EL ACEITE DE OLIVA
Y
LA DONCELLA PRINCIPAL
Mi relación con el aceite de oliva es casi genética; mi
familia paterna es olivarera de Jaén; productores de Jaén ( que a esos no los
cantó Machado pero existen ); gentes con
sus fincas, sus molinos, su tradición y su amor al olivar. Por vía materna
heredé en Granada olivares adquiridos a Felipe II tras la expulsión de los
moriscos. Olivos pues que llevan en casa más de cuatrocientos años. Unos y
otros, mis antepasados granadinos o ubetenses, han sido gentes que nacieron, crecieron, amaron
y murieron asomados a un paisaje de olivos, a un llorar del aceite en los
capachos y a la luz de la alcuza por la noche. Familias olivareras que tienen aún zafras de aceite en despensas umbrosas y se
recrean en el aceite desde los churros de la mañana al salmorejo de la cena. Gentes, ya digo, que celebran el aceite nuevo
y lo catan en Navidad a la vera del Portal
cantando villancicos. A esas
gentes del Sur pertenezco yo.
Pero uno tarda en darse cuenta de esas cosas; y es que, como con el amor, existe una primera vez, un contacto con el aceite, un percibir su aroma, un palpar su textura, un mancharse la solapa, un catar los sabores de la cosecha de hogaño. Y a eso me voy a referir: al cómo y al cuando tomé contacto con el mundo del aceite. Creo que de la magia de esa primera vez nacen estas cuartillas, porque mi iniciación al mundo del aceite fue realmente mágica. Algo así, ya digo, como el amor: que nunca se olvida la primera vez. Venga, vamos a ello: os lo voy a contar: el cómo llegué a catar el aceite verde de la cosecha nueva.
Pero uno tarda en darse cuenta de esas cosas; y es que, como con el amor, existe una primera vez, un contacto con el aceite, un percibir su aroma, un palpar su textura, un mancharse la solapa, un catar los sabores de la cosecha de hogaño. Y a eso me voy a referir: al cómo y al cuando tomé contacto con el mundo del aceite. Creo que de la magia de esa primera vez nacen estas cuartillas, porque mi iniciación al mundo del aceite fue realmente mágica. Algo así, ya digo, como el amor: que nunca se olvida la primera vez. Venga, vamos a ello: os lo voy a contar: el cómo llegué a catar el aceite verde de la cosecha nueva.
Tendría por entonces cinco años; lo sé porque vivía mi madre y murió cuando tenía seis. Cinco añitos y aquel año…, a pasar la Navidad en casa de la abuela de Úbeda. Mi abuela era una gran matrona, viuda desde hacía un siglo y madre de seis hijos varones que arrastraban a nueras, nietos, primos, paniaguados, niñeras, criadas, cuerpo de casa y la de Dios a la cena de Navidad. Bueno, con más precisión: en aquella casona se daban dos cenas; la de los señores y la de los criados; con el mismo menú, cierto, que mi gente presumía de liberal y todos comían de todo, pero cada cual en su sitio: los criados en su cocina y los señores, es decir nosotros, en un gran salón con las mantelerías bordadas y la cristalería de roca, y un niño Jesús pequeñito debajo de cada servilleta.
