CUENTOS AFRUTADOS,
AMARGO, PICANTES
DEL ACEITE DE OLIVA
Félix Sánchez López
de Vinuesa
Mi agradecimiento a la casa
palacio de la Almedina
por acogerme con benevolencia
entre sus muros.
INTRODUCCIÓN
Los catadores huelen
el aceite muy despacio en una misteriosa copita azul como intentando extraer el
arcano del zumo; Toman la copita, la calientan entre las manos, la mecen, la
acarician y se echan al gaznate un traguito minúsculo de aceite restregándolo
por la lengua al tiempo que casi cierran los ojos. Y ¡zas!, de pronto
despiertan del orgasmo oleícola y te dicen que tu aceite esta afrutado, amago,
picante…, con aroma a tomillo; que tiene reminiscencias de monte, que sabe a
césped, a almendras amargas, a tomate, a plátano…, a manzanilla. Uno no sabe
bien si es que la moza que preparó la cata
rellenó la botella de la muestra con el aceite sobrante de la pipirrana,
o que en la copita azul se ha concentrado y descansa un genio de las Mil y una
Noches que en sus ratos libres regenta un puesto de verduras. Lo admirable del
caso es que te dan la en hora buena y te alaban en extremo la extracción fría,
cuidada y pulcra del aceite, o tuercen la nariz y te dicen que hay
reminiscencias de sabor a tierra, a hongos o vaya usted a saber a qué. Uno se
queda mirando la nariz del catador, observa la puntita de la lengua que se pasa por los labios y la todavía
placentera sensación gustativa que el interfecto expresa; y ante tal visión se
permanece callado para no meter la pata. Luego, uno se hace cruces al comprobar
que los alumnos, es decir los que presencian la cata, confirman la sentencia del
sapiente oledor y rastreador de sabores. Sí, sí, dice por allí una aventajada
alumna: se perciben las almendras amargas; y la miras y la contemplas y te
imaginas a la interfecta comiendo almendras amargas a mandíbula batiente y
decides, finalmente, que tu aceite sabe a aceite, a aceite de oliva del que
cuando niño te echaban en el pan. Y entonces dices: está exquisito ciertamente;
este es un virgen extra de quitarse el sombrero.
Algo parecido me ocurre con los relatos, cuentos,
narraciones o lo que sean lo que sigue en este librejo. Los he metido en la
copita azul de la pantalla del ordenador, los he mecido en sus personajes, me
los he pasado por el paladar de su lectura y digo con los ojos medio cerrados :
están afrutados, amargo picantes; y que otro que los cate, es decir los lea,
les añada el sabor a tomate, a almendras, a yerba o a lo que le tercie. A mí,
de añadir algo a lo de afrutado, amargo, picante, diría que estos cuentos me
saben a zaguán, a llegada a una casa conocida, me saben a saludo y a despedida
de un lugar vivido y recordado.
De zaguán dice el Diccionario que es un
espacio cubierto dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato
a la puerta de la calle. Bueno, pues estas líneas me saben a zaguán porque, en
efecto, se trata de un espacio cubierto por la experiencia íntima y prolongada
con el mundo del aceite. No llueve en él, no escarcha, pero a veces el frio te
llega hasta los huesos, y más si la puerta inmediata – según el Diccionario –
queda entreabierta y la brisilla helada de la calle entra como un cuchillo.
Pero también afirmo que están todos ellos, los relatos quiero decir, dentro de
la casa, dentro del mundo y la historia del olivar y los aconteceres de mi
vida. No serán relatos de calle o de
taberna, no. Son cuentos propios sacados de las gentes pueblerinas del Sur a las que
pertenezco y con las que me identifico. Son cuentos unidos a un paisaje, a una
forma de ser, a unas tradiciones, a un mundo peculiar que palpita en la Andalucía profunda de
la que nacen. Son como el aceite picual
de Jaén: picantes, amargos…, siempre afrutados. Cuentos que recogen y
aúnan religión, amor, odios, tradición, guerra
y muerte…; Son, pues, un zaguán del mundo del olivar y sus gentes.
En una ocasión nos reunimos en Teba (Málaga) unos cuantos amigos
y constituimos una Asociación en defensa del patrimonio y la cultura del
olivar. Acudimos a la llamada de un médico malagueño, Paco Lorenzo, que tiene,
a mi entender, la energía suficiente para inventar un mundo y el culillo de mal
asiento para recorrerlo y catalogarlo. Y surgió OLEARUM y nombramos presidente
a Paco. Y el ciclón de Paco Lorenzo empezó a catalogar recursos, publicitar museos,
organizar congresos, estudiar las
prensas de viga, recopilar trabajos mil sobre el aceite, y desarrollar,
en fin, una actividad casi frenética que me dejaba a mi – me nombraron
vicepresidente – en la más completa indigencia colaboradora.
