Es significativo como los conocimientos
científico médicos de los griegos llegaron en la Edad Media a los países
Europeos, y como con ellos se gestó en Italia, y más tarde en el resto de
Europa, la decisiva etapa del Renacimiento. En efecto: el peregrinaje de la
Ciencia, y especialmente de las ciencias médicas merece no ya un cuento, sino
un estudio histórico pormenorizado de este fenómeno cultural tan decisivo en el
devenir del pensamiento occidental. Este estudio, además, ha sido ya realizado
por los mejores especialistas de la materia desde hace muchos años.
Pero este librejo es una recolección de cuentos y
como tal, y en relación al olivo, os voy a dar algunos datos curiosos de lo que
sucedió en la Córdoba de Abderramán III en la época de la proclamación del
Califato Omeya. Como es lógico, al darle
la palabra a Abderramán III, o a su médico Hasdai me tengo que inventar lo que
dijeron, porque por desgracia yo no estaba allí; pero lo que no me he inventado
son las propiedades que los romanos atribuían al olivo; y no me las he
inventado porque constan en el Pedacio Dioscorides traducido por Andrés Laguna
y publicado en Salamanca en 1555. Así pues este cuento, como todos los cuentos,
tiene parte documentada y parte de ficción, y espero que os guste. Ahí va.
Sería el año 949 de nuestro calendario cuando
llegó a Córdoba un embajador del Emperador
bizantino Constantino Porfirogéneta.
-
Señor, dijo el embajador a Abderramán III cuando
estuvo en su presencia: el Emperador, mi amo, os obsequia con la más útil obra
que ha dado el pensamiento griego. Una obra que recoge todas las plantas
medicinales del califato Abasí. Lo escribió el médico romano Pedacio
Dioscorides Anazarbeo hace más de siete siglos, y ha sido traducido al árabe en
Bagdad. La gran medicina de Jundisapur se basa en el conocimiento de esta obra.
-
Que venga Hasdai a mi presencia, ordenó Abderramán.
Hasdai ibn Shaprut era un judío de Jaén oficialmente
medico del Califa y que hablaba, además del hebreo, el árabe y el latín, pero
no el griego. Hasdai ojeó el códice del Dioscorides y comprobó cómo, en efecto,
el texto estaba precisamente en griego.
-
Señor, este códice está en griego…, aunque según
el embajador bizantino lo han traducido al árabe en Bagdad…
-
¿Cómo puedo sin humillación pedirle a un Califa
Abasí una traducción al árabe de un texto griego? ¿No hay nadie en Córdoba que
haga el trabajo…? dijo el Sultán de los creyentes.
-
Señor, hay traductores que saben griego, pero no
saben medicina y hay médicos que saben medicina pero no saben griego. ¿Quizás
en Toledo…?
-
Quiero la traducción aquí en Córdoba y ya. El
Califato Omeya debe conocer las plantas medicinales…; vuelve a Bizancio – le
dijo al embajador - y dile a tu Emperador que me envíe un traductor de
confianza. Este códice estará en árabe y al servicio de mis súbditos antes de
un año…; Hasdai, tu eres médico; te encomiendo esta orden, que el embajador
tenga a su disposición una nao en Málaga lo antes posible…y que el embajador
embarque presto
-
Escucho y obedezco contestó Hasdai...
Y así fue como tres meses después llegó a Córdoba
el fraile Nicolás enviado por el Emperador Constantino, y como entre Nicolás y
Hasdai pusieron el Dioscorides del griego al árabe, y en árabe se difundió por
toda España.[1].
Quinientos años después el
Dioscorides se imprimió por primera vez, en latín, en 1478, en Colle ( Toscana))
por Pedro Paduano. Y unos años después fue traducido al castellano por Andrés
Laguna
A principios del S. XVII cierto
boticario llamado Antón el malagueño le contó a si hijo Gonzalo las virtudes
del olivo, y para precisar más le pidió le trajera el Dioscorides de Laguna y
que leyera el capitulo CXVI de la obra.
-
Lee tú, hijo; lee tú que yo apenas veo. Y el
Gonzalo comenzó de esta manera:
“ Del olivo salvaje y domestico”…, yo no conozco el olivo
salvaje …
-
Son los acebuches, hijo. Si quieres encontrar
uno sigue el vuelo de una paloma hasta las cercanías de un palomar…
-
¿Qué tiene que ver, padre, la paloma con el
acebuche?
-
Cuando una paloma se traga una aceituna en el
mes de febrero o marzo – cuando la aceituna está en el suelo – fermenta en el buche
una sustancia que le quita la virtud a la simiente; allí donde la paloma cague
nacerá un acebuche, si el hueso conserva su esencia y …,pero venga, vamos, le
animó el padre; déjate de acebuches, lee
despacio y con atención que este capítulo de la Palestra trata de la planta
reina de la medicina y la botica,,,; además que sepas que las propiedades que
vas a leer son de la época de los romanos…, hace casi mil quinientos años. Y
desde la fundación de Atenas, Atenea presentó a Zeus esta planta como sanadora
del cuerpo…
Y el Gonzalo continuó de esta
guisa:
“Las hojas del olivo salvaje, aprietan. Majadas y
aplicadas en forma de emplasto, sanan el fuego de San Antón, las postillas
llamadas epinyetidas de los Griegos, los Carbúnculos, las llagas que van cundiendo,
las corrosivas, y finalmente los panadizos. Aplicadas con miel hacen caer las
costras engendradas de los cauterios, mundifican las llagas sucias, resuelven
las inflamaciones y sueldan
Cuando Gonzalo terminó la lectura
de las propiedades del olivo, oyeron unos pasos; era el Caminante que se
alejaba doblando una hoja de papel.
-
Creo, dijo Gonzalo, que ese hombre ha copiado lo
que yo leía.
Tenlo por seguro, Gonzalo, que del olivo el
Caminante hará verso; y si no, léete el cuento de Yusuf que viene a continuación
[1]
Pedacio Dioscorides Anazarbeo vivió en Roma en la época de Nerón. Fue un médico y farmacólogo que siguió a las
legiones romanas por toda la cuenca mediterránea y escribió una obra en cinco
volúmenes, titulada De Materia Medica,
precursora de la moderna farmacopea. El texto describe unas 600 plantas
medicinales, 90 minerales y alrededor de
30 sustancias de origen animal
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