CUENTO DEL BURRO GRANATE
Queridos amigos:
Siempre he tenido pasión por los Reyes Magos.
Si hay ocasión os contaré como una vez, hace muchísimo tiempo, una noche de Reyes – no tendría yo
mas de cinco años – un paje real – es decir una doncella real – entró en mi
habitación cargadita de juguetes; la doncella, la doncella es la que entró
cargadita…; pero esa es otra historia que ya digo os la contaré otro día. Hoy
os voy a contar un cuento; un cuento normalito; un cuento de aceite que inicio
ahora mismo sobre la cuartilla blanca inmaculada, y a ver que sale. Cuando
recibáis el emails debéis imprimir la historia, meterla en un sobre de colores
y colocarla el día cinco de enero a los pies de vuestra cama.
Había una vez un borriquete, un asno
pequeño que tenía miedo al vacío. Su
vértigo aumentaba con el paso del tiempo de forma tal que apenas salía de la
cuadra comenzaba un calvario por el simple paso de una cequia, por la bajada de
los escalones de una callejuela, por el paso, sobre todo, de un puentecillo que
brincaba sobre el arroyo en el que su amo tenia un molino de aceite. El
problema fue que cada mañana el molinero hacia el reparto de los pellejos con el borrico, y el dichoso puentecillo se
convirtió en un obstáculo casi insalvable. Apercibido del problema, el molinero
colocó en la jáquima de su jumento un par de antojeras para que, mirando al
frente, el burro no rehusara avanzar ante el más mínimo obstáculo, y más al
pasar el arroyo; y es que Granate – que así se llamaba el borrico -, apontocaba
las manos cada dos por tres, hincaba la cabeza hacia el suelo y ni las
imprecaciones ni los palos lo movían del sitio.
-
malo,
malo, malo juraba y perjuraba el molinero. Ni con las antojeras se salta el
puente; ni con las antojeras se salva el Granate. Burro zurrapa, mañana lo hago
mortadela, le decía a la molinera a la tarde, después de una mañana más de
empujones, empellones, palos, gritos e imprecaciones mil.
-
Mira
marido, no lo hagas, contestó la mujer. Zurrapa tiene tu aceite, y no lo tiras.
Deja el burro en la solera, deja que tire de la muela, deja al animal que gire
y gire, que ahí no hay ni vacío ni rehúse y vete tú tranquilo que yo montaré el
cargo y apretaré la prensa.
Y así lo hizo el molinero y el borrico se
unció al collar de la muela, y el empiedro se lleno de flor de aceite, y brotó en los capachos un primoroso zumo
que lloró sobre la piedra y se aclaró en
los lebrillos preparados con esmero por
la molinera.
En toda la comarca se corrió la voz de un
aceite exquisito que producía el molino del arroyo. Y la gente vino a comprar
al propio molino, y el molinero cesó en el reparto. Y así fue que el matrimonio
prosperó y fueron felices y comieron perdices. Perdices en escabeche preparadas
con aceite, claro, de su propio molino.
No sé si habéis visto la moraleja de la
historia. Yo, que lo he escrito, no lo tengo claro, pues empecé el cuento
pensando en un final y me ha salido otro. De todas formas hay dos cosas que me
han llamado la atención que no tenía previstas: La primera que Granate alcanzó
la libertad en su propia prisión, en su girar constante y cotidiano. Fue
precisamente libre cuando estuvo encadenado; dichoso en su condena; feliz en su
destino. La segunda, es que el aceite brotó mejor cuando no hubo agobios,
cuando se mantuvo el ritmo, cuando la molinera acarició la masa, cuando los
lebrillos relucían como el sol.
Yo, ante el nuevo 2008, como me ocurrió en el
2007, y en el 2006, y en el 2005, y casi desde la infancia cuando comienza el
nuevo año, siento una sensación parecida al vértigo de Granate. Vértigo al
tiempo, al mañana, a lo desconocido, a lo impredecible. Siento vértigo y me
meto en el puentecillo de enero con las antojeras puestas, con la esperanza de
que se acabe, con la inquietud sobre el mercado, y las heladas, y el
verticilum, y que sé yo de gaitas y de arroyos y de escaleras y de barrancos.
Mi esperanza es volver a mi aceite,
acurrucarme junto a la viga eterna que presiona la esperanza, Pasear los olivos
en flor, constatar el cuaje, y llegar a ver la aceituna pintona del proximo
otoño. Esa es mi collera sobre la muela
que gira y gira cada año sobre los goznes de la vida.
Desde ese mi mundo del aceite os deseo un
prospero año nuevo.
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