miércoles, 16 de enero de 2013

CUENTO VERÍDICO DEL REFUGIO DE MONTAÑA, EL EMPLASTO DE TOMILLO, LA UNTURA DE ACEITE DE OLIVA, Y EL POLVO INEVITABLE.


CUENTO VERÍDICO DEL REFUGIO DE MONTAÑA, EL EMPLASTO DE TOMILLO,  LA UNTURA DE ACEITE DE OLIVA, Y EL POLVO INEVITABLE.


Queridos amigos de OLEARUM
Este es el tercer cuento que os envío  al finalizar el año. ¡ cómo pasa el tiempo! El dos mil nueve quedará en el recuerdo como el año de la crisis. Año de crispación, año de ruinas mil, agnus horribilis que diría Dñª Isabel. Blanquea bien el cortijo, decía mi padre cuando arreciaba la sequia; la pertinaz sequia que diría Franco y que mi padre dejaba en sequia precisamente a secas. No le pongas calificativo a la sequia; La sequia no está, la sequia es. Blanquea el cortijo, Félix; blanquéalo dos veces si hace falta pero que no te falte nunca para cal.
Pues algo así quiero yo hacer en este cuento: blanquear el año, vestirlo de amapolas y de espliego. Espaciarlo en susurros de agua de las fuentes de la Alhambra, y acurrucar el ánimo en aroma de jazmines. Que el dos mil nueve se acabe -  lo estoy deseando- pero que se acabe con una sonrisa esperanzada. Que las lámparas de aceite del día de los Santos sean ritmo y vida y que los malos tiempos se los lleve el viento y los esparza  como el polen en mayo.
Este cuento es un cuento  verídico que me contó un amigo de Murcia que se quedó aislado un fin de semana en un refugio de Sierra Nevada con la novia.
-          Menos mal que teníamos aceite, me dijo. Si no es por el aceite allí las pringo, aunque la verdad: pringado, lo que se dice pringado quedó para su bien que me dijo que la pringue de aceite es de las mejores experiencias del mundo. 
Así que con crisis o sin crisis, con ruina o sin ruina, con trabajo o sin trabajo, que no os falte jamás una garrafita de aceite de oliva virgen extra. Y ahí va sin más preámbulos el cuento del refugio de montaña, el emplasto de tomillo, la untura consiguiente y el polvo inevitable.
______________________

