martes, 15 de enero de 2013

EL ACEITE DE LA MARQUESA


CUENTO DEL OLIVAR DE LA MARQUESA


Cuando la muerte se instaló en el cuarto de José Rueda, el viejo lo  supo y se calló. Lo supo porque la conocía de antaño, de cuando lo de Teruel,  de cuando le entró el moro en Mequinenza, de cuando se vio, acabada la Guerra, en  la Plaza de Toros de las Ventas vigilado de guardias civiles. Así que José Rueda conocía la muerte y supo esquivarla varias veces.  Ahora optó por disimular.  En el treinta y seis se hizo guardia de asalto, salvó de la checa algún facha amigo,  y la eludió; ahora se haría el longuis, el despistado quiero decir. Pero del treinta y seis al cincuenta y seis  había llovido mucho. Ya no tenía fuerzas; moribundo y viejo   le quedaba   la muerte y  la Juana, nada más. Le quedaba la muerte, y sabia que la parca  acababa de llegar; Le quedaba también la Juana, prieta y untona que le había dado guiso y cama los últimos veinte años.
- José, vengo por ti,  dijo la muerte
- Vete a la mierda, que no me toca, contestó el viejo.
- Te toca y vengo por ti. Tienes dos días si quieres  arreglar algo de por aquí, que te hace falta.
- Te jodí con el moro que me salvó el máuser y no pudiste conmigo, arguyó el Rueda; te jodí en la  Cuesta de la Reina, que la bala  se la llevó el Pepón. Así que largo, muerte, que no hay dos sin tres.
- Como quieras pero ya sabes, te doy dos días.
Y la muerte se sentó en el rincón de la ventana, y apoyó los codos en las rodillas huesudas, y juntó las manos apretando el astil de la guadaña. Dos días, ya sabes: dos días; y el sol acaba de ponerse. Y el José se dio cuenta de que esta vez sí; de que esta vez se moría. A la tarde la Juana llamó al médico;

-          Este hombre se muere, sentenció el galeno; llama a la familia y al cura, y no lo dejes para mañana que no llega.
-          Este hombre no tiene hijos ni quiere curas, gruñó la Juana de mal talante.
-          No me vengas Juana, no me vengas. Que una cosa es  heredar  y otra es morirse. Llama al hijo que también es cura y te evitas dos recados. Y no me vengas Juana con coplas que soy de aquí y atendí a tu madre en tu parto.  Llama también al practicante y que le cambie al José el suero cada dos horas. Si le duele, le das esta pastilla; y si la boca se le queda seca  se la humedeces con un trapo.  Que venga el hijo y le dé la extremaunción. Si hay novedad me avisas.
-          Está bien,  llamaré al hijo, apuntilló la Juana; pero el José no querrá verlo.  Lo ha dejado sin nietos con eso del curato; lo ha dejado  sin Ruedas; y eso no se perdona. El José es ateo y no quiere ni hijos ni curas. Y menos hijos curas. Pero lo llamaré, que quiero vivir tranquila.
Y el médico se montó en su calesa, y azuzó al jamelgo, y enfiló por el carril de la Solana. Las llantas estrechas trazaron paralelas en el polvo al arrimarse  al trigal o a  las garigolas de los garbanzos  de la umbría.  La brisa de la tarde meció los garbanzos en su holleca  arrullando el páramo. Todo como la vida misma; todo como la historia que zigzaguea y se aleja entre la olla y el pan, entre la siesta y el amanecer, entre el polvo del camino  y el horizonte cuajado de rojos y violetas. 
Al día siguiente el curilla siguió, en sentido contrario, las huellas de la calesa, llegó a la vera del moribundo y le dijo:
-          Padre: estoy aquí.
-          ¿Vienes a pillar  el olivar de la Marquesa? Vete, no has de catarlo.
Y el enfermo siguió con los ojos cerrados, con la boca sumida, con la piel bronca, seca, tirante; tirante  como la de la muerte que  contemplaba la escena desde el rincón del cuarto.

-          No quiero la Marquesa padre, aunque  las olivas eran de mama. Ni la casa. Ni tus dineros, ni tus libros, ni tus muebles. Ni siquiera quiero verte.  No quiero nada, papa, no quiero nada.  Lo que tengas, si te queda algo, dáselo a la Juana.
-          Pues ¿a qué has venido?, ahí tienes la puerta, vete por dónde has entrado.
-          Padre: estoy aquí porque soy tu hijo y soy cura. La Juana me ha dicho que te mueres...
-          ¿La hija de puta de la Juana te ha llamado?; ¿quién le ha dicho que te llame?; no quiero verte.  No me has dado nietos. Soy el último Rueda. La Marquesa ha sido de un Rueda desde los franceses. Ahora será de otros. Eres un cabrón.
-          Te traigo aceite. Aceite de la Marquesa…; La zafra está ahí fuera…
-          A la mierda tú y tu aceite. Pero el enfermo abrió los ojos con dificultad y miró al cura y le dijo: ¿Aceite?
-          Sí, aceite; aceite del haza de la Marquesa.
-          ¿Del molino del Antón?
-          Flor de aceite del Antón; huele. Y el hijo le acercó al moribundo una copita de aceite. Y el cura empapó el dedo  y le restregó los labios.
-          ¿Es picual de la Marquesa?
-          Padre, te lo juro. De la zafra de la Sacristía. Me la llena el Antón cada año de la Marquesa. Yo también tengo sentimientos. Soy cura, pero soy  Rueda.
-          Aceite de la Marquesa…: lo mejor que ha hecho Dios en la Tierra. Morirse y el aceite de la Marquesa.
-          Pero ¿no dices que no crees en Dios?
-          Dios es Dios y tú eres un cabrón sin  hijos que ni siquiera tienes barragana. Que te folle un burro…, apostilló el Rueda. ¿Tienes una zafra de la Marquesa?
-          Si, Padre, sí. Los ungidos de Dios deben serlo con aceite del tuyo. Con aceite verde sin filtrados ni gaitas. Con aceite poderoso como tú mismo. Con aceite de la Marquesa.  Este aceite lloró en el capacho y lo cogí de la regaifa; ha hecho ya muchas cruces, Padre.
-          Dame más. Úntame con él. 

Y el moribundo movió lentamente sus manos e intentó  torpemente dejar al aire el pecho peludo, canoso, entrecortado por la respiración postrera.  No he sido bueno, hijo. No he sido bueno. El sacerdote se inclinó hacia el lecho y administró la extrema unción al enfermo.  “Ego te absolvo pecatis tuis in nomine Patri et Filii et in Espiritu Santi, susurraba el hijo al perdonar los pecados del padre, mientras el aceite de la Marquesa le empapaba  los encajes del alba  y acariciaba el último aliento del último Rueda.
Mientras, el sol del segundo día se ocultaba muy despacio en el horizonte. Y en ese instante la muerte se levantó de su silla.
En esta ocasión el Caminante se fue murmurando las siguientes estrofas:

Aceite sacro,
 aceite bendecido,
aceite del Ungido…
Cagarrache en su pan , flor del olivo…

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