lunes, 7 de enero de 2013

Introducción







CUENTOS AFRUTADOS, AMARGO, PICANTES

DEL ACEITE DE OLIVA





Félix Sánchez López de Vinuesa






Mi agradecimiento a la casa palacio de la Almedina 
por acogerme con benevolencia
 entre sus muros.




INTRODUCCIÓN

Los catadores  huelen el aceite muy despacio en una misteriosa copita azul como intentando extraer el arcano del zumo; Toman la copita, la calientan entre las manos, la mecen, la acarician y se echan al gaznate un traguito minúsculo de aceite restregándolo por la lengua al tiempo que casi cierran los ojos. Y ¡zas!, de pronto despiertan del orgasmo oleícola y te dicen que tu aceite esta afrutado, amago, picante…, con aroma a tomillo; que tiene reminiscencias de monte, que sabe a césped, a almendras amargas, a tomate, a plátano…, a manzanilla. Uno no sabe bien si es que la moza que preparó la cata  rellenó la botella de la muestra con el aceite sobrante de la pipirrana, o que en la copita azul se ha concentrado y descansa un genio de las Mil y una Noches que en sus ratos libres regenta un puesto de verduras. Lo admirable del caso es que te dan la en hora buena y te alaban en extremo la extracción fría, cuidada y pulcra del aceite, o tuercen la nariz y te dicen que hay reminiscencias de sabor a tierra, a hongos o vaya usted a saber a qué. Uno se queda mirando la nariz del catador, observa la puntita de la lengua que  se pasa por los labios y la todavía placentera sensación gustativa que el interfecto expresa; y ante tal visión se permanece callado para no meter la pata. Luego, uno se hace cruces al comprobar que los alumnos, es decir los que presencian la cata, confirman la sentencia del sapiente oledor y rastreador de sabores. Sí, sí, dice por allí una aventajada alumna: se perciben las almendras amargas; y la miras y la contemplas y te imaginas a la interfecta comiendo almendras amargas a mandíbula batiente y decides, finalmente, que tu aceite sabe a aceite, a aceite de oliva del que cuando niño te echaban en el pan. Y entonces dices: está exquisito ciertamente; este es un virgen extra de quitarse el sombrero.
Algo parecido me ocurre con los relatos, cuentos, narraciones o lo que sean lo que sigue en este librejo. Los he metido en la copita azul de la pantalla del ordenador, los he mecido en sus personajes, me los he pasado por el paladar de su lectura y digo con los ojos medio cerrados : están afrutados, amargo picantes; y que otro que los cate, es decir los lea, les añada el sabor a tomate, a almendras, a yerba o a lo que le tercie. A mí, de añadir algo a lo de afrutado, amargo, picante, diría que estos cuentos me saben a zaguán, a llegada a una casa conocida, me saben a saludo y a despedida de un lugar vivido y recordado.
    De zaguán dice el Diccionario que es un espacio cubierto dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle. Bueno, pues estas líneas me saben a zaguán porque, en efecto, se trata de un espacio cubierto por la experiencia íntima y prolongada con el mundo del aceite. No llueve en él, no escarcha, pero a veces el frio te llega hasta los huesos, y más si la puerta inmediata – según el Diccionario – queda entreabierta y la brisilla helada de la calle entra como un cuchillo. Pero también afirmo que están todos ellos, los relatos quiero decir, dentro de la casa, dentro del mundo y la historia del olivar y los aconteceres de mi vida. No serán  relatos de calle o de taberna, no. Son cuentos  propios sacados  de las gentes pueblerinas del Sur a las que pertenezco y con las que me identifico. Son cuentos unidos a un paisaje, a una forma de ser, a unas tradiciones, a un mundo  peculiar que palpita en la Andalucía profunda de la que nacen. Son como el aceite picual  de Jaén: picantes, amargos…, siempre afrutados. Cuentos que recogen y aúnan religión, amor,  odios, tradición, guerra y muerte…; Son, pues, un zaguán del mundo del olivar y sus gentes.
En una ocasión nos reunimos en Teba (Málaga) unos cuantos amigos y constituimos una Asociación en defensa del patrimonio y la cultura del olivar. Acudimos a la llamada de un médico malagueño, Paco Lorenzo, que tiene, a mi entender, la energía suficiente para inventar un mundo y el culillo de mal asiento para recorrerlo y catalogarlo. Y surgió OLEARUM y nombramos presidente a Paco. Y el ciclón de Paco Lorenzo empezó a catalogar recursos, publicitar museos, organizar congresos, estudiar las  prensas de viga, recopilar trabajos mil sobre el aceite, y desarrollar, en fin, una actividad casi frenética que me dejaba a mi – me nombraron vicepresidente – en la más completa indigencia colaboradora.