Cuando Antonio pegó una costalada en una bañera de la pista de las Víboras, y cayó al barranco perdiendo los esquís, y casi la vida,  la tormenta de nieve aún no había comenzado. 
-          Debo tener una pierna rota, le dijo a Raquel cuando llegó a su lado: me duele la cadera, el brazo, el cuello, el tobillo, la pierna… Pide auxilio Raquel; pide auxilio: que venga la camilla, el helicóptero o lo que sea; ¡pide auxilio que me muero!
-          No será para tanto, hombre, no será para tanto.  En lo hondo de las Víboras hay un refugio. A ver si llegamos que la tormenta está encima y el asunto se pondría feo si nos pilla.
-          ¿Cuánto queda?
-          Media hora si dejas de hablar y te levantas. Anda, apóyate en mi brazo e intenta caminar.
-          ¿y los esquís?; ¿y la mochila?
-          Déjate de mochilas y camina que nos queda un km por lo menos. Si no llegamos al refugio, despídete.
Y comenzaron un descenso peligroso, dolorido, largo. El viento arreciaba y la nevada  no tardaría en llegar. Hasta las siete no paraban los remontes y  los echarían de menos como pronto a las diez. Había que llegar al refugio; había que llegar. Dolorido, aporreado, herido, exhausto pero había que llegar.  Y así fue con la ayuda de Raquel, los quejidos del novio y la sensación de necesidad imperiosa de no desfallecer. Anochecía cuando llegaron al refugio.
Creo que a partir de aquí lo mejor es que Raquel nos cuente lo que pasó, que yo no estaba allí y no quiero inventar intimidades; así que le cedo la palabra:
Yo soy Raquel la novia del Antonio y os cuento lo que pasó:
Pues sí: llegados al refugio, tras los sufrimientos antes dichos,  comprobé que había leña en un rincón, dos panes duros en una orza, un trozo de hueso de jamón y un bote que en su tiempo tendría miel. En el suelo junto a una especie de alhacena había una garrafa de aceite y un poco más allá un botiquín colgado a la pared. El botiquín tenia agua oxigenada, unas vendas, esparadrapo, unas tijeras  y un paquetito de algodón. Por decir algo le pregunté a Antonio, al que había estaba recostado junto al aceite:
-          ¿es de oliva?
-           Si, parece que sí contestó el herido ¿Por qué lo preguntas?
-          Porque mi madre hace un emplasto de aceite de oliva con tomillo y aulaga para las heridas y es lo único que tenemos a mano aparte del agua oxigenada.
-          Lo malo es que no tenemos mechero y solo quedan dos cerillas en la caja de mistos de la  chimenea, dijo el optimista de mi hombre...
-          Tranquilo, tranquilo, le contesté. Lo primero que voy a hacer es poner un platito de aceite con lamparillas. Hay que   recortar unos cartoncitos y ponerles una torcida de algodón. Luego los echamos en el plato como hace mi madre el día de todos los Santos y tendremos luz y fuego. No no podemos permitir quedarnos sin lumbre…
-          Oye, pues tu madre lo hace todo con aceite
-          Pues sí, y prepárate que también entablilla las cabras y me parece que esta pierna  está rota; y le eché la mano al muslo a ver cómo iba el asunto.
Ya lucia el platito de aceite cuando quise encender la lumbre. Había gastado una cerrilla tan solo con lo del plato, y con la llamita de la lamparilla encendí el fuego  para  los troncos. Vano intento.  La leña húmeda se resistía a arder y el frio intensísimo de la noche  se colaba en el refugio como los ratones en las madrigueras.
-          O enciendes pronto o nos morimos  - dijo Antonio –
-          Lo intento hijo, lo intento; Haré como hace mi madre: que sale y coge unas piñas de pino, les echa un poquito aceite y prende al momento.
Pero al abrir la puerta, una ráfaga de viento apagó las llamas del plato y la pareja se quedó con una sola cerilla y su garrafa de aceite.  Raquel volcó un poquito en el resto del cartón de la caja de aceite; lo colocó todo bajo los troncos y zás, con la respiración entrecortada,  raspó la última cerilla. La llamita, tímida,  como los primeros besos, prendió en el cartón impregnado y suavemente, acariciando las cortezas de la leña de olivo,  subió esbelta como la pasión del adolescente tras los besillos iniciales que antes decía.
-          ¿Ves?, ya tenemos luz y fuego. Si no fuera por el aceite estábamos listos. Prepárate que te voy a curar.

Salí a la puerta del refugio y  con la última luz del atardecer atiné a dar con una mata de tomillo, espliego, y unos tallitos de romero florido; Volví a entrar triunfante y le pasé a Antonio la cosecha de aromas por la nariz. Le gustó aquello. Así que trituré las plantas en un mortero muy despacito moviendo el pistilo en  sentido opuesto a las agujas  del reloj. Era un pistilo de bronce de un mortero de adorno y preparé, al mismo tiempo, un perol con dos dedos de agua y el mejunje vegetal descrito.
-          Así lo hace mi madre, dije una vez más para animar al Antonio  pues nunca presté mucha atención a las cocinicas de mamá
-          ¿Qué ronroneas?  – dijo Antonio–
-          No ronroneo nada; es que esto  se lo vi hacer cuando la potra metió el casco en el cauchil del patio...
-          Deja de hablar de tu madre e intenta buscar algo para pedir ayuda.
-          Pues sí que pides tú poco. Los telefonillos iban en las mochilas, y las mochilas tendrán ya medio metro de nieve encima en el fondo del barranco. No te apures que ya nos buscarán. Vete desnudando que el emplasto está a punto.
-           ¿Qué me desnude?
-          Sí; que te desnudes, que te quites la ropa, que te voy a curar.

