domingo, 14 de abril de 2013

El aceite aire.



Aquel año en el mes de febrero hizo mucho frio, un frio prolongado, polar, implacable. Venía desde el Ártico bordeando por poniente la Gran Bretaña y golpeando las costas del Cantábrico .  Cuando alcanzó Andalucía el intenso frio polar se detuvo y acampó en los olivares todos escurriéndose por cañadas y barrancos; inundó los llanos y las riberas, se esparció por la campiña, pintó de canas las montañas y los dejó los arboles ateridos y sin fuerza. En marzo dejó de llover hasta mediados de octubre y la tierra rajada fue engullendo en cada raja las hojas caídas de los olivos de la comarca.
En un pueblo de las Vegas Altas del Guadalquivir el desastre fue total. Los haldares de los olivos se tapizaron de hojas y la luz poderosa de marzo dejo el follaje como un encaje de tul de una mantilla azulada, luego amarillenta, luego muerta. En mayo no hubo flor, en junio no hubo cuaje, el verano fue tórrido y los meses de septiembre y octubre llenaron de angustia el corazón de la gente. A finales de octubre llovió intensamente, y las pocas aceitunas que consiguieron cuajar en los resisteros del campo engordaron como ciruelas y del peso cayeron prematuramente al suelo.
Cuando llegó la hora de coger la aceituna el pueblo tenía que trabajar y salió al campo: Y fueron a los pagos y a las hazas y a las fincas medianas o grandes y arroparon los troncos de las olivas de los mantones, y varearon las ramas y no cayó aceituna. Y arrastraron los mantos por las camadas, y sacaron las sacas sin aceituna, y colmaron los remolques de hojas y aire y encararon los caminos y carreteras hacia las Almazaras. Pero iban vacíos, sin aceituna. Claro que  en aquel pueblo nadie quiso saber que no había aceituna.
Las Cooperativas y Almazaras todas limpiaron sus instalaciones, prepararon las cribas, sustituyeron cintas, rellenaron tamberos, engrasaron centrifugas, acondicionaron lavadoras, bidones, trujales, cámaras, recipientes, envasadoras, etiquetajes, tapones, envases de cristal, ordenadores y aplicaciones de contabilidad…. Y llegaron camiones a la tarde, y remolques, y artilugios todos transportando aire; y descargaron y se limpió el aire, y se molió el aire, y se pasó por los decanters el aire y se almacenó aire en los grandes depósitos de acero inoxidable llenos de aire.
Luego se envasó el aceite inexistente en lindas botellas, se etiquetó correctamente y se envió a su destino de grandes superficies, tiendas medianas, tiendas pequeñas, establecimientos delicatesen, círculos gastronómicos, instituciones de control, laboratorios sanitarios, particulares, paneles de cata, muestras mil y botellas de aceite para gerifaltes y políticos que llegaron e inauguraron la campaña y comiendo en fiestas de aceite nuevo, el aceite verde, el aceite inexistente.
Ni que decir tiene que los Consejos Reguladores calificaron el aceite aire como virgen extra, o virgen o lampante..., los paneles de cata funcionaron como siempre y cataron el aire: unas veces más excepcional fresco y afrutado, otras simplemente limpio; en alguna ocasión detectaron aromas impropios al aire diafáno de cualquier mañana.  En aquel año, en aquel pueblo, tras el aceite nuevo, la gente pedía en los bares su café con tostada de aceite, y empinaba la alcuza vacía y no caía nada pero inmediatamente le ponían un poquito de tomate y… al gañote. Las ensaladas se hicieron sin aceite, y los fritos de boquerones se preparaban en la sartén echando aire y friendo los boquerones con aire. Nadie en aquel pueblo reconoció que solo había aceite inexistente y la vida siguió como si tal cosa.
Los únicos que percibieron el fenómeno del aceite inexistente fueron los banqueros que iniciaron desahucios, comunicaciones de números rojos, embargos, cartas de requerimiento de pago, denegación de crédito y cosas por el estilo. Eso sí: también detectaron el fenómeno los empresarios que festejaron el inicio de campaña y después despidieron poco después a los trabajadores; los sindicatos renegaron de los recortes; las huelgas se multiplicaron y fueron a ellas con bocadillos de tortilla frita con aceite inexistente. La vida siguió pues como si no ocurriera nada, salvo para aquellos desgraciados que sin nada y sin trabajo contemplaban pasmados el paso del tiempo.
 Un día un trabajador, un hombre normalito de los que andan por ahí se dio cuenta y salió por la calle con una pancarta: él, como padre a un lado, la madre, al otro. Tres chiquillos en medio. Tenemos hambre rezaba la pancarta, las botellas de aceite están llenas de aire. El alcalde del pueblo prohibió la manifestación y los municipales llevaron a la familia al Ayuntamiento.
-         -  ¿qué le pasa a usted? Preguntó el alcalde al padre detenido
-         - Tenemos hambre
-          -¿no ha cogido usted la aceituna? En las oficinas de empleo se buscaba gente.
-          - El aceite es aire, respondió el hombre aquel.
-          - ¿aire?, inquirió el alcalde.
-          - Si, aire, aire, solo aire. 
-          -  Pero el aceite ha subido de precio, insistió el munícipe.
-          -Sí, pero mis hijos no comen aire.
-          - Que le arreglen a este hombre los papeles para cobrar los 400 €. Que la agente social se ocupe del caso. ¿Está usted contento?
-          - Sí, contentísimo, excelencia
-          - Yo no soy excelencia, soy el alcalde del PP, y Rajoy le prolonga a Vd. Los cuatrocientos €, mas cincuenta euros más que el municipio le da hasta que le llegue la subvención.
-          - Sí, señor alcalde excelencia, respondió el hambriento subsidiado y beneficiado con los cincuenta € del generoso Ayuntamiento.
-         -  ¡Ea!: asunto terminado, dijo el alcalde, y siguió con sus recepciones y con las deudas del municipio exigiendo que el gobierno subastara cada viernes cuatro o cinco mil millones de € para aguantar un mes más pagando a los funcionarios, ordenanzas, choferes etc. del Ayuntamiento. Aquel día tenía mucha faena: tenía que asistir a la inauguración de la campaña del aceite: venia el Delegado y el Consejero de la Junta de Andalucía…

