jueves, 17 de enero de 2013

La virgen del Carmen y la Almedina de Cazorla


CUENTO DE LA VIRGEN DEL CARMEN Y  LA ALMEDINA

Queridos amigo: cuando me hice cargo de la Almedina, la almazara, mercantilmente, se llamaba eso: Almazara la Almedina SL; pero en diversos paneles y letreros ponía “Almazara de Santa Teresa”.  Al principio no me extrañó: una cosa es el nombre de la Empresa y otra la Advocación, quizás, de los propietarios anteriores; más aún cuando  la capilla del palacio de la Almedina la preside una imagen de la Santa. Pero este juego de nombres y advocaciones  se complica  cuando en el frontispicio de entrada del edificio luce un gran mosaico de la Virgen del Carmen.
En esta ocasión mis investigaciones al respecto fueron un rotundo fracaso. Nadie me supo decir por qué unas veces era Santa Teresa y en otras la Virgen del Carmen. Hay por aquí un refrán que dice ante situación entiendo que  parecida : si tiene barba es S. Antón, y si no la Purísima Concepción …, pero en la Almedina el distingo de la barba no era aplicable; ni la Santa, ni la Virgen tuvieron barba, que se sepa.  Para solucionar el asunto, y dejarlo claro para siempre…, pues eso: que llegó a mis oídos una historia preciosa que confirmó una anciana en mi despacho dejando entre mis manos una medalla de oro.
Esta historia es mi  cuanto de Navidad de ogaño. No está siendo un buen años este 2011; al menos para mí. Año cansino y macilento que se llevó la salud por unos meses, y el alma para el resto. Año de angosturas  entre lluvias de abril y un otoño sequísimo. Año de mediana cosecha, ya pintona, cuando escribo estas cuartillas, y días amarrados a soledades. Dudé en dedicaros este cuento o el de la Esperanza y la lata de sardinas que encontrareis más adelante; me he decidido por este porque la historia que se cuenta trasciende el tiempo y se trasforma en mensaje de vida; en un mensaje de futuro esperanzado. En el cuento de la lata de sardinas – cuento verídico y trascendente – “la  Esperanza” se hace carne y silencio e incertidumbre y no creo que haya acertado a terminarlo como se merece; así que lo dejamos estar y os dedico este cuento con todo mi afecto y deseos de felicidad para el 2012.  
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A la Salvadora le regaló el novio una medallita de la Virgen del Carmen con su cadena de oro y la chica se la colgó al cuello.
-          Toma, para tu santo – le dijo el Juan a la Salvadora. Mi madre tiene una igual, y además me gusta que haya algo mío cerca de tu… tus tetas, coño. De tus tetas, ¡ea! ya lo he dicho y era lo que estaba pensando…
-          Ibas a decir cerca de mi corazón…
-           Iba a decir lo que he dicho, y si no te gusta me das la medalla, la devuelvo, y hemos terminado.
Y es que el Juan era un tanto brusco, un tanto bruto, pero quería a la Salvadora y la Salvadora  lo sabía; así que se quedó con la medalla, le hizo al Juan cuatro carantoñas en las orejas y aquí paz y allá gloria. Y en esas estuvo la moza con su medalla en secreto, pues el Juan no había pedido aún permiso al padre de la Salvadora para hablarle en formal, que se decía por entonces. Y pasaron los meses y llegó la Pura y se inició la campaña de la aceituna. Como se decía por aquí: Hasta la Pura no cojas la aceituna. En fin que sigo el cuento: Que Juan y la Salvi  se apuntaron al mismo tajo de una finca de por allí. Él, de vareador; ella, en la cocina con los ranchos del personal. 
El caso es que el padre de la Salvadora era maestro de fábrica en una Almazara de la Comarca, con más precisión de la Almazara de la Almedina cuya foto os he insertado en la primera página de este librejo. El bueno de Alfonso, que así se llamaba el citado maestro, tenía a su cargo las recién instaladas prensas hidráulicas traídas desde la fundición de la Providencia de Linares. Tenía la Almedina cuatro prensas con sus correspondientes cajas de bomba, sus transmisiones y sus vagonetas de carga y descarga.    La tarea de Alfonso consistía en hacer los cuatro cargos de capachos en las regaifas respectivas cuidando los tiempos para que los cagarraches levantaran los quintales a su hora y fuera llorando el aceite en la primera prensada sin pausa alguna. Para ello necesitaba que las vagonetas de masa llegaran espaciadas, y que el agua caliente del repaso fuera pronta y abundante. Era una tarea de responsabilidad que obligaba al maestro a ir de una prensa a otra; de allí a la caldera; de la caldera a los motores y finalmente a los decantadores o a las alpechineras.
Para que el trabajo no se interrumpiera dispuso el capataz que el almuerzo se hiciera en la propia nave y el rancho lo distribuyera una de las empleadas del tajo de la finca – que era del mismo amo que la Almedina - . Y la distribución  le cayó a la Salvadora que mataba dos pájaros de un tiro: atendía a lo del rancho y  llevaba de paso alguna galguería a su padre. El caso es que uno de aquellos días y viajes de la cocina del cortijo a la Almazara, metido ya el mes de febrero – que comienza el calor y busca la sombra el perro - , la Salvadora entró en la nave de la fabrica al tiempo que los cagarraches vaciaban el agua hirviendo  para apurar la masa y empezó a sudar.
-          Tienes calor ¿eh?, le dijo un peón de caldera. Pégate a la prensa uno que tiene la masa fría y estarás mejor.
