lunes, 14 de enero de 2013

Cuento del burro Granate


CUENTO DEL BURRO GRANATE


Queridos amigos: 

Siempre he tenido pasión por los Reyes Magos. Si hay ocasión os contaré como una vez, hace muchísimo  tiempo, una noche de Reyes – no tendría yo mas de cinco años – un paje real – es decir una doncella real – entró en mi habitación cargadita de juguetes; la doncella, la doncella es la que entró cargadita…; pero esa es otra historia que ya digo os la contaré otro día. Hoy os voy a contar un cuento; un cuento normalito; un cuento de aceite que inicio ahora mismo sobre la cuartilla blanca inmaculada, y a ver que sale. Cuando recibáis el emails debéis imprimir la historia, meterla en un sobre de colores y colocarla el día cinco de enero a los pies de vuestra cama.

Había una vez un borriquete, un asno pequeño  que tenía miedo al vacío. Su vértigo aumentaba con el paso del tiempo de forma tal que apenas salía de la cuadra comenzaba un calvario por el simple paso de una cequia, por la bajada de los escalones de una callejuela, por el paso, sobre todo, de un puentecillo que brincaba sobre el arroyo en el que su amo tenia un molino de aceite. El problema fue que cada mañana el molinero hacia el reparto de los pellejos  con el borrico, y el dichoso puentecillo se convirtió en un obstáculo casi insalvable. Apercibido del problema, el molinero colocó en la jáquima de su jumento un par de antojeras para que, mirando al frente, el burro no rehusara avanzar ante el más mínimo obstáculo, y más al pasar el arroyo; y es que Granate – que así se llamaba el borrico -, apontocaba las manos cada dos por tres, hincaba la cabeza hacia el suelo y ni las imprecaciones ni los palos lo movían del sitio.  

-          malo, malo, malo juraba y perjuraba el molinero. Ni con las antojeras se salta el puente; ni con las antojeras se salva el Granate. Burro zurrapa, mañana lo hago mortadela, le decía a la molinera a la tarde, después de una mañana más de empujones, empellones, palos, gritos e imprecaciones mil.
-          Mira marido, no lo hagas, contestó la mujer. Zurrapa tiene tu aceite, y no lo tiras. Deja el burro en la solera, deja que tire de la muela, deja al animal que gire y gire, que ahí no hay ni vacío ni rehúse y vete tú tranquilo que yo montaré el cargo y apretaré la prensa.

Y así lo hizo el molinero y el borrico se unció al collar de la muela, y el empiedro se lleno de flor de aceite, y  brotó en los capachos un primoroso zumo que  lloró sobre la piedra y se aclaró en los lebrillos  preparados con esmero por la molinera.

En toda la comarca se corrió la voz de un aceite exquisito que producía el molino del arroyo. Y la gente vino a comprar al propio molino, y el molinero cesó en el reparto. Y así fue que el matrimonio prosperó y fueron felices y comieron perdices. Perdices en escabeche preparadas con aceite, claro, de su propio molino.

No sé si habéis visto la moraleja de la historia. Yo, que lo he escrito, no lo tengo claro, pues empecé el cuento pensando en un final y me ha salido otro. De todas formas hay dos cosas que me han llamado la atención que no tenía previstas: La primera que Granate alcanzó la libertad en su propia prisión, en su girar constante y cotidiano. Fue precisamente libre cuando estuvo encadenado; dichoso en su condena; feliz en su destino. La segunda, es que el aceite brotó mejor cuando no hubo agobios, cuando se mantuvo el ritmo, cuando la molinera acarició la masa, cuando los lebrillos relucían como el sol.

Yo, ante el nuevo 2008, como me ocurrió en el 2007, y en el 2006, y en el 2005, y casi desde la infancia cuando comienza el nuevo año, siento una sensación parecida al vértigo de Granate. Vértigo al tiempo, al mañana, a lo desconocido, a lo impredecible. Siento vértigo y me meto en el puentecillo de enero con las antojeras puestas, con la esperanza de que se acabe, con la inquietud sobre el mercado, y las heladas, y el verticilum, y que sé yo de gaitas y de arroyos y de escaleras y de barrancos.
Mi esperanza es volver a mi aceite, acurrucarme junto a la viga eterna que presiona la esperanza, Pasear los olivos en flor, constatar el cuaje, y llegar a ver la aceituna pintona del proximo otoño. Esa es  mi collera sobre la muela que gira y gira cada año sobre los goznes de la vida.

Desde ese mi mundo del aceite os deseo un prospero año nuevo.


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