Aquel año en el mes de
febrero hizo mucho frio, un frio prolongado, polar, implacable. Venía desde el Ártico
bordeando por poniente la Gran Bretaña y golpeando las costas del Cantábrico
. Cuando alcanzó Andalucía el intenso
frio polar se detuvo y acampó en los olivares todos escurriéndose por cañadas y
barrancos; inundó los llanos y las riberas, se esparció por la campiña, pintó
de canas las montañas y los dejó los arboles ateridos y sin fuerza. En marzo
dejó de llover hasta mediados de octubre y la tierra rajada fue engullendo en
cada raja las hojas caídas de los olivos de la comarca.
En un pueblo de las Vegas
Altas del Guadalquivir el desastre fue total. Los haldares de los olivos se
tapizaron de hojas y la luz poderosa de marzo dejo el follaje como un encaje de
tul de una mantilla azulada, luego amarillenta, luego muerta. En mayo no hubo
flor, en junio no hubo cuaje, el verano fue tórrido y los meses de septiembre y
octubre llenaron de angustia el corazón de la gente. A finales de octubre
llovió intensamente, y las pocas aceitunas que consiguieron cuajar en los
resisteros del campo engordaron como ciruelas y del peso cayeron prematuramente
al suelo.
Cuando llegó la hora de
coger la aceituna el pueblo tenía que trabajar y salió al campo: Y fueron a los
pagos y a las hazas y a las fincas medianas o grandes y arroparon los troncos
de las olivas de los mantones, y varearon las ramas y no cayó aceituna. Y
arrastraron los mantos por las camadas, y sacaron las sacas sin aceituna, y
colmaron los remolques de hojas y aire y encararon los caminos y carreteras
hacia las Almazaras. Pero iban vacíos, sin aceituna. Claro que en aquel pueblo nadie quiso saber que no
había aceituna.
Las Cooperativas y
Almazaras todas limpiaron sus instalaciones, prepararon las cribas,
sustituyeron cintas, rellenaron tamberos, engrasaron centrifugas,
acondicionaron lavadoras, bidones, trujales, cámaras, recipientes, envasadoras,
etiquetajes, tapones, envases de cristal, ordenadores y aplicaciones de
contabilidad…. Y llegaron camiones a la tarde, y remolques, y artilugios todos
transportando aire; y descargaron y se limpió el aire, y se molió el aire, y se
pasó por los decanters el aire y se almacenó aire en los grandes depósitos de acero
inoxidable llenos de aire.
Luego se envasó el aceite
inexistente en lindas botellas, se etiquetó correctamente y se envió a su
destino de grandes superficies, tiendas medianas, tiendas pequeñas, establecimientos
delicatesen, círculos gastronómicos, instituciones de control, laboratorios
sanitarios, particulares, paneles de cata, muestras mil y botellas de aceite
para gerifaltes y políticos que llegaron e inauguraron la campaña y comiendo en
fiestas de aceite nuevo, el aceite verde, el aceite inexistente.
Ni que decir tiene que los Consejos Reguladores calificaron el aceite aire como virgen extra, o virgen o lampante..., los paneles de cata funcionaron como siempre y cataron el aire: unas veces más excepcional fresco y afrutado, otras simplemente limpio; en alguna ocasión detectaron aromas impropios al aire diafáno de cualquier mañana. En aquel año, en aquel
pueblo, tras el aceite nuevo, la gente pedía en los bares su café con tostada
de aceite, y empinaba la alcuza vacía y no caía nada pero inmediatamente le
ponían un poquito de tomate y… al gañote. Las ensaladas se hicieron sin aceite,
y los fritos de boquerones se preparaban en la sartén echando aire y friendo
los boquerones con aire. Nadie en aquel pueblo reconoció que solo había aceite
inexistente y la vida siguió como si tal cosa.