Y no solo eso: los socios de OLEARUM resultaron ser gentes
variopintas e interesantísimas, de forma que salió una mezcolanza plena de
vida, de cultura y de ganas de pasarlo bien. Si me pusiera a describir las actividades y
dones de los socios de OLEARUM se habían
acabado los cuentos del aceite, pero citaré a algunos para que entendáis de que
va lo del zaguán: A ver; forman OLEARUM, además de Paco Lorenzo el Presidente,
y de mí mismo – el vicepresidente -, Felipe Vegué el veterano aceitero manchego
de la pos Guerra; Bernardo el arquitecto, Carmen Ybarra y el encanto sevillano
mezclado con reminiscencias vascas; Rosa y Agustín Serer los hermanos de
Alpicat y el entorno mágico de su molino…¡ qué buena gente son Rosa y Agustín!;
José María Penco y sus Municipios del olivo;
Julio, el médico de Robledillo de Gata, y la hospitalidad hecha galeno; mi
amigo Pérez Romero y su tesis Doctoral sobre formas farmacéuticas con aceite; Antonio
Galindo el “sietes” y la explosión del vivir;, Ciriaco Castro y su prosa
pausada; Cristóbal Lobera y Luis Navarro los científicos; José Luis Calpe y su magnífico
museo y…en fin, y aunque parezca exagerado o extraño, nos asociamos allí, en
Teba, una treintena de socios tan variados como facetas tiene el mundo del olivo:
no hubo oveja negra. Un gustazo. Pero…, como todo, y no hay parva sin granzas,
los miembros de OLEARUM tienen eso, su pero: te pones a su lado y te apabullan
de actividad e iniciativas, y te encojes y quedas pequeñito y arrugado como la
ropa delicada que metes en la lavadora sin bajar la temperatura. Y acabas que te faltan mangas, los sobaquillos no encajan en la sisa y, si
te descuidas, te salta un botón de la pechera. De esa forma, y desde Teba, el
olivarero que os escribe se siente apabullado pues solo hilvana palabras y poco más. Pero como el que
da lo que tiene se justifica en lo que da, pues eso: que prometí escribir un
cuento al año y enviarlo como regalo de Reyes a mis amigos de OLEARUM.
Y como los
años pasan que vuelan, en un pis pas tenia en archivo varios cuentos del
aceite; algunos ya enviados y otros aguardando Epifanías. Me encontré cuentos
un pocos más largos, otros más cortos; unos más elaborados, los más solo
pinceladas, y todos ellos con el denominador común de intentar abarcar la magia
del olivar y el aceite entre sus líneas. Un día me puse a ordenar el disco del ordenador – qué tarea tan ingrata – y me
topé con los cuentos de marras, y los releo y percibo lo del zaguán. En efecto,
los cuentos están ahí pero en un ahí próximo a la puerta de OLEARUM, y dentro
de mi vida de hombre del olivar que se recrea en su paisaje ubetense o
cazorleño. Y aún más: estos cuentos tienen destinatario, lector conocido y
amigo. El escribir sabiendo quién ha de leerte facilita las cosas; todo
escritor escribe para alguien; alguien anónimo normalmente, salvo en la forma
epistolar y de eso también participan estas historias. Al escribir, uno se dirige
a un lector para relatar algo que piensa que le interesa. Y en ello confío: en
que desde una prosa intencionadamente simple y un estilo despeinado adrede, os guste la idea de recopilar saberes
y adobarlos con la personalidad de Rufo Bonilla, Juan Cagueta, Esperanza la del
abrevadero de la Mesta, la Rosa de Puente Viejo, Yusuf el sufí o el burro
Granate. Si es así habrá merecido la pena, y desde ya quisiera que dentro de
algunos años salga una segunda edición corregida y aumentada del librejo que os
presento, que incluya, año a año, los cuentos venideros hasta que Dios, el
Misericordioso, disponga. Valgan pues así estas historias que no tienen más
pretensión que agradaros, y que mis palabras fluyan como el aceite de oliva
cuando abres el grifillo del depósito y cae un chorrito dorado en la botella
primorosa: afrutado, amargo, picante.
Para terminar con esta introducción, deseo expresar mi
agradecimiento al centenar de personajes que aparecen en estas líneas; como es
lógico son fruto de mi imaginación, pero se sustentan en recuerdos y añoranzas
de gentes reales – los más – que he conocido y tratado. Otros no; La Esperanza,
La Soledad, el bueno de Yusuf el sufí,
el burro Granate o Rufo Bonilla personalizan ambiciones, aspiraciones o
deseos. Lo que sí es cierto es que a ninguno de ellos les he pedido permiso
para aparecer aquí, y lo menos que puedo hacer es darles las gracias. Gracias,
amigos, por acompañar a este hombre que os ha creado por los olivares serenos
de Andalucía.
Ah, se me olvidaba. Debo dar las gracias expresamente al
Caminante. Ya lo iréis conociendo cuento a cuento, relato a relato. El Caminante
no es un personaje, ni relata nada, ni
tiene relación aparente con el aceite. El Caminante no es; simplemente está, y
no por mucho tiempo. El Caminante ve, murmura…, pasa. Pero pasa y juzga,
analiza y juzga; y como resultado de su pasar y de su juicio, cuando se le
antoja, dice algo; algo así como un murmullo o una queja. Luego se va y ya
está…, hasta el cuento siguiente. La verdad, no acabo de identificar al
Caminante, ni logro encajarlo en ninguna parte. Lo que sí sé es que al final,
cuando acabé de escribir este librejo, supe que el Caminante era mi amigo, y
que sus murmullos tenían un mensaje oculto que yo debía descifrar. Gracias,
Caminante.
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