CUENTO DEL OLIVAR DE
LA MARQUESA
Cuando la muerte se instaló en el
cuarto de José Rueda, el viejo lo supo y
se calló. Lo supo porque la conocía de antaño, de cuando lo de Teruel, de cuando le entró el moro en Mequinenza, de
cuando se vio, acabada la Guerra, en la
Plaza de Toros de las Ventas vigilado de guardias civiles. Así que José Rueda
conocía la muerte y supo esquivarla varias veces. Ahora optó por disimular. En el treinta y seis se hizo guardia de asalto,
salvó de la checa algún facha amigo, y
la eludió; ahora se haría el longuis, el despistado quiero decir. Pero del
treinta y seis al cincuenta y seis había
llovido mucho. Ya no tenía fuerzas; moribundo y viejo le quedaba
la muerte y la Juana, nada más. Le
quedaba la muerte, y sabia que la parca
acababa de llegar; Le quedaba también la Juana, prieta y untona que le
había dado guiso y cama los últimos veinte años.
- José, vengo por ti, dijo la muerte
- Vete a la mierda, que no me
toca, contestó el viejo.
- Te toca y vengo por ti. Tienes
dos días si quieres arreglar algo de por
aquí, que te hace falta.
- Te jodí con el moro que me
salvó el máuser y no pudiste conmigo, arguyó el Rueda; te jodí en la Cuesta de la Reina, que la bala se la llevó el Pepón. Así que largo, muerte,
que no hay dos sin tres.
- Como quieras pero ya sabes, te
doy dos días.
Y
la muerte se sentó en el rincón de la ventana, y apoyó los codos en las
rodillas huesudas, y juntó las manos apretando el astil de la guadaña. Dos
días, ya sabes: dos días; y el sol acaba de ponerse. Y el José se dio cuenta de
que esta vez sí; de que esta vez se moría. A la tarde la Juana llamó al médico;
-
Este hombre se muere, sentenció el galeno; llama
a la familia y al cura, y no lo dejes para mañana que no llega.
-
Este hombre no tiene hijos ni quiere curas,
gruñó la Juana de mal talante.
-
No me vengas Juana, no me vengas. Que una cosa
es heredar y otra es morirse. Llama al hijo que también
es cura y te evitas dos recados. Y no me vengas Juana con coplas que soy de
aquí y atendí a tu madre en tu parto. Llama
también al practicante y que le cambie al José el suero cada dos horas. Si le
duele, le das esta pastilla; y si la boca se le queda seca se la humedeces con un trapo. Que venga el hijo y le dé la extremaunción.
Si hay novedad me avisas.
-
Está bien, llamaré al hijo, apuntilló la Juana; pero el
José no querrá verlo. Lo ha dejado sin
nietos con eso del curato; lo ha dejado
sin Ruedas; y eso no se perdona. El José es ateo y no quiere ni hijos ni
curas. Y menos hijos curas. Pero lo llamaré, que quiero vivir tranquila.
Y el médico se montó en su
calesa, y azuzó al jamelgo, y enfiló por el carril de la Solana. Las llantas
estrechas trazaron paralelas en el polvo al arrimarse al trigal o a
las garigolas de los garbanzos de
la umbría. La brisa de la tarde meció
los garbanzos en su holleca arrullando
el páramo. Todo como la vida misma; todo como la historia que zigzaguea y se
aleja entre la olla y el pan, entre la siesta y el amanecer, entre el polvo del
camino y el horizonte cuajado de rojos y
violetas.
Al día siguiente el curilla
siguió, en sentido contrario, las huellas de la calesa, llegó a la vera del
moribundo y le dijo:
-
Padre: estoy aquí.
-
¿Vienes a pillar
el olivar de la Marquesa? Vete, no has de catarlo.
Y el enfermo siguió con los ojos cerrados, con la boca
sumida, con la piel bronca, seca, tirante; tirante como la de la muerte que contemplaba la escena desde el rincón del
cuarto.
-
No quiero la Marquesa padre, aunque las olivas eran de mama. Ni la casa. Ni tus
dineros, ni tus libros, ni tus muebles. Ni siquiera quiero verte. No quiero nada, papa, no quiero nada. Lo que tengas, si te queda algo, dáselo a la
Juana.
-
Pues ¿a qué has venido?, ahí tienes la puerta,
vete por dónde has entrado.
-
Padre: estoy aquí porque soy tu hijo y soy cura.
La Juana me ha dicho que te mueres...
-
¿La hija de puta de la Juana te ha llamado?;
¿quién le ha dicho que te llame?; no quiero verte. No me has dado nietos. Soy el último Rueda.
La Marquesa ha sido de un Rueda desde los franceses. Ahora será de otros. Eres
un cabrón.
-
Te traigo aceite. Aceite de la Marquesa…; La
zafra está ahí fuera…
-
A la mierda tú y tu aceite. Pero el enfermo
abrió los ojos con dificultad y miró al cura y le dijo: ¿Aceite?
-
Sí, aceite; aceite del haza de la Marquesa.
-
¿Del molino del Antón?
-
Flor de aceite del Antón; huele. Y el hijo le
acercó al moribundo una copita de aceite. Y el cura empapó el dedo y le restregó los labios.
-
¿Es picual de la Marquesa?
-
Padre, te lo juro. De la zafra de la Sacristía.
Me la llena el Antón cada año de la Marquesa. Yo también tengo sentimientos. Soy cura,
pero soy Rueda.
-
Aceite de la Marquesa…: lo mejor que ha hecho
Dios en la Tierra. Morirse y el aceite de la Marquesa.
-
Pero ¿no dices que no crees en Dios?
-
Dios es Dios y tú eres un cabrón sin hijos que ni siquiera tienes barragana. Que
te folle un burro…, apostilló el Rueda. ¿Tienes una zafra de la Marquesa?
-
Si, Padre, sí. Los ungidos de Dios deben serlo
con aceite del tuyo. Con aceite verde sin filtrados ni gaitas. Con aceite
poderoso como tú mismo. Con aceite de la Marquesa. Este aceite lloró en el capacho y lo cogí de
la regaifa; ha hecho ya muchas cruces, Padre.
-
Dame más. Úntame con él.
Y el moribundo movió lentamente sus manos e intentó torpemente dejar al aire el pecho peludo,
canoso, entrecortado por la respiración postrera. No he sido bueno, hijo. No he sido bueno. El
sacerdote se inclinó hacia el lecho y administró la extrema unción al
enfermo. “Ego te absolvo pecatis tuis
in nomine Patri et Filii et in Espiritu Santi, susurraba el hijo al
perdonar los pecados del padre, mientras el aceite de la Marquesa le empapaba los encajes del alba y acariciaba el último aliento del último
Rueda.
Mientras, el sol del segundo día
se ocultaba muy despacio en el horizonte. Y en ese instante la muerte se
levantó de su silla.
En esta ocasión el Caminante se
fue murmurando las siguientes estrofas:
Aceite sacro,
aceite bendecido,
aceite del Ungido…
Cagarrache en su pan , flor del olivo…
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