Pero no nos desviemos del tema; decía que en Navidad se cataba el aceite de los cortijos de la cosecha inmediata, y aquello tenía su ritual, su liturgia, su magia orquestada y vistosa para presentar el aceite nuevo, el recién extraído: el aceite verde. Antes de servir la cena, con todo el mundo atacando ya las almendras fritas, las perlas del Guadalquivir y la cerveza espumosa - a escondidas de la abuela que no permitía adelantos a los entremeses -, la doncella principal salía de la cocina con una bandeja con dos platos: uno de aceite y otro de trocitos de pan; y llegaba hasta la abuela y esta cataba el aceite, y luego lo cataban los hijos, y luego las nueras, y luego los niños y en fin todo el mundo. El puesto de doncella principal era clásico por aquel entonces en las casas amponas; La doncella principal era la moza más esbelta, más grácil, mas espigada y con más clase de todas las chicas del servicio. En aquella Navidad la doncella principal se llamaba la Trini, y la Trini, ahora que lo pienso, era un autentico primor: tendría no más de dieciocho años, una tez a lo Moreno de Torres, un pelo largo recogido en una cola absolutamente negra y sobre todo era como una palmera mecida por el viento. ¡Como se movía la Trini!, ¡como jugaban sus piernas para mecer un cuerpo de ensueño que giraba a derecha e izquierda llevando las bandejas! ¡Qué bien andaba la Trini!, ¡qué garbo!, ¡qué hechuras!, ¡qué elegancia la de la doncella principal!
Aquella noche la Trini lucia uniforme nuevo: una camisa blanca con jaretes de encaje en las mangas, cofia sencilla, una falda aterciopelada negra de amplio vuelo y no demasiado larga; medias de seda – que aunque no eran las medias reglamentarias de algodón alguien decidió acertadamente que aquellas piernas había que enseñarlas –; zapatos de charol de medio tacón y un delantal blanco impoluto con la pechera bordada de bodoques junto al escote que me pareció la gloria. Y es que…, como pueden ustedes adivinar, yo estaba locamente enamorado de la Trini. La Trini era mi noche y mi día, mi sueño y mi despertar. Recuerdo deambular de la cocina al salón buscando a la Trini, intuyendo sus pasos, anhelando subir hacia sus pechos, e incluso acariciando su cuello y notando los pelillos escapados de la gomilla que formaba la coleta. Parece mentira pero así es: los niños, o al menos yo que debía ser muy precoz, intuyen la sexualidad aunque no la conozcan y les atrae lo que les tiene que atraer aunque no sepan ni el qué ni el por qué. Y a mí me atraía la Trini una barbaridad. Y más en comparación a mi niñera – que cada niño tenía su niñera – la Bibiana. La Bibiana era la antítesis de la doncella principal y yo me afligía y lloraba pensando en mi mala suerte; la Bibiana era gorda, fofa, y tenía una verruga en la nariz. Había que cambiarla, que permutarla quiero decir; la abuela se quedaría con Bibiana y nosotros nos llevábamos a la Trini. Así de fácil, así de lógico, así de deseado.
Pero como he dicho antes no era fácil ver a la Trini: o había que esperar a que sonara la campanilla y la abuela ordenara algo, o ir a la cocina que tenía, además de un olor a puchero de horas, el atractivo poderoso de ser territorio cuasi prohibido. Pero allí, en la cocina, estaba Petra - la que fue niñera de nuestros padres -, o María la de Rus – una mujer metida en años con los pelos rubios de agua oxigenada y un tic en la cabeza ante el que te quedabas absorto y aterrorizado; y ambas, Petra y María, te amenazaban en cuanto te veían:
-
¡niño que me estorbas!
-
¡niño que te vas a quemar!
-
¡niño que se lo digo a tu abuela…!
Y la María se asomaba al torno que daba al salón para hacer
como si diera el chivatazo, y el rostro
de la María, enmarcado en el torno y con el tic inevitable, parecía, de veras,
un retrato guiñante y terrorífico. Así
que la presentación del aceite tenía para mí aquel año el atractivo de ver a la
Trini engalanada y vistosa sin ganarme una regañina. En tales circunstancias me
vestí de nuevo y a esperar a la Trini.