            En la nave de prensado hacía mucho calor: un gran rescoldo de ascuas de encina y de oliva iluminaban la boca del hogar de la caldera, y todo bajo una columna de vapor que luego se condensaba en los azulejos de la pared, en el hierro forjado de las prensas y sobre todo en los cristales de las ventanas, o las esferas de los manómetros de presión de la bombas.
La Salvadora se puso a sudar, sintió ahogo y se desabrochó un par de botones de la camisa, de suerte que allí, tal como quería el Juan, donde se inician las tetas  quedó al descubierto la medallita de la Virgen. La moza no se percató del asunto hasta que vio a su padre que venía de las alpechineras hasta donde ella estaba y en aquel momento comenzó a subir la vagoneta para iniciar la presión. Eso la salvó; que el padre miró la vagoneta y no miró el escote de la hija, que si no descubre el pastel. Salvadora, aterrorizada, se pegó un tirón, arrancó cadena y medalla y, con un tremendo disimulo, metió el regalo de su Juan entre la masa de aceituna de dos capachos del cargo…
-          ¡Quítate de ahí, prenda! – le dijo Alfonso a su hija - , que el cargo va a entrar en presión y puede reventar…, pégate al aclarador y me dejas el rancho en el poyo junto al pozo.
Pero la Salvadora no se iba; entre el pánico del tirón,  la perdida de la medalla, y el enfado seguro del Juan a la tarde…estaba como boba; que el Juan le hurgaba en las tetas en cuanto la veía y no precisamente por la medalla, allí no cabía disimular…
-          ¿Me quieres decir que pasa?- gritó el Alfonso. Anda Salvadora, no me entretengas que se me va el aceite de la tres. Toma esta botella de flor y se la das a tu madre para el salmorejo. Date prisa o no llegas.
Y la Salvadora aparejó la mula, se subió al animal metiendo los pies en las aguaderas y se encaminó hacia el tajo con lágrimas como puños: su medalla se había quedado en la Almedina. No se había alejado media legua cuando dio la vuelta y se volvió para hablar con la Marquesa de Loja.
En estas, y mientras su hija pedía audiencia, Alfonso aumentó la presión y los capachos toparon con la plancha de la prensa. Lloró el aceite como no lo había hecho nunca: un aceite dorado, trasparente, afrutado…, un aceite maravilloso y santificado, lo creo a pies juntillas, por la Virgen del Carmen que se apretaba literalmente en su seno.
A medio camino entre el tajo y la Almedina, la Salvi tiró del ronzal de la bestia y como loca regresó con un trotecillo marranero de la la caballería hasta la Almazara y pidió ver a la Marquesa de Loja
-          ¿Da usted su permiso?…, señora.
-          Pasa adelante hija, pasa; pasa y cierra la puerta – dijo la Marquesa de Loja -; pasa y cierra la puerta que hace un frio que hiela. Dime, que quieres. Me ha dicho la doncella que querías verme.
-          Verá usted Señora: yo tengo un novio y una medalla. Vaya que no acierto, que lo que quiero decir es que  tenia la medalla, y el novio lo tengo hasta la tarde que vea que no la tengo, la medalla es lo que quiero decir que no tengo, cuando me hurgue las tetas; usted verá que yo no quiero, pero se empeña y hurga y no verá la medalla…; que la medalla está en el cargo; la medalla, ¿entiende usted?. Y mi padre ha prensao a la Virgen y…
-          Para, para, para y no llores.
Y Salvadora se acurrucó en una butaca del salón azul y como pudo acabó contándole la historia de la medalla a la Marquesa de Loja.
-          Decid inmediatamente a Alfonso que pare las prensas – ordenó la Marquesa - y bajo ningún concepto que de la segunda prensada. Luego que se marchen… ¡quiero la nave sola!
Y la Marquesa y Salvadora bajaron a las prensas y escarbaron en la masa de la prensa uno, y la moza recuperó su medalla tras la afanosa búsqueda. Luego la limpió con esmero, la besó y se la dio a besar a Dñª Mercedes, la Marquesa.
-          Esta medalla de tu Juan será el símbolo de la Almedina, dijo la aristócrata. Cada año, en la primera prensada, meteremos en la masa una medalla de la Virgen del Carmen, y las dos guardaremos el secreto…
Y la Marquesa encargó un gran mosaico de la Virgen del Carmen que luce aún en el frontispicio de la Almedina. Pasaron los años y vino la República, y el exilio argentino, y la Guerra, y la pos Guerra, y la muerte. Hasta que un día de noviembre,  setenta  años  después de lo acaecido, llegó una viejecita a mi despacho y me contó la historia.
-          Me voy a morir y esto no es mío, ni de usted, ni siquiera de la Almedina. Esto es del aceite verde.
Muy despacio, con voz baja, como si fuera lo último que haría en la vida, la Salvadora – que la anciana así me dijo que se llamaba – , me dio una medallita de la Virgen del Carmen, y se fue.
Por la historia de la Salvadora, y en su memoria, cada año pongo unos instantes en la primera flor de aceite de la Almedina la medalla de la  de la Virgen del Carmen.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
En ese momento el Caminante se alejó de la escena tarareando las siguientes estrofas:

Un secreto tenía la moza,
en la teta izquierda, lamiendo el pezón.
Un secreto que en la tarde aquella la moza perdió.
¡Ay de mi secreto!, le dijo a la dueña,
¡Ay de mi secreto!, que mi amor me dio.

No llores mozuela, le dijo la dueña,
No sigas llorando que lo arreglo yo.
¡que paren el tiempo, que pare el motor!
Que el aceite fluya, que lo arreglo yo.

Y entre los capachos
 buscaron ansiosas el secreto cierto que su amor le dio.

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