Los únicos que
percibieron el fenómeno del aceite inexistente fueron los banqueros que
iniciaron desahucios, comunicaciones de números rojos, embargos, cartas de
requerimiento de pago, denegación de crédito y cosas por el estilo. Eso sí: también detectaron el fenómeno los
empresarios que festejaron el inicio de campaña y después despidieron poco después a los
trabajadores; los sindicatos renegaron de los recortes; las huelgas se
multiplicaron y fueron a ellas con bocadillos de tortilla frita con aceite
inexistente. La vida siguió pues como si no ocurriera nada, salvo para aquellos
desgraciados que sin nada y sin trabajo contemplaban pasmados el paso del tiempo.
Un día un trabajador, un hombre normalito de los que andan por ahí se dio cuenta y salió por la
calle con una pancarta: él, como padre a un lado, la madre, al otro. Tres chiquillos
en medio. Tenemos hambre rezaba la pancarta, las botellas de aceite están llenas
de aire. El alcalde del pueblo prohibió la manifestación y los municipales
llevaron a la familia al Ayuntamiento.
- - ¿qué le pasa
a usted? Preguntó el alcalde al padre detenido
- - Tenemos
hambre
- -¿no ha cogido
usted la aceituna? En las oficinas de empleo se buscaba gente.
- - El aceite es
aire, respondió el hombre aquel.
- - ¿aire?, inquirió el alcalde.
- - Si, aire,
aire, solo aire.
- - Pero el
aceite ha subido de precio, insistió el munícipe.
- -Sí, pero mis
hijos no comen aire.
- - Que le
arreglen a este hombre los papeles para cobrar los 400 €. Que la agente social
se ocupe del caso. ¿Está usted contento?
- - Sí,
contentísimo, excelencia
- - Yo no soy
excelencia, soy el alcalde del PP, y Rajoy le prolonga a Vd. Los cuatrocientos
€, mas cincuenta euros más que el municipio le da hasta que le llegue la
subvención.
- - Sí, señor
alcalde excelencia, respondió el hambriento subsidiado y beneficiado con los cincuenta €
del generoso Ayuntamiento.
- - ¡Ea!: asunto
terminado, dijo el alcalde, y siguió con sus recepciones y con las deudas del
municipio exigiendo que el gobierno subastara cada viernes cuatro o cinco mil
millones de € para aguantar un mes más pagando a los funcionarios, ordenanzas,
choferes etc. del Ayuntamiento. Aquel día tenía mucha faena: tenía que asistir
a la inauguración de la campaña del aceite: venia el Delegado y el Consejero de la Junta
de Andalucía…
Ya en la calle el hambriento
se cruzó con el caminante. Dame algo de comer le pidió el caminante al
subsidiado. Y fueron a la panadería y compraron un pan. Sentados en un banco
cortaron el pan y el caminante sacó de su zurrón una botellita de aceite.
- Tomad
hijos, le dijo a los niños, os echaré un chorreón de aceite: este no es picual,
ni manzanillo, ni arbequino, ni royal, ni hojiblanco ni picudo… Este es aceite
esperanza.
- - ¿aceite
esperanza? ¿qué aceite es ese?
- - Es el aceite
del año que viene; el aceite que deja vivir al pueblo, el aceite que mueve las
cosas, el aceite que será y ya es en miles de hombres y mujeres que saben de
esto.
- - Este año todo
el aceite es invisible…, dijo el padre.
- - No, no, buen
hombre; no es así. Tú no tienes más que cincuenta € y has comprado pan y me lo
has ofrecido a mí. Yo, a cambio, no quiero darte aceite, quiero darte algo más,
quiero darte esperanza; mira hacia allí… Y el hombre miró a un haza de olivar
de los ejidos y pudo ver unas hermosas olivas con la hojas anchas, brillantes,
poderosas, adheridas a un retalle vigoroso y plateado…
- - Bueno, dijo
el padre… el año que viene habrá cosecha. Gracias por el aceite de la
esperanza, amigo…
Pero al volverse para
hablar con el caminante, este ya no estaba allí. Y es que la esperanza aparece
con dificultad cuando la vida arrecia, pero tiene siempre para los agricultores
de las Vegas Altas del Guadalquivir una botellita de aceite del año que viene metida en el
zurrón.
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