la cama de rana, pero esta vez cortó una caña del cañaveral que había cerca de la linde y recuperó el envase; luego cumplió su jornada de trabajo.
A la tarde, de regreso a casa, pasó por el huerto de la Esperanza y la encontró allí, cogiendo higos como el día anterior.
-          Buenas tardes Esperanza; ¿Te ayudo con los higos?
-          No Curro, no hace falta: están todavía verdes y raspan en la boca.
-          Bueno, lo dejamos para otro día, respondió el Curro.
-          Quizás, pero ya ves: esta higuera no cuaja como yo quisiera y los higos no dan el dulzor de los Isabeles.
-          Entonces… ¿para que los coges?
-           No los cojo; hago como que los cojo para que la gente vea que cuido mi higuera; luego los tiro por el balate…; por hoy ya he terminado, ¿nos vamos para el pueblo?
-          No puedo, tengo que volver a la Solana, mintió el Curro que estaba ciertamente desconcertado con la conducta de Esperanza y sin ganas de la compañía. Además solo venía a recoger la lata.
-          ¿Qué lata?

Y el Curro contó más o menos la historia de la lata y la canción del caminante. Y entonces la Esperanza, muy digna ella, se sintió ofendida y le dijo al Curro que se fuera del huerto y que su sed la apaciguara en otra parte.  Y es que, pensó el Curro, la Esperanza y él no estaban en la misma onda, ni en la misma sed.
Unos días más tarde estaba el Curro en su Solana cuando sintió voces en el chortal que había junto al arroyo y acudió presto. Dos gañanes intentaban, a latigazo limpio, que un par de mulas sacaran del fango un elegante faetón. En el faetón viajaba una hermosísima dama vestida de negro.
-          ¿Puedo ayudar?
-          Si nos sacas de esta tendrás tu recompensa, dijo la dama
-          Si le ordena a sus gañanes que dejen el látigo a lo mejor hacemos algo.
Y la dama ordenó a sus empleados que dejasen tranquilas a las mulas y le pidió al Curro que hiciera ese algo que decía. El Curro se fue a la camada más próxima, que estaba despestugando, abrazó dos montones de pestugas y las colocó bajo las ruedas delanteras.
-          Bájese Vd.  del coche, le dijo a la dama,

y para que no se le mancharan los zapatos extendió otro montón de pestugas bajo el estribo.  Luego se fue a los animales, les acarició el cuello y tiró suavemente de las riendas.

-          Me llamo Dñª Soledad de Haro y voy camino de Sevilla. ¿Cómo puedo recompensarlo?
-          No me debe nada, dijo el Curro; en los caminos hay que ayudar a quien lo necesita
-          ¿Quiere que lo llevemos hasta el pueblo?
-          Bueno, no me vendría mal que con esto de las pestugas me duele la cintura.
-          De acuerdo, subid – le dijo a los gañanes - ; y los cuatro reanudaron el camino hacia el pueblo.

Para congraciarse con el Curro, Dña Soledad sacó una preciosa cajita abrió la tapa y le ofreció a nuestro hombre una deliciosas pastas de chocolate. Al inclinarse con la caja y el ofrecimiento mostró por el escote el inicio de unas tetas bien colocadas, derechas, de suavísima piel. Y es que la Soledad era una moza en flor, vestida de negro pero en flor. Tenía el pelo recogido sobre la nuca y un garbo cien veces superior a la Esperanza que lo dejara un par de días antes.
-          No gracias, dijo el Curro. Acabo de comer.
-          Usted se lo pierde, dijo la dama. Si viniera conmigo despediría a estos – por los gañanes – y haríamos el camino a Sevilla juntos. Luego, en la Ciudad podría Vd. hacer lo que le viniese en gana.
Y es que se ve que aquella Srª, además de elegante y atractiva, atraía a los caminantes con sus formas y su garbo.
-          Venga aquí a mi lado, le dijo la Dama al Curro; cámbiese de asiento y  se coloca en la cintura este chal de lana, le hará bien y cederá el lumbago.

Y quitándose el chal de las rodillas  se lo enjaretó al Curro en la espalda. Usted y yo podemos podemos ser amigos; ha tratado a las mulas con guante de seda, y eso es lo que yo necesito. Un hombre con mano de hierro y guante de seda. Un hombre que sea capaz de seguirme…

-          Yo tengo aquí mis olivas, Señora; no son muchas, pero son mis olivas.
-          Si usted no viene conmigo, yo puedo quedarme con usted…
-          Señora, detenga el coche, por favor.
Y el Curro se bajó y continuó su camino andando
-          Venga a verme cuando quiera,  voceaba la Soledad desde el faetón que se alejaba por el camino polvoriento. La estaré esperando…; sé que vendrá; se lo he visto en los ojos…
Y el Curro siguió caminando por el camino aquel que conducía a su Solana. No sabía bien a donde iba, si a sus olivas o a su casa, a su ayer o a su mañana.  En esas estaba el Curro cuando se cruzó con la Salvadora, su vecina.
-          Qué te pasa, Curro, que te veo macilento
-          No me pasa nada; es que vengo de la Solana cansadillo. La vida tiene más pestugas de la cuenta..
-          Serán las olivas, no la vida. Me parece que te hace falta un reposo…; anda, para, siéntate aquí.
Y el Curro y la Salvadora se sentaron en un ribazo, y la mujer aquella, su vecina, a la que conocía de toda la vida, sacó de una capacha de esparto una hogaza de pan y le hizo al Curro un hoyo de aceite de oliva. Luego, sobre el aceite, espurreó una poquita azúcar.
Y colorín colorado este cuento del Curro y sus pesares se ha acabado. El caminante, en este caso, se alejó canturreando:

Tiene los pezones dulces,
Tiene los pezones duros,
Dulces son como las brevas,
Como los higos maduros.

No me acarrees silencios
No me turben tus murmullos
Que tú tienes los pezones
Como los higos maduros…

No me ofrezcas chocolate
No me turbe tu cintura
Que me basta lo que tengo
Con un poquito de azúcar

No hay comentarios:

Publicar un comentario