CUENTO DE LA VIRGEN
DEL CARMEN Y LA ALMEDINA
Queridos amigo: cuando me hice
cargo de la Almedina, la almazara, mercantilmente, se llamaba eso: Almazara la
Almedina SL; pero en diversos paneles y letreros ponía “Almazara de Santa
Teresa”. Al principio no me extrañó: una
cosa es el nombre de la Empresa y otra la Advocación, quizás, de los
propietarios anteriores; más aún cuando
la capilla del palacio de la Almedina la preside una imagen de la Santa.
Pero este juego de nombres y advocaciones
se complica cuando en el
frontispicio de entrada del edificio luce un gran mosaico de la Virgen del
Carmen.
En esta ocasión mis investigaciones
al respecto fueron un rotundo fracaso. Nadie me supo decir por qué unas veces
era Santa Teresa y en otras la Virgen del Carmen. Hay por aquí un refrán que
dice ante situación entiendo que parecida : si tiene barba es S. Antón, y si no
la Purísima Concepción …, pero en la Almedina el distingo de la barba no era
aplicable; ni la Santa, ni la Virgen tuvieron barba, que se sepa. Para solucionar el asunto, y dejarlo claro
para siempre…, pues eso: que llegó a mis oídos una historia preciosa que confirmó
una anciana en mi despacho dejando entre mis manos una medalla de oro.
Esta historia es mi cuanto de Navidad de ogaño. No está siendo un
buen años este 2011; al menos para mí. Año cansino y macilento que se llevó la
salud por unos meses, y el alma para el resto. Año de angosturas entre lluvias de abril y un otoño sequísimo.
Año de mediana cosecha, ya pintona, cuando escribo estas cuartillas, y días
amarrados a soledades. Dudé en dedicaros este cuento o el de la Esperanza y la
lata de sardinas que encontrareis más adelante; me he decidido por este porque
la historia que se cuenta trasciende el tiempo y se trasforma en mensaje de
vida; en un mensaje de futuro esperanzado. En el cuento de la lata de sardinas
– cuento verídico y trascendente – “la
Esperanza” se hace carne y silencio e incertidumbre y no creo que haya
acertado a terminarlo como se merece; así que lo dejamos estar y os dedico este
cuento con todo mi afecto y deseos de felicidad para el 2012.
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A la Salvadora le regaló el novio
una medallita de la Virgen del Carmen con su cadena de oro y la chica se la
colgó al cuello.
-
Toma, para tu santo – le dijo el Juan a la Salvadora.
Mi madre tiene una igual, y además me gusta que haya algo mío cerca de tu… tus
tetas, coño. De tus tetas, ¡ea! ya lo he dicho y era lo que estaba pensando…
-
Ibas a decir cerca de mi corazón…
-
Iba a
decir lo que he dicho, y si no te gusta me das la medalla, la devuelvo, y hemos
terminado.
Y es que el Juan era un tanto
brusco, un tanto bruto, pero quería a la Salvadora y la Salvadora lo sabía; así que se quedó con la medalla, le
hizo al Juan cuatro carantoñas en las orejas y aquí paz y allá gloria. Y en esas
estuvo la moza con su medalla en secreto, pues el Juan no había pedido aún
permiso al padre de la Salvadora para hablarle en formal, que se decía por
entonces. Y pasaron los meses y llegó la Pura y se inició la campaña de la
aceituna. Como se decía por aquí: Hasta la Pura no cojas la aceituna. En fin
que sigo el cuento: Que Juan y la Salvi se apuntaron al mismo tajo de una finca de por
allí. Él, de vareador; ella, en la cocina con los ranchos del personal.
El caso es que el padre de la Salvadora
era maestro de fábrica en una Almazara de la Comarca, con más precisión de la
Almazara de la Almedina cuya foto os he insertado en la primera página de este
librejo. El bueno de Alfonso, que así se llamaba el citado maestro, tenía a su
cargo las recién instaladas prensas hidráulicas traídas desde la fundición de
la Providencia de Linares. Tenía la Almedina cuatro prensas con sus
correspondientes cajas de bomba, sus transmisiones y sus vagonetas de carga y
descarga. La tarea de Alfonso
consistía en hacer los cuatro cargos de capachos en las regaifas respectivas
cuidando los tiempos para que los cagarraches levantaran los quintales a su
hora y fuera llorando el aceite en la primera prensada sin pausa alguna. Para
ello necesitaba que las vagonetas de masa llegaran espaciadas, y que el agua
caliente del repaso fuera pronta y abundante. Era una tarea de responsabilidad
que obligaba al maestro a ir de una prensa a otra; de allí a la caldera; de la
caldera a los motores y finalmente a los decantadores o a las alpechineras.
Para que el trabajo no se
interrumpiera dispuso el capataz que el almuerzo se hiciera en la propia nave y
el rancho lo distribuyera una de las empleadas del tajo de la finca – que era
del mismo amo que la Almedina - . Y la distribución le cayó a la Salvadora que mataba dos pájaros
de un tiro: atendía a lo del rancho y
llevaba de paso alguna galguería a su padre. El caso es que uno de
aquellos días y viajes de la cocina del cortijo a la Almazara, metido ya el mes
de febrero – que comienza el calor y busca la sombra el perro - , la Salvadora
entró en la nave de la fabrica al tiempo que los cagarraches vaciaban el agua
hirviendo para apurar la masa y empezó a
sudar.
-
Tienes calor ¿eh?, le dijo un peón de caldera.
Pégate a la prensa uno que tiene la masa fría y estarás mejor.