Y por fin la Trini entró en el salón con la bandeja, el
aceite, el pan y una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué expectación!, madre, con la
entrada apoteósica de la doncella moviendo la falda y acompasando con aquel
culo glorioso el lazo del delantal y los
pasos decididos hasta la butaca de la
abuela. La Trini avanzó erguida con los
pezones que se marcaban bajo la blusa, y
se fue abriendo paso entre unos y otros… hasta que pasó por mi lado y me perdí;
me perdí literalmente entre los volantes de su falda y el taconeo sinuoso de los zapatos de
charol. Y la moza, sintiéndose hurgada y perturbada…, pues eso: que me atizó el primer pescozón. Y digo el
primero porque no fue el ultimo; y es que cuando palpé los ligueros de las medias de la
Trini en aquella investigación iniciática, la doncella principal tropezó,
trastabilló las piernas y tiró sobre mi cabeza la bandeja del aceite … ¡¡¡¡ Tras… catarras, plas, tras, tras
catatras!!! El estruendo de la bandeja
al caer no fue nada comparado con el grito de la Trini que salió de estampida
por la puerta del comedor como si la llevara el demonio.
Noté como aquel picual verde me mojaba el pelo, chorreaba por la frente, caía por las mejillas y me llegaba a los labios. Saqué la lengua y relamí el aceite; me supo a hojas de olivo, a almendras amargas, a sueño prolongado; me supo, ya digo, a gloria, me supo a la Trini.
Como pueden ustedes deducir me llovieron pescozones e improperios de todo tipo:
-
¡ jodido niño que ha tirado el aceite!, ¡pero,
habrase visto donde se ha metido!..
-
¡son los
tiempos!, decía Isabelina…, ¿ a dónde vamos a llegar?: el zagal se ha metido
entre las piernas de la Trini! ¡Qué escándalo!
-
¿A dónde querría subir? …se preguntaba Encarnita,
una paniaguada simplona, ¡Este niño es
el diablo…!!; no ha parado hasta llegar a las ligas…
-
Desde luego la muchacha no debía llevar las
medias de seda…, apostillaba Isabelina intentando culpar en algo a mi amada – y
de paso hacer comprensible mi investigación entre los muslos de la moza.
Y me seguían lloviendo empujones y pescozones pese a la interpretación de ser provocadoras y
pecaminosas las piernas visibles de la muchacha, según Isabelina. Y lloré
cuanto pude, y el sabor del aceite se mezcló con el salado de las lágrimas y
acabé buscando protección en mi madre. Ella me secó como pudo, me acarició la
cabeza pringosa y me besó en la frente.
-
Dejadlo ya, dijo; no veis que es un niño, solo
un niño. ¡Ven conmigo!, y me abrazó y me acurrucó en su regazo.
Llené de lamparones el traje de
mi madre, pero no le importó; Además estaba, afirmó defendiendo la hombría de
su hijo, donde tenía que estar. ¡Ole mi madre!
Supongo que de ahí viene mi amor al aceite, mi amor apasionado y misterioso: del recuerdo del beso de mi madre, del sabor de las lágrimas y del perfume profundísimo y mágico del cuerpo ondulante y esbelto de la Trini . Luego trajeron más aceite verde para catarlo, pero yo no lo probé, por si acaso los pescozones.
Supongo, y supongo bien, que es esta una historia como cualquier historia, pero luego más tarde, cuando ya era un niño aterido y huérfano, las sensaciones de esta tierra mediterránea, y aquella soledad inmensa y desgarrante de la orfandad, las volví a sentir al leer un poema de Amina Said[1] sobre el aceite que dice así:
Nací de un silencio entre el mar y el olivo
del ritmo de los
vacíos y de la infancia de la luz.
Las palabras tienen una cara visible
que esconde otra en
la encrucijada del poema.
Algunas resisten y me exponen al riesgo de hablar.
Y colorín colorado la historia de mi llegada al mundo del
aceite de oliva se ha acabado, aceptando, quizás, el riesgo de hablar...
[1] Fragmento tomado de la recopilación
de poemas del aceite OLIVIDADES, hecho por mi buen amigo Bernardo, socio de
OLEARUM.
Felix te lo había oído contar, pero no sé si me gusta más la versión del directo o la de la palabra escrita. Eres un coomunicador extraordinario.Te felicito.
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