Y no solo eso: los socios de OLEARUM resultaron ser gentes variopintas e interesantísimas, de forma que salió una mezcolanza plena de vida, de cultura y de ganas de pasarlo bien.  Si me pusiera a describir las actividades y dones de los socios de OLEARUM  se habían acabado los cuentos del aceite, pero citaré a algunos para que entendáis de que va lo del zaguán: A ver; forman OLEARUM, además de Paco Lorenzo el Presidente, y de mí mismo – el vicepresidente -, Felipe Vegué el veterano aceitero manchego de la pos Guerra; Bernardo el arquitecto, Carmen Ybarra y el encanto sevillano mezclado con reminiscencias vascas; Rosa y Agustín Serer los hermanos de Alpicat y el entorno mágico de su molino…¡ qué buena gente son Rosa y Agustín!; José María Penco y sus Municipios del olivo;  Julio, el médico de Robledillo de Gata, y la hospitalidad hecha galeno; mi amigo Pérez Romero y su tesis Doctoral sobre formas farmacéuticas con aceite; Antonio Galindo el “sietes” y la explosión del vivir;, Ciriaco Castro y su prosa pausada; Cristóbal Lobera y Luis Navarro los científicos; José Luis Calpe y su magnífico museo y…en fin, y aunque parezca exagerado o extraño, nos asociamos allí, en Teba, una treintena de socios tan variados como facetas tiene el mundo del olivo: no hubo oveja negra. Un gustazo. Pero…, como todo, y no hay parva sin granzas, los miembros de OLEARUM tienen eso, su pero: te pones a su lado y te apabullan de actividad e iniciativas, y te encojes y quedas pequeñito y arrugado como la ropa delicada que metes en la lavadora sin bajar la temperatura.  Y acabas que te faltan mangas,  los sobaquillos no encajan en la sisa y, si te descuidas, te salta un botón de la pechera. De esa forma, y desde Teba, el olivarero que os escribe se siente apabullado pues solo  hilvana palabras y poco más. Pero como el que da lo que tiene se justifica en lo que da, pues eso: que prometí escribir un cuento al año y enviarlo como regalo de Reyes a mis amigos de OLEARUM.
            Y como los años pasan que vuelan, en un pis pas tenia en archivo varios cuentos del aceite; algunos ya enviados y otros aguardando Epifanías. Me encontré cuentos un pocos más largos, otros más cortos; unos más elaborados, los más solo pinceladas, y todos ellos con el denominador común de intentar abarcar la magia del olivar y el aceite entre sus líneas.  Un día  me puse a ordenar el disco  del ordenador – qué tarea tan ingrata – y me topé con los cuentos de marras, y los releo y percibo lo del zaguán. En efecto, los cuentos están ahí pero en un ahí próximo a la puerta de OLEARUM, y dentro de mi vida de hombre del olivar que se recrea en su paisaje ubetense o cazorleño. Y aún más: estos cuentos tienen destinatario, lector conocido y amigo. El escribir sabiendo quién ha de leerte facilita las cosas; todo escritor escribe para alguien; alguien anónimo normalmente, salvo en la forma epistolar y de eso también participan estas historias. Al escribir, uno se dirige a un lector para relatar algo que piensa que le interesa. Y en ello confío: en que desde una prosa intencionadamente simple y un estilo despeinado  adrede, os guste la idea de recopilar saberes y adobarlos con la personalidad de Rufo Bonilla, Juan Cagueta, Esperanza la del abrevadero de la Mesta, la Rosa de Puente Viejo, Yusuf el sufí o el burro Granate. Si es así habrá merecido la pena, y desde ya quisiera que dentro de algunos años salga una segunda edición corregida y aumentada del librejo que os presento, que incluya, año a año, los cuentos venideros hasta que Dios, el Misericordioso, disponga. Valgan pues así estas historias que no tienen más pretensión que agradaros, y que mis palabras fluyan como el aceite de oliva cuando abres el grifillo del depósito y cae un chorrito dorado en la botella primorosa: afrutado, amargo, picante.
Para terminar con esta introducción, deseo expresar mi agradecimiento al centenar de personajes que aparecen en estas líneas; como es lógico son fruto de mi imaginación, pero se sustentan en recuerdos y añoranzas de gentes reales – los más – que he conocido y tratado. Otros no; La Esperanza, La Soledad, el bueno de Yusuf el sufí,  el burro Granate o Rufo Bonilla personalizan ambiciones, aspiraciones o deseos. Lo que sí es cierto es que a ninguno de ellos les he pedido permiso para aparecer aquí, y lo menos que puedo hacer es darles las gracias. Gracias, amigos, por acompañar a este hombre que os ha creado por los olivares serenos de Andalucía.
Ah, se me olvidaba. Debo dar las gracias expresamente al Caminante. Ya lo iréis conociendo cuento a cuento, relato a relato. El Caminante no es un personaje, ni  relata nada, ni tiene relación aparente con el aceite. El Caminante no es; simplemente está, y no por mucho tiempo. El Caminante ve, murmura…, pasa. Pero pasa y juzga, analiza y juzga; y como resultado de su pasar y de su juicio, cuando se le antoja, dice algo; algo así como un murmullo o una queja. Luego se va y ya está…, hasta el cuento siguiente. La verdad, no acabo de identificar al Caminante, ni logro encajarlo en ninguna parte. Lo que sí sé es que al final, cuando acabé de escribir este librejo, supe que el Caminante era mi amigo, y que sus murmullos tenían un mensaje oculto que yo debía descifrar. Gracias, Caminante.  

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