En la nave de prensado hacía mucho
calor: un gran rescoldo de ascuas de encina y de oliva iluminaban la boca del
hogar de la caldera, y todo bajo una columna de vapor que luego se condensaba
en los azulejos de la pared, en el hierro forjado de las prensas y sobre todo
en los cristales de las ventanas, o las esferas de los manómetros de presión de
la bombas.
La Salvadora se puso a sudar,
sintió ahogo y se desabrochó un par de botones de la camisa, de suerte que
allí, tal como quería el Juan, donde se inician las tetas quedó al descubierto la medallita de la
Virgen. La moza no se percató del asunto hasta que vio a su padre que venía de
las alpechineras hasta donde ella estaba y en aquel momento comenzó a subir la
vagoneta para iniciar la presión. Eso la salvó; que el padre miró la vagoneta y
no miró el escote de la hija, que si no descubre el pastel. Salvadora,
aterrorizada, se pegó un tirón, arrancó cadena y medalla y, con un tremendo
disimulo, metió el regalo de su Juan entre la masa de aceituna de dos capachos
del cargo…
-
¡Quítate de ahí, prenda! – le dijo Alfonso a su
hija - , que el cargo va a entrar en presión y puede reventar…, pégate al
aclarador y me dejas el rancho en el poyo junto al pozo.
Pero la Salvadora no se iba;
entre el pánico del tirón, la perdida de
la medalla, y el enfado seguro del Juan a la tarde…estaba como boba; que el
Juan le hurgaba en las tetas en cuanto la veía y no precisamente por la
medalla, allí no cabía disimular…
-
¿Me quieres decir que pasa?- gritó el Alfonso.
Anda Salvadora, no me entretengas que se me va el aceite de la tres. Toma esta
botella de flor y se la das a tu madre para el salmorejo. Date prisa o no
llegas.
Y la Salvadora aparejó la mula,
se subió al animal metiendo los pies en las aguaderas y se encaminó hacia el
tajo con lágrimas como puños: su medalla se había quedado en la Almedina. No se
había alejado media legua cuando dio la vuelta y se volvió para hablar con la
Marquesa de Loja.
En estas, y mientras su hija pedía
audiencia, Alfonso aumentó la presión y los capachos toparon con la plancha de
la prensa. Lloró el aceite como no lo había hecho nunca: un aceite dorado,
trasparente, afrutado…, un aceite maravilloso y santificado, lo creo a pies
juntillas, por la Virgen del Carmen que se apretaba literalmente en su seno.
A medio camino entre el tajo y la
Almedina, la Salvi tiró del ronzal de la bestia y como loca regresó con un
trotecillo marranero de la la caballería hasta la Almazara y pidió ver a la
Marquesa de Loja
-
¿Da usted su permiso?…, señora.
-
Pasa adelante hija, pasa; pasa y cierra la
puerta – dijo la Marquesa de Loja -; pasa y cierra la puerta que hace un frio
que hiela. Dime, que quieres. Me ha dicho la doncella que querías verme.
-
Verá usted Señora: yo tengo un novio y una
medalla. Vaya que no acierto, que lo que quiero decir es que tenia la medalla, y el novio lo tengo hasta
la tarde que vea que no la tengo, la medalla es lo que quiero decir que no
tengo, cuando me hurgue las tetas; usted verá que yo no quiero, pero se empeña
y hurga y no verá la medalla…; que la medalla está en el cargo; la medalla,
¿entiende usted?. Y mi padre ha prensao a la Virgen y…
-
Para, para, para y no llores.
Y Salvadora se acurrucó en una
butaca del salón azul y como pudo acabó contándole la historia de la medalla a
la Marquesa de Loja.
-
Decid inmediatamente a Alfonso que pare las
prensas – ordenó la Marquesa - y bajo ningún concepto que de la segunda
prensada. Luego que se marchen… ¡quiero la nave sola!
Y la Marquesa y Salvadora bajaron
a las prensas y escarbaron en la masa de la prensa uno, y la moza recuperó su
medalla tras la afanosa búsqueda. Luego la limpió con esmero, la besó y se la
dio a besar a Dñª Mercedes, la Marquesa.
-
Esta medalla de tu Juan será el símbolo de la
Almedina, dijo la aristócrata. Cada año, en la primera prensada, meteremos en
la masa una medalla de la Virgen del Carmen, y las dos guardaremos el secreto…
Y la Marquesa encargó un gran
mosaico de la Virgen del Carmen que luce aún en el frontispicio de la Almedina.
Pasaron los años y vino la República, y el exilio argentino, y la Guerra, y la
pos Guerra, y la muerte. Hasta que un día de noviembre, setenta
años después de lo acaecido,
llegó una viejecita a mi despacho y me contó la historia.
-
Me voy a morir y esto no es mío, ni de usted, ni
siquiera de la Almedina. Esto es del aceite verde.
Muy despacio, con voz baja, como
si fuera lo último que haría en la vida, la Salvadora – que la anciana así me
dijo que se llamaba – , me dio una medallita de la Virgen del Carmen, y se fue.
Por la historia de la Salvadora,
y en su memoria, cada año pongo unos instantes en la primera flor de aceite de
la Almedina la medalla de la de la
Virgen del Carmen.
Y colorín colorado este cuento se
ha acabado.
En ese momento el Caminante se
alejó de la escena tarareando las siguientes estrofas:
Un secreto tenía la moza,
en la teta izquierda, lamiendo el pezón.
Un secreto que en la tarde aquella la moza perdió.
¡Ay de mi secreto!, le dijo a la dueña,
¡Ay de mi secreto!, que mi amor me dio.
No llores mozuela, le dijo la dueña,
No sigas llorando que lo arreglo yo.
¡que paren el tiempo, que pare el motor!
Que el aceite fluya, que lo arreglo yo.
Y entre los capachos
buscaron ansiosas el
secreto cierto que su amor le dio.
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