Y viendo las mojigatas que hacia el muchacho al desabrocharse la camisa y sobre todo los pantalones, pues eso: que la moza se lanzó y dejó a Antonio en pelotas en menos de un segundo y lo tumbó boca abajo en una estera de esparto  cubierta con una manta junto al fuego.

-          Así, boca abajo no se te ve na…¿tranquilo?; Como almohada te pongo  la garrafa de aceite.
-          Joder, Raquel: que la pleita del esparto se clava…
-          Bien, bien, bien; si se te clava la pleita es que no te duele el hueso.  Si tuvieras el hueso roto la pleita no la notabas..., en ninguna parte. ¿a que la vas notando?
-          Coño, así visto …, pero ahí no hay hueso
-          Lo mejor es que te cures y ya veremos lo que clavamos y donde ¿no te parece…?
-          No te entiendo
-          Mejor que no me entiendas, merluzo, que eres un merluzo…
Mientras, sobre unas trébedes,  el cocimiento de yerbas humeaba, y unos minutos más tarde, evaporada el agua, quedaba en el fondo del  cazo una pasta homogénea y parduzca. Raquel  vertió medio vaso de aceite en el mortero y, como antes, muy despacio, poco a poco, y en  sentido opuesto a  las agujas del reloj fue elaborando una pasta homogénea que al menos, pensó Antonio, olía bien. Terminado el mejunje  limpié el cazo, calenté agua y le eché a la pasta unas gotitas de agua oxigenada del botiquín. Al resto del agua le añadí unos picatostes que había frito con el aceite de oliva y el pedazo de hueso de jamón.
-          No te quejes ni una miajita ahora, advertí de entrada.  Voy a ver de verdad si tienes algo roto.

Y palpé los tobillos y la rodilla presuntamente lastimada, y las caderas y los brazos y el pecho,  y bajé algo más… y el Antonio alzó la voz y dijo:
-          Quieta, quieta paleta, que te veo las intenciones, y no estoy yo para bromas. Ni un milímetro más abajo que no respondo.
Pero no le hice caso, que a palabras necias oídos sordos; así que  limpié concienzudamente los cuatro arañazos de Antonio, y alguna que otra herida de poca consideración, y continué con la administración del emplasto, ahora sobré otro pistilo que también moví cuidadosamente en sentido contrario a las agujas del reloj, pistilo  que no voy a describir.
-          Oye tú, le dije al Antonio acariciando el instrumento pistilo adormecido: me parece que lo único que tienes medio roto es precisamente esto.
Y volví a acariciarle el pecho y los pezones y bajé un poquito hacia el ombligo para llegar de nuevo con la punta de los dedos a las partes de mi Antonio, de forma que froté despacio hasta sacarle brillo a casi todo  con el aceite limpio de la garrafa; y visto que el pistilo de mi Antonio se remediaba con el masaje dicho, me metí  bajo la manta y me moví al compas de las llamitas del platillo de aceite. Luego, unos instantes después, me perdí entre los brazos del Antonio hasta quedar dormida en un paraíso que siempre asociaré al aroma a sierra, a la noche y a la libertad que inundaba el refugio con el emplasto de aceite. En fin, que reposada la “cura del emplasto”  cenamos una rica sopa con picatostes  de pan duro y se nos tomamos  una torrijita de pan aceite y miel.
Cuando al día siguiente llegaron los auxilios, Raquel le dijo a su madre:
-          Madre, lo he hecho todo tal como tú me has enseñado. No me faltó de nada; tenía a Antonio para curarlo y una garrafa de aceite de oliva.
Y la madre contestó:
-          Vaya tú, así cualquiera; yo me las tuve que apañar con una de girasol cuando…y se volvió y miró a su hija…, recordó una historia parecida – estoy segura –  y… no dijo ni una palabra más.
En aquella ocasión el Caminante se marchó ronroneando la primera estrofa de un soneto de Lope de Vega que dice así:

Virgen hermosa, oliva cuyas flores
dieron al oleo que nos da la vida
cándida aurora, que del sol vestida,
cielo y tierra cubrió de resplandores.

No hay comentarios:

Publicar un comentario