Ya en la calle el hambriento se cruzó con el caminante. Dame algo de comer le pidió el caminante al subsidiado. Y fueron a la panadería y compraron un pan. Sentados en un banco cortaron el pan y el caminante sacó de su zurrón una botellita de aceite. 

- Tomad hijos, le dijo a los niños, os echaré un chorreón de aceite: este no es picual, ni manzanillo, ni arbequino, ni royal, ni hojiblanco ni picudo… Este es aceite esperanza.
-          - ¿aceite esperanza? ¿qué aceite es ese?
-         -  Es el aceite del año que viene; el aceite que deja vivir al pueblo, el aceite que mueve las cosas, el aceite que será y ya es en miles de hombres y mujeres que saben de esto.
-          - Este año todo el aceite es invisible…, dijo el padre.
-          - No, no, buen hombre; no es así. Tú no tienes más que cincuenta € y has comprado pan y me lo has ofrecido a mí. Yo,  a cambio,  no quiero darte aceite, quiero darte algo más, quiero darte esperanza; mira hacia allí… Y el hombre miró a un haza de olivar de los ejidos y pudo ver unas hermosas olivas con la hojas anchas, brillantes, poderosas, adheridas a un retalle vigoroso y plateado…

-          - Bueno, dijo el padre… el año que viene habrá cosecha. Gracias por el aceite de la esperanza, amigo…

Pero al volverse para hablar con el caminante, este ya no estaba allí. Y es que la esperanza aparece con dificultad cuando la vida arrecia, pero tiene siempre para los agricultores de las Vegas Altas del Guadalquivir una botellita de aceite del año que viene metida en el zurrón.

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